sábado, 11 de julio de 2015

De criollos y gauchos

Fuente: Felipe Pigna, 1810. La otra historia de nuestra Revolución fundadora, adaptado para El Historiador, Buenos Aires, Planeta, 2010.


La llamada “pureza de sangre” o “de linaje”, traída de la España medieval, era un requisito para ser reconocido como “vecino” de una ciudad, es decir, súbdito con derecho a participar del Cabildo, y para aspirar a cualquier derecho o prerrogativa que se consideraba “merced” de la corona: ingresar como oficial en las fuerzas armadas, estudiar en las universidades y ejercer sus títulos habilitantes, ser funcionario de la administración real, practicar como sacerdote o ingresar en ciertas órdenes religiosas, entre muchos otros.

Muchos argentinos nos criamos con una imagen un poco cambiada de lo que era un criollo en tiempos coloniales. Una prueba está en que usamos ese adjetivo para referirnos a buena parte de nuestro acervo musical folclórico, como las zambas y las milongas o el, para nosotros, “criollísimo” malambo. Pero como bien afirmaba Chabuca Granda, lo que nosotros tenemos por “música criolla”, en otros lugares de América es simplemente “música de negros”. En nuestro imaginario, los rioplatenses identificamos lo criollo con el “gaucho” y su “china”, cuando esos pobladores rurales eran, en la inmensa mayoría de los casos, miembros de las llamadas “castas”. El “mérito” de esta imagen corresponde, en parte, a los cambios que trajo aparejada la Revolución de Mayo y, en otra buena medida, a los autores que, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, crearon el mito de una “Argentina criolla” más o menos homogénea culturalmente, que contraponían a la “invasión gringa” de la inmigración masiva, el gaucho noble y obediente al patrón frente al inmigrante inmoral y con ideas “extrañas”.

Esta imagen nos dificulta entender que, cuando hablamos de criollos, en 1810, nos estamos refiriendo a una parte de la elite “blanca”, propietaria de tierras, negocios y esclavos, que obtenía títulos universitarios y puestos en la administración pública y que con sus parientes peninsulares compartía (y disputaba) las prerrogativas propias del sector más privilegiado de la sociedad. Recordemos que si bien los más ricos comerciantes monopolistas de entonces, como Martín de Álzaga o José Martínez de Hoz, eran nacidos en la Península, sus hijos eran criollos y continuaron, junto con el apellido, una posición económica y social igualmente destacada. En sentido inverso, criollos como Juan Martín de Pueyrredón o Manuel Belgrano, hijos de europeos, pertenecían a estos sectores encumbrados de la sociedad.

Al menos desde el Facundo de Sarmiento, publicado por primera vez en 1845 en Chile, se hizo lugar común la idea de considerar gaucho a todo miembro de la población rural en vastas zonas del territorio rioplatense. Buena parte de la historiografía tradicional se hizo eco de esa imagen, ni qué decir de la literatura “criollista” y “gauchesca”. Tal vez por pura reacción, desde hace ya unas cuantas décadas, otra parte considerable de la historiografía especializada en temas rurales ha reducido la presencia del gaucho a una ínfima expresión, al punto de que cabría preguntarse si alguna vez hubo alguno.

En parte, el problema surge de que “gaucho” fue, hasta finales del siglo XIX, un término despectivo, aplicable por igual a lo que las leyes consideraban “vago y mal entretenido” y a quien, a los ojos de quien lanzase el insulto, resultase “tosco, ignorante, bruto”. Sin embargo, y como sugiere su etimología más probable,1 inicialmente el nombre se les daba a los peones que, montados a caballo, desjarretaban el ganado para faenarlo, práctica que venía desde los tiempos de las vaquerías (cacerías de ganado cimarrón o salvaje) y que continuó cuando los rodeos se aquerenciaron en las estancias. Por extensión, se llamó así a quienes obtenían conchabos temporarios en las tareas rurales y, se suponía, el resto del tiempo lo pasaban merodeando, cuatrereando ganado suelto para alimentarse, o en una especie de idílico dolce far niente de las pampas.

La realidad era un poco más compleja, como de costumbre. Un primer dato es que, hacia 1810, buena parte de la peonada que contrataban las estancias y las chacras en temporadas de gran demanda de “mano de obra” (de primavera a fin del verano), no pasaba el resto del año “al raso” o en ranchos en algún rincón perdido de la pampa, sino en ciudades y núcleos poblados, buscando changas que le permitieran sobrevivir, como peones de albañil o de pintor, porteadores o changarines en la carga y descarga de buques y los mil oficios del “rebusque”.

Muchos de esos “gauchos”, en realidad, formaban parte de la “chusma” o “populacho” que habitaba las “orillas” de las poblaciones. Otros, a veces también tildados de “gauchos”, eran pobladores rurales permanentes o semipermanentes, como puesteros o peones “allegados” a los puestos de estancias, a lo que hay que agregar a la peonada del propio casco de la hacienda, que rara vez tenía ocupación permanente.

Cuando no se conseguía trabajo, las alternativas eran, inevitablemente, practicar pequeños robos, cuatrerear por cuenta de algún hacendado, pulpero o funcionario no muy legalista o carnear sin permiso alguna vaca perdida. Por lo general, y como suele ocurrir cuando se trata de reconstruir la historia de los sectores populares, son estos “gauchos” los que aparecen más “documentados” en los archivos, en los expedientes policiales y penales. Lo que, como todos sabemos a esta altura, no quiere decir que fuesen la mayoría.

Finalmente, hay que insistir en que ese “gauchaje”, al que la literatura considerará el arquetipo de “lo criollo”, estaba formado en su gran mayoría por personas que, en el no tan casto “régimen de castas” colonial, entraban en las categorías de mestizos, zambos, pardos y mulatos.

Referencias:

1 Gaucho (en portugués, pronunciado gaúsho) provendría del portugués garrucho, apodo dado por el uso de una garrucha (garrocha) con un elemento afilado en la punta, con el que se cortaban los tendones de las patas del animal para tumbarlo y poderlo faenar.

http://www.elhistoriador.com.ar/articulos/miscelaneas/de_criollos_y_gauchos.php

domingo, 7 de junio de 2015

Qom

Tobas. Somos del monte.

Un viaje hacia lo más profundo de la cultura y la historia de los tobas se adentra en el universo de este pueblo originario. A través de un recorrido por las comunidades urbanas del campo y del Impenetrable (provincia de Chaco), descubrimos sus orígenes y la vida en comunidad.



Tobas. No'huet y Jesús.

¿De dónde venimos los argentinos? Pese a los mitos y prejuicios, la Argentina es mestiza. Nos acercamos a la mirada y a la voz de los pueblos originarios, en toda su diversidad y riqueza, para reconocer en nuestro país una sociedad multicultural y establecer el protagonismo pasado y actual de los primeros habitantes de este suelo. Pueblos como el tehuelche, el mapuche, el toba, el selk?nam, el mbya guaraní y muchos otros toman la palabra, cuentan su situación y comparten su pensamiento. Pasado, presente y futuro de pueblos que constituyen también la identidad nacional.



Tobas. Tierra y libertad.

El valor de la tierra, como espacio y no como negocio, es fundamental para el desarrollo de vida de los pueblos originarios. Por diversas situaciones, miles de tobas tuvieron que dejar su lugar de origen, el monte, para emigrar a grandes centros urbanos alejados de su entorno natural. Este capítulo narra el ser toba, sus conflictos, anhelos y contradicciones en un constante diálogo entre la naturaleza y la vida en la ciudad.






jueves, 4 de junio de 2015

Aónikenk - Tehuelches. Los dueños del viento.

Los primeros tehuelches en la Patagonia. El origen del cacicazgo tehuelche, sus formas de vida Y sus creencias. El violento encuentro con el blanco. El caso Inakayal Y la lucha por la restitución de sus restos a Tecka, su pueblo natal. La vida, hoy, en una reserva tehuelche en Santa Cruz.


miércoles, 3 de junio de 2015

Mapuche

La historia argentina desde el punto de vista del pueblo mapuche. Cómo fueron perdiendo su territorio y qué implica para su cosmovisión ser despojado de su entorno. La relación que hay entre lo que son como che (persona) y los diferentes elementos que componen su entorno. Para ellos, la problemática territorial no es solo un tema político y económico.

La fuerza de la tierra


La fuerza de una cultura.

La cosmovisión del pueblo mapuche, no solo desde la palabra, sino también desde la experiencia. Separarnos del lugar más "racional" para intentar experimentar con ellos el significado profundo y simbólico de la naturaleza que nos rodea.


La vida en la ciudad

La problemática de ser mapuche en la ciudad. Las respuestas a esas problemáticas por parte de diferentes jóvenes que hoy, en Bariloche y en Neuquén, buscan revalorizar su origen a través de diferentes emprendimientos: radios, publicaciones, música, así como también recuperar la lengua y el arte que les fueron negados durante tantos años.



lunes, 1 de junio de 2015

Los onas: Vida y muerte en Tierra del Fuego (VV. DD., 1977)

Documenta la vida de la última generación de los Selk'nam, conocidos como Onas, su modo de vida, economía, ritos, cantos, tradiciones y su lenta extinción tras la colonización europea. En 1985 recibió el Gran Premio en el Primer Festival Nacional de Cine Antropológico y Social.


domingo, 17 de mayo de 2015

Creación de los vago

Gauchos apresados por la policía, fotografía de Francisco Ayerza, Colección Witcomb, Archivo General de la Nación. c. 1885.

La figura de la vagancia fue construida oficialmente durante el siglo XIX en las provincias, mediante legislación específica dirigida a controlar a la población rural y someterla a la dependencia laboral. Esta política benefició a los hacendados y a la oligarquía productiva.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com


Los “vagos y mal entretenidos” eran así calificados y encuadrados a la vista de una consecuente ideología productiva, y designaba a quienes, desde el fondo de la colonia, habían gozado de una atávica libertad respecto de las relaciones de dependencia laboral: los “gauchos” que hasta entonces se consideraban “mostrencos”, igual que ciertos caballos sin dueño. Damos un breve recorrido histórico a la formación de la figura de vagancia depositada en personas de las clases populares, operación realizada por el estado argentino durante el siglo XIX.
Todo empezó en 1804, cuando el Virrey Marqués de Sobremonte dictó un auto de buen gobierno, en el que establecía que “conviniendo al buen orden por todos términos desterrar la holgazanería en que viven muchos que debían estar ocupados en oficio o labranza o de peones de campo, ordeno que todos los que deben vivir asalariados por falta de oficio o bienes propios, se conchaben en el término de un mes, y tomen papel de amo conocido que bajo su firma acredite estar a su servicio, cuidando de renovárselo cada dos meses, y en esta inteligencia las patrullas, partidas y rondas no necesitarán otra prueba para aprehenderlos por vagos que la de faltar este papel”.
La famosa “papeleta de conchabo” rigió durante una centuria. Tras la revolución de Mayo, el gobierno de Rivadavia sancionó en 1815 la Ley de vagancia y mal entretenimiento, por la cual quienes no tuviesen consigo la papeleta, podían ser considerados vagos y mal entretenidos (o sospechosos de serlo) y en consecuencia encarcelados o incorporados al ejército de frontera.
La papeleta de conchabo y la ley de vagancia fueron instrumentos coactivos de encuadre de los habitantes rurales, en su mayoría mestizos, que hasta entonces no conocían lazos de dependencia personal como sí los tuvieron durante la colonia los esclavos y los indígenas de encomienda. A partir de estos dispositivos de control, el estado puso fin al modo de vida libre de la población rural, que era vista como una amenaza a los derechos de propiedad, al orden y a la moral de los dueños del poder productivo. Se reprimían con estas normas la afición al juego y al alcohol, así como formas de la mendicidad y el merodeo. Sin duda, los mayores beneficiarios de las medidas eran los ricos hacendados, al cubrirse las necesidades de reclutamiento de fuerza de trabajo rural mediante esta imposición.
Así fue construida la figura del “vago” en los inicios de un capitalismo dependiente local, a lo largo de todo el siglo XIX. Un vago era aquel que, al no poseer papeleta de conchabo, demostraba carecer de “oficio, profesión, renta, sueldo, ocupación o medio lícito con que vivir”.
Hacia fines del siglo diecinueve, el diario La Conciencia Pública de 1885 publica una especificación sobre la represión de la vagancia en Córdoba por parte del Poder Ejecutivo provincial, aclarando que la libreta de conchabo “comprende tanto a los peones que estén bajo las órdenes de sus patrones, como a todas las personas del servicio doméstico, exceptuando únicamente aquellas que tengan bienes suficientes para vivir o ejerzan un arte, profesión o industria que les proporcione su subsistencia.”
La mirada finisecular se enfoca en los mendigos y en el ocio de los pobres urbanos, como el diario El Porvenir de 1892, que aborda el tema Mendicidad y vagancia en la ciudad de Córdoba, donde “llama la atención el desagradable espectáculo que desde mucho tiempo atrás vienen ofreciendo nuestras plazas y calles públicas, de innumerables mendigos, verdaderos y falsos, de todo sexo y edad, que no dejan de perseguir al transeúnte y a los vecinos con los más diversos pedidos”. Tras consideraciones sobre la necesidad de dar una solución a esa población de desheredados, el artículo concluye que “hay que hacer más que socorrer a los pobres de siempre y mantener los inválidos de los accidentes comunes o de las pasadas conmociones sangrientas. Se trata de un verdadero mal, de funestas consecuencias, que ha tomado cuerpo en las esferas inferiores del organismo social y amenaza propagarse más y más”.
Una última cita la extraemos de La Libertad de 1898, que compara las reacciones sociales frente a la reglamentación del servicio doméstico y a la ley de vagancia. “No hace mucho que la prensa de la metrópoli, también la de las provincias, emprendió una enérgica campaña contra las leyes llamadas de vagancia. (…) La ley de vagancia que se ha puesto en vigencia en San Luis, dará oportunidad a la prensa metropolitana para ocuparse de ella, atacándola en la misma forma que atacó la que existía en Tucumán. Y será curioso ver a esa prensa combatiendo las leyes de vagancia y defendiendo la reglamentación del servicio doméstico.” Y concluye que “eso es lo que ha de traernos el desquicio y la confusión que se está fomentando con flagrantes contradicciones en la discusión de los intereses sociales.”
En Tucumán, la oligarquía azucarera se había beneficiado extraordinariamente con mano de obra gracias al régimen sobre conchabo y vagancia. Y en San Luis, un poco a destiempo de la historia, la ley de vagancia fue aprobada en la Cámara Legislativa provincial precisamente en 1898. Las menciones del diario cordobés demuestran cómo a fines de ese siglo se alzaban ya públicas voces denunciando el tipo de control sobre los pobres introducido por esa compulsiva reglamentación laboral.

http://diarioalfil.com.ar/2015/02/18/creacion-de-los-vagos/


Archivo http://elranchodefierro.magix.net/public/index.html

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