sábado, 16 de enero de 2016

Eduardo Gutiérrez

Eduardo Gutiérrez (n. 15 de julio de 1851 — f. 2 de agosto de 1889) fue un escritor argentino que se destacó por sus obras de contenido histórico costumbrista y gauchesco.

Su novela más importante fue Juan Moreira, escrita en el año 1880. Esta obra adquirió gran popularidad y fue llevada al circo criollo, el teatro, el cine y la historieta.

Entre sus otros libros notables figuran Hormiga Negra, Santos Vega y Juan Cuello.

Obras

  • Un capitán de ladrones en Buenos Aires
  • Juan Moreira
  • Juan Cuello
  • Pastor Concha
  • La muerte de un héroe (1871)
  • La Mazorca
  • Una amistad hasta la muerte
  • El rastreador (1884)
  • Los montoneros (1884)
  • El Chacho (1886)
  • Un viaje infernal
  • Croquis y siluetas militares (Memorias)



















jueves, 14 de enero de 2016


Martín Fierro ilustrado por Héctor Beas

“Ciudad Gótica” acaba de editar unaexcelente y novedosa versión del “Martín Fierro”, la inmortal obra de José Hernández, con collages y viñetas del “Gaucho” Héctor Beas y con prólogo de Pacho O’Donnell.
La particularidad de esta edición rosarina es que, por un lado cuenta con la participación de Beas y, por el otro, que todas las páginas contienen su obra: las 163 viñetas en las pares y los 152 collages en todas las impares.
“En las viñetas está representada gente que realmente ha vivido. No son obra de mi imaginación. La mayoría de ellos paisanos y otros personajes sobre los cuales investigué a partir de publicaciones, fotografías… Gauchos de los de antes, de los que quedan pocos”, señala en diálogo conConclusión este ilustrador de 72 años que vive en la ciudad de Pérez, y que tomó por primera vez un lápiz para dibujar a los seis años de edad.
“Una prima me trajo, hace poco, precisamente un dibujo que hice a esa edad y que lo tenía guardado para dármelo en algún momento”, dice Beas, quien además –y como no podría ser de otra manera- aclara que tal dibujo “era un gaucho a caballo”.
Volviendo al “Martín Fierro”, al que ubica como “el primer manifiesto social de la opresión de la oligarquía”, expresa que haber sido elegido por “Ciudad Gótica” para ilustrar esta edición lo hace sentir muy satisfecho “porque antes hubieron maestros que de algún modo marcaron muchos caminos a quienes volcamos al papel y a otros elementos lo que nos surge desde nuestras manos y desde nuestro sentir más profundo”. En ese rango ubica al “Negro” Fontanarrosa, a Castagnino, a Alberto Güiraldes y a Carlos Roume, entre otros.
Un dato más que interesante que aporta Beas es que “no existe ningún otro Martín Fierro que esté íntegramente ilustrado con collages (y viñetas) como este”.
Conclusión llegó a la conclusión que no es casual que este excelente ilustrador haya recalado en el “Martín Fierro”.
Beas es un auténtico militante de lo gauchesco. Lo demuestran su bombacha de campo que usa cotidianamente, al igual que sus alpargatas; en el fondo de su casa hay un quincho con sus paredes “tapizadas” de estribos, riendas, rebenques, boinas, sombreros… A ello hay que sumarle que monta a caballo en todas las oportunidades que se le presentan, con paseos, desfiles y fogones de por medio.
Héctor Beas nació en la zona de Mendoza y Laprida, en Rosario, pero a los tres años sus padres fueron a trabajar y a vivir a una estancia enVilla Cañás“Yo era muy chico y el campo muy grande, donde la única línea que recuerdo como límite era el mismo horizonte”, grafica Héctor con un dejo de nostalgia.
La estancia a la que hace referencia se llamaba “La Dolores”, “y al lado estaba “La Zoraida”. “Tengo un hermoso recuerdo de esos tiempos. Vivimos allí hasta que yo tuve 15 años. En las 4 leguas cuadradas que tenía el campo había maíz y vacas… de soja ni hablar”, aclara sonriendo.
A la vieja usanza, en su estudio, montado en la casa que era de sus padres en la misma ciudad de Pérez, Beas trabaja sobre un tablero de madera acompañado por un enorme “tropilla” de lápices y pinceles. La casa en cuestión tiene 120 años, paredes anchas y piso de pinotea.
Además de dedicarse a la ilustración, el“Gaucho” tiene una participación muy activa en la vida social.
Desde que se instaló en Pérez, en el año 1957, diversas entidades lo tienen o lo han tenido como a uno de sus principales colaboradores: Comisión de Bomberos Voluntarios, Centro Cultural, Centro Asistencial “El Gurí”, Grupo de Campamentos, entre otras.
Nacido en Rosario, el 2 de enero de 1943, Héctor Beas se radica a los tres años con sus padres en los campos de Villa Cañás, Provincia de Santa Fe, en la estancia «La Dolores», donde su padre se desempeñaba como mayordomo. Vivió allí hasta los 15 años y después se trasladó con su familia a la ciudad de Pérez, provincia de Santa Fe donde vive actualmente. Comenzó a dibujar desde que tiene memoria y empezó en el año 1966 a exponer ilustraciones gauchescas. Posteriormente comenzó a colaborar y trabajar conjuntamente con Héctor Nicolás Zinni —periodista e historiador— en una publicación sobre revisionismo histórico titulada Apuntes histórico Revisionista de la que se publicaron 10.000 ejemplares en un total de 13 números. Paralelamente comenzó a publicar e ilustrar en La cebra a lunares; la primera revista humorística de Rosario. Luego pasó a los medios gráficos de Rosario y todo el país. Es dibujante, caricaturista, ilustrador, artista plástico e investigador de la vida del gaucho desde sus orígenes. Creador del personaje Zoilo Quiroga «Un gaucho de acá», con más de 2300 publicaciones hasta la fecha, bautizado así en homenaje a un gran compañero y periodista, Zoilo García Quiroga. Las artes plásticas son el medio conceptualmente distinto en su expresión y la realización de los demás temas que abarca.


“Escribir sobre el Martín Fierro es una ardua tarea, ya que las mejores plumas de nuestra tierra lo ensalzaron, criticaron, estudiaron, homenajearon y consagraron. Desde mil ochocientos setenta y pico hasta nuestros días, mucha tinta derramaron los mejores ilustradores vernáculos de todas las épocas y de los más variados estilos y concepciones, que dejaron obras de indudable valor plástico y testimonial de este libro emblemático. Inolvidables versiones de Castagnino, Alonso, Breccia (hijo), Fontanarrosa, Eleodoro Marenco, Scafati y mucho más. La primera noticia que tuve de este “renegau” fue por boca de mi Padre, un criollo de La Paz, Entre Ríos, que lo recitaba de memoria según cuadrara la ocasión. Está escrito en versos y facilita la forma más bella de la literatura —como prefería Homero, la manera oral—. Junto a los almanaques de Molina Campos forma parte del tesoro popular que guardamos como estirpe, es nuestro Quijote y nuestra Odisea. José Hernández pervive a través de gestas como las del Gaucho Beas que se anima a cabalgar por terrenos transitados y dar su impronta personal al poema. La esmerada edición nos muestra el cuidado y esfuerzo del autor al desplegar la variedad de sus recursos expresivos logrando plasmar una obra inolvidable. Será sin duda referente de las próximas generaciones que se pongan a cantar al compás de la vigüela”. (Crist)


http://www.viarosario.com/arte-y-diseno/el-martin-fierro-ilustrado-por-hector-beas
http://www.conclusion.com.ar/2015/02/martin-fierro-una-edicion-rosarina-de-excelencia/
http://www.rosariocultura.gob.ar/la-secretaria/prensa/noticias/presentacion-del-martin-fierro-ilustrado-por-hector-beas

Ilustración de Athos Cozzi de una edición de Martín Fierro para chicos editado en 1957

Esta ilustración es de Athos Cozzi y pertenece al Martín Fierro para chicos editado en 1957.

miércoles, 13 de enero de 2016

El salto de la maroma

La maroma, ubicada generalmente a más de tres metros de altura, es el travesaño que une los extremos de los postes de la tranquera. Para realizar este salto, el gaucho se colgaba de este poste con las piernas abiertas, dejándose caer sobre el lomo de uno de los potros que pasan al galope por debajo, generalmente el último, para evitar ser pisoteado en caso de caídas. El gaucho debía sujetarse de las crines del animal, asegurándose con sus espuelas y dando dirección con el rebenque. El potro, sorprendido por el inesperado jinete, comenzaba a corcovear dando coces, procurando derribar al intrépido jinete. Finalmente, agotado y rendido, el animal se dejaba manejar mansamente.

Las impresiones del geógrafo británico H. C. Ross Johnson sobre esta prueba. La escena descripta tuvo lugar en la estancia “El Carrizal”, de San Lorenzo, provincia de Santa Fe, en septiembre de 1867.

Fuente: Carlos G. Daws, El Salto de la Maroma. Cómo lo vio un viajero inglés en 1867, Buenos Aires, Museo Familiar Gauchesco, 1938.

Era sorprendente, en realidad, una singular proeza de los gauchos de antaño. La entrada del corral se hallaba cerrada por cinco toscos palos cruzados a manera de puerta, en lugar de los usuales portones de Inglaterra, y con la salvedad de que el más elevado se alzaba a ocho pies del suelo. Entre las yeguas encerradas había una de pelo obscuro, grandota, como de cinco años, de mirada vivaz y de unos quince palmos de alzada. Se la veía inquieta en grado sumo por la inmotivada privación de su libertad.

Cambiadas una o dos palabras con su capataz, el señor nos indicó saliéramos de aquél, cuando vino un gaucho, con enormes espuelas, llevando en la mano sólo un pesado rebenque; trepóse al más alto palo de la tranquera y colgado en ese travesaño se mantenía en balanceo, tocando apenas, para conseguirlo, uno de los horcones laterales. Otro gaucho, retirando previamente los cuatro palos inferiores, entró a su vez al corral; revoleando el lazo en alto, asustó al montó de yeguarizos encerrados, que en tropel escaparon por la puerta. Espiando atento la oportunidad de que los animales pasaran por debajo, el paisano se descolgó con agilidad, cayendo montado, justamente, sobre el lomo de la arisca yegua obscura, quien, sorprendida, aminoró por segundos la carrera, hasta que, sintiendo el lonjazo del rebenque sobre los flancos, lanzó un bufido y, dando dos o tres corcovos, reanudó la frenética disparada, gacha la cabeza, campo afuera.

No menos excitado parecía el temerario jinete, el cual, azuzándola como un demonio, castigando y espoleando al bagual, llegó hasta perderse de vista. El patrón, sin embargo, nos aseguró su pronto regreso, como, en efecto, sucedió al cabo de un cuarto de hora, volviendo la yegua a tropezones, exhausta de cansancio, aunque exhibiendo el blanco de los ojos en su contenido furor, caídas las orejas, pero siempre arisca, cediendo a las cachetadas del rebenque sobre entrambos lados de la quijada.

Apeado el gaucho, deslizándose con salto ágil de la yegua todavía en movimiento, se nos presentó perfectamente tranquilo, dando la impresión de no haber realizado cosa alguna fuera de lo común. La yegua, en cambio, no quedó así: cubiertos de espuma los temblorosos flancos, cortados y ensangrentados por las agudas rodajas de las espuelas, detúvose pocas yardas más, como rendida; después, olfateando el pasto, relinchó al verse libre y, al echarse, rodó sobre sí misma, revolcándose, débilmente primero, luego con más energía; a los tres o cuatro minutos se incorporó, sacudiéndose vigorosamente, y, recién cuando dimos algunos pasos hacia ella, largó varias coces al aire y al tranco largo inició vertiginosa carrera, sin descanso, desapareciendo al fin, expresándonos entonces el señor… que posiblemente no pararía hasta encontrarse con los compañeros de la manada, que hacía ya tiempo se nos perdieron en lontananza…



Archivo http://elranchodefierro.magix.net/public/index.html

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