viernes, 27 de enero de 2017

Zanja de Alsina

Zanja de Alsina. Construcción a lo largo de la línea de fronteras, con objeto de impedir el avance de los indios. Proyecto del ingeniero Ebelot durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, julio de 1877
Biblioteca Inventario 4092.



sábado, 21 de enero de 2017

Juan Muraña

Jorge Luis Borges
(El informe de Brodie, 1970)


         Durante años he repetido que me he criado en Palermo. Se trata, ahora lo sé, de un mero alarde literario; el hecho es que me crié del otro lado de una larga verja de lanzas, en una casa con jardín y con la biblioteca de mi padre y de mis abuelos. Palermo del cuchillo y de la guitarra andaba (me aseguran) por las esquinas; en 1930, consagré un. estudio a Carriego, nuestro vecino cantor y exaltador de los arrabales. El azar me enfrentó, poco después, con Emilio Trápani.. Yo iba a Morón; Trápani, que estaba junto a la ventanilla, me llamó por mi nombre. Tardé en reconocerlo; habían pasado tantos años desde que compartimos el mismo banco en una escuela de la calle Thames. Roberto Godel lo recordará.
         Nunca nos tuvimos afecto. El tiempo nos había distanciado y también la recíproca indiferencia. Me había enseñado, ahora me acuerdo, los rudimentos del lunfardo de entonces. Entablamos una de esas conversaciones triviales que se empeñan en la busca de hechos inútiles y que nos revelan el deceso de un condiscípulo que ya no es más que un nombre. De golpe Trápani me dijo:
         —Me prestaron tu libro sobre Carriego. Ahí hablás todo el tiempo de malevos; decime, Borges, vos, ¿qué podés saber de malevos?
         Me miró con una suerte de santo horror.
         —Me he documentado —le contesté.
         No me dejó seguir y me dijo:
         —Documentado es la palabra. A mí los documentos no me hacen falta; yo conozco a esa gente.
         Al cabo de un silencio agregó, como si me confiara un secreto:
         —Soy sobrino de Juan Muraña.
         De los cuchilleros que hubo en Palermo hacia el noventa y tantos, el más mentado era Muraña. Trápani continuó:
         —Florentina, mi tía, era su mujer. La historia puede interesarte.
         Algunos énfasis de tipo retórico y algunas frases largas me hicieron sospechar que no era la primera vez que la refería.
         “—A mi madre siempre le disgustó que su hermana uniera su vida a la de Juan Muraña, que para ella era un desalmado: y para Tía Florentina un hombre de acción. Sobre la suerte de mi tío corrieron muchos cuentos. No faltó quien dijera que una noche, que estaba en copas, se cayó del pescante de su carro al doblar la esquina de Coronel y que las piedras le rompieron el cráneo. También se dijo que la ley lo buscaba y que se fugó al Uruguay. Mi madre, que nunca lo sufrió a su cuñado, no me explicó la cosa. Yo era muy chico y no guardo memoria de él.
         Por el tiempo del Centenario, vivíamos en el pasaje Russell, en una casa larga y angosta. La puerta del fondo, que siempre estaba cerrada con llave, daba a San Salvador. En la pieza del altillo vivía mi tía, ya entrada en años y algo rara. Flaca y huesuda, era, o me parecía, muy alta y gastaba pocas palabras. Le tenía miedo al aire, no salía nunca, no quería que entráramos en su cuarto y más de una vez la pesqué robando y escondiendo comida. En el barrio decían que la muerte, o la desaparición, de Muraña la había trastornado La recuerdo siempre de negro. Había dado en el hábito de hablar sola.
         La casa era de propiedad de un tal señor Luchessi, patrón de una barbería en Barracas. Mi madre, que era costurera de cargazón, andaba en la mala. Sin que yo las entendiera del todo, oía palabras sigilosas: oficial de justicia, lanzamiento, desalojo por falta de pago. Mi madre estaba de lo más afligida; mi tía repetía obstinadamente: Juan no va a consentir que el gringo nos eche. Recordaba el caso —que sabíamos de memoria— de un surero insolente que se había permitido poner en duda el coraje de su marido. Este, en cuanto lo supo, se costeó a la otra punta de la ciudad, lo buscó, lo arregló de una puñalada y lo tiró al Riachuelo. No sé si la historia es verdad; lo que importa ahora es el hecho de que haya sido referida y creída.
         Yo me veía durmiendo en los huecos de la calle Serrano o pidiendo limosna o con una canasta de duraznos. Me tentaba lo último, que me libraría de ir a la escuela.
         No sé cuanto duró esa zozobra. Una vez, tu finado padre nos dijo que no se puede medir el tiempo por días, como el dinero por centavos o pesos, porque los pesos son iguales y cada día es distinto y tal vez cada hora. No comprendí muy bien lo que decía, pero me quedó grabada la frase.
         Una de esas noches tuve un sueño que acabó en pesadilla. Soñé con mi tío Juan. Yo no había alcanzado a conocerlo, pero me lo figuraba aindiado, fornido, de bigote ralo y melena. Íbamos hacia el sur, entre grandes canteras y maleza, pero esas canteras y esa maleza eran también la calle Thames.. En el sueño el sol estaba alto. Tío Juan iba trajeado de negro. Se paró cerca de una especie de andamio, en un desfiladero. Tenía la mano bajo el saco, a la altura del corazón, no como quién está por sacar un arma, sino como escondiéndola. Con una voz muy triste me dijo: He cambiado mucho. Fue sacando la mano y lo que vi fue una garra de buitre. Me desperté gritando en la oscuridad.
         Al otro día mi madre me mandó que fuera con ella a lo de Luchessi. Sé que iba a pedirle una prórroga; sin duda me llevó para que el acreedor viera su desamparo. No le dijo una palabra a su hermana, que no le hubiera consentido rebajarse de esa manera. Yo no había estado nunca en Barracas; me pareció que había más gente, más tráfico y menos terrenos baldíos. Desde la esquina vimos vigilantes y una aglomeración frente al número que buscábamos. Un vecino repetía de grupo en grupo que hacia las tres de la mañana lo habían despertado unos golpes; oyó la puerta que se abría y alguien que entraba. Nadie la cerró; al alba lo encontraron a Luchessi tendido en el zaguán, a medio vestir. Lo habían cosido a puñaladas. El hombre vivía solo; la justicia no dio nunca con el culpable. No habían robado nada. Alguno recordó que, últimamente, el finado casi había perdido la vista. Con voz autoritaria dijo otro: 'Le había llegado la hora'. El dictamen y el tono me impresionaron; con los años pude observar que cada vez que alguien se muere no falta un sentencioso para hacer ese mismo descubrimiento.
         Los del velorio nos convidaron con café y yo tomé una taza.. En el cajón había una figura de cera en lugar del muerto. Comenté el hecho con mi madre; uno de los funebreros se rió y me aclaró que esa figura con ropa negra era el señor Luchessi. Me quedé como fascinado, mirándolo. Mi madre tuvo que tirarme del brazo.
         Durante meses no se habló de otra cosa. Los crímenes eran raros entonces; pensá en lo mucho que dio que hablar el asunto del Melena, del Campana y del Silletero. La única persona en Buenos Aires a quien no se le movió un pelo fue Tía Florentina. Repetía con la insistencia de la vejez:
         —Ya les dije que Juan no iba a sufrir que el gringo nos dejara sin techo.
         Un día llovió a cántaros. Como yo no podía ir a la escuela, me puse a curiosear por la casa. Subí al altillo. Ahí estaba mi tía, con una mano sobre la otra; sentí que ni siquiera estaba pensando. La pieza olía a humedad. En un rincón estaba la cama de fierro, con el rosario en uno de los barrotes; en otro, una petaca de madera para guardar la ropa. En una de las paredes blanqueadas había una estampa de la Virgen del Carmen. Sobre la mesita de luz estaba el candelero.
         Sin levantar los ojos mi tía me dijo:
         —Ya sé lo que te trae por aquí. Tu madre te ha mandado. No acaba de entender que fue Juan el que nos salvó.
         —¿Juan? —atiné a decir—. Juan murió hace más de diez años.
         —Juan está aquí —me dijo—. ¿Querés verlo?
         Abrió el cajón de la mesita y sacó un puñal.
          Siguió hablando con suavidad:
         —Aquí lo tenés. Yo sabía que nunca iba a dejarme. En la tierra no ha habido un hombre como él. No le dio al gringo ni un respiro.
         Fue sólo entonces que entendí. Esa pobre mujer desatinada había asesinado a Luchessi. Mandada por el odio, por la locura y tal vez, quién sabe, por el amor, se había escurrido por la puerta que mira al sur, había atravesado en la alta noche las calles y las calles, había dado al fin con la casa y, con esas grandes manos huesudas, había hundido la daga. La daga era Muraña, era el muerto que ella seguía adorando.
         Nunca sabré si Le confió la historia a mi madre. Falleció poco antes del desalojo.”
         Hasta aquí el relato de Trápani, con el cual no he vuelto a encontrarme. En la historia de esa mujer que se quedó sola y que confunde a su hombre, a su tigre, con esa cosa cruel que le ha dejado, el arma de sus hechos, creo entrever un símbolo de muchos símbolos. Juan Muraña fue un hombre que pisó mis calles familiares, que supo lo que saben los hombres, que conoció el sabor de la muerte y que fue después un cuchillo y ahora la memoria de un cuchillo y mañana el olvido, el común olvido.

El Hombre de la Esquina Rosada



Hombre de la Esquina Rosada es un cuento del escritor argentino Jorge Luis Borges, uno de los autores más destacados de la literatura en español del siglo XX. El autor dedicó el cuento al escritor, poeta y periodista uruguayo Enrique Amorim.
El cuento, que ha sido incluido en antologías y también adaptado para obras de teatro, películas y obras musicales, utiliza palabras arrabaleras, ordinarias, toscas y rústicas, esto es lenguaje orillero como lo llamaba Borges.
Una versión del cuento fue publicado por primera vez con el nombre de "Leyenda policial" en la revista Martín Fierro del 26 de febrero de 1927. Una segunda versión integró el volumen de El idioma de los argentinos en 1928 con el nombre de "Hombres pelearon" y una tercera se publicó como Hombres de las orillas en el diario Crítica del 16 de septiembre de 1933. La versión final con su nombre definitivo integró el volumen Historia universal de la infamia, que se publicó en 1935.
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Hombre de la esquina rosada
Historia universal de la infamia (1936)
A Enrique Amorim


         A mi, tan luego, hablarme del finado Francisco Real. Yo lo conocí, y eso que éstos no eran sus barrios porque el sabía tallar más bien por el Norte, por esos laos de la laguna de Guadalupe y la Batería. Arriba de tres veces no lo traté, y ésas en una misma noche, pero es noche que no se me olvidará, como que en ella vino la Lujanera porque sí a dormir en mi rancho y Rosendo Juárez dejó, para no volver, el Arroyo. A ustedes, claro que les falta la debida esperiencia para reconocer ése nombre, pero Rosendo Juárez el Pegador, era de los que pisaban más fuerte por Villa Santa Rita. Mozo acreditao para el cuchillo, era uno de los hombres de don Nicolás Paredes, que era uno de los hombres de Morel. Sabía llegar de lo más paquete al quilombo, en un oscuro, con las prendas de plata; los hombres y los perros lo respetaban y las chinas también; nadie inoraba que estaba debiendo dos muertes; usaba un chambergo alto, de ala finita, sobre la melena grasíenta; la suerte lo mimaba, como quien dice. Los mozos de la Villa le copiábamos hasta el modo de escupir. Sin embargo, una noche nos ilustró la verdadera condicion de Rosendo.
          Parece cuento, pero la historia de esa noche rarísima empezó por un placero insolente de ruedas coloradas, lleno hasta el tope de hombres, que iba a los barquinazos por esos callejones de barro duro, entre los hornos de ladrillos y los huecos, y dos de negro, dele guitarriar y aturdir, y el del pescante que les tiraba un fustazo a los perros sueltos que se le atravesaban al moro, y un emponchado iba silencioso en el medio, y ése era el Corralero de tantas mentas, y el hombre iba a peliar y a matar. La noche era una bendición de tan fresca; dos de ellos iban sobre la capota volcada, como si la soledá juera un corso. Ese jue el primer sucedido de tantos que hubo, pero recién después lo supimos. Los muchachos estábamos dende tempraño en el salón de Julia, que era un galpón de chapas de cinc, entre el camino de Gauna y el Maldonado. Era un local que usté lo divisaba de lejos, por la luz que mandaba a la redonda el farol sinvergüenza, y por el barullo también. La Julia, aunque de humilde color, era de lo más conciente y formal, así que no faltaban músicantes, güen beberaje y compañeras resistentes pal baile. Pero la Lujanera, que era la mujer de Rosendo, las sobraba lejos a todas. Se murió, señor, y digo que hay años en que ni pienso en ella, pero había que verla en sus días, con esos ojos. Verla, no daba sueño.
          La caña, la milonga, el hembraje, una condescendiente mala palabra de boca de Rosendo, una palmada suya en el montón que yo trataba de sentir como una amistá: la cosa es que yo estaba lo más feliz. Me tocó una compañera muy seguidora, que iba como adivinándome la intención. El tango hacía su voluntá con nosotros y nos arriaba y nos perdía y nos ordenaba y nos volvía a encontrar. En esa diversion estaban los hombres, lo mismo que en un sueño, cuando de golpe me pareció crecida la música, y era que ya se entreveraba con ella la de los guitarreros del coche, cada vez más cercano. Después, la brisa que la trajo tiró por otro rumbo, y volví a atender a mi cuerpo y al de la companera y a las conversaciones del baile. Al rato largo llamaron a la puerta con autoridá, un golpe y una voz. En seguida un silencio general, una pechada poderosa a la puerta y el hombre estaba adentro. El hombre era parecido a la voz.
          Para nosotros no era todavía Francisco Real, pero sí un tipo alto, fornido, trajeado enteramente de negro, y una chalina de un color como bayo, echada sobre el hombro. La cara recuerdo que era aindiada, esquinada.
          Me golpeó la hoja de la puerta al abrirse. De puro atolondrado me le jui encima y le encajé la zurda en la facha, mientras con la derecha sacaba el cuchillo filoso que cargaba en la sisa del chaleco, junto al sobaco izquierdo. Poco iba a durarme la atropellada. El hombre, para afirmarse, estiró los brazos y me hizo a un lado, como despidiéndose de un estorbo. Me dejó agachado detrás, todavía con la mano abajo del saco, sobre el arma inservible. Siguió como si tal cosa, adelante. Siguió, siempre más alto que cualquiera de los que iba desapartando, siempre como sin ver. Los primeros —puro italianaje mirón— se abrieron como abanico, apurados. La cosa no duró. En el montón siguiente ya estaba el Inglés esperándolo, y antes de sentir en el hombro la mano del forastero, se le durmió con un planazo que tenía listo. Jue ver ése planazo y jue venírsele ya todos al humo. El establecimiento tenía más de muchas varas de fondo, y lo arriaron como un cristo, casi de punta a punta, a pechadas, a silbidos y a salivazos. Primero le tiraron trompadas, después, al ver que ni se atajaba los golpes, puras cachetadas a mano abierta o con el fleco inofensivo de las chalinas, como riéndose de él. También, como reservándolo pa Rosendo, que no se había movido para eso de la paré del fondo, en la que hacía espaldas, callado. Pitaba con apuro su cigarrillo, como si ya entendiera lo que vimos claro después. El Corralero fue empujado hasta él, firme y ensangrentado, con ése viento de chamuchina pifiadora detrás. Silbando, chicoteado, escupido, recién habló cuando se enfrentó con Rosendo. Entonces lo miró y se despejo la cara con el antebrazo y dijo estas cosas:
          —Yo soy Francisco Real, un hombre del Norte. Yo soy Francisco Real, que le dicen el Corralero. Yo les he consentido a estos infelices que me alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es un hombre. Andan por ahí unos bolaceros diciendo que en estos andurriales hay uno que tiene mentas de cuchillero , y de malo , y que le dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa que me enseñe a mi, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y de vista.
          Dijo esas cosas y no le quitó los ojos de encima. Ahora le relucía un cuchillón en la mano derecha, que en fija lo había traído en la manga. Alrededor se habían ido abriendo los que empujaron, y todos los mirábamos a los dos, en un gran silencio. Hasta la jeta del milato ciego que tocaba el violín, acataba ese rumbo.
          En eso, oigo que se desplazaban atrás, y me veo en el marco de la puerta seis o siete hombres, que serían la barra del Corralero. El más viejo, un hombre apaisanado, curtido, de bigote entrecano, se adelantó para quedarse como encandilado por tanto hembraje y tanta luz, y se descubrió con respeto. Los otros vigilaban, listos para dentrar a tallar si el juego no era limpio.
          ¿Qué le pasaba mientras tanto a Rosendo, que no lo sacaba pisotiando a ese balaquero? Seguía callado, sin alzarle los ojos. El cigarro no sé si lo escupió o si se le cayó de la cara. Al fin pudo acertar con unas palabras, pero tan despacio que a los de la otra punta del salón no nos alcanzo lo que dijo. Volvió Francisco Real a desafiarlo y él a negarse. Entonces, el más muchacho de los forasteros silbó. La Lujanera lo miró aborreciéndolo y se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las chinas, y se jue a su hombre y le metió la mano en el pecho y le sacó el cuchillo desenvainado y se lo dió con estas palabras:
          —Rosendo, creo que lo estarás precisando.
A la altura del techo había una especie de ventana alargada que miraba al arroyo. Con las dos manos recibió Rosendo el cuchillo y lo filió como si no lo reconociera. Se empinó de golpe hacia atrás y voló el cuchillo derecho y fue a perderse ajuera, en el Maldonado. Yo sentí como un frio.
         —De asco no te carneo —dijo el otro, y alzó, para castigarlo, la mano. Entonces la Lujanera se le prendió y le echó los brazos al cuello y lo miró con esos ojos y le dijo con ira:
          —Dejalo a ése, que nos hizo creer que era un hombre.
Francisco Real se quedó perplejo un espacio y luego la abrazó como para siempre y les gritó a los musicantes que le metieran tango y milonga y a los demás de la diversión, que bailaramos. La milonga corrió como un incendio de punta a punta. Real bailaba muy grave, pero sin ninguna luz, ya pudiéndola. Llegaron a la puerta y grito:
          —¡Vayan abriendo cancha, señores, que la llevo dormida!
          Dijo, y salieron sien con sien, como en la marejada del tango, como si los perdiera el tango.
          Debí ponerme colorao de vergüenza. Dí unas vueltitas con alguna mujer y la planté de golpe. Inventé que era por el calor y por la apretura y jui orillando la paré hasta salir. Linda la noche, ¿para quien? A la vuelta del callejón estaba el placero, con el par de guitarras derechas en el asiento, como cristianos. Dentre a amargarme de que las descuidaran así, como si ni pa recoger changangos sirviéramos. Me dió coraje de sentir que no éramos naides. Un manotón a mi clavel de atrás de la oreja y lo tiré a un charquito y me quedé un espacio mirándolo, como para no pensar en más nada. Yo hubiera querido estar de una vez en el día siguiente, yo me quería salir de esa noche. En eso, me pegaron un codazo que jue casi un alivio. Era Rosendo, que se escurría solo del barrio.
         —Vos siempre has de servir de estorbo, pendejo —me rezongó al pasar, no sé si para desahogarse, o ajeno. Agarró el lado más oscuro, el del Maldonado; no lo volví a ver más.
          Me quedé mirando esas cosas de toda la vida —cielo hasta decir basta, el arroyo que se emperraba solo ahí abajo, un caballo dormido, el callejón de tierra, los hornos— y pensé que yo era apenas otro yuyo de esas orillas, criado entre las flores de sapo y las osamentas. ¿Que iba a salir de esa basura sino nosotros, gritones pero blandos para el castigo, boca y atropellada no más? Sentí después que no, que el barrio cuanto más aporriao, más obligación de ser guapo.
          ¿Basura? La milonga déle loquiar, y déle bochinchar en las casas, y traía olor a madreselvas el viento. Linda al ñudo la noche. Había de estrellas como para marearse mirándolas, una encima de otras. Yo forcejiaba por sentir que a mí no me representaba nada el asunto, pero la cobardía de Rosendo y el coraje insufrible del forastero no me querían dejar. Hasta de una mujer para esa noche se había podido aviar el hombre alto. Para esa y para muchas, pensé, y tal vez para todas, porque la Lujanera era cosa seria. Sabe Dios qué lado agarraron. Muy lejos no podían estar. A lo mejor ya se estaban empleando los dos, en cualesquier cuneta.
          Cuando alcancé a volver, seguía como si tal cosa el bailongo.
Haciéndome el chiquito, me entreveré en el montón, y vi que alguno de los nuestros había rajado y que los norteros tangueaban junto con los demás. Codazos y encontrones no había, pero si recelo y decencia. La música parecia dormilona, las mujeres que tangueaban con los del Norte, no decían esta boca es mía.
         Yo esperaba algo, pero no lo que sucedió.
         Ajuera oimos una mujer que lloraba y después la voz que ya conocíamos, pero serena, casi demasiado serena, como si ya no juera de alguien, diciéndole:
          —Entrá, m'hija —y luego otro llanto. Luego la voz como si empezara a desesperarse.
         —¡Abrí te digo, abrí gaucha arrastrada, abrí, perra! —se abrió en eso la puerta tembleque, y entró la Lujanera, sola. Entró mandada, como si viniera arreándola alguno.
         —La está mandando un ánima —dijo el Inglés.
         —Un muerto, amigo —dijo entonces el Corralero. El rostro era como de borracho. Entró, y en la cancha que le abrimos todos, como antes, dió unos pasos marcados —alto, sin ver— y se fue al suelo de una vez, como poste. Uno de los que vinieron con él, lo acostó de espaldas y le acomodó el ponchito de almohada. Esos ausilios lo ensuciaron de sangre. Vimos entonces que traiba una herida juerte en el pecho; la sangre le encharcaba y ennegrecia un lengue punzó que antes no le oservé, porque lo tapó la chalina. Para la primera cura, una de las mujeres trujo caña y unos trapos quemados. El hombre no estaba para esplicar. La Lujanera lo miraba como perdida, con los brazos colgando. Todos estaban preguntándose con la cara y ella consiguió hablar. Dijo que luego de salir con el Corralero, se jueron a un campito, y que en eso cae un desconocido y lo llama como desesperado a pelear y le infiere esa puñalada y que ella jura que no sabe quién es y que no es Rosendo. ¿Ouién le iba a creer?
          El hombre a nuestros pies se moría. Yo pensé que no le había temblado el pulso al que lo arregló. El hombre, sin embargo, era duro. Cuando golpeó, la Julia había estao cebando unos mates y el mate dió Ia vuelta redonda y volvío a mi mano, antes que falleciera. “Tápenme la cara”, dijo despacio, cuando no pudo más. Sólo le quedaba el orgullo y no iba a consentir que le curiosearan los visajes de la agonía. Alguien le puso encima el chambergo negro, que era de copa altísima. Se murió abajo del chambergo, sin queja. Cuando el pecho acostado dejó de subir y bajar, se animaron a descubrirlo. Tenía ese aire fatigado de los difuntos; era de los hombres de más coraje que hubo en aquel entonces, dende la Batería hasta el Sur; en cuanto lo supe muerto y sin habla, le perdí el odio.
         —Para morir no se precisa más que estar vivo —dijo una del montón, y otra, pensativa también:
          —Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que pa juntar moscas.
         Entonces los norteros jueron diciéndose un cosa despacio y dos a un tiempo la repitieron juerte después.
         —Lo mató la mujer.
         Uno le grito en la cara si era ella, y todos la cercaron. Ya me olvidé que tenía que prudenciar y me les atravesé como luz. De atolondrado, casi pelo el fiyingo. Sentí que muchos me miraban, para no decir todos. Dije como con sorna:
          —Fijensén en las manos de esa mujer. ¿Que pulso ni que corazón va a tener para clavar una puñalada?
         Añadí, medio desganado de guapo:
          —¿Quién iba a soñar que el finao, que asegún dicen, era malo en su barrio, juera a concluir de una manera tan bruta y en un lugar tan enteramente muerto como éste, ande no pasa nada, cuando no cae alguno de ajuera para distrairnos y queda para la escupida después?
         El cuero no le pidió biaba a ninguno.
         En eso iba creciendo en la soledá un ruido de jinetes. Era la policía. Quien más, quien menos, todos tendrían su razón para no buscar ese trato, porque determinaron que lo mejor era traspasar el muerto al arroyo. Recordarán ustedes aquella ventana alargada por la que pasó en un brillo el puñal. Por ahí paso después el hombre de negro. Lo levantaron entre muchos y de cuantos centavos y cuanta zoncera tenía lo aligeraron esas manos y alguno le hachó un dedo para refalarle el anillo. Aprovechadores, señor, que así se le animaban a un pobre dijunto indefenso, después que lo arregló otro más hombre. Un envión y el agua torrentosa y sufrida se lo llevó. Para que no sobrenadara, no se si le arrancaron las vísceras, porque preferí no mirar. El de bigote gris no me quitaba los ojos. La Lujanera aprovechó el apuro para salir.
          Cuando echaron su vistazo los de la ley, el baile estaba medio animado. El ciego del violín le sabía sacar unas habaneras de las que ya no se oyen. Ajuera estaba queriendo clariar. Unos postes de ñandubay sobre una lomada estaban como sueltos, porque los alambrados finitos no se dejaban divisar tan temprano.
          Yo me fui tranquilo a mi rancho, que estaba a unas tres cuadras. Ardía en la ventana una lucecita, que se apagó en seguida. De juro que me apure a llegar, cuando me di cuenta. Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo corto y filoso que yo sabía cargar aquí, en el chaleco, junto al sobaco izquierdo, y le pegué otra revisada despacio, y estaba como nuevo, inocente, y no quedaba ni un rastrito de sangre.






martes, 3 de enero de 2017

Duelo a primera sangre entre dalmiro sanz y julio secundino cabezas.

Esta es la historia de la vez que el periodista y escritor Dalmiro Saenz tuvo un duelo a cuchillo con Don Secundino Cabezas ..El motivo era escribir una nota en la revista "Gente" en donde él fuera uno de los protagonistas de dicho duelo .Para ello , convenció al viejo poeta gaucho y conocido animador de jinetadas .Dejemos que José Curbelo nos cuente la historia en este poema que le pertenece y titulara "A primera sangre"...

Decía en las jineteadas
"voy al hombre!, voy al hombre!!
y adquirió justo renombre
en rueda de paisanadas.
Quedan las frases grabadas
de aquel paisano genuino
ya que fue don Secundino
Cabezas la criolla ciencia
diplomada de experiencia
en la escuela del camino.

De un modo sencillo y sano
si me ayuda la memoria
quisiera narrar la historia
que él me contó mano a mano.
"fue en Mataderos,hermano"
- me decía con fervor
ahí probamos el valor
y trenzamos sin recelo
a primera sangre un duelo
con Dalmiro, el escritor."

El hombre quería probar
sus corajes,sus temores
entre trágicos fulgores
de los filos al chocar.
Quería una historia narrar
después de vivirla ÉL MISMO
encarando el periodismo
de una manera distinta
mezclando sangre con tinta
para darle más realismo.

Y aunque el duelo es la fiereza
que tantas tragedias labra
entre el filo y la palabra
puede tallar la nobleza.
Cuando por suerte o destreza
decía el criollo´,lo corté
y en la frente lo marqué
hice pie, dí un paso atrás
y por las dudas,nomás
en guardia firme quedé.

Decía el criollo " esa ocasión
quedé un instante parado
ya que de un hombre cortado
nadie sabe la reacción.
Le dije párese Don!
Don Dalmiro,párese,
Con respeto lo traté
ya que un paisano sencillo
ni peléandose a cuchillo
trata al contrario de ché.

Dalmiro Saenz ese día
se ganó todo mi afecto,
guardó el facón con respeto
y estrechó la mano mía."
De tal forma repetía
Secundino.Y al final
rescato el proceder leal
de dos hombres que pelearon
y a cuchillo cimentaron
una amistad fraternal.












sábado, 3 de diciembre de 2016

Cartilla del Campo - 1867

El estudio del pasado es fundamental para comprender la trayectoria histórica de una nación. Escrita por Pedro Fernández Niño entre 1808 y 1817, la Cartilla de campo es un texto privilegiado para comprender el ambiente rural chileno, sus tareas tradicionales y las costumbres de la gente de campo.

Para el estudio y conocimiento de las costumbres del siglo XIX, son escasas las fuentes que nos informan sobre aspectos de la vida cotidiana, hoy fundamentales para comprender la trayectoria histórica de una nación. La Cartilla de campo y otras curiosidades, dirigidas a la enseñanza y buen éxito de un hijo escrita por Pedro Fernández Niño en Chicureo, entre 1808 y 1817, constituye un texto privilegiado para el conocimiento del ambiente rural chileno, sus tareas tradicionales y las costumbres de la gente de campo. La obra -de acuerdo al estudio del historiador Rafael Sagredo- representa un singular ejemplo de la forma en que el conocimiento práctico, forjado en el trabajo cotidiano, se trasmitió en el siglo XIX. Los conocimientos y experiencias que se traspasaban en forma oral de padre a hijo, Fernández Niño decidió transcribirlos en el papel.

En primer lugar, se preocupó de aconsejar acerca de las labores del campo; como la matanza, la vendimia, la fabricación de aceites, y tejas, el manejo de caballos y mulas y la tradicional trilla: "El día que determinas la trilla, previenes 200 o 300 yeguas: gente de a caballo; y de a pie con bastantes horquetas; de modo que desparramada la cuarta parte del trigo contra las orillas de la hera; entran todas las yeguas y lo pisan. A la primera vuelta o segunda que dan; apartas la mitad de dichas yeguas; y las separas, para remudar las que quedan adentro; haciendo que las primeras den nueve vueltas; tres vueltas para cada lado: así para que dichas yeguas resuellen y se alienten; como para que el trigo con eso más se muela".

Hombre práctico, el hacendado enseñó en su Cartilla a llevar los cálculos y las operaciones matemáticas básicas y a fijar la hora en el reloj a partir de la posición del sol. También instruía a su hijo en los afanes del trueque y a realizar cuentas para testamentos.

Preocupado no sólo del éxito en los negocios sino también de la salud de su descendencia, entregó recetas de remedios caseros para los malestares y enfermedades más frecuentes, las cuales constituyen un interesante testimonio de la tradición oral y popular. Para todo había una receta: empachos, mal olfato, escasez de leche en amas, venenos, picadura de animales, mal de ojo, sordera y ronquera. Para el dolor de muelas, por ejemplo, entrega el siguiente consejo: "no hay remedio como sacarlas: pero si está picada; quema unos cartuchos de papel blanco, recibiendo el humo en un plato de plata; y aquel aceite que esto produce, con el tajo de una pluma que sea nueva, untas la picadura sin tocar a la carne; que al tercero día se te cae la muela".


jueves, 10 de noviembre de 2016

Origen de la Ganadería en América


Los primeros embarques de vacunos hacia el Nuevo Mundo se realizan a partir del segundo viaje de Cristóbal Colón en Cádiz el 25 de septiembre de 1.493. Por problema de espacio en aquellas pequeñas naves el ganado vacuno era pequeño, becerros y becerras, que en esta travesía fueron acompañados de cerdos y ovejas con destino a la isla de Santo Domingo, llamada por ColónLa Española. Enel tercer viaje -el 30 de mayo 1.498-, desde Sanlúcar de Barrameda se mandaron un mayor número de animales, especialmente caballos para las necesidades de la conquista, y parejas de bovinos y de asnos a fin de promover la cría.
En todo caso, la introducción del ganado vacuno en el nuevo mundo fue muy lenta y bastante difícil debido a diversos factores, principalmente por la dificultad que implicaba la salud y la nutrición de los becerros de corta edad y la casi imposibilidad de manejar y alimentar animales adultos, poco mansos, en aquellos barcos tan rudimentarios. Por estas circunstancias las autoridades y el Gobernador deLa Españolaimpidieron la salida de este tipo de ganado de la isla, más aún, permanentemente urgían ala Coronasobre nuevos envíos de bovinos pequeños y caballos para la conquista, pero sin embargo, en los envíos posteriores se prefirieron los cerdos y las ovejas por su fácil embarque y transporte.
En 1.511 Diego Colón, hijo del Almirante y Gobernador deLa Españolafue felicitado por estas medidas contra la despoblación vacuna; al mismo tiempo se le pidió dejara salir caballos para Tierra Firme, a lo cual accedió por tratarse de animales indispensables para la conquista. Por esta autorización, ya existían en 1.514 algunos yeguarizos en Santa Maríala Antigua(Colombia, junto a Panamá), de donde salieron ejemplares para las conquistas de Pizarro y demás conquistadores del Imperio incaico.
Posteriormente a los primeros viajes de Cristóbal Colón, los embarques de ganado vacuno para América se hacían principalmente desde Sevilla, aunque también se realizaban esporádicamente desde Cádiz u otros puertos de Andalucía, especialmente de las razas ganaderas andaluzas y extremeñas, que sirvieron como base únicas para la formación de las razas criollas actuales. Sin embargo, no se conoce con seguridad si todo el ganado provenía de las regiones cercanas a Sevilla o si algunos embarques se hicieron en las Islas Canarias, ruta y escala habitual en los viajes a América.
Como se dijo, los primeros embarques se hicieron básicamente para la isla de Santo Domingo, es decir, paraLa Española. Estaisla fue el punto de partida para la distribución de ganados a Las Antillas y al Continente o Tierra Firme. Esta última expansión hacia Tierra Firme fue bastante tardía, pues los religiosos deLa Española, siguiendo el ejemplo de Diego Colón, también prohibieron la salida de vacunos como la medida más eficaz contra la posible despoblación de la isla. Por otra parte, para sacar vacunos de allí, se requería proveerse de la respectiva autorización real, como lo hicieron Bastidas y Heredia treinta años después del segundo viaje de Colón, y apenas comenzaba a iniciarse la expansión vacuna fuera de la española.
Como origen de los ganados traídos a América, se menciona el Tronco turdetano (Rojo convexo) que constituye la entidad étnica más importante de la ganadería española y que sin lugar a dudas, fue la que más influyó en la formación de las razas criollas. En este tronco se encuentran las razas Retinta, Berrenda en Colorado (de Andalucía) y Rubia Gallega como las principales, y que por estar próxima a los puertos de salida para América fueron las bases de la ganadería iberoamericana. Sin olvidar a las razas procedentes dela Islas Canariascomola Palmeñay Canaria que, descendientes de la raza Rubia Gallega, también aportaron su genética en el ganado criollo. También se mencionan la cacereña yla Andaluzanegra
Se dice que el ganado criollo de raza Caracú de Brasil tiene orígenes similares a las razas modernas Minhota, Barrosa, Arouquesa y Mirandesa de Portugal. Todas ellas son razas del norte yla Minhotaes idéntica ala Gallega. Lassimilitudes entre las razas de Brasil y de Hispanoamérica pueden explicarse por la proximidad geográfica de sus orígenes.
Los españoles desembarcaron en el Caribe con los primeros bovinos y desde allí se inició su dispersión, con tal éxito que antes de 40 años, en 1524, ya se informa sobre la existencia de bovinos en todos los países de América del Sur. Ingresaron por Santa Marta, Colombia, en primer término. Una subcorriente entró a Venezuela. Hacia el sur, Lima constituyó el foco principal de dispersión. Desde allí atravesaron Bolivia, Paraguay y Chile hasta alcanzarla República Argentinay Uruguay. Otra corriente llegó desde el Brasil y el propio Río dela Platase convirtió en un foco importante de dispersión.
Desde 1524, América comenzó a poblar su territorio de bovinos y a introducirlos en sus sistemas ecológicos. Es mucho lo que se ha escrito sobre el origen del ganado de Colombia. Hoy en día no se sabe con certeza si proviene dela España Peninsularo dela España Insular(Islas Canarias). Hay relatos que alrededor de la mitad del siglo XVI y bajo el gobierno de su fundador, llegaron a Cartagena quinientos bovinos desde la española (hoy Santo Domingo).
El ganado criollo fue el origen de la expansión civilizadora en América Latina, bajo la influencia de los jesuitas. Los jesuitas en el nuevo mundo tenían gran preocupación por la ganadería, como fuente de riqueza colectiva para mantener a los primeros pobladores y a los indios cerca de las Misiones. Se sostiene que los jesuitas del este de Colombia dispensaban los mayores cuidados a la raza criolla San Martinero, que lleva el nombre dela Misión Jesuitade la zona.
Venezuela:
Otra vía de penetración de la ganadería vacuna en Suramérica, fue a través de Venezuela, llevada a cabo por Marcelo Villalobos que en 1.527 recibió dela Real AudienciaEspañola el privilegio de poblar de vacunos la isla de Margarita. Posteriormente, en 1.530, Spira y Federmán llevaron a Coro (Venezuela) vacas y ovejas, pero no tuvieron éxito por la falta de pastos naturales en el litoral venezolano. Por esta circunstancia y al escasear la ganadería vacuna, Fernández de Serpa al ser nombrado gobernador de Venezuela y pasar por la isla de Margarita, tomó consigo 800 vacas y las llevo a Tierra Firme para fomentar la ganadería de su gobernación.
Panamá:
Aunque la costa de Darién fue explorada por Lepe y Bastidas y fundada en 1.510, Santa MaríaLa Antiguapor Núñez de Balboa (primera ciudad en el continente americano) no se conoce con exactitud la fecha de la llegada de los primeros vacunos. Los historiadores comentan que debió ser sobre 1.531, y por lo tanto, posterior a la expedición de Bastidas a Santa Marta en 1.525, que como hemos comentado anteriormente, fue la primera remesa de ganado bovino que llegó a Tierra Firme.
A pesar de ser Panamá una nación centroamericana, también tuvo su importancia en la expansión del ganado vacuno en Suramérica ya que el ganado procedente deLa Española, tomando la vía de Panamá y siguiendo los derroteros de Pizarro, Almagro y otros, se asentó en Chile, Perú, Ecuador y sur de Colombia, siendo Guayaquil la cabeza de puente continental para proveer desde Panamá los elementos que necesitaba la conquista y colonización del imperio de los incas.
Perú:
La llegada del vacuno a Perú se realizó por el Pacifico, procedente deLa Española, tomando la vía de Panamá, es decir, siguiendo el derrotero de Pizarro, Almagro y otros conquistadores.
Pizarro en su segunda expedición para la conquista de Perú partió desde Panamá en 1526 junto a Almagro. Éste último, después de muchas penalidades llegó hasta Atacama (Chile) pero tantos fueron los sufrimientos que le hicieron volver. Por lo indicado, fue Almagro el primero que pisó tierra chilena, pero fue Pedro de Valdivia el verdadero conquistador.
Pizarro llegó a Cajamarca el 15 de noviembre de 1532 donde fue hecho prisionero Atahualpa y muerto (agosto 1533) a pesar del rescate entregado. Según el Dr. Moreno, cronista de esta ciudad, la ganadería fue implantada un año después de la muerte de Atahualpa, o sea en 1.534, principalmente caballos y vacas en las ricas tierras del valle que circunda la ciudad de los incas. Posteriormente parece ser que el regidor Fernando Gutiérrez aclimató ganado vacuno en Perú y que en Lima según Bernabé Cobo se pidieron tierras en el año 1539 en los alrededores dela Ciudadde los Reyes para la crianza de vacas.
Brasil:
Informes indican que la primera introducción de ganado data de 1534 en la población de Brasil, Sâo Vicente por orden del donatario de esa colonia (capitanía hereditaria) Martín Alfonso de Souza y enviados por su mujer Dª. Ana Pimentel. Se considera que fueron tres las principales vías de introducción: Sâo Vicente (Sâo Paulo), Pernambuco y Bahía (1550). Otros estudiosos dicen que los bovinos de Sâo Vicente (Brasil) derivarían de las Islas de Cabo Verde, posesiones portuguesas en el Océano Atlántico, al oeste del Senegal, África.
Muchas generaciones después, los portugueses (brasileños) hicieron reiteradas incursiones a los países vecinos (sin fronteras definitivas por la falta de precisión del Tratado de Tordesillas) y logran llevar para Sâo Paulo grandes cantidades de ganado y cueros. Así se cierra el ciclo completo del ganado criollo en América del Sur, que un siglo antes, saliendo de Brasil, mezclándose con sangre peruana, atravesó Paraguay, Argentina y Uruguay y completando su marcha secular civilizadora se encontró con sus hermanos de origen al regresar al altiplano central de Brasil.
Argentina:
Introducido el ganado vacuno en Paraguay, su propagación dentro de los límites del actual territorio argentino fue obra de un proceso gradual de los años. El Virreinato dela Platarecibe vacunos por primera vez en 1.549, cuando Juan Núñez de Prado introduce desde Potosí vacas y ovejas directamente a Tucumán. En 1.551 Francisco de Aguirre introduce toda su hacienda atravesando la cordillera de los Andes. Probablemente esta ganadería era oriunda de las que se asentaron en el precioso valle donde se encuentra la ciudad de Santiago fundada por Pedro de Valdivia en 1.541. Por las mismas fechas este mismo ganadero introdujo en Argentina un hato de vacas procedente de Perú. Otra puerta de entrada fue desde Paraguay con ganados procedentes de las famosas siete vacas y un toro llevados por los hermanos Gois cuya progenie fue la que verdaderamente inicia la población de vacunos en las pampas argentinas, cuya multiplicación alcanzó muy pronto proporciones insospechadas debido a las fértiles praderas.
En la primera y fracasada fundación de Buenos Aires realizada por Pedro de Mendoza en 1.536, fue Domingo Martínez de Irala el que llevó caballos que quedaron en libertad al abandonar Irala la ciudad, dando lugar a los cimarrones tan útiles en los procesos posteriores. En la expedición de Irala, desde Buenos Aires a Paraguay (Asunción), se llevó algunos caballos que fueron el núcleo inicial de la ganadería caballar en Paraguay.
Una de las causas del éxito en la segunda y definitiva fundación de Buenos Aires realizada en 1580 por Juan de Garay fue la gran base económica que se encontró por la existencia de vacas (hacía unos 20 años que llegaron a Córdoba – desde Santa Fe -, Salta y Santiago del Estero) y caballos cimarrones (expedición de Irala). Además de estas vacas que se encontró en Argentina, Garay se llevo otros lotes de vacas y el primer núcleo de ovinos. Entre estos ganados posiblemente también llevara garañones para comenzar en Santa Fe y en Buenos Aires, como ya había hecho en Asunción, la cría de mulas.
Uruguay:
El primer ganado introducido en Uruguay se cree, con ciertas reservas, fue realizado por Hernandarias de Saavedra que desembarcó enla Ensenadade las Vacas, con cien vacunos y dos manadas de equinos.
Al quedar abandonado Buenos Aires, fue Santa Fe, fundada por Hernandarias, a orillas del río Paraná, camino hacia Río dela Plata, la base de concentración y difusión de ganados en tierras uruguayas y argentinas, cuya bondad del clima y el carácter de los indios guaraníes en la cría y cuidados de los animales, hizo que la ganadería prosperase
Chile:
Pedro de Valdivia nacido en Castuera (Badajoz) emprendió la conquista de Chile en 1540 con solo 150 hombres entre a caballo y a pie, junto con 20 vacas procedentes de Perú y éstas a su vez de las llegadas a Guayaquil desde Panamá. Valdivia fue un hombre querido entre los araucanos, que en viaje triunfal llegó a un valle fértil, entre los Andes y el mar, fundando el 12 de febrero de 1.541 la ciudad de Santiago de Nueva Extremadura en honor al patrón de España y a su tierra extremeña. Fomentó en gran medida no solamente la agricultura sino también la cría de caballos, vacas y cerdos en campos que distribuyó equitativamente entre caballeros y soldados.
Paraguay:
El ganado vacuno llegó a Paraguay (Asunción) en la cuarta expedición ganadera a este país, llamada de las “siete vacas de Gois” con un toro procedente de San Vicente, en las costas de Brasil, sacadas sin licencia real en donde la especie bovina ya se criaba desde la década de1530 apartir de un plantel de vacas traídas desde Madeira por la esposa de Martim Alfonso de Souza procedentes del Alentejo y Extremadura. Esta expedición, en la que participaron portugueses y españoles, estuvo organizada por los hermanos Gois, sobrinos de Pedro Gois, donatario dela Capitaníade Paraiba do Sul y rico propietario de plantaciones y fábricas (ingenios) de azúcar. La fecha de esta importación data de 1.552, Giberti la nombra en 1.555, pero el requerimiento que cita y, recuerda esta introducción, existe en el Archivo de Indias de Sevilla con fecha de 1.559.
Estas siete vacas y un toro llegaron por el río Paraná después de caminar muchas leguas por tierra y cruzar otros tantos ríos en balsas. Estaban a cargo de un “vaquero” llamado Gaete, que llegó con ellas a Asunción, como hemos indicado, con gran trabajo y dificultad solo por el interés de una vaca, que se le señaló por salario, de donde quedó en aquella tierra un proverbio que dice “son mas caras que las vacas de Gaete“.
DISTRIBUCION DE LOS BOVINOS CRIOLLOS EN AMERICA.
BRASIL
Caracú. El Caracú actual, adaptado al clima del Brasil, posee caracteres propios y puede considerarse como una raza nacional, más próxima al tronco Aquitánico que al Ibérico.
Mocho Nacional en Colombia. Existen varias teorías sobre el origen de este ganado, pero todas coinciden en que el ganado Mocho Nacional se originó del ganado traído por los conquistadores. Como en la península ibérica no existían razas de ganado sin cuernos, algunos explican esta característica como resultado de una mutación genética.
Curraleiro o Pie-duro. El crecimiento lento y la talla pequeña del ganado Curraleiro parecen estar en armonía con las condiciones ecológicas difíciles del nordeste semiárido del Brasil. Este hecho los califica como recurso genético potencialmente importante para tales condiciones adversas de producción.
Pantaneiro. El ganado Pantaneiro tiene su hábitat natural en la región ecológica denominada Pantanal de los estados de Mato Grosso y Mato Grosso do Sul. El Pantanal es caracterizado por su topografía plana en general, con suelos anegadizos o inundables durante una gran parte del año.
Criollo Lageano. Estos bovinos del sur del Brasil (Lages – Santa Catarina) en líneas generales, son los que más se asemejan al tipo introducido por los conquistadores, no discutiéndose, por tanto, su origen ibérico.
ARGENTINA
Animales criollos es posible encontrar en el Chaco Salteño, en Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. El Instituto de Tecnología Agropecuaria (INTA) enla Estación Experimentalde Leales, Tucumán, en la década de los sesenta inicia trabajos de conservación y evaluación orientados a producir carne en aquel ambiente.
Sal Paz (1977) demostró que el criollo puro produce un mayor peso de terneros destetados por hectárea en el Chaco que el cebú, las razas británicas o las cruzas con cebú.
Como observaron Rabasa et al. (1976) el criollo se caracteriza por poseer todos los colores de capa de Bos taurus. En el criollo chaqueño (con el que trabaja la Estación Experimental de Leales-Tucumán) prevalecen las capas doradillas con diferentes tonalidades que varían desde el bayo al colorado. Los pelajes han permitido el estudio de la heredabilidad de color en la raza (Rabasa et al, 1976).
También ha permitido investigaciones sobre la relación entre pelaje y fertilidad (Sal Paz et al, 1976).
URUGUAY
El Ejército Nacional posee el único hato criollo de Uruguay, en el Fuerte San Miguel, en Chuy, cerca de la frontera con Brasil. Consta de 400 vacas y 16 toros y es muy semejante al criollo argentino. Es mantenida sin evaluación en aquel ecosistema.
REPUBLICAS ANDINAS
Ecuador y Perú tienen una enorme población no censada de criollos que se encuentran, sobre todo, en zonas donde el medio ambiente presenta características muy difíciles, como el Altiplano o en regiones aisladas geográficamente en los valles interandinos.
Es muy urgente evitar la reducción de la población de ganado criollo en el Altiplano, hasta altitudes de4000 metros. Reciben los nombres de Chuscos, Serranos y Criollo de las Sierras.
Los animales criollos en lugares elevados, tienen alto porcentaje de capas negras o parcialmente negras.
BOLIVIA
No se conoce el censo actual de bovinos criollos en Bolivia. Los rebaños más importantes son: el criollo Yacumeño en la estancia Espíritu propiedad de la empresa Elsner Hermanos, en las llanuras del Beni; el proyecto de Criollo Boliviano en Santa Cruz, en colaboración conla Misión Británica en Agricultura Tropical; y los proyectos de ganado criollo en Chapare y Chuquisaca.
El criollo Yacumeño tiene color castaño desde claro hasta oscuro, es de pelaje corto y sedoso, muchos tienen pelo negro alrededor de los ojos, en la cabeza y en las extremidades. Son de mediana estatura, buena aptitud lechera, alta fertilidad y buena habilidad materna. Son fenotípicamente idénticos a los criollos argentinos.
En el proyecto con Criollo Yacumeño se evaluaron diversos sistemas de cruzamiento con cebú (Bauer 1973 y Plasse, 1981 y 1983).
El objetivo original del Proyecto de Ganado Criollo en Santa Cruz era la producción de toros criollos para usarlos en cruzamientos con razas lecheras europeas (Wilkins et al, 1984).
VENEZUELA
La Estación ExperimentalCarrasquero adscrita al Fondo Nacional de Investigaciones Agropecuarias de Venezuela ha conducido por espacio de 25 años un proyecto sobre mejora, selección y conservación del ganado criollo Limonero. Esta Estación está al noroeste de Estado Zulia, cerca del río Limón que le da su nombre.
El criollo Limonero es de pelo colorado y similar al Centroamericano y al Costeño con Cuernos de Colombia.
La historia del criollo Limonero y datos de estaciones experimentales y fincas de Venezuela están bien documentados en Abreu et al. (1977) y Ríos et al. (1959). El rendimiento medio por lactancia del ganado criollo Limonero es2.201 Kg. (Abreu, 1988).
El ganado criollo Llanero, seleccionado para producción de carne, es muy similar al Casanare de Colombia.
CARACTERÍSTICAS COMUNES EN LAS RAZAS BOVINAS CRIOLLAS EN AMÉRICA LATINA
- Mansedumbre natural, excepto la raza Casanare de Colombia.
- Predominio de una sola capa de pelo de color entre amarillo claro y rojo cereza, excepto la raza BON en Colombia, las criollas de Argentina, Uruguay y la Crioula Lageana en Brasil.
- Cabeza con cuernos, excepto la raza Romosinuano en Colombia, el Mocho Nacional y el Caracú, variedad mocha en Brasil.
- Sobresalientes en fertilidad, habilidad materna y longevidad.
- Piel bien pigmentada y ombligo corto.
- Desprendimiento alto de la cola.
- Dorso de apariencia ensillada, excepto la raza Casanare de Colombia.
- Partos normales y terneros fuertes al nacimiento.
- Toros sexualmente activos.
- Alto vigor híbrido en cruces con Cebú.
Las razas autóctonas españolas y su participación en los bovinos criollos iberoamericanos. Manuel Beteta Ortiz. Federación Española de Asociaciones de Ganado Selecto.
Llegada del Ganado Vacuno Español a Suramérica. Manuel Beteta Ortiz.
El Ganado Bovino Ibérico: 500 Años Después. A.T. Primo. Archivos de Zootecnia. Brasil.

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