Cuando entró Moreira, Gondra, creyendo encontrar en el paisano un buen apoyo, creció en insolencias y no escuchó las juiciosas observaciones que le hizo aquél.
El forastero se iba poniendo cada vez más pálido del coraje que contenía a duras penas, pues suponía en Moreira un aliado de aquel baratero que lo provocaba.
Recibió sin embargo la botella de caña que le alcanzaba el pulpero sin despegar los labios, pagó y se alejó reposadamente, midiendo a Gondra de arriba abajo con una mirada donde estaba pintada toda la ira que sentía rebosar en su corazón.
Gondra soltó una gran carcajada al ver la actitud del forastero, y dirigiéndose a Moreira, que seguía tranquilamente el aspecto feo que iba tomando la escena, le dijo:
-Hágase a un lado aparcero, no sea que el de la caña lo trague.
-Si sos hombre, maula, salí afuera para tener el gusto de rajarte el alma de una puñalada. Todos ustedes -añadió encarándose con Moreira-, han de ser una punta de maulas peleadores en pandilla. Puede salir el que guste o todos de uno a uno.
Moreira palideció a su vez, pero no se movió.
Se había recostado de espaldas contra el mostrador y miraba sombrío a los actores de aquella escena.
Los paisanos no replicaron una palabra; estaba allí Juan Moreira y todos esperaban que él coparía la parada propuesta por el forastero.
-Salí, maula -volvió a gritar el paisano, dominado ya por la ira-. Salí y yo te voy a enseñar a reírte de la gente.
Gondra salió al encuentro del paisano, pero era un gaucho flojo, de los que llaman pura boca, y se acobardó ante la actitud del adversario.
-¡Oiganle a la maula! Ya sabía que habían de ser pura boca. Que salga ese tu padrino que ha venido como a ayudarte -añadió el paisano encarándose con Moreira-. Salga uno siquiera, porque si no, entro y agarro a rebencazos a todo el mundo.
Moreira, entonces, sin mirar al provocador del duelo, tomó a Gondra por un brazo y le dijo gravemente:
-Yo no soy sacaclavos de nadie ni he nombrado a nadie para que ande copando por mí las bancas. Yo no puedo pelear con ese hombre, porque no es enemigo para mí. Ya que lo has provocado, es preciso pelear, para que no se diga que te han corrido con la vaina.
Gondra miró a Moreira creyendo que se chanceaba, pero al ver el severo ademán del gaucho, no supo qué contestar.
Tenía miedo a aquel hombre que lo esperaba cuchillo en mano, pero más miedo tenía a Moreira.
Este comprendió toda la cobardía de Gondra, que había provocado aquel conflicto porque contaba con su ayuda y, desnudando su daga, le dijo de una manera sombría que no admitía réplica:
-No hay más remedio que hacer la pata ancha, ya que "has comprado sin que nadie te venda"; o peleas con ese hombre a quien has provocado o yo te saco las tripas de una puñalada. Pronto y basta de bromas.
El forastero miraba asombrado la actitud de aquel hombre a quien tanto miedo tenían los paisanos.
Gondra se había colocado entre la espada y la pared.
Tenía miedo al forastero, pero más miedo tenía a Moreira, que lo amenazaba de muerte.
Forzado, pues, a optar entre un enemigo y otro, prefirió la partida con el forastero, a quien acometió flojamente.
-¡Duro y parejo! ¡Duro y parejo! -gritaba a sus espaldas Moreira-, o te clavo como a un peludo.
La lucha era encarnizada.
Los paisanos se soltaban viajes formidables, y ya Gondra había recibido un hachazo en el brazo izquierdo y una puñalada de poca consecuencia bajo la tetilla derecha.
Ya iba a separarse, completamente acobardado, cuando sintió la punta de la daga de Moreira que le pinchaba la espalda, mientras el gaucho le decía:
-Coraje, maula, coraje y no le haga asco a la muerte.
Gondra, que sintió penetrar la daga de Moreira en su espalda, acometió al forastero de una manera desesperada, en momento en que éste volvía la vista hacia Moreira, descuidando la defensa.
La daga de Gondra penetró entre la cuarta y quinta costilla del lado izquierdo del desgraciado gaucho, produciéndole una muerte instantánea.
Gondra se volvió gozoso, como para recoger de Moreira una felicitación, pero éste guardó fríamente la daga y, dando a Gondra un puntapié que lo hizo ir a azotarse contra el mostrador, se dirigió a su caballo diciendo:
-Me voy porque no quiero vomitar de puro asco.
Y quitando al overo el morral que ató a los tientos, le puso el freno, montó y se alejó al galope largo.
Unas veinte cuadras andaría a este paso cuando puso su caballo al tranquito, tomando la dirección de Cañuelas, donde tenía que ir a ver a un amigo para obtener por su medio noticias de Vicenta y el pequeño Juan.
Pero en Cañuelas, como en todas partes, la fatalidad esperaba a Moreira, que ya no iba encontrando sitio tranquilo donde reposar la planta.
Moreira caminó todo ese día, usando todas aquellas precauciones del hombre que sabe que detrás de cada mata de pasto puede salirle una partida de plaza a disputarle la vida.
Había marchado a pequeñas jornadas de veinte a treinta cuadras, dando continuo descanso al overo bayo, de cuya ligereza podía necesitar de un momento a otro.
Cada dos horas el paisano echaba pie a tierra y sacaba el freno al caballo para que pudiese comer, mientras él tendía su manta y se recostaba al lado del Cacique a reflexionar sobre su situación desesperante.
De pronto se le ocurría ir a buscar abrigo y tranquilidad entre los indios, pero entonces tendría que abandonar a su mujer y a su hijo, que quedarían desamparados y que eran los únicos lazos que lo ataban a su existencia desventurada, haciendo que con tanto encarnizamiento disputara su cabeza a la justicia de paz.
-Yo peleo con las partidas -pensaba Moreira-, porque necesito vivir para mi hijo, y para que no le digan mañana que me mataron porque fui cobarde. El hombre que me matara me haría un verdadero servicio, porque yo no vivo sino sufriendo; ¿pero qué sería de mi hijo si yo muriera? Por ahora tengo que vivir; después veremos.
Y Moreira tenía razón. ¿Qué halago podía tener para él la miserable existencia que llevaba?
Expuesto a ser preso cada minuto, tenía que andar vagando sin descanso, siempre dispuesto al combate, que cada día sería más duro, porque las partidas de plaza lo acometerían cada vez con más saña, y cada vez mejor reforzadas y armadas, para asegurar su deseado triunfo.
Si alguna vez podía entregarse al sueño, sueño agitado, que no bastaba a descansar su cuerpo rendido, lo hacía gracias a la vigilancia de su leal Cacique, y asimismo tenía que dormir como una fiera: lejos de poblado, en medio del campo y a la siesta, hora en que no se ve un solo jinete, un solo animal que no esté entregado al reposo.
La noche la pasaba viajando o tendido sobre su manta, esperando que su caballo comiese con toda tranquilidad y descansara de las fatigas de la jornada.
Era, pues, una existencia miserable que el paisano llevaba con conformidad, por aquellos dos seres queridos que no se borraban jamás de su pensamiento, siempre vuelto a ellos.
Moreira solía pensar en el doctor Alsina, que era el único hombre que podía arrancarlo de aquella situación tirante. ¿Pero cómo escribirle? ¿Cómo hacerle conocer su historia?
El paisano había llegado a desconfiar de los hombres, sospechando que pudieran venderlo a la justicia, y sabía que una carta suya en el correo sería abierta por la primera autoridad, que la rompería para privarlo de todo amparo, y desechaba su idea, reservándola para ocasión más favorable.
A la caída de la tarde, Moreira llegó a una pulpería muy concurrida, pues era domingo y los paisanos habían estado de carreras y de jugada de taba.
Cuando Moreira llegó, reinaba en la pulpería la alegría más franca y cordial.
Las copas de caña con limonada, bebida clásica del paisano, eran vaciadas y vueltas a llenar con una rapidez que había entusiasmado al pulpero, volviéndolo más amable que un peluquero francés.
La guitarra sonaba de cuando en cuando, acompañando una voz vinosa y nasal, que dejaba oír algún travieso pie de gato o alguna huella zafada.
Sabido es que cuando el gaucho está en este género de diversiones no se aleja de la pulpería hasta que en los bolsillos de su tirador no queda nada que se parezca a dinero, y muchas veces habiendo hecho desaparecer de él hasta las monedas de plata que lo adornan constituyendo su lujo, y que deja empeñadas por una bicoca.
Moreira ató al palenque su overo bayo, con ese nudo especial que desata rápidamente el paisano, y entró a la pulpería seducido por aquel bullicio.
-Dios guarde a la buena gente -dijo el paisano saludando a la alegre concurrencia, y colgando su rebenque en la empuñadura de su daga, se dirigió al pulpero, pidiéndole un poco de pasto seco para el caballo y un buen churrasco para el Cacique, que no había probado bocado en todo aquel día.
Un viva descomunal y prolongado saludó la presencia del paisano, manifestación clara de la profunda simpatía que inspiraba en aquella gente, y diez o doce hombres se levantaron estirándole la mano unos y brindándole otros con una copa de bebida, llegando algunos de ellos, algo divertidos, a demostrarle su alegría con sendos puñetazos en los hombros y ademanes de canchada.
Moreira agradeció íntimamente aquellas manifestaciones de cariño y simpatía, estrechó la mano a todos, pero rechazó las copas, diciendo alegremente, mientras recibía de manos del pulpero el pedido que hiciera a la entrada:
-Voy primero a dar de comer a mi gente y en seguida vuelvo.
Fue hasta el palenque, aflojó la cincha al overo y le puso en el suelo una brazada de pasto seco, mientras el Cacique, desde el recado, reclamaba su parte con alegres meneadas de cola y cariñosas ladridos.
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domingo, 24 de enero de 2016
sábado, 23 de enero de 2016
La pendiente del crimen
Moreira cayó al partido de Navarro, donde debía encontrar algún refugio, por los antecedentes buenos que allí había dejado en otras épocas.
En Navarro, como en todo el resto de la provincia, se discutían las candidaturas de Costa y Acosta, candidatos de dos partidos poderosos para el gobierno de Buenos Aires.
Moreira había estado en aquel partido, siendo juez de paz de él el estimable joven José Correa Morales, quien solicitó a Moreira para sargento de la partida.
Juan Moreira aceptó el puesto que se le brindaba, porque tenía gran estimación por la familia del señor Morales, que lo había protegido siempre.
Sus servicios fueron eficaces y dejaron de aquel hombre, en Navarro, un recuerdo gratísimo.
Moreira salía con la partida de plaza a recorrer el pueblo y sus alrededores, no habiendo criminal capaz de resistirse al hermoso sargento, ni de dar motivo alguno para que la partida se le echase encima.
Cuando se tenían noticias de algún bandido de esos que suelen aparecer de cuando en cuando, Moreira iba solo en su busca, y lo prendía ya convenciéndolo de que era inútil resistírsele, ya luchando con él para reducirlo a prisión, lo que le dio un gran prestigio entre el paisanaje y le captó por completo el aprecio de los habitantes del pueblo.
El partido de Navarro fue entonces de los más tranquilos, pues era mucho más respetado el sargento Moreira que toda la justicia entera.
Cuando el caballero Morales dejó el juzgado de Navarro, el juez de paz que lo sustituyó hizo empeños por conservar en la partida al prestigioso gaucho, sin poderlo conseguir.
-Estoy aburrido de ser justicia -respondió Moreira-; me vuelvo a mi pago a cuidar mi hacienda y a ver también si me caso.
Con estos antecedentes Moreira regresó al partido de Matanzas en donde aquella temible justicia lo persiguió hasta precipitarlo en el camino del crimen.
Cuando Moreira regresó a Navarro, se conocían allí todas las desgracias que hemos venido narrando, y todas ellas no fueron capaces de borrar los buenos antecedentes que allí había dejado.
Moreira llegó a Navarro cuando todos los ánimos estaban excitados con aquellas elecciones tan reñidas, que vinieron a producir tan honda división en los habitantes de la campaña.
Faltaban sólo dos meses para la elección, y los partidos trabajaban con incansable actividad, reclutando gente de todas partes y preparando los clubes electorales.
Moreira fue ardientemente solicitado por los dos partidos políticos, que conocían su inmenso prestigio; pero el paisano resistió a todas las propuestas seductoras que se le hicieron, llegando hasta desechar con una soberbia imponderable la propuesta de hacer romper todas las causas que se le seguían en Matanzas, donde podía volver después del triunfo.
Conociendo el ascendiente que sobre aquel hombre extraordinario tenía el doctor Alsina, a quien había acompañado como hombre de confianza en épocas de peligro, los caudillos electorales hicieron que aquél escribiera a Moreira pidiéndole que pusiera su valioso prestigio a favor de la buena causa.
Moreira, cuando recibió la carta del doctor Alsina, no supo resistirse, y se afilió a uno de los bandos políticos, influyendo en su triunfo de una manera poderosa.
Los paisanos que estaban en el bando contrario se incorporaron a Moreira, al amigo Moreira, que apreciaban unos y temían otros más que al mismo juez de paz, que lo era en esa época don Carlos Casanova, apreciadísimo caballero y persona conocida como recta y honorabilísima.
Tal vez el señor Casanova hubiera puesto coto más tarde a los desmanes de Moreira, pero era tal el dominio que sobre la partida de plaza ejercía el paisano desde que fuera su sargento, que ésta temblaba ante la sola idea de tener que ir a prenderlo.
Las elecciones se aproximaban y los partidos, armados hasta los dientes, se preparaban a disputarse el triunfo de todas maneras, por la razón o la fuerza, lema desgraciado que se ostenta aún en el escudo de una nación que se permite contarse entre las civilizadas.
Había en aquella época, y afiliado al partido contrario de aquel en que militaba Moreira, un caudillo de prestigio y de grandes mentas por aquellos pagos.
Leguizamón, que así se llamaba el caudillo, era un gaucho de avería, valiente hasta la exageración y que arrastraba mucha paisanada.
Este era el elemento que iban a colocar enfrente a Moreira para disputarle el triunfo, a cuyo efecto habían enconado al gaucho picándole el amor propio con comparaciones desfavorables.
Leguizamón, que era un paisano alto y delgado, muy nervioso y de una constitución poderosa, contaría entonces unos cuarenta y cinco años.
Era un hombre de larga foja de servicios en las pulperías, donde había conquistado la terrible reputación que tenía.
El choque de estos dos hombres debía ser fabuloso.
Leguizamón estaba reputado de más hábil peleador que Moreira, pero éste debía compensar aquella inferioridad con la sangre fría asombrosa de que diera tantas pruebas.
Moreira era ágil como un tigre y bravo como un león; la pujanza de su brazo era proverbial y su empuje ineludible.
Pero Leguizamón tenía una vista de lince, su facón era un relámpago y su cuerpo una vara de mimbre, que quedaba a su antojo.
Todo esto habían dicho a Moreira, pero al escucharlo el paisano había sonreído con suprema altanería y contestado resueltamente:
-Allá veremos.
A Leguizamón le habían relatado las hazañas de Moreira, y el gaucho había fruncido el ceño diciendo:
-Ese maula no sirve ni para darme trabajo. En cuanto se ponga delante de mí, lo voy a ensartar en el alfajor como quien ensartar en el asador como quien ensarta en el asador un costillar de carnero flaco.
La perspectiva de una lucha entre aquellos dos hombres había preocupado de tal manera a los paisanos, que se preparaban a ir a las elecciones, no por votar en ellas, sino por presenciar el combate entre ño Leguizamón y el amigo Moreira, asignando el triunfo, cada uno, del lado de sus simpatías.
El día de las elecciones llegó por fin, y la gente se presentó en el atrio en un número inesperado.
La mayoría de aquella concurrencia iba atraída por aquella lucha que había sido anunciada y fabulosamente comentada en todas las pulperías por los amigos de ambos contendientes, comentarios que habían dado ya margen a algunas luchas de facón entre los que asignaban el triunfo a Moreira, que era la generalidad, y los que suponían triunfante a Leguizamón.
El comicio se instaló por fin con todas las formalidades del acto, estando presentes el juez de paz, la partida de plaza y el comandante militar.
Moreira se colocó con su gente del lado que ocupaba el bando político a que él se había afiliado.
El paisano estaba vestido con un lujo provocativo.
En épocas electorales abunda el dinero, y Moreira había empleado el que le dieron en el adorno de su soberbio overo bayo.
Su tirador estaba cubierto de monedas de oro y plata, metales que se veían en todo el resto de sus lujosas prendas.
En la parte delantera se veían sujetos por el tirador dos magníficos trabucos de bronce, regalo electoral, y las dos pistolas de dos cañones que le regalara su compadre Giménez al salir de Matanzas.
Atravesada a su espalda y sujeta al mismo tirador, se veía su daga, su terrible daga, bautizada ya de una manera tan sangrienta y que asomaba la lujosa engastadura, siempre al alcance de la fuerte diestra.
Llevaba su manta de vicuña arrollada al brazo izquierdo, con cuya mano hacía pintar al pingo, que se mostraba orgulloso del jinete que lo montaba.
Moreira estaba completamente sereno; sonreía a los amigos, chistaba al caballo como para calmar su inquietud, y se daba vuelta de cuando en cuando para mirar al Cacique, que a las ancas del overo meneaba la cola alegremente, como preguntando qué significaba todo aquel aparato.
Frente a Moreira, del otro lado de la mesa y un poco más a la izquierda, estaba Leguizamón, metido en las filas de los suyos. La actitud del paisano era sombría y amenazadora; miraba a Moreira como lanzándole un reto de muerte, y se acariciaba de cuando en cuando la barba, con la mano derecha, de cuya muñeca pendía un ancho rebenque de lonja, de cabo de plata.
Moreira permanecía como ajeno a todas aquellas maniobras, evitando que su mirada se encontrase con la de Leguizamón, "que ya se salía de la vaina".
Los paisanos estaban conmovidos: en sus pálidos semblantes se podía ver la emoción que los dominaba, emoción que se extendía hasta los mismos escrutadores y suplentes, que no atendían su cometido por observar las variantes de aquellas provocaciones mudas, que tendrían que terminar en un duelo a muerte, fatal para uno u otro.
Por fin el acto electoral comenzó y los paisanos fueron acercándose uno a uno a la mesa del comicio, depositando cada uno su voto maquinalmente, y montando de nuevo a caballo para confundirse en las filas de donde habían salido.
Media hora hacía apenas que la elección había comenzado, cuando Leguizamón, picando su caballo, se acercó a la mesa y dando en ella un golpe con su rebenque dijo que se estaba haciendo una trampa contra su partido y que él no estaba dispuesto a tolerarla.
Y al decir estas palabras Leguizamón no miraba a los escrutadores a quienes iban dirigidas sino a Moreira para quien envolvían una provocación que éste no quiso entender, permaneciendo tranquilo.
Las palabras de Leguizamón conmovieron los ánimos tan poderosamente, que ninguna de aquellas personas mandó al gaucho guardar silencio.
-¡He dicho que se nos está haciendo trampa! -añadió, creciendo en insolencia-, y han traído a aquel hombre para que les ayude -y señaló a Moreira con el cabo del rebenque.
Moreira siguió guardando su aparente tranquilidad, y con una infinita gracia replicó al gaucho:
-No es tiempo, amigo, de lucir la mona; los peludos no tienen cartas en las votaciones y no hay que faltar así al respeto de las gentes.
Tan conmovidos estaban los paisanos que ni siquiera sonrieron ante este epigrama, que hizo poner lívido de furor a quien fue dirigido.
-¡Menos boca y al suelo! -gritó Leguizamón desmontando-. Usted es un maula que ha venido a asustar con la postura y que no ha de ser capaz de nada.
En la cintura de Leguizamón se veía un revólver de grueso calibre y una daga de colosales dimensiones.
Fue esta el arma que sacó el paisano.
Moreira se echó al suelo como quien hace una cosa a disgusto, y sacó también su daga, enrollando con presteza al brazo la manta de vicuña.
Apenas el paisano se había separado una vara del caballo, cuando Leguizamón estaba sobre él, enviándole una lluvia de puñaladas.
Era aquel un espectáculo magnífico e imponente. Aquellos dos hombres se acometían de una manera frenética, enviándose la muerte en cada golpe de daga, que era parado por ambos con una destreza asombrosa.
Los ponchos, arrollados en el brazo izquierdo, estaban completamente hechos jirones por los golpes parados, pero los combatientes, igualmente diestros, igualmente fuertes, no habían logrado hacerse la menor herida.
La prolongación de la lucha empezaba a encolerizar a Leguizamón, que había cometido ya dos o tres chambonadas, y a medida que la cólera empezaba a enceguecerlo, Moreira se mostraba más tranquilo y más previsor en sus acometidas.
Los asistentes habían hecho gran campo a los dos antagonistas, sin haber entre ellos uno solo que se atreviera a separarlos, pues con aquella acción sabían que se exponían a captarse la cólera y tal vez la agresión de ambos.
Leguizamón, más viejo y menos tranquilo en el combate, empezó a fatigarse, mientras Moreira, más hábil, economizaba sus fuerzas, que no habían podido debilitar quince minutos de combate recio, que ya comenzaba a ser pesado para Leguizamón.
Aquella lucha no podía durar un minuto más; era cuestión de una puñalada parada con descuido, de un traspié, de una casualidad cualquiera.
Leguizamón empezó a retroceder, acometido de una manera ruda y decisiva.
De su poncho quedaban sólo dos pequeños jirones y su chaqueta estaba cortada en dos partes.
Moreira, cuyo poncho estaba completamente despedazado, paraba las puñaladas con su enorme sombrero de anchas alas.
Leguizamón fue retrocediendo hasta la mesa donde se hacía el escrutinio, que fue abandonada por los que la rodeaban, para evitar un golpe casual.
Allí, contra la mesa y con acción debilitada por el mueble, el gaucho cometió una imprudencia que fue hábilmente aprovechada por su adversario.
Distrajo la mano izquierda pretendiendo sacar su revólver, descuidando toda defensa, y Moreira, rápido como un relámpago, marcó una puñalada en el vientre.
Leguizamón quiso acudir a evitarla, pero Moreira dio vuelta la daga y dio con el puño tan violento golpe sobre la frente del gaucho, que lo hizo rodar por el suelo, completamente privado de sentido.
Después de este golpe maestro, era de suponerse que el vencido fuese degollado, pero Moreira, limpiando con la mano el copioso sudor que pegaba los cabellos sobre su frente, hizo dos pasos atrás y con la voz aún jadeante por la fatiga dijo a los paisanos del bando enemigo, que lo miraban asombrados:
-Pueden llevar a ese hombre a que duerma la mona y no venga aquí a hacer bochinche.
Un inmenso aplauso saludó la hermosa acción de Moreira, que envainando la daga y saltando a caballo dijo a los del comicio:
-Caballeros, que siga la elección.
Aquel bravo entusiasta en que había estallado la multitud, era un bravo espontáneo arrancado por la hermosa acción de Moreira.
Provocado, se había batido con un hombre valiente, y hábil en el manejo de las armas, sin mostrar cólera contra su provocador, a quien no había querido matar, pues aquel golpe en la frente había sido calculado con toda sangre fría y preferido a la tremenda puñalada que marcó en el vientre.
Vencedor en el lance, no había hecho uso de la ventaja obtenida, pidió sacaran de allí a aquel hombre inerme, para que "no hiciera bochinche".
Era indudablemente una acción hermosa que recogía su premio en el aplauso de los que habían presenciado aquel duelo a muerte que amenazara ser sangriento.
Moreira recuperó tranquilamente su puesto y l elección siguió en el mayor orden.
Su acción había pesado de tal modo en el espíritu de los gauchos del otro bando, que todos votaron con él, con esa inocencia peculiar en los paisanos, que van a las elecciones y votan por tal o cual persona, simplemente porque a ellos los ha invitado su patrón o porque el juez de paz lo ha mandado así.
La elección fue canónica: había faltado el caudillo enemigo y sus partidarios se habían plegado al bando que sostenía el amigo Moreira.
Leguizamón fue conducido, cuando cayó, a la pulpería y tienda de un tal Olazo, que existe aún, donde le prestaron algunos auxilios que le volvieron el conocimiento.
Cuando recuperó el completo dominio de sus facultades, cuando supo lo que había sucedido y que Moreira había tenido asco de matarlo, Leguizamón se puso furioso, quiso volver a la plaza para matar al paisano, pero no lo dejaron salir cuatro o cinco personas que habían quedado acompañándolo.
Como la pulpería de Olazo estaba sólo a una cuadra de la plaza, a cada momento caían allí paisanos dando noticias del partido que iba triunfando y ponderando la bella acción de Moreira, que no había querido matar a Leguizamón, a quien había golpeado con el cabo de la daga, tendiéndolo en el suelo.
Leguizamón oía todos estos relatos y su coraje iba creciendo hasta el extremo de llenar de improperios a los que iban a la pulpería.
-Yo he de matar a ese maula -gritaba en el colmo de la irritación-; lo he de matar como a un cordero, para probar a ustedes que sólo por una casualidad me ha podido aventajar, pues él me ha pegado porque me vio tropezar en la mesa y perder pie; de otro modo, ¡cuándo sale de allí con vida!
Los paisanos, temiendo un nuevo encuentro con Moreira, habían querido llevar al gaucho a su casa, pero toda tentativa resultó inútil.
Leguizamón pidió una ginebra, y declaró que iba a esperar allí a Moreira para matarlo y demostrar que era un maula que habían traído para asustar a la gente con la parada.
La elección terminada, los paisanos empezaron a desparramarse en todas direcciones, cayendo la mayor parte a la pulpería de Olazo, que era la más acreditada.
Todos suponían además que el lance de aquella mañana no podía quedar así, y que entre Leguizamón y Moreira iba a suceder algo terrible.
Moreira estuvo conversando un momento con las personas de la mesa quienes le recomendaron que evitase encontrarse con Leguizamón y que, si lo hallaba a su paso, no atendiera a sus provocaciones, porque andaba siempre ebrio y no sabía lo que hablaba.
El gaucho sagaz comprendió que Leguizamón conservaba aún, a pesar de lo sucedido, su prestigio de hombre guapo y de avería, y que se dudaba del éxito de un nuevo encuentro, pero sonrió maliciosamente y se alejó al tranco de su overo bayo, tomando la dirección de la casa de Olazo, donde sabía estaba Leguizamón.
Serían sólo las cinco de la tarde cuando Moreira dio vuelta por la esquina de la plaza, en dirección al almacén, lleno de gente en esos momentos.
Cuando Moreira apareció en la esquina, un movimiento de espanto pasó como un golpe eléctrico entre los gauchos.
En el cuchicheo y el asombro pintado en todos los rostros, Leguizamón comprendió que su enemigo venía, y apurando el contenido de la copa que tenía en la mano, saltó al medio de la calle empuñando en su diestra la daga, que brilló como un relámpago de muerte.
Moreira vio todo eso y adivinó lo que en la pulpería pasaba, pero no alteró la marcha de su caballo, que avanzaba al tranquito, haciendo sonar las copas del freno.
Leguizamón, parado en medio de la calle, llenaba de injurias al paisano, que parecía no escucharlas, dada la sonrisa de su boca y la tranquilidad del ademán.
Por fin Moreira estuvo a dos varas del enfurecido gaucho, y éste, que sólo esperaba aquel momento, lo acometió resuelto por el lado de montar, tomando la rienda del caballo.
Moreira se deslizó, tranquilo siempre, pero rápido, por el lado del lazo, sacó de la cintura su terrible daga, y se preparó al combate.
Las acometidas de Leguizamón eran tan violentas, sus golpes eran tan recios, que Moreira tenía que acudir a los recursos de la vista y a toda la elasticidad de sus músculos para evitar que el paisano lo atravesara en una de las tantas puñaladas o lo abriera con aquellos hachazos tirados con una fuerza de brazo imponderable.
Durante cuatro o cinco minutos Moreira estuvo concretado exclusivamente a la defensa, siéndole imposible llevar el ataque.
Con la pupila dilatada por el asombro, trémulos y silenciosos, los numerosos paisanos miraban las gradaciones de aquel combate sin atreverse a respirar siquiera.
La partida de plaza había sido avisada de lo que sucedía, pero no se había resuelto a moverse de la puerta del juzgado: tenía decididamente miedo de provocar a Moreira.
Leguizamón, entretanto, cansado de tanto tirar, quiso reposar un momento y dio un salto hacia atrás.
Entonces Moreira tomó la ofensiva con tal brío, con tal pujanza, que eran pocos los dos brazos del adversario para parar aquella especie de huracán de puñaladas y hachazos.
Cuando Leguizamón tenía la ofensiva, Moreira no había hecho un solo paso atrás, no había perdido una línea del terreno que pisaba.
En cambio, cuando él atacó, Leguizamón empezó a retroceder, primero paso a paso, y después a saltos, único recurso para evitar ciertas puñaladas mortales.
Así combatieron las tres cuadras que mediaban entre el almacén de Olazo y la plaza principal, sin haberse inferido otra herida que un ligero rasguño recibido por Moreira en el brazo izquierdo al parar un hachazo.
Retrocediendo uno y avanzando el otro, los dos combatientes llegaron hasta la iglesia, seguidos de todos los paisanos que había en la pulpería al principio de la lucha, aumentados con los que fueron llegando a medida que iban sabiendo lo que sucedía.
La partida de plaza estaba en la puerta del juzgado, a dos pasos de la iglesia, con el caballo de la rienda, pero no se atrevía a intervenir.
Al llegar a la iglesia, Moreira acometió a Leguizamón por el costado izquierdo obligándole así a hacer un cuarto de conversión y buscar la pared del templo para hacer en ella espalda, tirando un par de puñaladas al vientre de Moreira para detenerlo un poco y darse un alivio.
Pero Moreira, comprendiendo que aquella posición era violenta para su adversario, que había quedado contra la pared lo mismo que por la mañana contra la mesa, cargó de firme, decidido a terminar la lucha, cuya duración había empezado a irritarlo y a hacerle perder parte de aquel aplomo que nunca lo abandonaba.
Moreira, pues, cargó de firme, metió el brazo izquierdo contra la daga de Leguizamón para evitar un golpe probable, y se tendió a fondo en una larga puñalada.
Entonces se sintió un grito de muerte, vaciló Leguizamón sobre sus piernas y cayó pesadamente sobre el primer escalón del atrio, produciendo un golpe seco y lúgubre, peculiar a la caída de un cuerpo humano.
Moreira abandonó la daga enterrada hasta la empuñadura en la herida, se cruzó de brazos y miró pausadamente a todos los testigos de aquel drama.
-Caballeros -dijo soberbio y altivo-, el que crea que esta muerte está mal hecha, puede decirlo francamente, que aún me quedan alientos suficientes.
Ninguno se movió, ninguno turbó con una sola palabra aquel silencio imponente.
La actitud de los paisanos aprobaba el proceder del gaucho.
Moreira miró entonces el cuerpo caído de Leguizamón, que se estremecía débilmente en el último estertor de la agonía; se agachó y le arrancó la daga del estómago.
El cuerpo de Leguizamón se agitó entonces con un temblor convulsivo; de su ancha herida salió una gran cantidad de sangre, y quedó completamente inmóvil.
Moreira lo contempló un segundo, como dominado por una especie de arrepentimiento; dejó la daga sobre el pecho del cadáver, y acercándose a su caballo que había sido llevado allí por uno de los paisanos, montó con un ademán sombrío, apartando suavemente al Cacique, que saltaba sobre el tirador, pretendiendo llegar a lamerle la cara, después de haberle lamido las manos, como felicitándolo del peligro de que acababa de escapar.
El paisano no quiso alejarse de aquel sitio sin hacer antes alarde del miedo que sabía que se le tenía.
Revolvió su caballo hasta el juzgado de paz, y dirigiéndose al sargento de la partida, que estaba dominado por el más franco espanto, le dijo lleno de altivez:
-Haga el favor, amigo, alcánceme la daga que he dejado olvidada allí -y señaló el cadáver de Leguizamón, sobre cuyo pecho se veía el arma.
El sargento dio las riendas de su caballo a uno de los soldados, se dirigió al sitio indicado y recogió la daga, que entregó a Moreira humildemente y sin permitirse la menor palabra.
Moreira tomó su daga, que guardó en la cintura después de limpiar en la crin del caballo la sangre de que estaba cubierta la hoja, y picando con las espuelas los flancos del magnífico animal, se alejó al tranco, dejando absortos a los testigos de aquella sangrienta sátira.
No hacemos novela, narramos los hechos que pueden atestiguar el señor Correa Morales, el señor Marañón, el señor Casanova, juez de paz entonces, y otras muchas personas que conocen todos estos hechos.
Y hacemos esta salvedad, porque hay tales sucesos en la vida de Juan Moreira, que dejan atrás a cualquier novela o narración fantástica, escrita con el solo objeto de entretener el espíritu del lector.
Ya hemos dicho que Moreira fue un tipo tan novelesco que, ciñéndose estrictamente a la verdad de los acontecimientos, éstos dejan atrás a Luigi Vampa, a Gasparone y al mismo Diego Corrientes, tipos formidables embellecidos por la novela, pero que se han echado de barriga ante la primer partida de policía que se les ha puesto delante de las numerosas partidas que capitaneaban.
Y Moreira era un hombre solo a quien la misma justicia había lanzado en la senda del crimen, y que tuvo a raya a las fuertes partidas que tantas veces enviaron las autoridades en su persecución, sosteniendo verdaderos combates con muchas partidas de plaza, diversos piquetes de la policía de Buenos Aires, y algunos del batallón Guardia Provincial.
Pero volvamos a nuestro relato.
Después de la muerte de Leguizamón, Moreira estuvo tranquilo mucho tiempo.
Asistía a las reuniones en las pulperías, concurría a todos los bailes que daban en Navarro, sin promover jamás la menor disputa o escena desagradable, comunes en este género de reuniones.
En esta clase de diversiones, Moreira había aprendido a beber todo género de licores, que solían írsele a la cabeza.
Pero cuando estaba dominado por el alcohol era cuando se mostraba más manso y más accesible a todo género de bromas, no habiendo ninguna de carácter pesado.
Generalmente cuando estaba en este estado le daba por vistear, invitaba a alguno de los que estaban presentes a que le hiciera unos tiritos para ejercitarse.
Como es natural, ninguno de los paisanos aceptaba la proposición, temiendo que la visteada se convirtiera en pelea.
Entonces Moreira buscaba dos palitos y se entretenía en hacer unos tiritos para ver cómo andaba la muñeca.
De esta manera se había hecho tan consumado tirador de facón, que los otros paisanos aseguraban que en sus manos el cuchillo era una luz.
Dominado por el alcohol, se despertaban también sus instintos de jinete, y si llegaba a ver un redomón o caballo nuevo, lo pedía para jetearlo un poquito, y lo jeteaba tan famosamente que lo volvía completamente dominado.
Por más ebrio que estuviese en estas situaciones, no hubo ejemplo de que caballo alguno, por bravo que fuese, lograra basuriarlo.
Moreira se había hecho también un consumado tirador de pistola.
Manejando aquellas dos que le regalara su compadre Giménez, y que cuidaba con gran esmero, él rompía cuanta botella le colocaran a cuarenta pasos de distancia.
Era un adversario terrible, que tenía completamente dominados a todos los paisanos del pago que frecuentaba.
Moreira solía tener sus horas de melancolía profunda.
Pensaba en su mujer y su hijo y solía pasarse encerrado varios días en una pieza, donde se le sentía llorar.
En esta situación, nadie se hubiera atrevido dirigirle la palabra, temiendo su enojo.
Entregado a sus tristes meditaciones, Moreira no se mostraba hasta que su melancolía había pasado por completo.
Entonces salía y prodigaba con profusión sus caricias y cuidados al Cacique y a su magnífico caballo, que eran toda su familia y su haber sobre la tierra, y que representaban sus más queridas afecciones, porque el Cacique fue el primer regalo que le hizo su novia, y el caballo fue el único regalo del doctor Alsina, hecho en la siguiente situación:
Cuando aquella época efervescente, de crudos y cocidos, en que los partidos se disputaban el triunfo de todas maneras, sin evitar los crímenes como el vergonzoso día 22 de abril, la vida del doctor Alsina se creyó amenazada, como se creyó en peligro la de Mitre, la de Chassaing y la de tantos hombres de mérito que tomaron parte en aquella encarnizada lucha.
Los amigos del doctor Alsina le mandaron entonces un hombre de toda confianza y de reconocido valor para que le guardase la espalda y fuese capaz de defenderlo de cualquier asechanza traidora que se le tendiera.
Y aquel hombre elegido fue Juan Moreira, que era un bellísimo joven.
Moreira cobró gran cariño al doctor Alsina, de quien fue la sombra inseparable durante mucho tiempo, y este hombre, que sabía valorar a los que le rodeaban, apreció el espíritu de aquel paisano, a quien trató no como a un bravo que arma su brazo según el salario que ha de recibir, sino como a un compañero que había venido a compartir con él la fatiga y el peligro.
El doctor Alsina solía penetrar hasta el corazón del paisano, haciéndole responder a ciertos toques, porque le hablaba en lenguaje sencillo y noble, en ese único lenguaje que, dirigido al corazón del gaucho, hace de este hombre un niño dócil a quien se puede manejar hasta con la expresión de la mirada.
No hay nada más fácil de conquistar que el cariño del gaucho, cariño que llega a convertirse en una especie de religión invencible.
Para esto basta sólo comprender su corazón, lleno de nobles das, y hablarle el lenguaje del cariño, que sus oídos no están habituados a escuchar.
El paisano, lleno de inteligencia, comprende que aquél es un hombre superior que desciende hasta él y se le nivela como un igual, y empieza por inclinarse a aquel hombre a quien llama un buen criollo y concluye por amarlo con toda la potencia de su espíritu tan accesible al cariño.
Moreira llegó a asimilarse de tal modo al doctor Alsina, que se había convertido en la sombra de su cuerpo y en el eco de su pisada.
De día, no lo no lo abandonaba un momento; de noche, tendía su recado en el patio, a la puerta del aposento del niño y dormitaba allí velándole el sueño.
Cuando el peligro pasó, cuando la situación de Buenos Aires quedó en estado normal, ya los servicios de Moreira fueron innecesarios y el paisano quiso volver a su pago a atender sus intereses abandonados tanto tiempo y juntar sus animalitos, que andarían dispersos por los campos vecinos.
El doctor Alsina hizo todo género de ofertas a Moreira para que se quedara en el pueblo a trabajar y conservarlo así a su lado, pero todo fue inútil.
El paisano se sofocaba en la ciudad y necesitaba volver a los trabajos de campo, donde lo llamaban su inclinación y sus hábitos.
Viendo que todo esfuerzo sería inútil, el doctor Alsina le proporcionó un pasaje y lo despidió, dándole una suma de dinero en agradecimiento de sus servicios.
A la vista del dinero Moreira palideció y una lágrima, arrancada por el sentimiento, fue a perderse trémula y silenciosa entre la naciente barba.
El doctor Alsina, comprendiendo lo que pasaba por aquel espíritu noble, retiró con presteza el dinero, al mismo tiempo que el paisano decía con acento conmovido:
-No me ofenda, patrón; si yo lo he servido ha sido porque en ello he tenido gusto, y no merezco esa oferta, porque me hace doler el corazón.
El doctor Alsina, profundamente impresionado por este rasgo de nobleza, tendió primero su mano al paisano, y lo estrechó después entre sus brazos.
El paisano se enterneció lleno de orgullo al sentir íntimamente la presión de aquel abrazo, levantó la hermosa cabeza iluminada por la emoción que saltaba a sus ojos magníficos y se separó del doctor Alsina diciéndole:
-Si alguna vez me cree útil, si mi cuerpo puede servirle alguna vez de defensa, mándeme avisar nomás, patrón, que yo vendré aunque sea del fin del mundo; disponga de mi vida sin embozo, porque desde hoy soy cautivo de sus prendas.
El paisano se alejó rápidamente y el doctor Alsina quedó meditando en la nobleza de esta raza desheredada de todo derecho, cuyo único porvenir es el puñal y los atrios electorales o los cuerpos de línea al eterno servicio de las fronteras.
Fue entonces que el doctor Alsina compró el caballo más magnífico que halló en Buenos Aires y lo envió a Moreira con una lujosa daga.
Era el famoso overo bayo que llegó a ser el crédito y el orgullo del paisano, y la daga que tan terriblemente esgrimía.
Aquel caballo representaba para él su seguridad personal y el recuerdo de aquel hombre por quien se hubiera hecho matar cien veces sin escrúpulo ni pesar.
Así dividía su afecto entre el caballo y el perro, sus leales amigos, que eran el recuerdo de lo que más había amado en el mundo, exceptuando dos personas a quienes tal vez no vería más.
Por eso, cuando salía de sus tristes meditaciones, se le veía prodigar sus cariños a aquellos dos animales que lo conocían hasta en el ruido de la pisada.
Durante un mes no se oyó hablar una palabra de Moreira, referente a desorden o pelea a mano armada.
Desde la muerte de Leguizamón, su tremenda reputación de hombre guapo había crecido de una manera imponderable.
No había un solo paisano que se hubiera atrevido a faltarle al respeto.
Fue entonces que Moreira hizo la siguiente acción hermosa, que tal vez vino a ser su salvación, cuando una partida de la Guardia Provincial, mandada por el mismo coronel Garmendia, batía los campos para reducirlo a prisión vivo o muerto; interesante incidente que figurará en el curso de esta narración.
Las elecciones habían terminado en Navarro, pero los odios de partido que engendra esta clase de luchas no se habían extinguido.
El rencor de los caudillos electorales no se acallaba y los trabajos de venganza habían suplantado a los electorales, dando margen a injustas persecuciones.
El señor Marañón, caballero de muchísima influencia, arrastraba con su prestigio a gran número de paisanos, contribuyendo eficazmente al triunfo electoral que acababa de obtener en Navarro el poderoso bando político a que se plegara Moreira.
Esto puso a Marañón en el duro trance de ser asesinado varias veces, debiendo su salvación a una serie de casualidades.
Según se dice, uno de los caudillos enemigos, que no nombramos por la posición que ocupa hoy, era el más empeñado en hacer desaparecer a Marañón, y con él, su poderosa influencia electoral.
Para llevar a mejor resultado esa acción cobarde y mezquina, fueron reclutados, por otra persona que no nombramos, cinco asesinos conocidos como hombres de agallas, a quienes se dieron cuarenta mil pesos para que asesinaran a Marañón.
La noche que se había fijado para llevar a cabo este crimen odioso era de luna clara y hermosa.
El señor Marañón, aunque sabía que se trataba de asesinarlo, salía a la calle como de costumbre y asistía al club de Navarro, acompañado solamente por un buen revólver de seis tiros y la confianza que los hombres de cierta talla tienen en su corazón.
Aquella noche Marañón había estado hasta las 11 en el club, jugando una tranquila partida de carambola con varias personas de su amistad.
A esa hora se alejó del club solo, y tomó a pie el camino de su casa, abreviándolo, para lo cual tenía que pasar un cicutal espeso, donde se habían emboscado los cinco asesinos cuyos puñales debían extinguir aquella noble existencia.
Marañón, completamente ajeno a lo que debía suceder, atravesó la ciudad con aquella despreocupación consiguiente al hombre que nada teme.
Apenas había caminado dos o tres pasos para cruzar la calle, cuando los cinco asesinos le salieron al paso daga en mano.
El joven sacó su revólver e interrogó con el ademán a aquellos hombres que se le presentaban de una manera tan agresiva.
-Venimos a matarte -dijo uno de ellos avanzando un paso-, y es en vano toda resistencia, porque ya tu hora ha llegado.
Marañón armó su revólver y dio vuelta rápidamente para examinar el camino que tenía a la espalda y asegurar su retirada, pero su valor hubo de decaer por completo al ver a su espalda un bulto que avanzaba con suma precaución, y reconociendo en aquel bulto, gracias a la claridad de la luna, al terrible Juan Moreira que trataba de ocultarse entre la sombra de las cicutas y en cuya diestra se veía brillar la daga.
Si Marañón había tenido confianza en la lucha con los cinco asesinos, esta confianza se disipó por completo a la vista del enemigo que le ganaba la espalda, enemigo que en verdad era irresistible.
Vacilaba aún el joven a cuál de los dos puntos debía atender primero, cuando Moreira saltó sobre él como una pantera, lo tomó por la cintura y lo derribó al suelo con una fuerza asombrosa.
Desde allí y medio aturdido por el golpe, Marañón pudo ver cómo Moreira acometía a los asesinos con asombrosa rapidez, tendiendo a uno de ellos con el vientre completamente abierto por su daga poderosa.
-¡Ríndanse a Juan Moreira, maulas! -gritó aquel hombre extraordinario, acometiendo a los cuatro que quedaban; pero éstos, al conocer el nombre del enemigo que tenían encima, echaron a disparar, dominados por invencible espanto, en distintas direcciones.
Moreira, al ver huir a aquellos hombres con tan extraordinaria ligereza, prorrumpió en una ruidosa y franca carcajada, acercándose a Marañón que se había levantado ya y quedaba de pie embargado por el asombro.
-¿Cómo ha venido aquí a tan buen tiempo? -preguntó Marañón tendiendo la mano al noble gaucho.
-Supe que lo iban a asesinar esos maulas -respondió Moreira riendo y estrechando con efusión la mano que se le tendía-, y yo también me escondí para darle una manita y para que la cosa no fuese tan despareja.
En seguida, y con la mayor naturalidad, se acercó al caído, se cercioró de que estaba muerto, y dirigiéndose a Marañón, le dijo:
-Ahora vamos, que lo voy a acompañar hasta su casa, aunque esos maulas no son hombres de volver y han de andar todavía disparando, creyendo que yo los persigo.
Y se dirigió a su caballo que, con el perro sobre el apero, había dejado emboscado a corta distancia.
Así caminaron tranquilos y sin cambiar una palabra hasta la casa de Marañón, que quedaba a corta distancia.
Marañón estaba conmovido por aquel acto de nobleza llevado a cabo por un hombre que no le debía el menor servicio, y a quien sólo conocía por las referencias que le habían hecho.
Y el gaucho es así, toma cariño a una persona siguiendo un impulso del corazón, porque le ha gustado la pinta, o porque lo ha cautivado alguna acción.
Cuando se entrega el cariño a una persona, lo hace con la misma vehemencia que ama, que odia, que juega o que bebe.
Quiere porque sí, sin darse cuenta de su cariño, entregándose por completo a la persona que se lo ha inspirado, llegando por ella hasta el sacrificio de la vida.
Para Marañón esto era sumamente extraño, aunque conocía profundamente el modo de ser de nuestro gaucho.
El cariño de Moreira fue para él una revelación, y quiso explotar en beneficio del paisano aquel afecto que le daba sobre él cierto ascendiente.
-¿Qué móvil le ha guiado, amigo? -preguntó una vez que estuvieron sentados en su casa del joven-, ¿qué idea ha tenido al proceder de esta manera noble?
El paisano miró largo tiempo el sombrero que tenía dando vueltas entre las manos, luego alzó la vista hasta encontrar la del joven y repuso:
-He ido allí para salvarlo de que lo asesinen, primero porque yo lo quiero a usted, después porque no puedo tolerar que se junten de a cinco para matar a uno.
-¿Y cómo ha sabido usted que a mí me iban a asesinar?
-Porque me lo dijo una persona a quien propusieron la cosa y que fue bastante hombre para echarlos al diablo por puercos y por cobardes.
-Yo agradezco lo que usted ha hecho, amigo Moreira; y si alguna vez puedo serle útil en alguna cosa, acuda a mí, porque desde este momento soy su amigo.
-No me agradezca nada, señor -contestó Moreira, con una expresión de profunda amargura-; lo que yo he hecho lo hubiera hecho cualquiera. Yo lo quiero a usted, porque necesito querer a alguien, y usted se me figura que es algo mío, que es mi hijo o que es mi hermano. Yo soy un hombre maldito que ha nacido para penar y para andar huyendo de los hombres, que han sido mi perdición; y lo he querido a usted, porque siento que al quererlo, puedo respirar con más franqueza, y esto es tan dulce para mí, que si usted me mandase entregar a la partida, ahora mismo iba y me presentaba.
Y el paisano, en su lenguaje sencillo, explicaba la sed de cariño que sentía en su corazón ardiente.
Todo lo había perdido en el mundo, menos su caballo y su perro, el fiel Cacique, en quienes partiera su afecto; y aquel hombre necesitaba el de un ser humano a quien confiar sus penas y contar sus desventuras.
-¿Y por qué anda usted así errante, retando a la justicia con sus actos que son malos? ¿Por qué no trabaja usted como antes y deja esa mala vida?
Moreira levantó los ojos preñados de lágrimas, acarició al joven con una mirada tranquila y tristísima, y con la voz entrecortada por la emoción le habló:
-Con las penas que tengo ya en el corazón habría para llorar un año. Yo era feliz al lado de mi mujer y mi hijo y jamás hice a un hombre ninguna maldad. Pero yo habré nacido con algún signo fatal, porque la suerte se me dio vuelta y de repente me vi perseguido al extremo de tener que pelear para defender mi cabeza.
Y Moreira narró a Marañón con sus más minuciosos detalles la historia que hemos diseñado a grandes rasgos.
Marañón escuchaba enternecido el relato de tanta desventura, estaba agradecido a aquel hombre que le salvara la vida y tentó salvarlo arrancándolo del precipicio a cuyo fondo rodaba sin remedio por una sucesión de fatalidades inevitables para el que se coloca en esa pendiente.
El joven meditó un momento, y queriendo aprovechar el enternecimiento de aquel hombre de tan hermosas prendas de corazón, le golpeó el hombro y le dijo cariñosamente:
-¿Por qué no sale usted de Buenos Aires? Yo le proporcionaré trabajo en Santa Fe o en Córdoba, donde puede usted vivir tranquilo y ser feliz todavía. Allí tengo muchos amigos para quienes le daré cartas, y al fin de los años ya podrá usted volver. Se habrán olvidado de sus desgracias y podrá volver a ser lo que ha sido.
-Yo no he de irme de estos pagos -replicó el paisano, creciendo en amargura-, porque no pienso separarme de mi mujer ni de mi hijo; porque faltando yo, la justicia se ha de alzar con ellos haciéndoles pagar mis yerros.
-Yo les proporcionaré los medios de irse con usted, y entonces usted puede quedarse allí para siempre, viendo crecer a su hijo a su lado y amado por su mujer.
-Conozco que usted me habla al alma y veo que he puesto bien mi cariño en usted, pero por más que me halaga la propuesta yo no la puedo aceptar sin saber antes qué ha sido de aquellas dos prendas mías y si tengo que vengarlas de alguien. Los pobres tienen olor a difuntos; es preciso darles con el pie para que no apesten, y sabe Dios lo que habrá sido de aquellos desgraciados, cuyo único delito en la vida ha sido ser mi mujer y ser mi hijo.
-¡Quiera Dios que no les haya sucedido nada! -prosiguió, tomando un tono altivo y amenazador-. ¡Quiera Dios que no los hayan hecho sufrir un minuto! Yo no soy malo, pero conozco que si alguien les hubiera tocado el pelo de la ropa, sería capaz de hacer una herejía que ni los indios.
Y al decir esto, sus ojos brillaron en un relámpago de muerte, dando a su actitud una expresión que hacía ver todo lo irrevocable de aquella determinación adoptada y jurada en el fondo de su alma.
Marañón insistió en sus proposiciones, allanó al paisano todas las dificultades, pero todo fue inútil: su palabra se estrellaba contra aquel carácter inquebrantable.
-Bueno, patrón -dijo el gaucho levantándose-, ya lo he molestado bastante. Será hasta la vista o hasta que se presente la ocasión.
-Adiós, Moreira -dijo el joven-; piense en lo que le he dicho, y lo acepte o no lo acepte, ya sabe que puede contar conmigo en cualquier aprieto en que se vea.
Moreira sonrió agradecido y estrechó con cierto cariñoso respeto la mano que se le tendía; salió al patio, de éste a la calle, y saltando sobre su bayo, se alejó al tranquito.
Marañón se quedó meditando tristemente sobre el destino de los hombres que, nacidos para el bien y para llevar a cabo las más grandes acciones, son empujados por la fatalidad a una pendiente cuyo límite es la muerte trágica que puso fin a aquella existencia desventurada.
Entretanto, Moreira, abismado en el recuerdo del pasado, había doblado sobre el pecho la cabeza, postrada por la tempestad que la cruzaba.
Allí, mudo e inmóvil, marchaba a la voluntad del noble animal, que no cambiaba la marcha para no turbar el reposo de su amo, acostumbrado a cuando, en altas horas de la noche, el jinete renunciaba al gobierno de la brida, o iba dormido, o iba a la ventura.
Moreira caminó así, entregado a sus tristes pensamientos, hasta que la luz del alba empezó a confundirse con la luz de la luna.
A la presencia del día, Moreira se descubrió como para que el aire de la mañana refrescara su cabeza, aspiró con fuerza esa brisa fresquísima que viene perfumada con las aromáticas exhalaciones de las flores silvestres, que parece dar nuevas fuerzas al espíritu, y revolvió su caballo en dirección al pueblo, tomando el camino de la pulpería y posada, donde sólo paraba para dar de comer a sus dos amigos, el Cacique y el caballo.
Moreira entró en la pulpería, que era la de López, en un momento fatal; parecía que el destino lo empujara allí donde iba a suceder una desgracia.
Cuando Moreira entraba y pedía un poco de maíz para el caballo, notó que entre los paisanos que hacían la mañana se había promovido una discusión.
Un tal Gondra, gaucho quiebra y de malas entrañas, había dirigido palabras chocantes a un paisano forastero bastante mal entrazado, que había entrado en la pulpería a comprar una botella de caña para el camino.
El forastero no había respondido una sola palabra a las chocantes indirectas de Gondra, esperando le entregaran su caña para retirarse, lo que envalentonó a Gondra que lo siguió chocando con indirectas primero y con injurias después, cuando vio que el paisano aflojaba.
Moreira quitó el freno al overo poniéndole un morral con maíz para que almorzara, y mientras le traían un pedazo de carne para el Cacique, entró a la trastienda con intención de calmar a Gondra en las chocarrerías que oyó cuando llegó a la pulpería.
En este hecho sangriento podrán apreciar nuestros lectores el gran dominio que tenía Moreira sobre los que lo rodeaban.
En Navarro, como en todo el resto de la provincia, se discutían las candidaturas de Costa y Acosta, candidatos de dos partidos poderosos para el gobierno de Buenos Aires.
Moreira había estado en aquel partido, siendo juez de paz de él el estimable joven José Correa Morales, quien solicitó a Moreira para sargento de la partida.
Juan Moreira aceptó el puesto que se le brindaba, porque tenía gran estimación por la familia del señor Morales, que lo había protegido siempre.
Sus servicios fueron eficaces y dejaron de aquel hombre, en Navarro, un recuerdo gratísimo.
Moreira salía con la partida de plaza a recorrer el pueblo y sus alrededores, no habiendo criminal capaz de resistirse al hermoso sargento, ni de dar motivo alguno para que la partida se le echase encima.
Cuando se tenían noticias de algún bandido de esos que suelen aparecer de cuando en cuando, Moreira iba solo en su busca, y lo prendía ya convenciéndolo de que era inútil resistírsele, ya luchando con él para reducirlo a prisión, lo que le dio un gran prestigio entre el paisanaje y le captó por completo el aprecio de los habitantes del pueblo.
El partido de Navarro fue entonces de los más tranquilos, pues era mucho más respetado el sargento Moreira que toda la justicia entera.
Cuando el caballero Morales dejó el juzgado de Navarro, el juez de paz que lo sustituyó hizo empeños por conservar en la partida al prestigioso gaucho, sin poderlo conseguir.
-Estoy aburrido de ser justicia -respondió Moreira-; me vuelvo a mi pago a cuidar mi hacienda y a ver también si me caso.
Con estos antecedentes Moreira regresó al partido de Matanzas en donde aquella temible justicia lo persiguió hasta precipitarlo en el camino del crimen.
Cuando Moreira regresó a Navarro, se conocían allí todas las desgracias que hemos venido narrando, y todas ellas no fueron capaces de borrar los buenos antecedentes que allí había dejado.
Moreira llegó a Navarro cuando todos los ánimos estaban excitados con aquellas elecciones tan reñidas, que vinieron a producir tan honda división en los habitantes de la campaña.
Faltaban sólo dos meses para la elección, y los partidos trabajaban con incansable actividad, reclutando gente de todas partes y preparando los clubes electorales.
Moreira fue ardientemente solicitado por los dos partidos políticos, que conocían su inmenso prestigio; pero el paisano resistió a todas las propuestas seductoras que se le hicieron, llegando hasta desechar con una soberbia imponderable la propuesta de hacer romper todas las causas que se le seguían en Matanzas, donde podía volver después del triunfo.
Conociendo el ascendiente que sobre aquel hombre extraordinario tenía el doctor Alsina, a quien había acompañado como hombre de confianza en épocas de peligro, los caudillos electorales hicieron que aquél escribiera a Moreira pidiéndole que pusiera su valioso prestigio a favor de la buena causa.
Moreira, cuando recibió la carta del doctor Alsina, no supo resistirse, y se afilió a uno de los bandos políticos, influyendo en su triunfo de una manera poderosa.
Los paisanos que estaban en el bando contrario se incorporaron a Moreira, al amigo Moreira, que apreciaban unos y temían otros más que al mismo juez de paz, que lo era en esa época don Carlos Casanova, apreciadísimo caballero y persona conocida como recta y honorabilísima.
Tal vez el señor Casanova hubiera puesto coto más tarde a los desmanes de Moreira, pero era tal el dominio que sobre la partida de plaza ejercía el paisano desde que fuera su sargento, que ésta temblaba ante la sola idea de tener que ir a prenderlo.
Las elecciones se aproximaban y los partidos, armados hasta los dientes, se preparaban a disputarse el triunfo de todas maneras, por la razón o la fuerza, lema desgraciado que se ostenta aún en el escudo de una nación que se permite contarse entre las civilizadas.
Había en aquella época, y afiliado al partido contrario de aquel en que militaba Moreira, un caudillo de prestigio y de grandes mentas por aquellos pagos.
Leguizamón, que así se llamaba el caudillo, era un gaucho de avería, valiente hasta la exageración y que arrastraba mucha paisanada.
Este era el elemento que iban a colocar enfrente a Moreira para disputarle el triunfo, a cuyo efecto habían enconado al gaucho picándole el amor propio con comparaciones desfavorables.
Leguizamón, que era un paisano alto y delgado, muy nervioso y de una constitución poderosa, contaría entonces unos cuarenta y cinco años.
Era un hombre de larga foja de servicios en las pulperías, donde había conquistado la terrible reputación que tenía.
El choque de estos dos hombres debía ser fabuloso.
Leguizamón estaba reputado de más hábil peleador que Moreira, pero éste debía compensar aquella inferioridad con la sangre fría asombrosa de que diera tantas pruebas.
Moreira era ágil como un tigre y bravo como un león; la pujanza de su brazo era proverbial y su empuje ineludible.
Pero Leguizamón tenía una vista de lince, su facón era un relámpago y su cuerpo una vara de mimbre, que quedaba a su antojo.
Todo esto habían dicho a Moreira, pero al escucharlo el paisano había sonreído con suprema altanería y contestado resueltamente:
-Allá veremos.
A Leguizamón le habían relatado las hazañas de Moreira, y el gaucho había fruncido el ceño diciendo:
-Ese maula no sirve ni para darme trabajo. En cuanto se ponga delante de mí, lo voy a ensartar en el alfajor como quien ensartar en el asador como quien ensarta en el asador un costillar de carnero flaco.
La perspectiva de una lucha entre aquellos dos hombres había preocupado de tal manera a los paisanos, que se preparaban a ir a las elecciones, no por votar en ellas, sino por presenciar el combate entre ño Leguizamón y el amigo Moreira, asignando el triunfo, cada uno, del lado de sus simpatías.
El día de las elecciones llegó por fin, y la gente se presentó en el atrio en un número inesperado.
La mayoría de aquella concurrencia iba atraída por aquella lucha que había sido anunciada y fabulosamente comentada en todas las pulperías por los amigos de ambos contendientes, comentarios que habían dado ya margen a algunas luchas de facón entre los que asignaban el triunfo a Moreira, que era la generalidad, y los que suponían triunfante a Leguizamón.
El comicio se instaló por fin con todas las formalidades del acto, estando presentes el juez de paz, la partida de plaza y el comandante militar.
Moreira se colocó con su gente del lado que ocupaba el bando político a que él se había afiliado.
El paisano estaba vestido con un lujo provocativo.
En épocas electorales abunda el dinero, y Moreira había empleado el que le dieron en el adorno de su soberbio overo bayo.
Su tirador estaba cubierto de monedas de oro y plata, metales que se veían en todo el resto de sus lujosas prendas.
En la parte delantera se veían sujetos por el tirador dos magníficos trabucos de bronce, regalo electoral, y las dos pistolas de dos cañones que le regalara su compadre Giménez al salir de Matanzas.
Atravesada a su espalda y sujeta al mismo tirador, se veía su daga, su terrible daga, bautizada ya de una manera tan sangrienta y que asomaba la lujosa engastadura, siempre al alcance de la fuerte diestra.
Llevaba su manta de vicuña arrollada al brazo izquierdo, con cuya mano hacía pintar al pingo, que se mostraba orgulloso del jinete que lo montaba.
Moreira estaba completamente sereno; sonreía a los amigos, chistaba al caballo como para calmar su inquietud, y se daba vuelta de cuando en cuando para mirar al Cacique, que a las ancas del overo meneaba la cola alegremente, como preguntando qué significaba todo aquel aparato.
Frente a Moreira, del otro lado de la mesa y un poco más a la izquierda, estaba Leguizamón, metido en las filas de los suyos. La actitud del paisano era sombría y amenazadora; miraba a Moreira como lanzándole un reto de muerte, y se acariciaba de cuando en cuando la barba, con la mano derecha, de cuya muñeca pendía un ancho rebenque de lonja, de cabo de plata.
Moreira permanecía como ajeno a todas aquellas maniobras, evitando que su mirada se encontrase con la de Leguizamón, "que ya se salía de la vaina".
Los paisanos estaban conmovidos: en sus pálidos semblantes se podía ver la emoción que los dominaba, emoción que se extendía hasta los mismos escrutadores y suplentes, que no atendían su cometido por observar las variantes de aquellas provocaciones mudas, que tendrían que terminar en un duelo a muerte, fatal para uno u otro.
Por fin el acto electoral comenzó y los paisanos fueron acercándose uno a uno a la mesa del comicio, depositando cada uno su voto maquinalmente, y montando de nuevo a caballo para confundirse en las filas de donde habían salido.
Media hora hacía apenas que la elección había comenzado, cuando Leguizamón, picando su caballo, se acercó a la mesa y dando en ella un golpe con su rebenque dijo que se estaba haciendo una trampa contra su partido y que él no estaba dispuesto a tolerarla.
Y al decir estas palabras Leguizamón no miraba a los escrutadores a quienes iban dirigidas sino a Moreira para quien envolvían una provocación que éste no quiso entender, permaneciendo tranquilo.
Las palabras de Leguizamón conmovieron los ánimos tan poderosamente, que ninguna de aquellas personas mandó al gaucho guardar silencio.
-¡He dicho que se nos está haciendo trampa! -añadió, creciendo en insolencia-, y han traído a aquel hombre para que les ayude -y señaló a Moreira con el cabo del rebenque.
Moreira siguió guardando su aparente tranquilidad, y con una infinita gracia replicó al gaucho:
-No es tiempo, amigo, de lucir la mona; los peludos no tienen cartas en las votaciones y no hay que faltar así al respeto de las gentes.
Tan conmovidos estaban los paisanos que ni siquiera sonrieron ante este epigrama, que hizo poner lívido de furor a quien fue dirigido.
-¡Menos boca y al suelo! -gritó Leguizamón desmontando-. Usted es un maula que ha venido a asustar con la postura y que no ha de ser capaz de nada.
En la cintura de Leguizamón se veía un revólver de grueso calibre y una daga de colosales dimensiones.
Fue esta el arma que sacó el paisano.
Moreira se echó al suelo como quien hace una cosa a disgusto, y sacó también su daga, enrollando con presteza al brazo la manta de vicuña.
Apenas el paisano se había separado una vara del caballo, cuando Leguizamón estaba sobre él, enviándole una lluvia de puñaladas.
Era aquel un espectáculo magnífico e imponente. Aquellos dos hombres se acometían de una manera frenética, enviándose la muerte en cada golpe de daga, que era parado por ambos con una destreza asombrosa.
Los ponchos, arrollados en el brazo izquierdo, estaban completamente hechos jirones por los golpes parados, pero los combatientes, igualmente diestros, igualmente fuertes, no habían logrado hacerse la menor herida.
La prolongación de la lucha empezaba a encolerizar a Leguizamón, que había cometido ya dos o tres chambonadas, y a medida que la cólera empezaba a enceguecerlo, Moreira se mostraba más tranquilo y más previsor en sus acometidas.
Los asistentes habían hecho gran campo a los dos antagonistas, sin haber entre ellos uno solo que se atreviera a separarlos, pues con aquella acción sabían que se exponían a captarse la cólera y tal vez la agresión de ambos.
Leguizamón, más viejo y menos tranquilo en el combate, empezó a fatigarse, mientras Moreira, más hábil, economizaba sus fuerzas, que no habían podido debilitar quince minutos de combate recio, que ya comenzaba a ser pesado para Leguizamón.
Aquella lucha no podía durar un minuto más; era cuestión de una puñalada parada con descuido, de un traspié, de una casualidad cualquiera.
Leguizamón empezó a retroceder, acometido de una manera ruda y decisiva.
De su poncho quedaban sólo dos pequeños jirones y su chaqueta estaba cortada en dos partes.
Moreira, cuyo poncho estaba completamente despedazado, paraba las puñaladas con su enorme sombrero de anchas alas.
Leguizamón fue retrocediendo hasta la mesa donde se hacía el escrutinio, que fue abandonada por los que la rodeaban, para evitar un golpe casual.
Allí, contra la mesa y con acción debilitada por el mueble, el gaucho cometió una imprudencia que fue hábilmente aprovechada por su adversario.
Distrajo la mano izquierda pretendiendo sacar su revólver, descuidando toda defensa, y Moreira, rápido como un relámpago, marcó una puñalada en el vientre.
Leguizamón quiso acudir a evitarla, pero Moreira dio vuelta la daga y dio con el puño tan violento golpe sobre la frente del gaucho, que lo hizo rodar por el suelo, completamente privado de sentido.
Después de este golpe maestro, era de suponerse que el vencido fuese degollado, pero Moreira, limpiando con la mano el copioso sudor que pegaba los cabellos sobre su frente, hizo dos pasos atrás y con la voz aún jadeante por la fatiga dijo a los paisanos del bando enemigo, que lo miraban asombrados:
-Pueden llevar a ese hombre a que duerma la mona y no venga aquí a hacer bochinche.
Un inmenso aplauso saludó la hermosa acción de Moreira, que envainando la daga y saltando a caballo dijo a los del comicio:
-Caballeros, que siga la elección.
Aquel bravo entusiasta en que había estallado la multitud, era un bravo espontáneo arrancado por la hermosa acción de Moreira.
Provocado, se había batido con un hombre valiente, y hábil en el manejo de las armas, sin mostrar cólera contra su provocador, a quien no había querido matar, pues aquel golpe en la frente había sido calculado con toda sangre fría y preferido a la tremenda puñalada que marcó en el vientre.
Vencedor en el lance, no había hecho uso de la ventaja obtenida, pidió sacaran de allí a aquel hombre inerme, para que "no hiciera bochinche".
Era indudablemente una acción hermosa que recogía su premio en el aplauso de los que habían presenciado aquel duelo a muerte que amenazara ser sangriento.
Moreira recuperó tranquilamente su puesto y l elección siguió en el mayor orden.
Su acción había pesado de tal modo en el espíritu de los gauchos del otro bando, que todos votaron con él, con esa inocencia peculiar en los paisanos, que van a las elecciones y votan por tal o cual persona, simplemente porque a ellos los ha invitado su patrón o porque el juez de paz lo ha mandado así.
La elección fue canónica: había faltado el caudillo enemigo y sus partidarios se habían plegado al bando que sostenía el amigo Moreira.
Leguizamón fue conducido, cuando cayó, a la pulpería y tienda de un tal Olazo, que existe aún, donde le prestaron algunos auxilios que le volvieron el conocimiento.
Cuando recuperó el completo dominio de sus facultades, cuando supo lo que había sucedido y que Moreira había tenido asco de matarlo, Leguizamón se puso furioso, quiso volver a la plaza para matar al paisano, pero no lo dejaron salir cuatro o cinco personas que habían quedado acompañándolo.
Como la pulpería de Olazo estaba sólo a una cuadra de la plaza, a cada momento caían allí paisanos dando noticias del partido que iba triunfando y ponderando la bella acción de Moreira, que no había querido matar a Leguizamón, a quien había golpeado con el cabo de la daga, tendiéndolo en el suelo.
Leguizamón oía todos estos relatos y su coraje iba creciendo hasta el extremo de llenar de improperios a los que iban a la pulpería.
-Yo he de matar a ese maula -gritaba en el colmo de la irritación-; lo he de matar como a un cordero, para probar a ustedes que sólo por una casualidad me ha podido aventajar, pues él me ha pegado porque me vio tropezar en la mesa y perder pie; de otro modo, ¡cuándo sale de allí con vida!
Los paisanos, temiendo un nuevo encuentro con Moreira, habían querido llevar al gaucho a su casa, pero toda tentativa resultó inútil.
Leguizamón pidió una ginebra, y declaró que iba a esperar allí a Moreira para matarlo y demostrar que era un maula que habían traído para asustar a la gente con la parada.
La elección terminada, los paisanos empezaron a desparramarse en todas direcciones, cayendo la mayor parte a la pulpería de Olazo, que era la más acreditada.
Todos suponían además que el lance de aquella mañana no podía quedar así, y que entre Leguizamón y Moreira iba a suceder algo terrible.
Moreira estuvo conversando un momento con las personas de la mesa quienes le recomendaron que evitase encontrarse con Leguizamón y que, si lo hallaba a su paso, no atendiera a sus provocaciones, porque andaba siempre ebrio y no sabía lo que hablaba.
El gaucho sagaz comprendió que Leguizamón conservaba aún, a pesar de lo sucedido, su prestigio de hombre guapo y de avería, y que se dudaba del éxito de un nuevo encuentro, pero sonrió maliciosamente y se alejó al tranco de su overo bayo, tomando la dirección de la casa de Olazo, donde sabía estaba Leguizamón.
Serían sólo las cinco de la tarde cuando Moreira dio vuelta por la esquina de la plaza, en dirección al almacén, lleno de gente en esos momentos.
Cuando Moreira apareció en la esquina, un movimiento de espanto pasó como un golpe eléctrico entre los gauchos.
En el cuchicheo y el asombro pintado en todos los rostros, Leguizamón comprendió que su enemigo venía, y apurando el contenido de la copa que tenía en la mano, saltó al medio de la calle empuñando en su diestra la daga, que brilló como un relámpago de muerte.
Moreira vio todo eso y adivinó lo que en la pulpería pasaba, pero no alteró la marcha de su caballo, que avanzaba al tranquito, haciendo sonar las copas del freno.
Leguizamón, parado en medio de la calle, llenaba de injurias al paisano, que parecía no escucharlas, dada la sonrisa de su boca y la tranquilidad del ademán.
Por fin Moreira estuvo a dos varas del enfurecido gaucho, y éste, que sólo esperaba aquel momento, lo acometió resuelto por el lado de montar, tomando la rienda del caballo.
Moreira se deslizó, tranquilo siempre, pero rápido, por el lado del lazo, sacó de la cintura su terrible daga, y se preparó al combate.
Las acometidas de Leguizamón eran tan violentas, sus golpes eran tan recios, que Moreira tenía que acudir a los recursos de la vista y a toda la elasticidad de sus músculos para evitar que el paisano lo atravesara en una de las tantas puñaladas o lo abriera con aquellos hachazos tirados con una fuerza de brazo imponderable.
Durante cuatro o cinco minutos Moreira estuvo concretado exclusivamente a la defensa, siéndole imposible llevar el ataque.
Con la pupila dilatada por el asombro, trémulos y silenciosos, los numerosos paisanos miraban las gradaciones de aquel combate sin atreverse a respirar siquiera.
La partida de plaza había sido avisada de lo que sucedía, pero no se había resuelto a moverse de la puerta del juzgado: tenía decididamente miedo de provocar a Moreira.
Leguizamón, entretanto, cansado de tanto tirar, quiso reposar un momento y dio un salto hacia atrás.
Entonces Moreira tomó la ofensiva con tal brío, con tal pujanza, que eran pocos los dos brazos del adversario para parar aquella especie de huracán de puñaladas y hachazos.
Cuando Leguizamón tenía la ofensiva, Moreira no había hecho un solo paso atrás, no había perdido una línea del terreno que pisaba.
En cambio, cuando él atacó, Leguizamón empezó a retroceder, primero paso a paso, y después a saltos, único recurso para evitar ciertas puñaladas mortales.
Así combatieron las tres cuadras que mediaban entre el almacén de Olazo y la plaza principal, sin haberse inferido otra herida que un ligero rasguño recibido por Moreira en el brazo izquierdo al parar un hachazo.
Retrocediendo uno y avanzando el otro, los dos combatientes llegaron hasta la iglesia, seguidos de todos los paisanos que había en la pulpería al principio de la lucha, aumentados con los que fueron llegando a medida que iban sabiendo lo que sucedía.
La partida de plaza estaba en la puerta del juzgado, a dos pasos de la iglesia, con el caballo de la rienda, pero no se atrevía a intervenir.
Al llegar a la iglesia, Moreira acometió a Leguizamón por el costado izquierdo obligándole así a hacer un cuarto de conversión y buscar la pared del templo para hacer en ella espalda, tirando un par de puñaladas al vientre de Moreira para detenerlo un poco y darse un alivio.
Pero Moreira, comprendiendo que aquella posición era violenta para su adversario, que había quedado contra la pared lo mismo que por la mañana contra la mesa, cargó de firme, decidido a terminar la lucha, cuya duración había empezado a irritarlo y a hacerle perder parte de aquel aplomo que nunca lo abandonaba.
Moreira, pues, cargó de firme, metió el brazo izquierdo contra la daga de Leguizamón para evitar un golpe probable, y se tendió a fondo en una larga puñalada.
Entonces se sintió un grito de muerte, vaciló Leguizamón sobre sus piernas y cayó pesadamente sobre el primer escalón del atrio, produciendo un golpe seco y lúgubre, peculiar a la caída de un cuerpo humano.
Moreira abandonó la daga enterrada hasta la empuñadura en la herida, se cruzó de brazos y miró pausadamente a todos los testigos de aquel drama.
-Caballeros -dijo soberbio y altivo-, el que crea que esta muerte está mal hecha, puede decirlo francamente, que aún me quedan alientos suficientes.
Ninguno se movió, ninguno turbó con una sola palabra aquel silencio imponente.
La actitud de los paisanos aprobaba el proceder del gaucho.
Moreira miró entonces el cuerpo caído de Leguizamón, que se estremecía débilmente en el último estertor de la agonía; se agachó y le arrancó la daga del estómago.
El cuerpo de Leguizamón se agitó entonces con un temblor convulsivo; de su ancha herida salió una gran cantidad de sangre, y quedó completamente inmóvil.
Moreira lo contempló un segundo, como dominado por una especie de arrepentimiento; dejó la daga sobre el pecho del cadáver, y acercándose a su caballo que había sido llevado allí por uno de los paisanos, montó con un ademán sombrío, apartando suavemente al Cacique, que saltaba sobre el tirador, pretendiendo llegar a lamerle la cara, después de haberle lamido las manos, como felicitándolo del peligro de que acababa de escapar.
El paisano no quiso alejarse de aquel sitio sin hacer antes alarde del miedo que sabía que se le tenía.
Revolvió su caballo hasta el juzgado de paz, y dirigiéndose al sargento de la partida, que estaba dominado por el más franco espanto, le dijo lleno de altivez:
-Haga el favor, amigo, alcánceme la daga que he dejado olvidada allí -y señaló el cadáver de Leguizamón, sobre cuyo pecho se veía el arma.
El sargento dio las riendas de su caballo a uno de los soldados, se dirigió al sitio indicado y recogió la daga, que entregó a Moreira humildemente y sin permitirse la menor palabra.
Moreira tomó su daga, que guardó en la cintura después de limpiar en la crin del caballo la sangre de que estaba cubierta la hoja, y picando con las espuelas los flancos del magnífico animal, se alejó al tranco, dejando absortos a los testigos de aquella sangrienta sátira.
No hacemos novela, narramos los hechos que pueden atestiguar el señor Correa Morales, el señor Marañón, el señor Casanova, juez de paz entonces, y otras muchas personas que conocen todos estos hechos.
Y hacemos esta salvedad, porque hay tales sucesos en la vida de Juan Moreira, que dejan atrás a cualquier novela o narración fantástica, escrita con el solo objeto de entretener el espíritu del lector.
Ya hemos dicho que Moreira fue un tipo tan novelesco que, ciñéndose estrictamente a la verdad de los acontecimientos, éstos dejan atrás a Luigi Vampa, a Gasparone y al mismo Diego Corrientes, tipos formidables embellecidos por la novela, pero que se han echado de barriga ante la primer partida de policía que se les ha puesto delante de las numerosas partidas que capitaneaban.
Y Moreira era un hombre solo a quien la misma justicia había lanzado en la senda del crimen, y que tuvo a raya a las fuertes partidas que tantas veces enviaron las autoridades en su persecución, sosteniendo verdaderos combates con muchas partidas de plaza, diversos piquetes de la policía de Buenos Aires, y algunos del batallón Guardia Provincial.
Pero volvamos a nuestro relato.
Después de la muerte de Leguizamón, Moreira estuvo tranquilo mucho tiempo.
Asistía a las reuniones en las pulperías, concurría a todos los bailes que daban en Navarro, sin promover jamás la menor disputa o escena desagradable, comunes en este género de reuniones.
En esta clase de diversiones, Moreira había aprendido a beber todo género de licores, que solían írsele a la cabeza.
Pero cuando estaba dominado por el alcohol era cuando se mostraba más manso y más accesible a todo género de bromas, no habiendo ninguna de carácter pesado.
Generalmente cuando estaba en este estado le daba por vistear, invitaba a alguno de los que estaban presentes a que le hiciera unos tiritos para ejercitarse.
Como es natural, ninguno de los paisanos aceptaba la proposición, temiendo que la visteada se convirtiera en pelea.
Entonces Moreira buscaba dos palitos y se entretenía en hacer unos tiritos para ver cómo andaba la muñeca.
De esta manera se había hecho tan consumado tirador de facón, que los otros paisanos aseguraban que en sus manos el cuchillo era una luz.
Dominado por el alcohol, se despertaban también sus instintos de jinete, y si llegaba a ver un redomón o caballo nuevo, lo pedía para jetearlo un poquito, y lo jeteaba tan famosamente que lo volvía completamente dominado.
Por más ebrio que estuviese en estas situaciones, no hubo ejemplo de que caballo alguno, por bravo que fuese, lograra basuriarlo.
Moreira se había hecho también un consumado tirador de pistola.
Manejando aquellas dos que le regalara su compadre Giménez, y que cuidaba con gran esmero, él rompía cuanta botella le colocaran a cuarenta pasos de distancia.
Era un adversario terrible, que tenía completamente dominados a todos los paisanos del pago que frecuentaba.
Moreira solía tener sus horas de melancolía profunda.
Pensaba en su mujer y su hijo y solía pasarse encerrado varios días en una pieza, donde se le sentía llorar.
En esta situación, nadie se hubiera atrevido dirigirle la palabra, temiendo su enojo.
Entregado a sus tristes meditaciones, Moreira no se mostraba hasta que su melancolía había pasado por completo.
Entonces salía y prodigaba con profusión sus caricias y cuidados al Cacique y a su magnífico caballo, que eran toda su familia y su haber sobre la tierra, y que representaban sus más queridas afecciones, porque el Cacique fue el primer regalo que le hizo su novia, y el caballo fue el único regalo del doctor Alsina, hecho en la siguiente situación:
Cuando aquella época efervescente, de crudos y cocidos, en que los partidos se disputaban el triunfo de todas maneras, sin evitar los crímenes como el vergonzoso día 22 de abril, la vida del doctor Alsina se creyó amenazada, como se creyó en peligro la de Mitre, la de Chassaing y la de tantos hombres de mérito que tomaron parte en aquella encarnizada lucha.
Los amigos del doctor Alsina le mandaron entonces un hombre de toda confianza y de reconocido valor para que le guardase la espalda y fuese capaz de defenderlo de cualquier asechanza traidora que se le tendiera.
Y aquel hombre elegido fue Juan Moreira, que era un bellísimo joven.
Moreira cobró gran cariño al doctor Alsina, de quien fue la sombra inseparable durante mucho tiempo, y este hombre, que sabía valorar a los que le rodeaban, apreció el espíritu de aquel paisano, a quien trató no como a un bravo que arma su brazo según el salario que ha de recibir, sino como a un compañero que había venido a compartir con él la fatiga y el peligro.
El doctor Alsina solía penetrar hasta el corazón del paisano, haciéndole responder a ciertos toques, porque le hablaba en lenguaje sencillo y noble, en ese único lenguaje que, dirigido al corazón del gaucho, hace de este hombre un niño dócil a quien se puede manejar hasta con la expresión de la mirada.
No hay nada más fácil de conquistar que el cariño del gaucho, cariño que llega a convertirse en una especie de religión invencible.
Para esto basta sólo comprender su corazón, lleno de nobles das, y hablarle el lenguaje del cariño, que sus oídos no están habituados a escuchar.
El paisano, lleno de inteligencia, comprende que aquél es un hombre superior que desciende hasta él y se le nivela como un igual, y empieza por inclinarse a aquel hombre a quien llama un buen criollo y concluye por amarlo con toda la potencia de su espíritu tan accesible al cariño.
Moreira llegó a asimilarse de tal modo al doctor Alsina, que se había convertido en la sombra de su cuerpo y en el eco de su pisada.
De día, no lo no lo abandonaba un momento; de noche, tendía su recado en el patio, a la puerta del aposento del niño y dormitaba allí velándole el sueño.
Cuando el peligro pasó, cuando la situación de Buenos Aires quedó en estado normal, ya los servicios de Moreira fueron innecesarios y el paisano quiso volver a su pago a atender sus intereses abandonados tanto tiempo y juntar sus animalitos, que andarían dispersos por los campos vecinos.
El doctor Alsina hizo todo género de ofertas a Moreira para que se quedara en el pueblo a trabajar y conservarlo así a su lado, pero todo fue inútil.
El paisano se sofocaba en la ciudad y necesitaba volver a los trabajos de campo, donde lo llamaban su inclinación y sus hábitos.
Viendo que todo esfuerzo sería inútil, el doctor Alsina le proporcionó un pasaje y lo despidió, dándole una suma de dinero en agradecimiento de sus servicios.
A la vista del dinero Moreira palideció y una lágrima, arrancada por el sentimiento, fue a perderse trémula y silenciosa entre la naciente barba.
El doctor Alsina, comprendiendo lo que pasaba por aquel espíritu noble, retiró con presteza el dinero, al mismo tiempo que el paisano decía con acento conmovido:
-No me ofenda, patrón; si yo lo he servido ha sido porque en ello he tenido gusto, y no merezco esa oferta, porque me hace doler el corazón.
El doctor Alsina, profundamente impresionado por este rasgo de nobleza, tendió primero su mano al paisano, y lo estrechó después entre sus brazos.
El paisano se enterneció lleno de orgullo al sentir íntimamente la presión de aquel abrazo, levantó la hermosa cabeza iluminada por la emoción que saltaba a sus ojos magníficos y se separó del doctor Alsina diciéndole:
-Si alguna vez me cree útil, si mi cuerpo puede servirle alguna vez de defensa, mándeme avisar nomás, patrón, que yo vendré aunque sea del fin del mundo; disponga de mi vida sin embozo, porque desde hoy soy cautivo de sus prendas.
El paisano se alejó rápidamente y el doctor Alsina quedó meditando en la nobleza de esta raza desheredada de todo derecho, cuyo único porvenir es el puñal y los atrios electorales o los cuerpos de línea al eterno servicio de las fronteras.
Fue entonces que el doctor Alsina compró el caballo más magnífico que halló en Buenos Aires y lo envió a Moreira con una lujosa daga.
Era el famoso overo bayo que llegó a ser el crédito y el orgullo del paisano, y la daga que tan terriblemente esgrimía.
Aquel caballo representaba para él su seguridad personal y el recuerdo de aquel hombre por quien se hubiera hecho matar cien veces sin escrúpulo ni pesar.
Así dividía su afecto entre el caballo y el perro, sus leales amigos, que eran el recuerdo de lo que más había amado en el mundo, exceptuando dos personas a quienes tal vez no vería más.
Por eso, cuando salía de sus tristes meditaciones, se le veía prodigar sus cariños a aquellos dos animales que lo conocían hasta en el ruido de la pisada.
Durante un mes no se oyó hablar una palabra de Moreira, referente a desorden o pelea a mano armada.
Desde la muerte de Leguizamón, su tremenda reputación de hombre guapo había crecido de una manera imponderable.
No había un solo paisano que se hubiera atrevido a faltarle al respeto.
Fue entonces que Moreira hizo la siguiente acción hermosa, que tal vez vino a ser su salvación, cuando una partida de la Guardia Provincial, mandada por el mismo coronel Garmendia, batía los campos para reducirlo a prisión vivo o muerto; interesante incidente que figurará en el curso de esta narración.
Las elecciones habían terminado en Navarro, pero los odios de partido que engendra esta clase de luchas no se habían extinguido.
El rencor de los caudillos electorales no se acallaba y los trabajos de venganza habían suplantado a los electorales, dando margen a injustas persecuciones.
El señor Marañón, caballero de muchísima influencia, arrastraba con su prestigio a gran número de paisanos, contribuyendo eficazmente al triunfo electoral que acababa de obtener en Navarro el poderoso bando político a que se plegara Moreira.
Esto puso a Marañón en el duro trance de ser asesinado varias veces, debiendo su salvación a una serie de casualidades.
Según se dice, uno de los caudillos enemigos, que no nombramos por la posición que ocupa hoy, era el más empeñado en hacer desaparecer a Marañón, y con él, su poderosa influencia electoral.
Para llevar a mejor resultado esa acción cobarde y mezquina, fueron reclutados, por otra persona que no nombramos, cinco asesinos conocidos como hombres de agallas, a quienes se dieron cuarenta mil pesos para que asesinaran a Marañón.
La noche que se había fijado para llevar a cabo este crimen odioso era de luna clara y hermosa.
El señor Marañón, aunque sabía que se trataba de asesinarlo, salía a la calle como de costumbre y asistía al club de Navarro, acompañado solamente por un buen revólver de seis tiros y la confianza que los hombres de cierta talla tienen en su corazón.
Aquella noche Marañón había estado hasta las 11 en el club, jugando una tranquila partida de carambola con varias personas de su amistad.
A esa hora se alejó del club solo, y tomó a pie el camino de su casa, abreviándolo, para lo cual tenía que pasar un cicutal espeso, donde se habían emboscado los cinco asesinos cuyos puñales debían extinguir aquella noble existencia.
Marañón, completamente ajeno a lo que debía suceder, atravesó la ciudad con aquella despreocupación consiguiente al hombre que nada teme.
Apenas había caminado dos o tres pasos para cruzar la calle, cuando los cinco asesinos le salieron al paso daga en mano.
El joven sacó su revólver e interrogó con el ademán a aquellos hombres que se le presentaban de una manera tan agresiva.
-Venimos a matarte -dijo uno de ellos avanzando un paso-, y es en vano toda resistencia, porque ya tu hora ha llegado.
Marañón armó su revólver y dio vuelta rápidamente para examinar el camino que tenía a la espalda y asegurar su retirada, pero su valor hubo de decaer por completo al ver a su espalda un bulto que avanzaba con suma precaución, y reconociendo en aquel bulto, gracias a la claridad de la luna, al terrible Juan Moreira que trataba de ocultarse entre la sombra de las cicutas y en cuya diestra se veía brillar la daga.
Si Marañón había tenido confianza en la lucha con los cinco asesinos, esta confianza se disipó por completo a la vista del enemigo que le ganaba la espalda, enemigo que en verdad era irresistible.
Vacilaba aún el joven a cuál de los dos puntos debía atender primero, cuando Moreira saltó sobre él como una pantera, lo tomó por la cintura y lo derribó al suelo con una fuerza asombrosa.
Desde allí y medio aturdido por el golpe, Marañón pudo ver cómo Moreira acometía a los asesinos con asombrosa rapidez, tendiendo a uno de ellos con el vientre completamente abierto por su daga poderosa.
-¡Ríndanse a Juan Moreira, maulas! -gritó aquel hombre extraordinario, acometiendo a los cuatro que quedaban; pero éstos, al conocer el nombre del enemigo que tenían encima, echaron a disparar, dominados por invencible espanto, en distintas direcciones.
Moreira, al ver huir a aquellos hombres con tan extraordinaria ligereza, prorrumpió en una ruidosa y franca carcajada, acercándose a Marañón que se había levantado ya y quedaba de pie embargado por el asombro.
-¿Cómo ha venido aquí a tan buen tiempo? -preguntó Marañón tendiendo la mano al noble gaucho.
-Supe que lo iban a asesinar esos maulas -respondió Moreira riendo y estrechando con efusión la mano que se le tendía-, y yo también me escondí para darle una manita y para que la cosa no fuese tan despareja.
En seguida, y con la mayor naturalidad, se acercó al caído, se cercioró de que estaba muerto, y dirigiéndose a Marañón, le dijo:
-Ahora vamos, que lo voy a acompañar hasta su casa, aunque esos maulas no son hombres de volver y han de andar todavía disparando, creyendo que yo los persigo.
Y se dirigió a su caballo que, con el perro sobre el apero, había dejado emboscado a corta distancia.
Así caminaron tranquilos y sin cambiar una palabra hasta la casa de Marañón, que quedaba a corta distancia.
Marañón estaba conmovido por aquel acto de nobleza llevado a cabo por un hombre que no le debía el menor servicio, y a quien sólo conocía por las referencias que le habían hecho.
Y el gaucho es así, toma cariño a una persona siguiendo un impulso del corazón, porque le ha gustado la pinta, o porque lo ha cautivado alguna acción.
Cuando se entrega el cariño a una persona, lo hace con la misma vehemencia que ama, que odia, que juega o que bebe.
Quiere porque sí, sin darse cuenta de su cariño, entregándose por completo a la persona que se lo ha inspirado, llegando por ella hasta el sacrificio de la vida.
Para Marañón esto era sumamente extraño, aunque conocía profundamente el modo de ser de nuestro gaucho.
El cariño de Moreira fue para él una revelación, y quiso explotar en beneficio del paisano aquel afecto que le daba sobre él cierto ascendiente.
-¿Qué móvil le ha guiado, amigo? -preguntó una vez que estuvieron sentados en su casa del joven-, ¿qué idea ha tenido al proceder de esta manera noble?
El paisano miró largo tiempo el sombrero que tenía dando vueltas entre las manos, luego alzó la vista hasta encontrar la del joven y repuso:
-He ido allí para salvarlo de que lo asesinen, primero porque yo lo quiero a usted, después porque no puedo tolerar que se junten de a cinco para matar a uno.
-¿Y cómo ha sabido usted que a mí me iban a asesinar?
-Porque me lo dijo una persona a quien propusieron la cosa y que fue bastante hombre para echarlos al diablo por puercos y por cobardes.
-Yo agradezco lo que usted ha hecho, amigo Moreira; y si alguna vez puedo serle útil en alguna cosa, acuda a mí, porque desde este momento soy su amigo.
-No me agradezca nada, señor -contestó Moreira, con una expresión de profunda amargura-; lo que yo he hecho lo hubiera hecho cualquiera. Yo lo quiero a usted, porque necesito querer a alguien, y usted se me figura que es algo mío, que es mi hijo o que es mi hermano. Yo soy un hombre maldito que ha nacido para penar y para andar huyendo de los hombres, que han sido mi perdición; y lo he querido a usted, porque siento que al quererlo, puedo respirar con más franqueza, y esto es tan dulce para mí, que si usted me mandase entregar a la partida, ahora mismo iba y me presentaba.
Y el paisano, en su lenguaje sencillo, explicaba la sed de cariño que sentía en su corazón ardiente.
Todo lo había perdido en el mundo, menos su caballo y su perro, el fiel Cacique, en quienes partiera su afecto; y aquel hombre necesitaba el de un ser humano a quien confiar sus penas y contar sus desventuras.
-¿Y por qué anda usted así errante, retando a la justicia con sus actos que son malos? ¿Por qué no trabaja usted como antes y deja esa mala vida?
Moreira levantó los ojos preñados de lágrimas, acarició al joven con una mirada tranquila y tristísima, y con la voz entrecortada por la emoción le habló:
-Con las penas que tengo ya en el corazón habría para llorar un año. Yo era feliz al lado de mi mujer y mi hijo y jamás hice a un hombre ninguna maldad. Pero yo habré nacido con algún signo fatal, porque la suerte se me dio vuelta y de repente me vi perseguido al extremo de tener que pelear para defender mi cabeza.
Y Moreira narró a Marañón con sus más minuciosos detalles la historia que hemos diseñado a grandes rasgos.
Marañón escuchaba enternecido el relato de tanta desventura, estaba agradecido a aquel hombre que le salvara la vida y tentó salvarlo arrancándolo del precipicio a cuyo fondo rodaba sin remedio por una sucesión de fatalidades inevitables para el que se coloca en esa pendiente.
El joven meditó un momento, y queriendo aprovechar el enternecimiento de aquel hombre de tan hermosas prendas de corazón, le golpeó el hombro y le dijo cariñosamente:
-¿Por qué no sale usted de Buenos Aires? Yo le proporcionaré trabajo en Santa Fe o en Córdoba, donde puede usted vivir tranquilo y ser feliz todavía. Allí tengo muchos amigos para quienes le daré cartas, y al fin de los años ya podrá usted volver. Se habrán olvidado de sus desgracias y podrá volver a ser lo que ha sido.
-Yo no he de irme de estos pagos -replicó el paisano, creciendo en amargura-, porque no pienso separarme de mi mujer ni de mi hijo; porque faltando yo, la justicia se ha de alzar con ellos haciéndoles pagar mis yerros.
-Yo les proporcionaré los medios de irse con usted, y entonces usted puede quedarse allí para siempre, viendo crecer a su hijo a su lado y amado por su mujer.
-Conozco que usted me habla al alma y veo que he puesto bien mi cariño en usted, pero por más que me halaga la propuesta yo no la puedo aceptar sin saber antes qué ha sido de aquellas dos prendas mías y si tengo que vengarlas de alguien. Los pobres tienen olor a difuntos; es preciso darles con el pie para que no apesten, y sabe Dios lo que habrá sido de aquellos desgraciados, cuyo único delito en la vida ha sido ser mi mujer y ser mi hijo.
-¡Quiera Dios que no les haya sucedido nada! -prosiguió, tomando un tono altivo y amenazador-. ¡Quiera Dios que no los hayan hecho sufrir un minuto! Yo no soy malo, pero conozco que si alguien les hubiera tocado el pelo de la ropa, sería capaz de hacer una herejía que ni los indios.
Y al decir esto, sus ojos brillaron en un relámpago de muerte, dando a su actitud una expresión que hacía ver todo lo irrevocable de aquella determinación adoptada y jurada en el fondo de su alma.
Marañón insistió en sus proposiciones, allanó al paisano todas las dificultades, pero todo fue inútil: su palabra se estrellaba contra aquel carácter inquebrantable.
-Bueno, patrón -dijo el gaucho levantándose-, ya lo he molestado bastante. Será hasta la vista o hasta que se presente la ocasión.
-Adiós, Moreira -dijo el joven-; piense en lo que le he dicho, y lo acepte o no lo acepte, ya sabe que puede contar conmigo en cualquier aprieto en que se vea.
Moreira sonrió agradecido y estrechó con cierto cariñoso respeto la mano que se le tendía; salió al patio, de éste a la calle, y saltando sobre su bayo, se alejó al tranquito.
Marañón se quedó meditando tristemente sobre el destino de los hombres que, nacidos para el bien y para llevar a cabo las más grandes acciones, son empujados por la fatalidad a una pendiente cuyo límite es la muerte trágica que puso fin a aquella existencia desventurada.
Entretanto, Moreira, abismado en el recuerdo del pasado, había doblado sobre el pecho la cabeza, postrada por la tempestad que la cruzaba.
Allí, mudo e inmóvil, marchaba a la voluntad del noble animal, que no cambiaba la marcha para no turbar el reposo de su amo, acostumbrado a cuando, en altas horas de la noche, el jinete renunciaba al gobierno de la brida, o iba dormido, o iba a la ventura.
Moreira caminó así, entregado a sus tristes pensamientos, hasta que la luz del alba empezó a confundirse con la luz de la luna.
A la presencia del día, Moreira se descubrió como para que el aire de la mañana refrescara su cabeza, aspiró con fuerza esa brisa fresquísima que viene perfumada con las aromáticas exhalaciones de las flores silvestres, que parece dar nuevas fuerzas al espíritu, y revolvió su caballo en dirección al pueblo, tomando el camino de la pulpería y posada, donde sólo paraba para dar de comer a sus dos amigos, el Cacique y el caballo.
Moreira entró en la pulpería, que era la de López, en un momento fatal; parecía que el destino lo empujara allí donde iba a suceder una desgracia.
Cuando Moreira entraba y pedía un poco de maíz para el caballo, notó que entre los paisanos que hacían la mañana se había promovido una discusión.
Un tal Gondra, gaucho quiebra y de malas entrañas, había dirigido palabras chocantes a un paisano forastero bastante mal entrazado, que había entrado en la pulpería a comprar una botella de caña para el camino.
El forastero no había respondido una sola palabra a las chocantes indirectas de Gondra, esperando le entregaran su caña para retirarse, lo que envalentonó a Gondra que lo siguió chocando con indirectas primero y con injurias después, cuando vio que el paisano aflojaba.
Moreira quitó el freno al overo poniéndole un morral con maíz para que almorzara, y mientras le traían un pedazo de carne para el Cacique, entró a la trastienda con intención de calmar a Gondra en las chocarrerías que oyó cuando llegó a la pulpería.
En este hecho sangriento podrán apreciar nuestros lectores el gran dominio que tenía Moreira sobre los que lo rodeaban.
viernes, 22 de enero de 2016
El Cacique
El Cacique era un cuzquito que aquel paisano había criado en tiempos más felices, sin sospecharse el servicio que le iba a prestar más tarde.El perro es la policía del gaucho, como es su soldado de confianza o el guardián de sus intereses, según la raza a que pertenece.
El gaucho tiene un particular aprecio por el perro, que aplica a su género de vida semisalvaje con una astucia asombrosa.
Se sirve del perro que llama galgo, como pastor de sus ovejas: el perro pastorea las majadas, las da vuelta cuando se alejan mucho y las trae a dormir al corral, con una prolijidad asombrosa.
Toma tal amor a este oficio que le ha confiado su amo, que va hasta recoger en la boca delicadamente, al corderito tierno a quien el cansancio ha impedido seguir la marcha de la majada.
La inteligencia del perro ovejero en el oficio a que lo ha destinado el paisano, suple con ventajas, muchas veces, los cuidados de un buen peón.
El paisano tiene también su perro de combate, que, es en el mismo tiempo, se puede decir, su ayudante de campo y su compañero de trabajo.
Esta clase de perros, que son aquellos poderosos animales de pelo corto y rabo enroscado que conocemos bajo el nombre de mastines están siempre en las casas, que son el rancho y la cocina, acometen al que llega, ayudan al amo a recoger la hacienda a la caída de la tarde, y contienen a una sola indicación a cualquier novillo bravo que pretende salirse de las filas, resistiéndose a la arriada.
Este perro posee una gran bravura y un poder extraordinario; combate al lado de su amo y no es cosa extraña verlo bajar a un hombre del caballo, a quien haría pedazos inmediatamente, si no fuese contenido por la voz del amo.
Suelen encontrarse en el campo tropillas de estos perros que andan alzados, ya por la muerte del amo u otras causas, a quienes los paisanos tienen que dar sendas batidas, por los destrozos que hacen en las haciendas cuando se sienten acosados por el hambre.
Es cosa muy común ver tres o cuatro de estos perros carnear un novillo bravo y repartirse las diversas presas.
El cuzco es la policía del gaucho.
Este perrito de extremada sagacidad adivina los peligros y los comunica a su amo con su ladrido penetrante y su actitud agresiva y decidida.
El cuzco está reputado en el campo como el más sagaz y más corsario de todos los perros.
Su cariño por el amo es su calidad especial, condición que hace de aquel perrito inofensivo una especie de fiera en los momentos de peligro para su dueño.
El gaucho conoce las magníficas condiciones del cuzco y lo ha dedicado para su policía, para su centinela avanzada que le avisa al momento la más leve novedad o el rumor menos perceptible que se siente en el campo.
Parece que los otros perros reconocieran en el cuzco superioridad de olfato o de oído, pues cuando ladra el cuzco todos los otros perros se ponen en movimiento y se alzan decididos en la dirección que el cuzco señala con sus pequeños galopitos agresivos.
Es el perro más centinela, fuera de duda, y es más leal para el hombre, que el hombre mismo, pues lleva su cariño hasta seguirlo a la tumba y echarse sobre ella a cuidar sus restos, como hemos tenido hasta hace poco un ejemplo en el cementerio del Norte.
El que cruza por estas tumbas, guardadas por cuzcos, se encontrará provocado a la risa ante la solicitud hostil y agresiva de aquel pequeño animalito cuyo poder sólo alcanzaría a dañar el pantalón.
Pero si se medita un segundo ante aquella actitud amenazadora y colérica del animalito que se desespera conociendo tal vez su impotencia y pensando que le puedan robar su tesoro, se sentirá conmovido ante aquella prueba de amor leal y abnegado, que levanta a aquel pequeño y gracioso animal sobre el nivel de muchos seres humanos.
Moreira conocía todas estas condiciones en este animalito, y llevaba a su Cacique, que debía ser en adelante el guardián de su dueño y su centinela más celoso y activo.
Allí iba sobre las cabezas del apero o a las ancas del caballo, siempre alegre, siempre vigilante y siempre dispuesto a menear la cola al menor movimiento de su amo, cuya mano buscaba con frecuencia su cabeza pequeña e inteligente para prodigarle una caricia.
Moreira, en el transcurso de su vida errante, no dormía jamás de noche, conociendo que su perdición estaba en el sueño.
Sólo dormía la siesta, en medio del campo y al rayo del sol.
A esa hora perezosa y ardiente en que todo el mundo se entregaba al reposo, en que es un fenómeno hallar un hombre que se atreva a cruzar el campo bajo los abrasadores rayos del sol, Moreira tendía su manta de vicuña al lado de su caballo, sacaba sus armas del tirador, poniéndolas sobre el poncho, se tendía de barriga y se hacía, con los brazos cruzados, una almohada sobre las armas, cuyas engastaduras venían a quedar bajo sus manos.
Allí, en aquella actitud, con el perro echado al lado de su cabeza y la rienda del parejero atada en el antebrazo, el paisano se entregaba por completo al reposo, confiando en la vigilancia del Cacique.
El lejano galope de un caballo, la proximidad de un animal cualquiera, era suficiente para que el Cacique gruñera de una manera amenazadora y dejara oír su ladrido agudo y penetrante.
Entonces Moreira se ponía de pie como movido por un resorte, con las armas en la mano y en actitud de combate.
Parecía que el Cacique conocía que la vida de su amo dependía en aquellos momentos de su vigilancia, pues se le veía de cuando en cuando abandonar su sitio de reposo en la cabecera de Moreira y dar una pequeña vuelta, como explorando los alrededores.
Después de la siesta, el paisano se levantaba, colocaba sus armas en la cintura, recogía el poncho y saltaba a caballo después de haber puesto sobre el apero al Cacique, prodigándole las caricias que el inteligente animal recibía con muestras de sumo alborozo.
El Cacique se había asimilado de tal modo con Moreira, que en las horas de tristeza que solían dominarlo, haciéndole abatir la cabeza sobre el pecho a impulsos de un recuerdo amargo, se veía al Cacique sentado sobre sus patas traseras, mirando a su amo con una expresión patética y tristísima, sin salir de esa actitud hasta que el paisano alzaba la frente y lanzaba un poderoso suspiro, como si con él pretendiera arrancar de sí y disipar en el espacio la nube de amarga tristeza que oscureciera su espíritu.
El Cacique, entonces, se paraba en sus cuatro patitas, trepaba con las dos delanteras sobre la lujosa abotonadura del tirador, y lamía solícito la mano que llevaba la brida, como prodigando a su amo un consuelo necesario para hacer cambiar el rumbo de su pensamiento.
Moreira llegaba a las pulperías del camino, donde asaba un pedazo de carne que comía en cordial amistad con el Cacique, y daba a su overo bayo la ración de alimento necesario a conservar sus fuerzas en todo su vigor.
Moreira no desensillaba jamás; cubría la montura con un gran poncho de goma, que llevaba bajo el cojinillo, cuando llovía, contentándose con aflojar la cincha, que no ajustaba nunca, sino en situaciones supremas.
En las pulperías era siempre bien recibido si lo conocían, por ese espíritu de compañerismo de que siempre hace gasto el paisano, si era desconocido, porque su aspecto y varonil belleza cautivaban desde el primer momento.
Hacía siempre pequeñas jornadas de diez o veinte cuadras y siempre al tranco para conservar su caballo, ya para un momento crítico, ya para correr una carrera de interés en las diversas pulperías a que llegaba, carreras que ganaba siempre, pues su caballo era sobresaliente.
Aquel animal había sido regalado a Moreira por el malogrado doctor Alsina en una situación que conocerá más adelante el lector.
Nunca hacía noche en las pulperías, de las que se retiraba a la hora de cerrar, y evitaba siempre acercarse a poblado, adonde iba sólo por una imperiosa necesidad.
Entre las muchas aventuras que tuvo en esta vida de vagancia se cuenta la siguiente:
Moreira había llegado a la pulpería de un tal López, en momentos que cuatro o cinco paisanos jugaban a la taba.
Ató su caballo al palenque, y después de saludar a los jugadores, colocó al Cacique sobre la montura y se acercó a mirar la jugada.
Algunos de los paisanos que conocían a Juan Moreira se pusieron a conversar con él y le obsequiaron con una sangría, sin interrumpir el juego, siendo un tal González protegido por la suerte.
Pocos minutos hacía que conversaban los paisanos, cuando el Cacique dejó sentir un gruñido que parecía un rezongo.
Moreira se levantó y se dirigió al caballo con presteza, indagando con su vista de águila la causa de aquel aviso del Cacique.
Sobre el camino, y a larga distancia aún, se vieron varios bultos, noticia que sembró la alarma entre los paisanos, suponiendo que pudiera ser una partida.
Los bultos fueron acercándose poco a poco hasta que se pudo distinguir que aquel grupo lo formaba un paisano que venía arreando unas vacas.
Los paisanos volvieron tranquilamente a su juego, y Moreira se separó del caballo y, pidiendo otra sangría, se acercó de nuevo a mirar la jugada.
Apenas habían transcurrido cinco minutos, cuando llegó a la pulpería un paisano, rodeó un momento los animales que traía, desmontó y se acercó al despacho, donde pidió un refresco de caña con limonada.
Era este un paisano alto y delgado; su apero era muy sencillo, y atravesada a su espalda se veía una daga de un largo descomunal. Era un resero, según dijo, que se dirigía a Navarro.
El notable largo de la daga provocó la mayor hilaridad entre los jugadores, inspirándoles los dichos más chuscos e incisivos.
-¿Peleará sola? -preguntó uno guiñando el ojo; a lo que otro contestó:
-No, es el asador que trae en traje de daga.
El resero estaba lívido de coraje, pero no había contestado una palabra. Los jugadores eran muchos y la lucha muy desigual.
Pagó su refresco, miró de una manera feroz a los paisanos, se dirigió a su caballo y se alejó al trotecito, en medio de las bromas que entonces se multiplicaron, siempre sobre el tema de la larguísima daga que tanto les llamara la atención.
El paisano se detuvo a unos veinte pasos de la pulpería, sacó su daga de la cintura y la clavó en el suelo, gritando a los jugadores:
-Vayan viniendo de a uno, maulas, que este día quiero carnear chanchos. ¿Qué hacen que no copan esta banca?
Como los paisanos no hicieran caso de la provocación, el resero se desató en todo género de injurias y de amenazas.
Entonces, el individuo González abandonó el juego y se dirigió a donde estaba el paisano, pretendiendo arrancar de la tierra la larga daga.
El paisano sacó entonces del tirador un revólver y lo abocó sobre González, quien vio su causa perdida por la desigualdad de las armas y retrocedió a la pulpería cuerpeando hábilmente a los balazos que le disparó el paisano.
Al ver el gaucho que González huía, se acercó a los otros jugadores, a quienes empezó a insultar y provocar de todas maneras.
-¡Manga de sinvergüenzas! -les gritó, agitando el revólver-; asco me da bajarme y darles una vuelta de azotes.
Los paisanos callaban, sin duda por respeto a Moreira, que miraba la escena pálido y apoyado sobre su caballo.
-Supongo -preguntó tranquilamente- que eso no rezará conmigo, amigazo.
-Con usted y hasta con su abuela -replicó el paisano-; yo no soy amigo de ningún maula.
-Está bueno, amigo -replicó Moreira-, ya le ha dado usted gusto a la lengua. Ahora puede retirarse en paz, que usted no es justicia y ha venido solo.
Esta actitud humilde hizo crecer la cólera del paisano que, viendo en las últimas palabras del gaucho una alusión a su daga, lo acometió revólver en mano, pretendiendo atropellarlo con el caballo.
-Ya esto no se puede sufrir -dijo Moreira, sacando su daga, y teniendo la manta sobre el poderoso brazo, evitó con un asombroso movimiento de cuerpo un tiro que le disparara el resero, y lo acometió por el lado de montar.
El paisano se sorprendió del ataque, disparó hasta la daga, que desenterró con presteza, y blandiéndola enérgicamente se preparó al combate.
La acometida fue violenta; las dagas se chocaron produciendo chispas, pero fue un choque sin consecuencia: ninguno se había herido.
Moreira retrocedió a tomar distancia y acometió de nuevo, más sereno y con más recato, comprendiendo que el enemigo era duro.
Esta vez el choque fue desgraciado para el resero.
Moreira le dio un hachazo en la cabeza y, envolviendo en un movimiento rápido y hábil la daga de su adversario con el poncho, se la arrancó de la mano con admirable facilidad.
El resero quedó estático y desarmado a merced de su adversario, pero mayor fue su asombro al ver que Moreira guardaba en el tirador su daga, y ofreciéndole la suya con un ademán bondadoso le dijo:
-Ahí la tiene, amigo; usted se empeñó, y no ha sido culpa mía. Yo no mato sino a las partidas.
-¿Y quién es usted, paisano? -preguntó el gaucho en el colmo del asombro.
-Yo soy Juan Moreira -replicó éste lleno de soberbia-, y puede usted mandar con confianza.
En seguida se acercó a su overo bayo, sobre el cual montó tranquilamente, y sin volver la cara ni dirigir la palabra a los asombrados paisanos, se alejó al tranco de su caballo.
-¡Dios le ayude, amigo! -le gritó entonces el resero-. Dios le ayude, porque es usted un hombre de corazón.
Y se perdió también en las vueltas del camino, arreando sus animalitos.
jueves, 21 de enero de 2016
La policía en jaque
Moreira salió así del Salto, donde tan tristes recuerdos dejaba, y se dirigió al pueblo de Navarro a pequeñas jornadas, como siempre, para conservar su caballo.Llegaba a las pulperías, donde se detenía solamente el tiempo necesario para dar de comer al Cacique y al caballo, siguiendo el camino provisto de un poco de pan y queso, que era el alimento que tomaba cuando andaba de viaje; dormía profundamente a la siesta en medio del campo, hora en que ningún paisano está de pie.
Era entonces a fines del año 73 y en Navarro se hacían encarnizados trabajos para las elecciones que dieron por resultado la presidencia de Avellaneda y la Revolución de Septiembre.
Los hombres políticos de Navarro se disputaron el contingente poderoso de Moreira, ofreciéndole que harían cesar por completo la persecución tenaz de que era objeto.
Moreira se afilió a uno de los bandos políticos, al que se lanzó a la revolución y pudo quedar tranquilo en Navarro sin que la justicia se metiera con él para nada, llegando a ser mucho más temido que la partida de plaza, a quien tenía dominada por completo, como asimismo a los alcaldes y tenientes alcaldes de todo el partido.
Moreira no se habría hecho nacionalista si hubiera subsistido la candidatura del doctor Alsina; pero tratándose de Avellaneda, y hábilmente tocado por los enemigos de esta candidatura desastrosa, se entregó por completo a ayudar a los nacionalistas tan eficazmente, que sólo con estar en el atrio ganó la elección sin un solo voto en contra.
Cuentan entre otros un episodio de la vida de Moreira, en estas elecciones, que da una idea de la fortaleza de aquel espíritu y del dominio que llegó a ejercer sobre el paisanaje.
El club avellanedista de Navarro, presidido por una persona muy conocida en la sociedad de Buenos Aires, y que no nombramos por el papel que desempeñó en el incidente, contaba con cerca de cien afiliados, reclutados entre la gente más cruda y a quien se había armado de una manera electoral, es decir, hasta los dientes.
El presidente de este club mandó ofrecer un día a Moreira la suma de cincuenta mil pesos para que abandonase a los nacionalistas y les ayudara a ellos en aquella reñida elección.
Moreira contestó que él iría en persona esa noche a llevar la contestación a la propuesta, contestación que fue clara y terminante como las que acostumbraba a dar.
El club avellanedista estaba reunido en gran algazara contando con la incorporación de Moreira, cuando éste llegó, dejó su caballo en la puerta y entró como en su casa.
Todos los paisanos lo recibieron con muestras de la mayor alegría, pero él prescindió del paisanaje y se dirigió al presidente, que estaba contando el dinero que le mandara ofrecer.
-Si usted se ha pensado -le dijo de la manera más severa-, que yo soy artículo de pulpería que cualquiera me puede comprar, se ha equivocado de medio a medio. Ni yo me vendo, amigo, ni usted tiene bastante dinero para comprarme, en caso que yo tuviera para negocio mi facón, que está comprometido con mis amigos.
-Yo no he querido ofender, amigo Moreira -le contestó el presidente del club, sabiendo que a las malas era la causa perdida-. Necesitamos su apoyo y le ofrecemos por hoy esto, pudiendo usted contar con mucho más si llegamos a triunfar -quiso hacer en seguida la apología del presidente Avellaneda, pero el gaucho le cortó la palabra.
-Yo no puedo servir con usted, porque su candidato me da asco -prosiguió-, y porque no puedo servir para capitanear esta tropilla de maulas-, y Moreira miraba de una manera provocativa a los ochenta o cien hombres que lo escuchaban.
-No me vuelvan a ofrecer plata para que traicione a los míos -continuó-, porque si me llegan a ofender de esta manera caigo aquí y esto se vuelve una fonda de vascos cuya puerta de salida no van a encontrar de puro miedo. Y ustedes, grandes sinvergüenzas -concluyó dirigiéndose a los paisanos-, como yo los vea ir al atrio a votar en contra mía, les voy a sacar los ojos a azotes.
A pesar de ser tantos aquellos hombres, a pesar de estar reclutados entre la gente más brava y hallarse armados de revólver y puñal, ninguno de ellos se permitió contestar a las insolencias de Moreira, que había ido expresamente a insultarlos en su propia cara, tratándolos como a la última carta de la baraja.
Moreira salió por entre medio de ellos haciendo campo con el poncho y sin dignarse volver la cara para prever alguna puñalada traicionera.
Estaba tan seguro del dominio que ejercía sobre aquella gente, que demasiado sabía que ninguno se atrevería a jugar la vida en una puñalada que podía errar.
Salió a la calle, desató su caballo del llamador del club, en donde lo había dejado, y se dirigió al club nacionalista, donde había constituido domicilio.
Cuando Moreira salió de aquel club, los paisanos estaban dominados de tal manera, que declararon al presidente que habían decidido no votar en la elección porque no querían andar mal encontrados con Juan Moreira, que al fin y al cabo podía más que la justicia, y que la puñalada que él les diera nadie se la había de quitar.
Llegó el día de la elección y ésta fue canónica por los nacionalistas, pues no hubo ningún paisano que se atreviera a votar en contra de don Juan Moreira.
Y cuentan en Lobos que aquella elección fue sostenida allí con el solo nombre de Moreira, siendo juez de paz del partido don Casimiro Villamayor, que puede atestiguar el hecho.
Cuando la elección estaba más reñida y se temía la ganaran los avellanedistas, se hizo correr la voz de que Moreira llegaba de Navarro y hubo un completo desbande.
Tal era el terror que en aquella gente infundía el solo nombre de Juan Moreira, que a propósito de él se decía esta frase pintoresca: "No hay justicia que le venga bien".
Cuando pasó la elección, Moreira empezó a llevar en Navarro una existencia borrascosa. Armaba en pulperías grandes parrandas que duraban semanas enteras, porque ningún pulpero se atrevía a contradecirlo, desde que Moreira pagaba religiosamente el gasto que hacía durante aquellas infernales salamancas.
El partido vencido empezó a calumniar a Moreira contando "horribles asesinatos" que no habían existido jamás, haciéndole figurar como principal autor de ellos, para obligar al gobierno a tomar una medida enérgica contra el gaucho que tan dominados los tenía.
Fue entonces que el gobernador de la Provincia, que lo era entonces don Mariano Acosta, dispuso que salieran fuerzas de la Guardia Provincial a perseguir vagos y cuatreros en la campaña, prendiendo de paso al célebre Juan Moreira, en cualquier parte donde se le hallara.
Y el mismo coronel Garmendia, al frente de una compañía de su bizarro cuerpo, dio una batida general por esos pueblos de campo, trayéndose gran cantidad de vagos y gente de libertad perjudicial; pero no pudo dar con Juan Moreira, por más que lo buscó a pleito por todos aquellos parajes donde sospechaba o le indicaban que podía hallarse.
En muchos de estos parajes los piquetes hallaron los rastros, frescos aún del paisano, pero todos ellos volvieron sin lograr verle la silueta.
En Navarro supo el coronel Garmendia, por persona que acababa de verlo, que Moreira estaba armando barullo en la tienda y almacén del señor Olazo, donde tuvo principio la lucha que terminó con la muerte del célebre paisano Leguizamón.
Allí se trasladó la fuerza de la Guardia Provincial, se allanó la casa y se practicó el más minucioso registro, llegándose en él a remover las pilas de pipas llenas y vacías, pero inútilmente, porque Moreira no apareció.
¿Se había equivocado la persona que llevó el aviso, o Moreira, avisado a tiempo, se había puesto en fuga precipitadamente?
Ni una cosa ni otra: Moreira estaba allí con sus trabucos amartillados, dispuesto a hacer volar a los primeros que se le acercaran, pero no dieron con su escondite.
Dicen, y se ha probado, que Moreira había estado oculto en un sótano del aposento del mismo señor Olazo, cuya puerta estaba disimulada por una tira de alfombra puesta expresamente, y añaden que, cuando se retiró la fuerza, Moreira salió del sótano soltado una ruidosa carcajada.
-Con éstos no quiero pelear -decía, revelando toda su astucia-; porque no haría más que hacer el gusto a los que me quieren ver muerto. La partida es muy despareja y a la larga yo tendría que caer. Se han de morder el codo los que han creído verme difunto a la fija.
Moreira huyó en seguida de Navarro y se decidió a rondar los campos hasta que se alejara de allí el coronel Garmendia y su gente.
Después de una nueva rejunta de matreros y gauchos sin papeleta, como se le había comisionado, el coronel Garmendia regresó a Buenos Aires y Moreira volvió a caer a Navarro.
El gobernador don Mariano Acosta empezó a recibir nuevas denuncias de los "horribles asesinatos" que se atribuían a Moreira, entre los que figuraba un crimen de que entonces se ocupó mucho la prensa.
Era éste el de un panadero degollado por Moreira en el camino carretero, por robarle un peso de pan.
Sin embargo, he aquí cómo ocurrió aquel hecho, del que tenemos hasta el más minucioso detalle, y que, lejos denigrar, ¡enaltece a Moreira!
Aquel desgraciado repartidor de pan había sido asaltado por un gaucho malo, en su propio carrito, gaucho que está en la Penitenciaría condenado a veinte años de presidio y cuya vida figurará pronto en la colección de "Dramas Policiales" que publicaremos.
El gaucho había asaltado en pleno camino al repartidor de pan, que era un joven italiano, con el ánimo de robarle el dinero que llevaba encima.
Para terminar su robo con toda tranquilidad y sin la menor oposición, aquel bandido feroz había dado de puñaladas al joven, degollándolo en seguida.
Concluida esta operación, se había puesto a registrar los bolsillos del cadáver aún caliente, aliviándolo de la carga de unos trescientos pesos más o menos.
Daba el asesino sus últimas manitos en los bolsillos de la víctima, cuando se acercó al carro a gran galope Juan Moreira, que había adivinado la escena.
-¿Qué está usted haciendo ahí, so puerco? -preguntó Moreira al asesino, para quien aquello era la cosa más natural del mundo.
-Ya lo ve, amigo -respondió éste con un cinismo que revelaba el último grado de la perversión más absoluta del sentido moral-. Me he limpiado a este gringo tonto y le estoy sacando los reales que, de todos modos, se los ha de sacar la justicia que anda a la pesca de estas boladas.
-Usted es un puerco, amigo -replicó Moreira en el colmo de la indignación-. No se mata a un hombre por robarle cuatro reales, y el que estas muertes hace tiene un fin desgraciado. Le aseguro, a fe de Juan Moreira, que usted va a tener la muerte de un chancho y en una cárcel.
Nos dice el asesino aquel, con quien hemos hablado sobre este incidente, que aquellas palabras le produjeron tan honda impresión que no las ha podido olvidar nunca.
Todo asesino es, por naturaleza, cobarde, así es que al oír éste el nombre de Moreira, se echó a temblar pidiendo disculpas al gaucho.
Moreira no pudo contener la indignación que le había causado la acción de aquel hombre y, enarbolando el rebenque, le dio una docena de golpes y lo despojó del dinero robado, que puso en uno de los bolsillos del cadáver.
En seguida lo registró prolijamente, a ver si acaso tenía remedio, pero, convencido de la inutilidad de todo esfuerzo, revolvió su caballo y partió a gran galope.
Algunos que lo vieron alejarse del carro atribuyeron a Moreira aquel asesinato, siendo corroborado este aserto por el mismo asesino, a quien castigó Moreira, y el hecho llegó a conocimiento del gobernador de la provincia bajo esta desnudez terrible: "Moreira ha degollado a un panadero, por un peso de pan".
Ya aquello no podía tolerarse; era preciso librar de una vez a la campaña de tan bárbaro criminal, y así lo comprendió don Mariano Acosta.
Por conducto del Ministerio de Gobierno se pasó por entonces una nota al señor Marañón, Juez de Paz de Navarro, ordenándole procediese inmediatamente a la captura de Moreira, que el Gobierno sabía hallarse en aquel partido, según se le había comunicado, protegido por la misma autoridad.
Y era verdad, la calumnia ruin y cobarde de los enemigos políticos se había cebado en el señor Marañón, hasta el punto de asegurar al gobierno que, si Moreira hacía todos aquellos crímenes y desmanes, era únicamente porque estaba protegido por la autoridad local, que había llegado hasta esconderlo cuando el señor coronel Garmendia estuvo en Navarro con fuerzas de la Guardia Provincial para prenderlo.
El señor Marañón recibió aquella terrible nota que le revelaba el golpe de calumnia de que era objeto.
Ya saben nuestros lectores, como constaba a todos los habitantes de aquel partido, que la partida de plaza de Navarro, como la de muchos otros pueblos, temblaba materialmente de miedo solamente al pensar que alguno podría ordenarle prender a Moreira, orden que hubiera desobedecido.
En vista de esto, el señor Marañón, invocando el testimonio de los vecinos más respetables, contestó al gobierno con una extensa nota en que explicaba las serias dificultades con que tocaba, y asegurándole que aquel Juzgado no tenía una partida capaz de prender a Moreira.
El gobierno no quiso creer lo que a todos constaba de una manera tan positiva, e hizo levantar un sumario a aquella honorable persona, al mismo tiempo que ordenaba a la policía de la capital, de que era entonces jefe el distinguido señor Enrique O'Gorman, para que alistase una compañía de vigilantes tan numerosa como fuera necesaria para prender a Moreira.
El jefe de policía alistó la compañía de vigilantes, que tomó el tren en Lobos para dirigirse a Navarro en busca de Moreira.
Eran veinticinco vigilantes elegidos entre los mejores, que marcharon bajo las órdenes del oficial de policía D. Adolfo Cortinas, antiguo capitán del ejército de línea.
Cortinas llevaba orden terminante de reducir a prisión al bandido Juan Moreira y traerlo a Buenos Aires, muerto o vivo, para cuyo efecto le dieron sus señas, explicándole que no era hombre de usar con él consideraciones, porque era duro en el combate y sumamente sagaz en la retirada y en el modo de combatir.
Cortinas, decidido a salir bien en su difícil comisión, adiestró a los vigilantes y se ocupó, durante el trayecto, de tomar datos del hombre que iba a combatir.
Los datos que obtuvo Cortinas en el camino fueron más o menos lo que conocen nuestros lectores.
-Moreira es un hombre terrible -le decían todos-, con el que no hay que descuidarse, pues por más y mejor gente que usted lleve la ha de pelear, y si no puede pelearla, la ha de burlar con algún golpe de audacia o travesura.
Cortinas sonreía al oír todas estas prevenciones, que atribuía a excesiva exageración de los paisanos; tenía fe en la gente que llevaba, pues creía que un hombre solo, por más valiente que fuera y por mejor armado que anduviera, no sería capaz de combatir con ella, ni evadírsele por un golpe de audacia, pues él tomaría serias precauciones.
Entretanto, no había faltado un compañero que previniera a Moreira lo que sucedía, para que salvase el bulto yéndose de Navarro a otra parte más segura.
-Ni por un queso -había contestado Moreira-. Mi deseo se va a cumplir en regla y por nada pierdo yo la bolada de pelear con vigilantes de la misma ciudad. Quiero que se sepa quién soy yo y que no hay justicia que me prenda. Ya verán cómo a esos vigilantes me los limpio yo como si fueran narices.
Cortinas llegó a Lobos con su gente, donde hizo noche para seguir al otro día hasta Navarro, adonde llegaría a la tardecita, hora muy oportuna para hallar al gaucho.
Esa misma noche salieron de Lobos dos gauchos con caballo de tiro, que fueron a llevar a Moreira la novedad, dándole un minucioso detalle de la gente que iba.
-Lo que siento es que no sean cincuenta -replicó el gaucho con arrogante soberbia-; aquí los espero a esos maulas para que lleven mis mentas al gobierno.
Esa noche Moreira paseó por todas las pulperías del partido, invitando gente para que fuera a hacer público y presenciar cómo disparaban los vigilantes.
La partida de plaza estaba contentísima; sabían que era empresa peluda prender a Moreira y querían que vieran cómo peleaba el paisano, los que iban a pretender valer más que ellos en el pago, prendiendo nada menos que a Juan Moreira, que, según fama, peleaba ayuntado con el mismísimo diablo.
Al llegar Cortinas a Navarro, supo todo esto, y se empeñó más en la prisión de aquel hombre, por la misma razón que creían que era una cosa imposible.
En vano los amigos de Moreira trataron de que huyera, haciéndole comprender lo descabellado de su propósito, pero todo fue en vano, porque el paisano no cedía.
-He prometido que no había de descansar hasta no haber peleado con una partida de vigilantes -decía- y tengo que cumplir mi palabra, aunque me maten.
Cuando Cortinas llegó a Navarro, Moreira se fue a la fonda principal del pueblo a cenar, pues era ya más de la oración y quería esperarlo en la fonda.
El comedor de aquella fonda tenía una gran mesa común a todos los parroquianos, colocada frente mismo a la puerta de calle, y dos o tres mesitas más a los costados.
Sobre la mesa del centro y colgado de los tirantes del techo, había uno de esos lamparones de aceite, comunes a todo hotel de campaña.
Moreira se sentó a comer en aquella mesa, dando frente a la puerta de calle, paso forzoso para el que entrara: puso los dos trabucos sobre sus rodillas, que cubrió con la manta de vicuña, y pidió alegremente una sopa y una botella de vino francés, para criar coraje, según dijo satíricamente.
Las pocas personas que había en aquella mesa se levantaron y fueron a ocupar las más chicas, pues todos sabían ya lo que había de suceder.
-Hacen bien, muchachos, porque aunque esto va a ser como chacota -les dijo el paisano sin perder la alegría-, pueden llover algunos chumbos extraviados.
En esta actitud se puso a esperar a los vigilantes, que sabía lo habían de atacar allí, creyendo tal vez tomarlo de sorpresa y prenderlo como a un maula.
En previsión de lo que pudiera suceder, el gaucho había dejado su overo bayo confundido con los demás caballos atados al fierro de la vereda.
Entretanto, Cortinas, que no conocía a Moreira, se ocupaba en buscar un individuo que fuera con él para enseñárselo, pero esto era más difícil de lo que pensaba.
En el pueblo todos conocían a Moreira, pero en ese tiempo nadie lo conocía bien.
Los paisanos tenían la certeza de que no prenderían a Moreira y no querían quedar colgados hasta que el gaucho fuera a vengar justamente en ellos la acción traidora de irlo a delatar a sus enemigos.
Cortinas ofreció dinero, para lo cual iba facultado, pero inútilmente, nadie conocía bien a Moreira y, por consiguiente, no se lo podían enseñar.
Por fin Cortinas dio con un paisano, conocido por el nombre de Carrizo, enemigo de Moreira, porque éste le humillara una vez, y deseoso de vengarse, a lo que no se había atrevido antes porque le tenía miedo; pero disimulaba el odio con una amistad franca y cordial que a Moreira no le hacía mucha gracia.
Carrizo vio a los vigilantes que venían en busca de su odiado enemigo y echó sus cuentas, pensando que si tomaban buenas precauciones para cortar al gaucho la retirada, se le obligaría a pelear, y como aquellos hombres no habían de disparar como los policianos de la partida, Moreira era un hombre muerto.
Carrizo se presentó a Cortinas, comprometiéndose a enseñarle a Moreira, siempre que tomaran las precauciones que él indicara, que serían buenas, porque él conocía perfectamente al bandido y de qué tretas sabía valerse para poder huir con entera seguridad.
Cuando los vigilantes, encabezados por Cortinas y guiados por Carrizo, llegaron a la fonda donde comía Moreira, ya el gaucho había concluido de cenar, pensando que, por aquella noche, los vigilantes no irían a buscarlo, lo que le contrariaba mucho, pues el cuerpo le pedía un poco de ejercicio.
Así que llegaron a la esquina de la fonda, Carrizo detuvo a Cortinas y le indicó que era preciso que hiciera rodear la casa con diez o quince vigilantes, mientras ellos se presentaban con el resto en la puerta de la fonda e intimaban a Moreira se diese preso bajo pena de la vida.
Carrizo creía que estas medidas eran suficientes para que Moreira no escapara, descuidó la principal de todas, que hubiera sido tomarle el caballo.
El gaucho miraba la puerta de calle con marcada impaciencia, cuando aparecieron en el dintel Carrizo, Cortinas y los doce vigilantes que quedaban, pues los otros trece habían sido estratégicamente colocados alrededor de la fonda, para cortarle la retirada si, como se esperaba, saltaba la pared.
Apenas se detuvieron a la puerta, Carrizo señaló a Moreira con el cabo del rebenque, al mismo tiempo que decía a Cortinas:
-Aquél es el hombre.
-¡Ah, gran puerco! -gritó colérico Moreira al ver la acción cobarde de aquel canalla-. Ya te sacaré los ojos para enseñarte a ser... alcaucil.
-¡Entréguese, amigo! -dijo severamente el oficial Cortinas-. ¡Entréguese a la policía de Buenos Aires, pues tengo orden de llevarlo vivo o muerto!
Al decir esto, el digno oficial había avanzado hasta el borde de la mesa, dejando la puerta guardada por los vigilantes.
-¿Y por qué me he de entregar? -preguntó Moreira con toda naturalidad-. ¿Quién es el comedido que cree que yo ando de más como un ocho de la baraja?
-Yo no sé nada ni tengo que darle cuenta de nada -replicó el oficial-; entréguese usted preso por orden del jefe de policía, o lo tomo yo.
-Pues, caballeros -replicó Moreira con cierta sorna-, vamos a ver cómo se hamacan-. Y rápido como una centella levantó de sus rodillas el poncho y de un vigoroso ponchazo hizo volar la lámpara, que fue a estrellarse contra la pared, dejando la pieza en una densa oscuridad.
Acto continuo tendió los trabucos en dirección a la puerta, y al ser disparados produjeron tal estrépito, que los vigilantes quedaron atónitos. En seguida y sin perder un segundo, enrolló la manta al brazo izquierdo, sacó la daga y arremetió a la puerta, con un empuje violentísimo.
Los vigilantes asombrados aún y a oscuras, sin saber lo que pasaba, hicieron cancha inconscientemente y Moreira pudo pasar como un relámpago por medio de ellos y saltar sobre su overo, no sin haber tirado al pasar un par e puñaladas, que fue lo único que aquellos pobres vigilantes trajeron como trofeo de aquella empresa, si no imposible, por lo menos de una suprema dificultad.
-¡A él! -gritó Cortinas-. ¡Fuego y no lo dejen escapar! -y algunas detonaciones de rifle se sucedieron unas a otras, sin más resultado que oír en respuesta una sonora carcajada con que el gaucho se burlaba aún desde la calle del gran chasco que había dado a los vigilantes.
-¡Adiós Carrizo! -gritó por fin Moreira, poniendo su caballo al gran galope-. Rogá a Dios que no te encuentre en mi camino, porque vas a ser el primer hombre que degüelle yo en esta vida maldita-. Y dio vuelta la esquina, perdiéndose de vista en seguida.
-¡Ahora sí que soy hombre muerto! -dijo Carrizo echándose en brazos del miedo más descomunal-. ¿Quién me metería a pata grande? -concluyó, lanzando una especie de gemido que no pudo oír Cortinas sin soltar una graciosa carcajada, a pesar del espantoso estado en que estaba su espíritu al pensar en el ridículo en que había caído, al ser burlado por aquel hombre a quien con tantas precauciones fue a aprehender.
Restablecida la luz de la pieza, Cortinas juntó a su gente, sumamente triste, haciendo que se retiraran de su puesto los soldados con quienes había hecho rodear la casa, pensando cuerdamente que, en caso de huir, Moreira lo hiciera por los fondos o saltando la pared del patio.
Recién entonces pudo apercibirse del estrago que entre su gente habían causado los trabucazos; un vigilante estaba en el suelo, revolcándose en su propia sangre, mientras otro daba fuertes alaridos, a causa de un proyectil que le había penetrado en el hombro derecho, rompiéndole la clavícula.
Cortinas, después de ordenar su gente, se fue al juzgado con la intención de esperar el día siguiente para ver si volvía a hallar al gaucho, a quien se prometía esta vez no dejar escapar, pues pensaba apretarlo sobre tablas, sin siquiera darle tiempo a hacer el menor ademán.
Moreira, entretanto, simulando una retirada, había vuelto hacia la fonda y se había emboscado entre una arboleda por donde debía atravesar aquella gente.
Allí esperó pacientemente a que concluyeran todos los arreglos, pues antes de alejarse definitivamente quería dar el vuelto a Carrizo.
Este, que con la escapatoria de Moreira se creía hombre muerto, pues Moreira no lo perdonaría, salió de entre los vigilantes, embebido en la última hilera, pues se imaginaba que si quedaba solo, no había de tardar mucho en encontrarse con el puñal de Moreira.
Así marchaban en dirección al juzgado, cuando al pasar por la pequeña arboleda se sintió un grito de muerte, y uno de los hombres que venían a retaguardia vino al suelo pesadamente para no levantarse más.
Los vigilantes dieron vuelta presurosos para indagar la causa de aquel grito y aquel ruido de un cuerpo que cae, pero fueron deslumbrados por un fogonazo, al que siguió el tremendo estampido de un disparo que esta vez, felizmente, no hirió a nadie.
En seguida del trueno que produjo aquel disparo, se oyó una lejana carcajada y pudo escucharse el ruido del galope de un caballo.
Era Moreira que, al pasar Carrizo, le había sepultado la daga en la nuca, en castigo de su acción, y había disparado el trabuco para asustar a los vigilantes.
Cortinas regresó a Buenos Aires con el triste parte de lo que había sucedido, y el gobierno de la provincia pudo convencerse de que la prisión de Moreira era cosa más seria de lo que parecía.
Juan Moreira se vino entonces al partido de Lobos, siendo juez de paz, como hemos dicho, don Casimiro Villamayor. Permanecía en el pueblo un día y una noche, e iba en seguida a refugiarse a casa de su hermano Inocencio Moreira, que está actualmente de vigilante en la policía, o a casa de Cuerudo, de quien nos ocuparemos más adelante.
El teatro de sus nuevas hazañas fue desde entonces el partido de Lobos, en cuyas pulperías y casas de negocio empezó a oírse el nombre de Moreira ligado a todo género de hombradas.
Sin embargo, nunca se oyó decir que hubiera hecho alguna muerte a traición o que él hubiese sido el provocador de un conflicto o lance sangriento.
Una noche Moreira se metió en un baile que se daba en una casa a orillas del pueblito, y donde danzaban alegremente numerosas parejas.
La presencia de Juan Moreira enfrió por un momento la alegría que reinaba a su llegada, pero viéndolo parado en el umbral de la sala, en una actitud tranquila y humilde, poco a poco fue renaciendo la confianza, y la gente se entregó de nuevo al baile, en la seguridad de que Moreira, no siendo provocado, no intentaría nada perjudicial para ellos.
Moreira, cansado de estar mirando el baile, pidió permiso al dueño de la casa, de quien era conocido, y entró en el aposento de éste, que hacía las veces de ambigú.
Pocos momentos después entraba al baile y a aquella misma pieza el Sr. D. Manuel Caminos, entonces comandante militar de Lobos y hoy uno de los municipales más distinguidos de aquel hermoso pueblo, donde ha desempeñado la mayor parte del año que expiró hace poco las funciones de Juez de Paz.
El Sr. Caminos conocía a Moreira de nombre y por haberlo visto varias veces, y sabía la clase de hombre que era y lo que de él podía esperarse; así es que al verlo se sorprendió.
-Dispense, señor -dijo Moreira-; si mi presencia lo ofende, me retiraré; pero ya que he venido aquí casualmente, voy a pedirle un servicio que usted me puede hacer.
El señor Caminos se detuvo a escuchar al paisano, pudiendo hacer esto sin comprometerse, pues la autoridad de Lobos aún no había dado orden de prisión contra él.
-Yo ando en el campo corrido por la suerte -siguió diciendo Moreira-; no tengo papeleta de resguardo, y quiero que usted me dé una como verdadero servicio.
El señor Caminos es naturalmente bondadoso, pero tiene también un carácter inflexible en el cumplimiento de sus deberes como funcionario público.
Por más que conociera la vida desgraciada de aquel hombre, comprendía que, sin mengua de su cargo, no podía darle la papeleta pedida.
No quiso tampoco prometer al gaucho lo que no había de cumplirle, y aunque estaba sin armas, le dijo redondamente que no podía acceder a su pretensión.
-No sea malo, amigo; no me niegue la papeleta que le pido, que usted puede dármela sin compromiso alguno. ¿Por qué no me quiere hacer este servicio?
-Porque no puedo -añadió el señor Caminos-. Usted es un hombre perseguido por la justicia y yo no puedo entregarle una papeleta de guardia nacional, porque haría mal.
El señor Caminos, que había oído tanto cuento sobre atrocidades de Moreira, esperaba que de un momento a otro el gaucho se le viniese encima daga en mano, sin tener él la menor arma con que repeler la agresión, pero el paisano no se movió ni hizo el menor ademán de hostilidad.
Sentado en la orilla de la cama, contemplaba a su interlocutor con una mirada profundamente melancólica en la que se podía ver un fondo de suprema resignación.
-Paciencia y barajar -dijo lánguidamente-. Yo debo de jeder a difunto, cuando de esta manera se me cierran todas las puertas; sin embargo, le pido por última vez una papeleta, asegurándole bajo mi palabra que no he de decir a nadie que ha sido usted quien me la ha dado, y prometiendo hasta alejarme de Lobos.
El Sr. Caminos creyó que el gaucho lo amenazaba, y no queriendo que fuese a figurarse que lo había dominado, se negó de nuevo a complacerlo.
-Yo no puedo darle la papeleta -concluyó-, porque faltaría a mi deber, y yo no falto a él por ninguna consideración de este mundo; no insista pues en su pretensión, porque pierde su tiempo.
-Está de Dios -respondió el gaucho-, que yo he de vivir eternamente en guerra con la justicia, de lo que me alegro en parte, pues no tendré nada que perdonar a nadie.
El Sr. Caminos aconsejó a Moreira que se fuera del partido de Lobos, pues el Juez de Paz no había de tardar en dar contra él orden de prisión, y se alejó de la pieza y en seguida del baile.
Moreira lo miró alejarse sin pronunciar una sola palabra, sin hacer un solo ademán, movió la cabeza de arriba abajo, como apreciando la conducta de aquel hombre, y quedó allí sumido en su pensamiento, sin que bastara para arrancarlo de él la algazara y animación que reinaba en la pieza donde se hallaba.
Por fin fue levantando la cabeza poco a poco, salió lentamente del cuarto y entró a la pieza de baile, sentándose en una silla, al lado de los dos que tocaban la guitarra y el acordeón.
Alguno que otro concurrente, alegre por demás con la bebida que se servía, intentó dirigir al gaucho una sátira, pero su aspecto era tan imponente y sombrío, que la sátira se heló en los labios antes de dejarse oír; el arsenal que se veía en su tirador y la daga que le cruzaba la espalda eran argumentos de un peso bastante elocuente.
A eso de las tres de la mañana tuvo lugar un incidente que aterró por un momento a los alegres y pacíficos danzantes, hasta el punto de querer emigrar de la sala.
Un hombre de aspecto bravo, que había estado silencioso toda la noche, había bebido excesivamente y el licor se le había ido completamente a la cabeza, dándole la mona por soltar una que otra indirecta a Moreira, sobre su aspecto sombrío y su cara de asustar a todo el mundo, perdonándole la vida.
Moreira al principio no notó, o se hizo el que no notaba las indirectas de aquel hombre, pero éstas se repitieron de tal manera que el paisano tuvo que darse por enterado.
Se levantó poco después y se dirigió a la pieza donde hablara con el señor Caminos, de la que volvió trayendo su manta de vicuña y bajo ésta un objeto que nadie pudo ver.
El hombre aquel, envalentonado con el silencio indiferente de Moreira, o con los dos medios frascos que tendría en el buche, siguió con alusiones groseras e insolentes.
-Amigo -dijo Moreira-, las monas se han hecho para dormirse y no para lucirlas; déjese de moler la paciencia, no sea que le cueste caro.
Un estremecimiento de terror experimentaron las demás personas, creyendo que aquello sería el prólogo de algún drama sangriento, y el mismo dueño de casa se acercó a Moreira, como pidiéndole un poco de prudencia, pero el gaucho sonrió, mirándolo como quien dice: "No tenga usted el menor cuidado, que no ha de suceder nada malo".
Al oír lo que Moreira le dijera, el hombre se paró asegurando que no tenía miedo, pero volvió a caer sobre la silla, completamente dominado por el alcohol.
-¡No ve, amigo! -dijo Moreira alegremente-. No puede con el peso de la tranca y se quiere meter a fundillos grandes sin tener con qué alegar.
-Para un maula como usted -replicó el buscapleitos-, siempre me sobrará talero, y si quiere que nos veamos las caras, puede ir saliendo cuando guste.
-Está usted demasiado mamado para hacerle el gusto -concluyó Moreira- y para chacota esto es largo. ¡Cállese, pues, la boca y deje bailar a la gente!
Aquel hombre, en vez de escuchar las sensatas palabras del paisano, desnudó la daga y se vino sobre él, dando sendos traspiés y tropezones, tal era la flojedad de sus piernas.
Varios de los concurrentes quisieron detenerlo antes que llegara a donde estaba Moreira, pero éste se paró gritando:
-¡Nadie lo toque! ¡Déjenlo nomás venir!
El borracho siguió avanzando hasta llegar donde estaba Moreira y metiéndole la daga por los ojos, le dijo:
-¡Saque, pues, so maula, y va a ver quién es el que lo provoca!
Los asistentes a aquella escena vieron inevitable la muerte de aquel pobre hombre, pero no se animaron a terciar en la contienda, visto que el gaucho dijo que lo dejaran.
Cuando el borracho le cruzó la daga por la frente, queriendo obligarlo a defenderse, Moreira soltó una alegre carcajada, contentándose con darle un ponchazo en la cabeza, lo que concluyó de alterar la bilis de aquel nuevo Baco, quien esta vez acometió al paisano, marcando una puñalada a la altura del estómago.
Moreira entonces presentó el brazo izquierdo, cubierto por el poncho, y con una asombrosa facilidad desarmó al borracho, arrojando al patio la daga.
En seguida apareció armado de una bota, que era el objeto que ocultaba entre la manta, y dio con ella tan feroz tunda al que lo había provocado que, según mentas, al vigésimo botazo se le había pasado la mona por completo, quedando fresco como si en el curso de la noche no hubiera bebido otra cosa que agua helada.
En seguida de esto y riéndose como un bienaventurado, Moreira salió del baile, montó en su overo bayo y se alejó al tranquito, dejando a aquel pobre diablo avergonzadísimo con la tunda recibida y con las bromas sangrientas que le dirigían los testigos de aquella cómica aventura.
Moreira se fue a La Estrella, casa de negocio en Lobos que permanecía abierta toda la noche y que, atendida por mujerzuelas, ofrecía cierto aliciente a la gente calavera.
El paisano concurría mucho a aquella casa, pues decía que entre las mujeres y la bebida olvidaba por momentos la inmensa amargura que lo dominaba.
En aquella casa permaneció todo el resto de la noche y gran parte del día siguiente, sin que todavía se hubiera librado contra él orden de prisión a la partida de Lobos.
Cuando salió de La Estrella se encontró con el capitán de la partida de Lobos, D. Eulogio Varela, estimable persona y bravo oficial con quien se conocía, porque una vez, en tiempos en que Moreira era un hombre bueno y honrado, Varela le facilitó un caballo en Chivilcoy, con el que pudo llegar hasta Matanzas.
-¿Qué anda haciendo en este pago? -le preguntó Varela, acercándosele-. Mire que ahora yo soy capitán de partida y pueden mandarme prenderlo.
-Ando vagando -replicó el gaucho-, porque ya no encuentro un sitio donde descansar a gusto sin que vengan a provocarme de todos modos. ¡Que le hemos de hacer!
-Váyase de Lobos, amigo -insistió Varela-; váyase, porque si me mandan prenderlo, usted me ha de matar o yo he de cumplir la orden que me den.
-Hará mal, amigo -replicó Moreira tristemente-; usted me hizo una vez un servicio que no puedo olvidar y al que siempre le estoy agradecido. Yo nunca podré hacerle a usted daño por esta razón, pero si usted se cruza alguna vez en mi camino con la partida, entonces será lo que Dios quiera.
-¿Y por qué diablo no se va de Lobos? -interrogó Varela-. ¿Por qué se queda a provocar un lance de muerte entre los dos? Yo no lo prendo -prosiguió diciendo-, porque no tengo orden del juez; pero si me dan esa orden, le aseguro que usted o yo vamos a quedar en el sitio. Así que mejor es que se vaya.
-Mi vida -replicó Moreira- es pelear siempre con todas las partidas y matar el mayor número de justicias que pueda, porque ellos me han hecho todo el mal que he recibido en la vida, y por la justicia me veo acosado como una fiera dondequiera que me dirijo. Sin embargo, usted me ha hecho un servicio y yo quiero mostrarle que soy hombre que sé agradecer. Le prometo que mañana mismo salgo de Lobos, no por miedo, sino por consideración a usted.
Moreira y Varela se separaron. Este se fue al Juzgado de Paz, donde ya lo esperaba una orden para prender a Moreira, que tomó el camino del rancho de su hermano Inocencio, donde pasó albergado dos o tres días, al cabo de cuyo tiempo pensaba regresar a Navarro.
La justicia de paz supo esto, y envió a buscar a Inocencio a quien se le notificó que debía dar aviso cuando Juan Moreira durmiera para ir a prenderlo.
-Pero, señor -replicó éste-; si es mi hermano, si viene a cobijarse bajo mi techo, ¿cómo lo voy a entregar para que lo fusilen?
-Pues, ve lo que haces -le respondieron-, porque si no lo entregas se te considerará como cómplice y serás destinado a un cuerpo de línea por encubridor de bandidos.
Inocencio volvió a su rancho, donde previno a Juan de lo que sucedía, y éste, por no comprometerlo, se alejó inmediatamente en dirección a Navarro.
Inocencio Moreira recibió el premio de esta acción que fue el de destinarlo por dos años al servicio de las armas en el batallón 11 de línea.
El Nacional, que se muestra tan afanoso por disculpar las iniquidades de nuestras autoridades de campaña, puede hablar con personas del Azul si le place y rectificarnos esta monstruosidad, como su famosa rectificación al bando de marras, que no creía pudiese haber sido dictado por justicia humana.
Juan Moreira salió, pues, de Lobos, en dirección a Navarro, yendo a buscar guarida en casa de su amigo el Cuerudo, que fue más tarde su Judas.
En vano la partida de plaza batió todo el partido buscando a Moreira. No pudo hallarlo; parecía que se lo hubiese tragado la tierra o lo hubiese merendado el Cuerudo.
Sin embargo, muchas noches Moreira solía venir a La Estrella, donde permanecía hasta el día siguiente, sin que la partida que lo buscaba sospechara la cosa.
El mismo Eulogio Varela se lo pasaba escondido muchos días en aquella casa esperando la venida de Moreira, pero éste, obedeciendo sin duda al aviso de un bombero de su entera confianza, caía a La Estrella cuando la partida estaba más persuadida de que no se hallaría ni aun en el pago.
Allí prepararon al gaucho la cama donde debía venir a caer a sabiendas, poniéndole por cebo a una mujer de quien él gustaba enormemente.
Deseando dar unos días de reposo a su overo bayo, Moreira se alojó en casa del Cuerudo, que era su guarida más segura, de donde no salió en quince días.
Veamos ahora quién era el Cuerudo.
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