sábado, 23 de octubre de 2010

La vuelta del Martín Fierro, Canto XIV

Me llevó consigo un viejo

que pronto mostró la hilacha:

dejaba ver por la facha

que era medio cimarrón;

muy renegao, muy ladrón,

y le llamaban Viscacha.

 

Lo que el juez iba buscando

sospecho y no me equivoco;

pero este punto no toco

ni su secreto averiguo:

mi tutor era un antiguo

de los que ya quedan pocos.

 

Viejo lleno de camándulas,

con un empaque a lo toro;

andaba siempre en un moro

metido en no sé qué enriedos

con las patas como loro,

de estribar entre los dedos.

 

Andaba rodiao de perros,

que eran todo su placer;

jamás dejó de tener

menos de media docena;

mataba vacas ajenas

para darles de comer.

 

 

Carniábamos noche a noche

alguna res en el pago;

y, dejando allí el resago,

alzaba en ancas el cuero,

que lo vendía a un pulpero

por yerba, tabaco y trago.

 

¡Ah!, ¡viejo más comerciante

en mi vida lo he encontrao!

Con ese cuero robao,

él arreglaba el pastel,

y allí entre el pulpero y él

se estendía el certificao.

 

Le echaba de comedido;

en las trasquilas, lo viera,

se ponía como una fiera

si cortaban una oveja;

pero de alzarse no deja

un vellón o unas tijeras.

 

Una vez me dio una soba

que me hizo pedir socorro

porque lastimé un cachorro

en el rancho de unas vascas;

y al irse se alzó unas guascas;

para eso era como zorro.

 

¡Aijuna! dije entre mí;

me has dao esta pesadumbre:

ya verás cuanto vislumbre

una ocasión medio güena;

te he de quitar la costumbre

de cerdiar yeguas ajenas.

 

Porque maté una viscacha

otra vez me reprendió,

se lo vine a contar yo;

Y no bien se lo hube dicho,

"ni me nuembres ese bicho"

me dijo, y se me enojó.

 

Al verlo tan irritao

hallé prudente callar;

éste me va a castigar

dije entre mí, si se agravia:

ya vi que les tenía rabia

y no las volví a nombrar.

 

Una tarde halló una punta

de yeguas medio bichocas

después que voltió unas pocas

las cerdiaba con empeño;

yo vide venir al dueño

pero me callé la boca.

 

 

El hombre venía jurioso

y nos cayó como un rayo;

se descolgó del caballo

revoliando el arriador,

y lo cruzó de un lazaso

áhi no mas a mi tutor.

 

No atinaba don Viscacha

a qué lado disparar,

hasta que logró montar,

y de miedo del chicote,

se lo apretó hasta el cogote,

sin pararse a contestar.

 

Ustedes crerán tal vez

que el viejo se curaría:

no, señores, lo que hacía

con más cuitao, dende entonces

era maniarlas de día

para cerdiar a la noche.

 

Ese fue el hombre que estuvo

encargao de mi destino;

siempre anduvo en mal camino,

y todo aquel vecindario

decía que era un perdulario,

insufrible de dañino.

 

Cuando el juez me lo nombró

al dármeló de tutor,

me dijo que era un señor

el que me debía cuidar,

enseñarme a trabajar

y darme la educación.

 

Pero qué había de aprender

al lado de ese viejo paco

que vivía como el chuncaco

en los bañaos, como el tero;

un haragán, un ratero,

y más chillón que un barraco.

 

Tampoco tenía más bienes

ni propiedá conocida

que una carreta podrida

y las paredes sin techo

de un rancho medio desecho,

que le servía de guarida.

 

Después de las trasnochadas

allí venía a descansar;

yo desiaba aviriguar

lo que tuviera escondido,

pero nunca había podido

pues no me dejaba entrar.

 

 

Yo tenía una jergas viejas

que habían sido más peludas

y con mis carnes desnudas,

el viejo, que era una fiera,

me echaba a dormir ajuera

con unas heladas crudas.

 

Cuando mozo fue casao

aunque yo lo desconfío;

y decía un amigo mío

que, de arrebatao y malo,

mató a su mujer de un palo

porque le dió un mate frío.

 

Y viudo por tal motivo

nunca se volvió a casar;

no era fácil encontrar

ninguna que lo quisiera:

todas temerían llevar

la suerte de la primera.

 

Soñaba siempre con ella,

sin duda por su delito

y decía el viejo maldito

el tiempo que estuvo enfermo,

que ella dende el mesmo infierno

lo estaba llamando a gritos.

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