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sábado, 23 de octubre de 2010

El gaucho Martín Fierro, Canto XIII

MARTIN FIERRO

 

Ya veo que somos los dos

astilla del mesmo palo:

yo paso por gaucho malo

y usté anda del mesmo modo,

y yo, pa acabarlo todo

a los indios me refalo.

 

 

Pido perdón a mi Dios,

que tantos bienes me hizo;

pero dende que es preciso

que viva entre los infieles,

yo seré cruel con los crueles:

ansí mi suerte lo quiso.

 

Dios formó lindas las flores,

delicadas como son,

les dio toda perfeción

y cuanto él era capaz,

pero al hombre le dio más

cuando le dio el corazón.

 

Le dio claridá a la luz,

juerza en su carrera al viento,

le dio vida y movimiento

dende la águila al gusano,

pero más le dio al cristiano

al darle el entendimiento.

 

Y aunque a las aves les dio,

con otras cosas que inoro,

esos piquitos como oro

y un plumaje como tabla,

le dio al hombre más tesoro

al darie una lengua que habla.

 

y dende que dio a las fieras

esa juria tan inmensa,

que no hay poder que las vensa

ni nada que las asombre,

¿qué menos le daría al hombre

que el valor pa su defensa?

 

Pero tantos bienes juntos

al darle, malicio yo

que en sus adentros pensó

que el hombre los precisaba,

que los bienes igualaban

con las penas que le dio.

 

Y yo empujao por las mías

quiero salir de este infierno:

ya no soy pichón muy tierno

y se manejar la lanza

y hasta los indios no alcanza

la facultá del gobierno.

 

Yo sé que allá los caciques

amparan a los cristianos,

y que los tratan de "hermanos"

cuando se van por su gusto.

¿A qué andar pasando sustos?

Alcemos el poncho y vamos.

 

En la cruzada hay peligros

pero no aun esto me aterra,

yo ruedo sobre la tierra

arrastrao por mi destino

y si erramos el camino...

no es el primero que lo erra.

 

Si hemos de salvar o no

de esto naides nos responde.

Derecho ande el sol se esconde

tierra adentro hay que tirar;

algún día hemos de llegar...

después sabremos adónde.

 

No hemos de perder el rumbo,

los dos somos güena yunta;

el que es gaucho va ande apunta,

aunque inore ande se encuentra;

pa el lao en que el sol se dentra

dueblan los pastos la punta.

 

De hambre no pereceremos,

pues según otros me han dicho

en los campos se hallan bichos

de los que uno necesita...

gamas, matacos, mulitas,

avestruces y quirquinchos.

 

Cuando se anda en el disierto

se come uno hasta las colas;

lo han cruzao mujeres solas

llegando al fin con salú,

y ha de ser gaucho el ñandú

que se escape de mis bolas.

 

Tampoco a la sé le temo,

yo la aguanto muy contento,

busco agua olfatiando al viento,

y dende que no soy manco

ande hay duraznillo blanco

cavo y la saco al momento.

 

Allá habrá siguridá

ya que aquí no la tenemos,

menos males pasaremos

y ha de haber grande alegría

el día que nos descolguemos

en alguna toldería.

 

Fabricaremos un toldo,

como lo hacen tantos otros,

con unos cueros de potro,

que sea sala y sea cocina.

¡Tal vez no falte una china

que se apiade de nosotros!

 

Allá no hay que trabajar,

vive uno como un señor;

de cuando en cuando un malón,

y si de él sale con vida

lo pasa echao panza arriba

mirando dar güelta el sol.

 

y ya que a juerza de golpes

la suerte nos dejó aflús,

puede que allá véamos luz

y se acaben nuestras penas.

Todas las tierras son güenas:

vámosnós, amigo Cruz.

 

El que maneja las bolas,

el que sabe echar un pial,

o sentarse en un bagual

sin miedo de que lo baje,

entre los mesmos salvajes

no puede pasarlo mal.

 

El amor como la guerra

lo hace el criollo con canciones;

a más de eso, en los malones

podemos aviarnos de algo;

en fin, amigo, yo salgo

de estas pelegrinaciones.

 

En este punto el cantor

buscó un porrón pa consuelo,

echó un trago como un cielo,

dando fin a su argumento,

y de un golpe al istrumento

lo hizo astillas contra el suelo.

 

"Ruempo-dijo-la guitarra,

pa no volverla a templar;

ninguno la ha de tocar,

por siguro ténganló;

pues naides ha de cantar

cuando este gaucho cantó."

 

Y daré fin a mis coplas

con aire de relación;

nunca falta un preguntón

más curioso que mujer,

y tal vez quiera saber

cómo fue la conclusión.

 

Cruz y Fierro, de una estancia

una tropilla se arriaron;

por delante se la echaron

como criollos entendidos

y pronto, sin ser sentidos,

por la frontera cruzaron.

 

Y cuando la habían pasao,

una madrugada clara

le dijo Cruz que mirara

las últimas poblaciones;

y a Fierro dos lagrimones

le rodaron por la cara.

 

Y siguiendo el fiel del rumbo

se entraron en el desierto.

No sé si los habrán muerto

en alguna correría,

pero espero que algún día

sabré de ellos algo cierto.

 

Y ya con estas noticias

mi relación acabé;

por ser ciertas las conté,

todas las desgracias dichas:

es un telar de desdichas

cada gaucho que usté ve.

 

Pero ponga su esperanza

en el Dios que lo formó;

y aquí me despido yo,

que referí ansí a mi modo

MALES QUE CONOCEN TODOS

PERO QUE NAIDES CONTO.

El gaucho Martín Fierro, Canto XII

Yo no sé qué tantos meses

esta vida me duró;

a veces nos obligó

la miseria a comer potro:

me había acompañao con otros

tan desgraciaos como yo.

 

Mas ¿para qué platicar

sobre esos males, canejo?

Nace el gaucho y se hace viejo

sin que mejore su suerte,

hasta que por áhi la muerte

sale a cobrarle el pellejo.

 

Pero como no hay desgracia

que no acabe alguna vez,

me aconteció que después

de sufrir tanto rigor

un amigo por favor

me compuso con el juez.

 

Le alvertiré que en mi pago

ya no va quedando un criollo:

se los ha tragao el hoyo

o juido o muerto en la guerra,

porque, amigo, en esta tierra

nunca se acaba el embrollo.

 

Colijo que jue para eso

que me llamó el juez un día

y me dijo que quería

hacerme a su lao venir,

pa que dentrase a servir

de soldao de polecía.

 

Y me largó una ploclama

tratándomé de valiente,

que yo era un hombre decente,

y que dende aquel momento

me nombraba de sargento

pa que mandara la gente.

 

Ansí estuve en la partida

pero ¡qué había de mandar!

Anoche al irlo a tomar

vide güena coyontura

y a mí no me gusta andar

con la lata a la cintura.

 

Ya conoce, pues, quién soy;

tenga confianza conmigo;

Cruz le dio mano de amigo

y no lo ha de abandonar.

Juntos podemos buscar

pa los dos un mesmo abrigo.

 

Andaremos de matreros

si es preciso pa salvar;

nunca nos ha de faltar

ni un güen pingo para juir,

ni un pajal ande dormir,

ni un matambre que ensartar.

 

Y cuando sin trapo alguno

nos haiga el tiempo dejao

yo le pediré emprestao

el cuero a cualquiera lobo

y hago un poncho, si lo sobo,

mejor que poncho engomao.

 

Para mi la cola es pecho

y el espinazo es cadera;

hago mi nido ande quiera

y de lo que encuentre como;

me echo tierra sobre el lomo

y me apeo en cualquier tranquera.

 

Y dejo rodar la bola

que algún día se ha'e parar;

tiene el gaucho que aguantar

hasta que lo trague el hoyo

o hasta que venga algún criollo

en esta tierra a mandar.

 

Lo miran al pobre gaucho

como carne de cogote:

lo tratan al estricote,

y si ansí las cosas andan

porque quieren los que mandan,

aguantemos los azotes.

 

¡Pucha, si usté los oyera

como yo en una ocasión

tuita la conversación

que con otro tuvo el juez!

Le asiguro que esa vez

se me achicó el corazón.

 

Hablaban de hacerse ricos

con campos en la frontera;

de sacarla más ajuera

donde había campos baldidos

y llevar de los partidos

gente que la defendiera.

 

Todo se güelven proyectos

de colonias y carriles

y tirar la plata a miles

en los gringos enganchaos,

mientras al pobre soldao

le pelan la chaucha, ¡ah viles!

 

Pero si siguen las cosas

como van hasta el presente

puede ser que redepente

veamos el campo disierto,

y blanquiando solamente

los güesos de los que han muerto.

 

Hace mucho que sufrimos

la suerte reculativa:

trabaja el gaucho y no arriba,

pues a lo mejor del caso

lo levantan de un sogaso

sin dejarle ni saliva.

 

De los males que sufrimos

hablan mucho los puebleros,

pero hacen como los teros

para esconder sus niditos:

en un lao pegan los gritos

y en otro tienen los güevos.

 

Y se hacen los que no aciertan

a dar con la coyontura;

mientras al gaucho lo apura

con rigor la autoridá

ellos a la enfermedá

le están errando la cura.

El gaucho Martín Fierro, Canto XI

A otros les brotan las coplas

como agua de manantial;

pues a mí me pasa igual,

aunque las mías nada valen

de la boca se me salen

como ovejas del corral.

 

Que en puertiando la primera,

ya la siguen las demás,

y en montones las de atrás

contra los palos se estrellan,

y saltan y se atropellan

sin que se corten jamás.

 

Y aunque yo por mi inorancia

con gran trabajo me esplico,

cuando llego a abrir el pico

tenganló por cosa cierta:

sale un verso y en la puerta

ya asoma el otro el hocico.

 

Y empréstemé su atención,

me oirá relatar las penas

de que traigo la alma llena,

porque en toda circustancia

paga el gaucho su inorancia

con la sangre de las venas.

 

Después de aquella desgracia

me guarecí en los pajales,

anduve entre los cardales

como bicho sin guarida;

pero, amigo, es esa vida

como vida de animales.

 

Y son tantas las miserias

en que me he sabido ver,

que con tanto padecer

y sufrir tanta aflición

malicio que he de tener

un callo en el corazón.

 

Ansí andaba como gaucho

cuando pasa el temporal.

Supe una vez, pa mi mal,

de una milonga que había,

y ya pa la pulpería

enderecé mi bagual.

 

Era la casa del baile

un rancho de mala muerte

y se enllenó de tal suerte

que andabamos a empujones:

nunca faltan encontrones

cuando el pobre se divierte.

 

Yo tenía unas medias botas

con tamaños verdugones;

me pusieron los talones

con crestas como los gallos;

¡si viera mis afliciones

pensando yo que eran callos!

 

Con gato y con fandanguillo

había empezao el changango

y para ver el fandango

me colé haciéndome bola;

mas metió el diablo la cola

y todo se volvió pango.

 

Había sido el guitarrero

un gaucho duro de boca.

Yo tengo pacencia poca

pa aguantar cuando no debo;

a ninguno me le atrevo

pero me halla el que me toca.

 

A bailar un pericón

con una moza salí,

y cuando me vido allí

sin duda me conoció

y estas coplitas cantó

como por ráirse de mí:

 

"Las mujeres son todas

como las mulas;

yo no digo que todas,

pero hay algunas

que a las aves que vuelan

les sacan plumas."

 

"Hay gauchos que presumen

de tener damas;

no digo que presumen,

pero se alaban,

y a lo mejor los dejan

tocando tablas."

 

Se secretiaron las hembras

y yo ya me encocoré;

volié la anca y le grité:

"dejá de cantar... chicharra."

Y de un tajo a la guitarra

tuitas las cuerdas corté.

 

Al grito salió de adentro

un gringo con un jusil;

pero nunca he sido vil,

poco el peligro me espanta:

ya me refalé la manta

y la eché sobre el candil.

 

Gané en seguida la puerta

gritando: "Naides me ataje";

y alborotao el hembraje

lo que todo quedó escuro,

empezó a verse en apuro

mesturao con el gauchaje.

 

El primero que salió

fue el cantor y se me vino,

pero yo no pierdo el tino

aunque haiga tomao un trago,

y hay algunos por mi pago

que me tienen por ladino.

 

No ha de haber achocao otro;

le salió cara la broma;

a su amigo cuando toma

se le despeja el sentido,

y el pobrecito había sido

como carne de paloma.

 

Para prestar sus socorros

las mujeres no son lerdas:

antes que la sangre pierda

lo arrimaron a unas pipas.

Ahi lo dejé con las tripas

como pa que hicieran cuerdas.

 

Monté y me largué a los campos

más libre que el pensamiento,

como las nubes al viento,

a vivir sin paradero;

que no tiene el que es matrero

nido, ni rancho, ni asiento.

 

No hay fuerza contra el destino

que le ha señalao el cielo

y aunque no tenga consuelo

aguante el que está en trabajo:

¡naides se rasca pa abajo

ni se lonjea contra el pelo!

 

Con el gaucho desgraciao

no hay uno que no se entone;

la mesma falta lo espone

a andar con los avestruces:

faltan otros con más luces

y siempre hay quien los perdone.

El gaucho Martín Fierro, Canto X

CRUZ

 

Amigazo, pa sufrir

han nacido los varones;

éstas son las ocasiones

de mostrarse un hombre juerte,

hasta que venga la muerte

y lo agarre a coscorrones.

 

El andar tan despilchao

ningún mérito me quita.

Sin ser una alma bendita

me duelo del mal ajeno:

soy un pastel con relleno

que parece torta frita.

 

Tampoco me faltan males

y desgracias, le prevengo;

también mis desdichas tengo,

aunque esto poco me aflige:

yo sé hacerme el chancho rengo

cuando la cosa lo esige.

 

Y con algunos ardiles

voy viviendo, aunque rotoso;

a veces me hago el sarnoso

y no tengo ni un granito,

pero al chifle voy ganoso

como panzón al máiz frito.

 

A mi no me matan penas

mientras tenga el cuero sano,

venga el sol en el verano

y la escarcha en el invierno.

Si este mundo es un infierno

¿por qué afligirse el cristiano?

 

Hagámoslé cara fiera

a los males, compañero,

porque el zorro más matrero

suele cáir como un chorlito:

viene por un corderito

y en la estaca deja el cuero.

 

Hoy tenemos que sufrir

males que no tienen nombre,

pero esto a naides le asombre

porque ansina es el pastel

y tiene que dar el hombre

más vueltas que un carretel.

 

Yo nunca me he de entregar

a los brazos de la muerte;

arrastro mi triste suerte

paso a paso y como pueda,

que donde el débil se queda

se suele escapar el juerte.

 

Y ricuerde cada cual

lo que cada cual sufrió,

que lo que es, amigo, yo,

hago ansí la cuenta mía:

ya lo pasado pasó,

mañana será otro día.

 

Yo también tuve una pilcha

que me enllenó el corazón,

y si en aquella ocasión

alguien me hubiera buscao,

siguro que me había hallao

más prendido que un botón.

 

En la güella del querer

no hay animal que se pierda;

las mujeres no son lerdas

y todo gaucho es dotor

si pa cantarle al amor

tiene que templar las cuerdas.

 

¡Quién es de una alma tan dura

que no quiera una mujer!

Lo alivia en su padecer:

si no sale calavera

es la mejor compañera

que el hombre puede tener.

 

Si es güena, no lo abandona

cuando lo ve desgraciao,

lo asiste con su cuidao

Y con afán cariñoso,

Y usté tal vez ni un rebozo

ni una pollera le ha dao.

 

Grandemente lo pasaba

con aquella prenda mía

viviendo con alegría

como la mosca en la miel.

¡Amigo, qué tiempo aquél!

¡La pucha que la quería!

 

Era la águila que a un árbol

dende las nubes bajó,

era más linda que el alba

cuando va rayando el sol,

era la flor deliciosa

que entre el trebolar creció.

 

Pero, amigo, el comendante

que mandaba la milicia,

como que no desperdicia

se fue refalando a casa:

yo le conocí en la traza

que el hombre traiba malicia.

 

El me daba voz de amigo,

pero no le tenía fe.

Era el jefe y, ya se ve,

no podía competir yo;

en mi rancho se pegó

lo mesmo que saguaipé.

 

A poco andar conocí

que ya me había desbancao,

y él siempre muy entonao

aunque sin darme ni un cobre,

me tenía de lao a lao

como encomienda de pobre.

 

A cada rato, de chasque

me hacía dir a gran distancia;

ya me mandaba a una estancia,

ya al pueblo, ya a la frontera;

pero él en la comendancia

no ponía los pies siquiera.

 

Es triste a no poder más

el hombre en su padecer,

si no tiene una mujer

que lo ampare y lo consuele;

mas pa que otro se la pele

lo mejor es no tener.

 

No me gusta que otro gallo

le cacarie a mi gallina.

Yo andaba ya con la espina,

hasta que en una ocasión

lo solprendí en el jogón

abrazándomé a la china.

 

Tenía el viejito una cara

de ternero mal lamido,

y al verlo tan atrevido

le dije: "Que le aproveche;

que había sido pa el amor

como gaucho pa la leche."

 

Peló la espada y se vino

como a quererme ensartar,

pero yo sin tutubiar

le volví al punto a decir:

-"Cuidao no te vas a pér...tigo,

poné cuarta pa salir."

 

Un puntaso me largó

pero el cuerpo le saqué

y en cuanto se lo quité,

para no matar un viejo,

con cuidao, medio de lejo,

un planaso le asenté.

 

Y como nunca al que manda

le falta algún adulón,

uno que en esa ocasión

se encontraba allí presente

vino apretando los dientes

como perrito mamón.

 

Me hizo un tiro de revuélver

que el hombre creyó siguro,

era confiao y le juro

que cerquita se arrimaba,

pero siempre en un apuro

se desentumen mis tabas.

 

El me siguió menudiando,

mas sin poderme acertar,

y yo, déle culebriar,

hasta que al fin le dentré

y áhi no más lo despaché

sin dejarlo resollar.

 

Dentré a campiar en seguida

al viejito enamorao.

El pobre se había ganao

en un noque de lejía.

¡Quién sabe cómo estaría

del susto que había llevao!

 

¡Es sonso el cristiano macho

cuando el amor lo domina!

El la miraba a la indina,

y una cosa tan jedionda

sentí yo, que ni en la fonda

he visto tal jedentina.

 

Y le dije:-"Pa su agüela

han de ser esas perdices."

Yo me tapé las narices

y me salí estornudando,

y el viejo quedó olfatiando

como chico con lumbrices.

 

Cuando la mula recula,

señal que quiere cosiar;

ansí se suele portar

aunque ella lo disimula;

recula como la mula

la mujer, para olvidar.

 

Alcé mi poncho y mis prendas

y me largué a padecer

por culpa de una mujer

que quiso engañar a dos.

Al rancho le dije adiós,

para nunca más volver.

 

Las mujeres dende entonces

conocí a todas en una.

Ya no he de probar fortuna

con carta tan conocida:

mujer y perra parida,

no se me acerca ninguna.

El gaucho Martín Fierro, Canto IX

Matreriando lo pasaba

y a las casas no venía;

solía arrimarme de día,

mas, lo mesmo que el carancho,

siempre estaba sobre el rancho

espiando a la polecía.

 

Viva el gaucho que ande mal

como zorro perseguido,

hasta que al menor descuido

se lo atarasquen los perros,

pues nunca le falta un yerro

al hombre más alvertido.

 

Y en esa hora de la tarde

en que tuito se adormese,

que el mundo dentrar parece

a vivir en pura calma,

con las tristezas de su alma

al pajonal enderiese.

 

Bala el tierno corderito

al lao de la blanca oveja

y a la vaca que se aleja

llama el ternero amarrao;

pero el gaucho desgraciao

no tiene a quién dar su queja.

 

Ansí es que al venir la noche

iba a buscar mi guarida,

pues ande el tigre se anida

también el hombre lo pasa,

y no quería que en las casas

me rodiara la partida.

 

Pues aún cuando vengan ellos

cumpliendo con sus deberes,

yo tengo otros pareceres,

y en esa conduta vivo:

que no debe un gaucho altivo

peliar entre las mujeres.

 

Y al campo me iba solito,

más matrero que el venao,

como perro abandonao,

a buscar una tapera,

o en alguna vizcachera

pasar la noche tirao.

 

Sin punto ni rumbo fijo

en aquella inmensidá,

entre tanta escuridá

anda el gaucho como duende;

allí jamás lo sorpriende

dormido, la autoridá.

 

Su esperanza es el coraje,

su guardia es la precaución,

su pingo es la salvación,

y pasa uno en su desvelo

sin más amparo que el cielo

ni otro amigo que el facón.

 

Ansí me hallaba una noche

contemplando las estrellas,

que le parecen más bellas

cuanto uno es más desgraciao

y que Dios las haiga criao

para consolarse en ellas.

 

Les tiene el hombre cariño

y siempre con alegría

ve salir las Tres Marías,

que, si llueve, cuanto escampa

las estrellas son la guía

que el gaucho tiene en la pampa.

 

Aquí no valen dotores:

sólo vale la esperencia;

aquí verían su inocencia

esos que todo lo saben,

porque esto tiene otra llave

y el gaucho tiene su cencia.

 

Es triste en medio del campo

pasarse noches enteras

contemplando en sus carreras

las estrellas que Dios cría,

sin tener más compañía

que su soledá y las fieras.

 

Me encontraba, como digo,

en aquella soledá,

entre tanta escuridá,

echando al viento mis quejas

cuando el grito del chajá

me hizo parar las orejas.

 

Como lumbriz me pegué

al suelo para escuchar;

pronto sentí retumbar

las pisadas de los fletes,

y que eran muchos jinetes

conoci sin vasilar.

 

Cuando el hombre está en peligro

no debe tener confianza;

ansí, tendido de panza,

puse toda mi atención

y ya escuché sin tardanza

como el ruido de un latón.

 

Se venían tan calladitos

que yo me puse en cuidao;

tal vez me hubieran bombiao

y me venían a buscar;

mas no quise disparar,

que eso es de gaucho morao.

 

Al punto me santigüé

y eché de ginebra un taco,

lo mesmito que el mataco

me arroyé con el porrón:

"Si han de darme pa tabaco,

dije, ésta es güena ocasión."

 

Me refalé las espuelas,

para no peliar con grillos;

me arremangué el calzoncillo

y me ajusté bien la faja

y en una mata de paja

probé el filo del cuchillo.

 

Para tenerlo a la mano

el flete en el pasto até,

la cincha le acomodé,

y en un trance como aquél,

haciendo espaldas en él

quietito los aguardé.

 

Cuanto cerca los sentí,

y que áhi no más se pararon,

los pelos se me erizaron,

y aunque nada vian mis ojos,

"No se han de morir de antojo"

les dije, cuando llegaron.

 

Yo quise hacerles saber

que allí se hallaba un varón;

les conocí la intención

y solamente por eso

es que les gané el tirón,

sin aguardar voz de preso.

 

-"Vos sos un gaucho matrero",

dijo uno, haciéndosé el güeno.

"Vos matastes un moreno

y otro en una pulpería,

y aquí está la polecía

que viene a justar tus cuentas;

te va a alzar por las cuarenta

si te resistís hoy día."

 

-"No me vengan, contesté,

con relación de dijuntos:

esos son otros asuntos;

vean si me pueden llevar,

que yo no me he de entregar

aunque vengan todos juntos."

 

Pero no aguardaron más

y se apiaron en montón;

como a perro cimarrón

me rodiaron entre tantos;

yo me encomendé a los santos

y eché mano a mi facón.

 

Y ya vide el fogonazo

de un tiro de garabina,

mas quiso la suerte indina

de aquel maula, que me errase

y áhi no más lo levantase

lo mesmo que una sardina.

 

A otro que estaba apurao

acomodando una bola

le hice una dentrada sola

y le hice sentir el fierro,

y ya salió como el perro

cuando le pisan la cola.

 

Era tanta la aflición

y la angurria que tenían,

que tuitos se me venían

donde yo los esperaba:

uno al otro se estorbaba

y con las ganas no vían.

 

Dos de ellos, que traiban sables,

más garifos y resueltos,

en las hilachas envueltos

enfrente se me pararon,

y a un tiempo me atropellaron

lo mesmo que perros sueltos.

 

Me fui reculando en falso

y el poncho adelante eché,

y en cuanto le puso el pie

uno medio chapetón,

de pronto le di el tirón

y de espaldas lo largué.

 

Al verse sin compañero

el otro se sofrenó;

entonces le dentré yo,

sin dejarlo resollar,

pero ya empezó a aflojar

y a la pun...ta disparó.

 

Uno que en una tacuara

había atao una tijera,

se vino como si fuera

palenque de atar terneros,

pero en dos tiros certeros

salió aullando campo ajuera.

 

Por suerte en aquel momento

venía coloriando el alba

y yo dije: "Si me salva

la Virgen en este apuro,

en adelante le juro

ser más güeno que una malva."

 

Pegué un brinco y entre todos

sin miedo me entreveré;

hecho ovillo me quedé

y ya me cargó una yunta,

y por el suelo la punta

de mi facón les jugué.

 

El más engolosinao

se me apió con un hachazo;

se lo quité con el brazo,

de no, me mata los piojos;

y antes de que diera un paso

le eché tierra en los dos ojos.

 

Y mientras se sacudía

refregándosé la vista,

yo me le fui como lista

y áhi no más me le afirme

diciéndolé: "Dios te asista"

y de un revés lo voltié.

 

Pero en ese punto mesmo

sentí que por las costillas

un sable me hacía cosquillas

y la sangre se me heló.

Desde ese momento yo

me salí de mis casillas.

 

Di para atrás unos pasos

hasta que pude hacer pie,

por delante me lo eché

de punta y tajos a un criollo;

metió la pata en un oyo

y yo al oyo lo mandé.

 

Tal vez en el corazón

lo tocó un santo bendito

a un gaucho, que pegó el grito

y dijo: ";Cruz no consiente

que se cometa el delito

de matar ansí un valiente!"

 

Y áhi no más se me aparió

dentrándole a la partida:

yo les hice otra embestida

pues entre dos era robo;

y el Cruz era como lobo

que defiende su guarida.

 

Uno despachó al infierno

de dos que lo atropellaron,

los demás remoliniaron,

pues íbamos a la fija,

y a poco andar dispararon

lo mesmo que sabandija.

 

Ahi quedaban largo a largo

los que estiraron la jeta,

otro iba como maleta

y Cruz, de atrás, les decía:

"Que venga otra polecía

a llevarlos en carreta."

 

Yo junté las osamentas,

me hinqué y les recé un bendito;

hice una cruz de un palito

y pedí a mi Dios clemente

me perdonara el delito

de haber muerto tanta gente.

 

Dejamos amontonaos

a los pobres que murieron;

no sé si los recogieron,

porque nos fuimos a un rancho,

o si tal vez los caranchos

áhi no más se los comieron.

 

Lo agarramos mano a mano

entre los dos al porrón;

en semejante ocasión

un trago a cualquiera encanta,

y Cruz no era remolón

ni pijotiaba garganta.

 

Calentamos los gargueros

y nos largamos muy tiesos.

siguiendo siempre los besos

al pichel y, por más señas,

íbamos como sigüeñas

estirando los pescuesos.

 

-"Yo me voy-le dije-, amigo,

donde la suerte me lleve,

y si es que alguno se atreve

a ponerse en mi camino,

yo seguiré mi destino,

que el hombre hace lo que debe.

 

"Soy un gaucho desgraciado.

no tengo dónde ampararme,

ni un palo donde rascarme,

ni un árbol que me cubije;

pero ni aún esto me aflige

porque yo sé manejarme.

 

"Antes de cáir al servicio,

tenía familia y hacienda"

cuando volví, ni la prenda

me la habían dejao ya:

Dios sabe en lo que vendrá

a parar esta contienda."

El gaucho Martín Fierro, Canto VIII

Otra vez en un boliche

estaba haciendo la tarde;

cayó un gaucho que hacía alarde

de guapo y de peliador;

a la llegada metió

el pingo hasta la ramada,

y yo sin decirle nada

me quedé en el mostrador.

 

Era un terne de aquel pago

que naides lo reprendía,

que sus enriedos tenía

con el señor comendante;

y como era protegido,

andaba muy entonao

y a cualquiera desgraciao

lo llevaba por delante.

 

¡Ah pobre, si él mismo creiba

que la vida le sobraba!

Ninguno diría que andaba

aguaitándoló la muerte;

pero ansí pasa en el mundo,

es así la triste vida:

pa todos está escondida

la güena o la mala suerte.

 

Se tiró al suelo; al dentrar

le dio un empeyón a un vasco

y me alargó un medio frasco

diciendo: "Beba, cuñao."

"Por su hermana", contesté,

"que por la mía no hay cuidao".

 

"¡Ah, gaucho!", me respondió,

"¿de qué pago será criollo?

Lo andará buscando el hoyo,

deberá tener güen cuero;

pero ande bala este toro

no bala ningún ternero".

 

Y ya salimos trensaos,

porque el hombre no era lerdo;

mas como el tino no pierdo

y soy medio ligerón,

lo dejé mostrando el sebo

de un revés con el facón.

 

Y como con la justicia

no andaba bien por allí,

cuanto pataliar lo vi,

y el pulpero pegó el grito,

ya pa el palenque salí

como haciéndomé el chiquito.

 

Monté y me encomendé a Dios,

rumbiando para otro pago;

que el gaucho que llaman vago

no puede tener querencia,

y ansí de estrago en estrago

vive yorando la ausencia.

 

El anda siempre juyendo,

siempre pobre y perseguido;

no tiene cueva ni nido,

como si juera maldito;

porque el ser gaucho... ¡barajo!

el ser gaucho es un delito.

 

Es como el patrio de posta:

lo larga éste, aquél lo toma,

nunca se acaba la broma;

dende chico se parece

al arbolito que crece

desamparao en la loma.

 

Le echan la agua del bautismo

aquél que nació en la selva,

"buscá madre que te envuelva",

se dice el flaire y lo larga,

y dentra a crusar el mundo

como burro con la carga.

 

Y se cría viviendo al viento

como oveja sin trasquila

mientras su padre en las filas

anda sirviendo al gobierno;

aunque tirite en invierno,

naides lo ampara ni asila.

 

Le llaman "gaucho mamao"

si lo pillan divertido,

y que es mal entretenido

si en un baile lo sorprienden;

hace mal si se defiende

y si no, se ve... fundido.

 

No tiene hijos, ni mujer,

ni amigos, ni protetores,

pues todos son sus señores

sin que ninguno lo ampare;

tiene la suerte del güey

¿y dónde irá el güey que no are?

 

Su casa es el pajonal,

su guarida es el desierto;

y si de hambre medio muerto

le echa el lazo a algún mamón,

lo persiguen como a plaito,

porque es un "gaucho ladrón".

 

Y si de un golpe por áhi

lo dan güelta panza arriba,

no hay un alma compasiva

que le rese una oración:

tal vez como cimarrón

en una cueva lo tiran.

 

El nada gana en la paz

y es el primero en la guerra;

no le perdonan si yerra,

que no saben perdonar,

porque el gaucho en esta tierra

sólo sirve pa votar.

 

Para él son los calabozos,

para él las duras prisiones;

en su boca no hay razones

aunque la razón le sobre;

que son campanas de palo

las razones de los pobres.

 

Si uno aguanta, es gaucho bruto;

si no aguanta, es gaucho malo.

¡Déle azote, déle palo

porque es lo que él necesita!

De todo el que nació gaucho

ésta es la suerte maldita.

 

Vamos, suerte, vamos juntos

dende que juntos nacimos,

y ya que juntos vivimos

sin podernos dividir,

yo abriré con mi cuchillo

el camino pa seguir.

El gaucho Martín Fierro, Canto VII

De carta de más me vía

sin saber adónde dirme;

mas dijeron que era vago

y entraron a perseguirme.

 

Nunca se achican los males,

van poco a poco creciendo,

y ansina me vide pronto

obligao a andar juyendo.

 

No tenía mujer ni rancho,

y a más, era resertor;

no tenía una prenda güena

ni un peso en el tirador.

 

A mis hijos infelices

pensé volverlos a hallar

y andaba de un lao al otro

sin tener ni qué pitar.

 

Supe una vez por desgracia

que había un baile por allí,

y medio desesperao

a ver la milonga fuí.

 

Riunidos al pericón

tantos amigos hallé,

que alegre de verme entre ellos

esa noche me apedé.

 

Como nunca, en la ocasión

por peliar me dió la tranca,

y la emprendí con un negro

que trujo una negra en ancas.

 

Al ver llegar la morena

que no hacía caso de naides

le dije con la mamúa:

"Va... ca... yendo gente al baile."

 

La negra entendió la cosa

y no tardó en contestarme

mirándomé como a perro:

"más vaca será su madre".

 

Y dentró al baile muy tiesa

con más cola que una zorra

haciendo blanquiar los dientes

lo mesmo que mazamorra.

 

-"Negra linda"... dije yo,

"me gusta... pa la carona";

y me puse a talariar

esta coplita fregona:

 

"A los blancos hizo Dios,

a los mulatos San Pedro,

a los negros hizo el diablo

para tizón del infierno."

 

Había estao juntando rabia

el moreno dende ajuera;

en lo escuro le brillaban

los ojos como linterna.

 

Lo conocí retobao,

me acerqué y le dije presto:

"Por... rudo... que un hombre sea

nunca se enoja por esto."

 

Corcovió el de los tamangos

y creyéndose muy fijo:

-"Más porrudo serás vos,

gaucho rotoso", me dijo.

 

Y ya se me vino el humo

como a buscarme la hebra,

y un golpe le acomodé

con el porrón de ginebra.

 

Ahi no más pegó el de hollín

más gruñidos que un chanchito,

y pelando el envenao

me atropelló dando gritos.

 

Pegué un brinco y abrí cancha

diciéndolés: -"Caballeros,

dejen venir ese toro;

solo nací... solo muero."

 

El negro después del golpe

se había el poncho refalao

y dijo: -"Vas a saber

si es solo o acompañao."

 

Y mientras se arremangó

yo me saqué las espuelas,

pues malicié que aquel tío

no era de arriar con las riendas.

 

No hay cosa como el peligro

pa refrescar un mamao;

hasta la vista se aclara

por mucho que haiga chupao.

 

El negro me atropelló

como a quererme comer;

me hizo dos tiros seguidos

y los dos le abarajé.

 

Yo tenía un facón con S

que era de lima de acero;

le hice un tiro, lo quitó

y vino ciego el moreno.

 

Y en el medio de las aspas

un planaso le asenté

que le largué culebriando

lo mesmo que buscapié.

 

Le coloriaron las motas

con la sangre de la herida,

y volvió a venir furioso

como una tigra parida.

 

Y ya me hizo relumbrar

por los ojos el cuchillo,

alcansando con la punta

a cortarme en un carrillo.

 

Me hirvió la sangre en las venas

y me le afirmé al moreno.

dándole de punta y hacha

pa dejar un diablo menos.

 

Por fin en una topada

en el cuchillo lo alcé

y como un saco de güesos

contra el cerco lo largué.

 

Tiró unas cuantas patadas

y ya cantó pa el carnero.

Nunca me pude olvidar

de la agonía de aquel negro.

 

En esto la negra vino,

con los ojos como ají,

y empesó la pobre allí

a bramar como una loba.

Yo quise darle una soba

a ver si la hacía callar;

mas pude reflesionar

que era malo en aquel punto,

y por respeto al dijunto

no la quise castigar.

 

Limpié el facón en los pastos,

desaté mi redomón,

monté despacio y salí

al tranco pa el cañadón.

 

Después supe que al finao

ni siquiera lo velaron

y retobao en un cuero

sin resarle lo enterraron.

 

Y dicen que dende entonces

cuando es la noche serena

suele verse una luz mala

como de alma que anda en pena.

 

Yo tengo intención a veces

para que no pene tanto,

de sacar de allí los güesos

y echarlos al camposanto.

El gaucho Martín Fierro, Canto VI

Vamos dentrando recién
a la parte más sentida,
aunque es todita mi vida
de males una cadena:
a cada alma dolorida
le gusta cantar sus penas.

Se empezó en aquel entonces
a rejuntar caballada
y riunir la milicada
teniéndolá en el cantón,
para una despedición
a sorprender a la indiada.

Nos anunciaban que iríamos
sin carretas ni bagajes
a golpiar a los salvajes
en sus mesmas tolderías;
que a la güelta pagarían
licenciándolo al gauchaje.

Que en esta despedición
tuviéramos la esperanza,
que iba a venir sin tardanza,
sigún el jefe contó,
un menistro o qué sé yo...
que lo llamaban Don Ganza.

Que iba a riunir el ejército
y tuitos los batallones
y que traiba unos cañones
con más rayas que un cotín.
¡Pucha!... Las conversaciones
por allá no tenían fin.

Pero esas trampas no enriedan
a los zorros de mi laya;
que el menistro venga o vaya.
poco le importa a un matrero.
Yo también dejé las rayas...
en los libros del pulpero.

Nunca jui gaucho dormido,
siempre pronto, siempre listo,
yo soy un hombre ¡que Cristo!
que nada me ha acobardao.
y siempre salí parao
en los trances que me he visto.

Dende chiquito gané
la vida con mi trabajo,
y aunque siempre estuve abajo
y no sé lo que es subir,
también el mucho sufrir
suele cansarnos ¡barajo!

En medio de mi inorancia
conozco que nada valgo:
soy la liebre o soy el galgo
asigún los tiempos andan;
pero también los que mandan
debieran cuidarnos algo.

Una noche que riunidos
estaban en la carpeta
empinando una limeta
el jefe y el Juez de Paz,
yo no quise aguardar más
y me hice humo en un sotreta.

Para mi el campo son flores
dende que libre me veo;
donde me lleva el deseo
allí mis pasos dirijo
y hasta en las sombras, de fijo
que a dondequiera rumbeo.

Entro y salgo del peligro
sin que me espante el estrago;
no aflojo al primer amago
ni jamás fí gaucho lerdo:
soy pa rumbiar como el cerdo
y pronto cái a mi pago.

Volvía al cabo de tres años
de tanto sufrir al ñudo,
resertor, pobre y desnudo,
a procurar suerte nueva,
y lo mesmo que el peludo
enderecé pa mi cueva.

No hallé ni rastro del rancho;
¡sólo estaba la tapera!
¡Por Cristo, si aquéllo era
pa enlutar el corazón:
yo juré en esa ocasión
ser más malo que una fiera!

¡Quién no sentirá lo mesmo
cuando ansí padece tanto!
Puedo asigurar que el llanto
como una mujer largué.
¡Ay mi Dios, si me quedé
más triste que Jueves Santo!

Sólo se oíban los aullidos
de un gato que se salvó;
el pobre se guareció
cerca, en una vizcachera;
venía como si supiera
que estaba de güelta yo.

Al dirme dejé la hacienda
que era todito mi haber;
pronto debíamos volver,
según el Juez prometía,
y hasta entonces cuidaría
de los bienes la mujer.

Después me contó un vecino
que el campo se lo pidieron,
la hacienda se la vendieron
pa pagar arrendamientos,
y qué sé yo cuántos cuentos;
pero todo lo fundieron.

Los pobrecitos muchachos
entre tantas afliciones
se conchabaron de piones;
¡mas qué iban a trabajar,
si eran como los pichones
sin acabar de emplumar!

Por áhi andarán sufriendo
de nuestra suerte el rigor:
me han contao que el mayor
nunca dejaba a su hermano;
puede ser que algún cristiano
los recoja por favor.

¡Y la pobre mi mujer
Dios sabe cuánto sufrió!
Me dicen que se voló
con no sé qué gavilán,
sin duda a buscar el pan
que no podía darle yo.

No es raro que a uno le falte
lo que a algún otro le sobre;
si no le quedó ni un cobre
sino de hijos un enjambre,
¿qué más iba a hacer la pobre
para no morirse de hambre?

Tal vez no te vuelva a ver,
prenda de mi corazón:
Dios te dé su protección
ya que no me la dió a mí,
y a mis hijos dende aquí
les echo mi bendición.

Como hijitos de la cuna
andaban por áhi sin madre.
Ya se quedaron sin padre
y ansí la suerte los deja,
sin naides que los proteja
y sin perro que los ladre.

Los pobrecitos tal vez
no tengan ande abrigarse,
ni ramada ande ganarse,
ni un rincón ande meterse,
ni camisa que ponerse,
ni poncho con que taparse.

Tal vez los verán sufrir
sin tenerles compasión;
puede que alguna ocasión
aunque los vean tiritando
los echen de algún jogón
pa que no estén estorbando.

Y al verse ansina espantaos
como se espanta a los perros,
irán los hijos de Fierro
con la cola entre las piernas,
a buscar almas más tiernas
o esconderse en algún cerro.

Mas también en este juego
voy a pedir mi bolada;
a naides le debo nada
ni pido cuartel ni doy,
y ninguno dende hoy
ha de llevarme en la armada.

Yo he sido manso, primero,
y seré gaucho matrero
en mi triste circustancia,
aunque es mi mal tan projundo;
nací y me he criao en estancia,
pero ya conozco el mundo.

Ya le conozco sus mañas,
le conozco sus cucañas,
sé cómo hacen la partida,
la enriedan y la manejan:
deshaceré la madeja
aunque me cueste la vida.

Y aguante el que no se anime
a meterse en tanto engorro,
o si no aprétesé el gorro
o para otra tierra emigre;
pero yo ando como el tigre
que le roban los cachorros.

Aunque muchos cren que el gaucho
tiene un alma de reyuno,
no se encontrará ninguno
que no lo dueblen las penas;
mas no debe aflojar uno
mientras hay sangre en las venas.

Archivo http://elranchodefierro.magix.net/public/index.html

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