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jueves, 15 de enero de 2015
El salto de la maroma
Es sabido que al gaucho le gustó siempre hacer gala de su destreza y coraje. Hábil jinete, famoso por su cortesía y generosidad, aunque también por su propensión a la pelea y al juego, el gaucho tenía diversos modos de esparcimiento. La taba, el truco, las interminables payadas y la competencia de malambo eran algunos de sus entretenimientos. Pero también estaban los que practicaban con su inseparable compañero, el caballo, como el pato, la sortija, la doma y las carreras o cuadreras.
Entre las pruebas de mayor osadía de estos centauros de la pampa se destacaba el salto de la maroma. Esta práctica audaz consistía en encerrar en un corral unos cuantos potros sin domar y abrir la tranquera dejando a la tropilla de caballos salir azuzados en estampida.
La maroma, ubicada generalmente a más de tres metros de altura, es el travesaño que une los extremos de los postes de la tranquera. Para realizar este salto, el gaucho se colgaba de este poste con las piernas abiertas, dejándose caer sobre el lomo de uno de los potros que pasan al galope por debajo, generalmente el último, para evitar ser pisoteado en caso de caídas. El gaucho debía sujetarse de las crines del animal, asegurándose con sus espuelas y dando dirección con el rebenque. El potro, sorprendido por el inesperado jinete, comenzaba a corcovear dando coces, procurando derribar al intrépido jinete. Finalmente, agotado y rendido, el animal se dejaba manejar mansamente.
Compartimos en esta oportunidad las impresiones del geógrafo británico H. C. Ross Johnson sobre esta prueba audaz. La escena descripta tuvo lugar en la estancia “El Carrizal”, de San Lorenzo, provincia de Santa Fe, en septiembre de 1867.
Fuente: Carlos G. Daws, El Salto de la Maroma. Cómo lo vio un viajero inglés en 1867, Buenos Aires, Museo Familiar Gauchesco, 1938.
Era sorprendente, en realidad, una singular proeza de los gauchos de antaño. La entrada del corral se hallaba cerrada por cinco toscos palos cruzados a manera de puerta, en lugar de los usuales portones de Inglaterra, y con la salvedad de que el más elevado se alzaba a ocho pies del suelo. Entre las yeguas encerradas había una de pelo obscuro, grandota, como de cinco años, de mirada vivaz y de unos quince palmos de alzada. Se la veía inquieta en grado sumo por la inmotivada privación de su libertad.
Cambiadas una o dos palabras con su capataz, el señor nos indicó saliéramos de aquél, cuando vino un gaucho, con enormes espuelas, llevando en la mano sólo un pesado rebenque; trepóse al más alto palo de la tranquera y colgado en ese travesaño se mantenía en balanceo, tocando apenas, para conseguirlo, uno de los horcones laterales. Otro gaucho, retirando previamente los cuatro palos inferiores, entró a su vez al corral; revoleando el lazo en alto, asustó al montó de yeguarizos encerrados, que en tropel escaparon por la puerta. Espiando atento la oportunidad de que los animales pasaran por debajo, el paisano se descolgó con agilidad, cayendo montado, justamente, sobre el lomo de la arisca yegua obscura, quien, sorprendida, aminoró por segundos la carrera, hasta que, sintiendo el lonjazo del rebenque sobre los flancos, lanzó un bufido y, dando dos o tres corcovos, reanudó la frenética disparada, gacha la cabeza, campo afuera.
No menos excitado parecía el temerario jinete, el cual, azuzándola como un demonio, castigando y espoleando al bagual, llegó hasta perderse de vista. El patrón, sin embargo, nos aseguró su pronto regreso, como, en efecto, sucedió al cabo de un cuarto de hora, volviendo la yegua a tropezones, exhausta de cansancio, aunque exhibiendo el blanco de los ojos en su contenido furor, caídas las orejas, pero siempre arisca, cediendo a las cachetadas del rebenque sobre entrambos lados de la quijada.
Apeado el gaucho, deslizándose con salto ágil de la yegua todavía en movimiento, se nos presentó perfectamente tranquilo, dando la impresión de no haber realizado cosa alguna fuera de lo común. La yegua, en cambio, no quedó así: cubiertos de espuma los temblorosos flancos, cortados y ensangrentados por las agudas rodajas de las espuelas, detúvose pocas yardas más, como rendida; después, olfateando el pasto, relinchó al verse libre y, al echarse, rodó sobre sí misma, revolcándose, débilmente primero, luego con más energía; a los tres o cuatro minutos se incorporó, sacudiéndose vigorosamente, y, recién cuando dimos algunos pasos hacia ella, largó varias coces al aire y al tranco largo inició vertiginosa carrera, sin descanso, desapareciendo al fin, expresándonos entonces el señor… que posiblemente no pararía hasta encontrarse con los compañeros de la manada, que hacía ya tiempo se nos perdieron en lontananza…
http://www.elhistoriador.com.ar/articulos/miscelaneas/el_salto_de_la_maroma.php
Facundo: PARTE SEGUNDA - CAPÍTULO CUARTO
CAPÍTULO IV
ENSAYOS.--ACCIONES DEL TALA Y DEL RINCÓN
Tal como lo hemos pintado era en 1825 la fisonomía política de la República cuando el Gobierno de Buenos Aires invitó a las provincias a reunirse en un congreso para darse una forma de gobierno general. De todas partes fué acogida esta idea con aprobación, ya fuese que cada caudillo contase con _constituirse_ caudillo legítimo de su provincia, ya que el brillo de Buenos Aires ofuscase todas las miradas y no fuese posible negarse sin escándalo a una pretensión tan racional. Se ha impuesto al Gobierno de Buenos Aires como una falta haber promovido esta cuestión, cuya solución debía ser tan funesta para él mismo y para la civilización; pero toda civilización, como las religiones mismas, es generalizadora, propagandista, y mal creería un hombre que no deseara que todos creyesen como él.
Facundo recibió en La Rioja la invitación, y acogió la idea con entusiasmo, quizá por aquellas simpatías que los espíritus altamente dotados tienen por las cosas esencialmente buenas.
A esta sazón la República se preparaba para la guerra del Brasil, y a cada provincia se había encomendado la formación de un regimiento para el ejército. A Tucumán vino con este encargo el general La Madrid que, impaciente por obtener los reclutas y elementos necesarios para levantar su regimiento, no trepidó mucho en derrocar aquellas autoridades morosas y subir él al Gobierno a fin de expedir los decretos convenientes al efecto. Este acto subversivo ponía al Gobierno de Buenos Aires en una posición delicada. Había desconfianza en los gobiernos, celos de provincia, y el coronel La Madrid, venido de Buenos Aires y trastornando un Gobierno provincial, lo hacía aparecer a los ojos de la nación como instigador. Para desvanecer esta sospecha, el Gobierno de Buenos Aires insta a Facundo que invada a Tucumán y restablezca las autoridades provinciales. La Madrid explica al Gobierno el motivo real, aunque bien frívolo, por cierto, que lo ha impulsado, y protesta de su adhesión inalterable. Pero ya era tarde: Facundo estaba en movimiento, y era preciso prepararse a rechazarlo. La Madrid pudo disponer de un armamento que pasaba para Salta; pero por delicadeza, por no agravar más los cargos que contra él pesaban, se contentó con tomar 50 fusiles y otros tantos sables, suficientes, según él, para acabar con la fuerza invasora.
Es el general La Madrid uno de esos tipos naturales del suelo argentino. A la edad de catorce años empezó a hacer la guerra a los españoles, y los prodigios de su valor romancesco pasan los límites de lo posible; se ha hallado en ciento cuarenta encuentros, en todos los cuales la espada de La Madrid ha salido mellada y destilando sangre; el humo de la pólvora y los relinchos de los caballos lo enajenan materialmente, y con tal que él acuchille todo lo que se le pone por delante, caballos, cañones, infantes, aunque la batalla se pierda. Decía que es un tipo natural de aquel país, no por esta valentía fabulosa, sino porque es oficial de caballería y poeta además. Es un Tirteo que anima al soldado con canciones guerreras, el cantor de que hablé en la primera parte; es el espíritu gaucho, civilizado y consagrado a la libertad. Desgraciadamente, no es un general cuadrado como lo pedía Napoleón; el valor predomina sobre las otras cualidades del general en proporción de ciento a uno. Y si no, ved lo que hace en Tucumán; pudiendo, no reúne fuerzas suficientes, y con un puñado de hombres presenta la batalla, no obstante que lo acompaña el coronel Díaz Vélez, poco menos valiente que él. Facundo traía doscientos infantes y sus _Colorados_ de caballería. La Madrid tiene cincuenta infantes y algunos escuadrones de milicias. Comienza el combate, arrolla la caballería de Facundo, y a Facundo mismo, que no vuelve a campo de batalla sino después de concluído todo. Queda la infantería en columna cerrada; La Madrid manda cargarla, no es obedecido, y carga él solo. Cierto; él solo atropella la masa de infantería; voltéanle el caballo, se endereza, vuelve a cargar su amo; mata, hiere, acuchilla todo lo que está a su alcance, hasta que caen caballo y caballero traspasados de balas y bayonetazos, con lo cual la victoria se decide por la infantería. Todavía en el suelo le hunden en la espalda la bayoneta de un fusil, le disparan el tiro, y la bala y bayoneta lo traspasan, asándolo además con el fogonazo. Facundo vuelve al fin a recuperar su _bandeja_ negra que ha perdido, y se encuentra con una batalla ganada, y La Madrid muerto, bien muerto. Su ropa estaba ahí; su espada, su caballo, nada falta, excepto su cadáver, que no puede reconocerse entre los muchos mutilados y desnudos que yacen en el campo. El coronel Díaz Vélez, prisionero, dice que su hermano tenía una lanzada en una pierna; no hay cadáver allí con herida semejante.
La Madrid, acribillado de once heridas, se había arrastrado hasta unos matorrales, donde su asistente lo encontró delirando con la batalla, y respondiendo al ruido de pasos que se acercaban: «¡No me rindo!» Nunca se había rendido el coronel La Madrid hasta entonces.
He aquí la famosa acción del Tala, primer ensayo de Quiroga fuera de los términos de la provincia. Ha vencido en ella al valiente de los valientes, y conserva su espada como trofeo de la victoria. ¿Se detendrá ahí? Pero veamos la fuerza que Rivadavia ha opuesto al coronel del regimiento número 15, que ha trastornado un gobierno para equipar su cuerpo. Facundo enarbola en el Tala una bandera que no es argentina, que es de su invención. Es un paño negro con una calavera y huesos cruzados en el centro. Esta es su bandera que ha perdido a principio del combate, y que «va a recobrar--dice a sus soldados dispersos--aunque sea en la puerta del infierno». La muerte, el espanto, el infierno, se presentan en el pabellón y la proclama del general de los Llanos. ¿Habéis visto este mismo paño mortuorio sobre el féretro de los muertos cuando el sacerdote canta _Portæ inferi_?
Pero hay algo más todavía que revela desde entonces el espíritu de la fuerza pastora, árabe, tártara, que va a destruir las ciudades. Los colores argentinos son el celeste y el blanco; el cielo transparente de un día sereno, y la luz nítida del disco del sol; la paz y la justicia para todos. A fuerza de odiar la tiranía y la violencia, nuestro pabellón y nuestras armas excomulgan el blasón y los trofeos guerreros. Dos manos en señal de unión sostienen el gorro frigio del liberto; las ciudades unidas, dice este símbolo, sostendrán la libertad adquirida; el sol principia a iluminar el teatro de este juramento, y la noche va desapareciendo poco a poco. Los ejércitos de la República que llevan la guerra a todas partes para hacer efectivo aquel porvenir de luz, y tornar en día la aurora que el escudo de armas anuncia, visten azul obscuro y con cabos diversos: visten a la europea. Bien; en el seno de la República, del fondo de sus entrañas se levanta el color _colorado_, y se hace el vestido del soldado, el pabellón del ejército, y últimamente, la cucarda nacional, que, so pena de la vida, ha de llevar todo argentino.
¿Sabéis lo que es el color colorado? Yo no lo sé tampoco; pero voy a reunir algunas reminiscencias.
Tengo a la vista un cuadro de las banderas de todas las naciones del mundo. Sólo hay una europea culta, en que el colorado predomine, no obstante el origen bárbaro de sus pabellones. Pero hay otras coloradas; leo: Argel, pabellón colorado con calavera y huesos; Túnez, pabellón colorado; Mogol, ídem; Turquía, pabellón colorado con creciente; Marruecos, Japón, colorado con la cuchilla exterminadora; Siam, Surate, etc., lo mismo.
Recuerdo que los viajeros que intentan penetrar en el interior del Africa se proveen de paño _colorado_ para agasajar a los príncipes negros. El rey de Elve, dicen los hermanos Lardner, llevaba un surtú español de paño _colorado_ y pantalones del mismo color.
Recuerdo que los presentes que el Gobierno de Chile manda los caciques de Arauco, consisten en mantas y ropas _coloradas_, porque este color agrada mucho a los salvajes.
La capa de los emperadores romanos que representaban al dictador, era de púrpura, esto es, _colorada_.
El manto real de los reyes bárbaros de Europa fué siempre _colorado_.
La España ha sido el último país europeo que ha repudiado el _colorado_, que llevaba en la capa grana.
Don Carlos en España, el pretendiente absoluto, iza una bandera _colorada_.
El Reglamento Regio de Génova[27], disponiendo que los senadores lleven toga purpúrea, _colorada_, previene que se practique así particularmente «in escecuzione di giudicato criminale ad effectto de incutere colla grave sua decorosa presenza il _terrore_ e lo _spavento_ nel cativi».
El verdugo en todos los Estados europeos vestía de _colorado_ hasta el siglo pasado.
Artigas agrega al pabellón argentino una franja diagonal _colorada_.
Los ejércitos de Rosas visten de _colorado_.
Su retrato se estampa en una cinta _colorada_.
¿Qué vínculo misterioso liga todos estos hechos? ¿Es casualidad que Argel, Túnez, el Japón, Marruecos, Turquía, Siam, los africanos, los salvajes, los Nerones romanos, los reyes bárbaros, _il terrore e l'spavento_, el verdugo y Rosas, se hallen vestidos con un color proscrito hoy día por las sociedades cristianas y cultas? ¿No es el _colorado_ el símbolo que expresa violencia, sangre y barbarie? Y si no, ¿por qué este antagonismo?
La revolución de la independencia argentina se simboliza en dos tiras celestes y una blanca, cual si dijera: ¡justicia, paz, justicia!
¡La reacción encabezada por Facundo y aprovechada por Rosas se simboliza en una cinta colorada que dice: ¡terror, sangre, barbarie!
La especie humana ha dado en todos tiempos este significado al color grana, colorado, púrpura; id a estudiar el Gobierno en los pueblos que ostentan este color y hallaréis a Rosas y a Facundo: el terror, la barbarie, la sangre corriendo todos los días. En Marruecos el Emperador tiene la singular prerrogativa de matar él mismo a los criminales.
Necesito detenerme sobre este punto. Toda civilización se expresa en trajes, y cada traje indica un sistema de ideas entero. ¿Por qué usamos hoy la barba entera? Por los estudios que se han hecho en estos tiempos sobre la Edad Media; la dirección impresa a la literatura romántica se refleja en la moda. ¿Por qué varía ésta todos los días? Por la libertad del pensamiento; esclavizadlo y tendréis vestido invariable; así en Asia, donde el hombre vive bajo gobiernos como el de Rosas, lleva desde los tiempos de Abraham vestido talar.
Aún hay más: cada civilización ha tenido su traje, y cada cambio en las ideas, cada revolución en las instituciones, un cambio en el vestir. Un traje la civilización romana, otro la Edad Media; el frac no principia en Europa sino después del renacimiento de las ciencias; la moda no la impone al mundo, sino la nación más civilizada; de frac visten todos los pueblos cristianos, y cuando el sultán de Turquía, Abdul Medjil, quiere introducir la civilización europea en sus Estados, depone el turbante, el caftán y las bombachas, para vestir frac, pantalón y corbata.
Los argentinos saben la guerra obstinada que Facundo y Rosas han hecho al frac y a la moda. El año 1840 un grupo de mazorqueros rodea en la obscuridad de la noche a un individuo que iba con levita por las calles de Buenos Aires; los cuchillos están a dos dedos de su garganta. «--Soy Simón Pereira, exclama.--Señor, el que anda vestido así se expone.--Por lo mismo me visto; ¿quién sino yo anda con levita? Lo hago para que me conozcan desde lejos.» Este señor es primo y compañero de negocios de don Juan Manuel Rosas. Pero para terminar las explicaciones que me propongo dar sobre el color _colorado_ iniciado por Facundo e ilustrar con sus símbolos el carácter de la guerra civil, debo referir aquí la historia de la _cinta colorada_ que hoy sale ya a ostentarse afuera. En 1820 aparecieron en Buenos Aires con Rosas los _Colorados de las Conchas_; la campaña mandaba ese contingente. Rosas a los veinte años reviste al fin la _ciudad_ de colorado: casas, puertas, empapelados, vajillas, tapices, colgaduras, etc., etc. Ultimamente consagra este color oficialmente y lo impone como una medida de Estado.
La historia de la cinta colorada es muy curiosa. Al principio fué una divisa que adoptaron los entusiastas; mandóse después llevarlo a todos para que _probase la uniformidad_ de la opinión. Se deseaba obedecer, pero al mudar de vestido se olvidaba. La policía vino en auxilio de la memoria. Se distribuían mazorqueros por las calles, y sobre todo en las puertas de los templos, y a la salida de las señoras se distribuían sin misericordia zurriagazos con vergas de toro. Pero aún quedaba mucho que arreglar. ¿Llevaba uno la cinta negligentemente anudada?, ¡vergazos!; era unitario. ¿Llevábala chica?, ¡vergazos!; era unitario. ¿No la llevaba?, ¡degollarlo por contumaz! No paró ahí ni la solicitud del Gobierno ni la educación pública. No bastaba ser federal ni llevar la cinta, que era preciso además que ostentase el retrato del ilustre restaurador sobre el corazón, en señal de amor _intenso_, y los letreros _mueran los salvajes inmundos unitarios_[28]. ¿Creeríase que con esto estaba terminada la obra de envilecer a un pueblo culto y hacerle renunciar a toda dignidad personal? ¡Ah!, todavía no estaba bien disciplinado. Amanecía una mañana en una esquina de Buenos Aires un figurón pintado en papel con una cinta flotante de media vara. En el momento que alguno la veía, retrocedía despavorido llevando por todas partes la alarma, entrábase en la primer tienda y salía de allí con una cinta de media vara. Diez minutos después toda la ciudad se presentaba en las calles, cada uno con su cinta flotante de media vara de largo. Aparecía otro día otro figurón con una ligera alteración en la cinta, la misma maniobra.
Si alguna señorita se olvidaba del moño colorado, la policía le pegaba _gratis_ uno en la cabeza ¡con brea derretida! ¡Así se ha conseguido uniformar la opinión! ¡Preguntad en toda la República Argentina si hay uno que no sostenga y crea que es federal...! Ha sucedido mil veces que un vecino ha salido a la puerta de su casa, y visto barrida la parte fronteriza de la calle, al momento ha mandado barrer, le ha seguido su vecino, y en media hora ha quedado barrida toda la calle entera, creyéndose que era una orden de la policía. Un pulpero iza una bandera por llamar la atención, velo el vecino, y temeroso de ser tachado de tardo por el gobernador, iza la suya, ízanla los del frente, ízanla en toda la calle, pasa a otras y en un momento queda empavesado Buenos Aires. La policía se alarma, inquiere qué noticia tan fausta se ha recibido que ella ignora, sin embargo... ¡Y éste era el pueblo que rendía a 11.000 ingleses en las calles y mandaba después cinco ejércitos por el continente americano a caza de españoles!
Es que el terror es una enfermedad del ánimo que aqueja a las poblaciones, como el cólera morbo, la viruela, la escarlatina. Nadie se libra al fin del contagio. Y cuando se trabaja de diez años consecutivos para inocularlo, no resisten al fin ni los ya vacunados. ¡No os riáis, pues, pueblos hispanoamericanos al ver tanta degradación! ¡Mirad que sois españoles, y la inquisición educó así a la España! Esta enfermedad la traemos en la sangre. ¡Cuidado, pues!
Volvamos a tomar el hilo de los hechos. Facundo entró triunfante en Tucumán y regresó a La Rioja pasados unos pocos días, sin cometer actos notables de violencia y sin imponer contribuciones. Es que la regularidad constitucional de Rivadavia había formado una conciencia pública que no era posible arrastrar de un golpe.
Facundo regresa a La Rioja; pero enemigo de la Presidencia que lo ha comisionado para deponer a La Madrid, Quiroga no sabía qué decir fijamente sobre el motivo de esta oposición a la Presidencia, lo que es muy natural. Él mismo no podría haberse dado cuenta de ello. «Yo no soy federal--decía siempre--, que soy tonto.» «¿Sabe usted--decía una vez a don Dalmacio Vélez--, por qué, he hecho la guerra? ¡Por esto!» Y sacaba una onza de oro. Mentía Facundo.
Otras veces decía: «Carril, gobernador de San Juan, me hizo un desaire desatendiendo mi recomendación por Carita, y me eché por eso en la oposición al Congreso.» Mentía.
Sus enemigos decían: «Tenía muchas acciones en la Casa de la Moneda, y propusieron venderla al Gobierno Nacional en 300.000 pesos. Rivadavia rechazó esta propuesta porque era un robo escandaloso, y Facundo se alistó desde entonces entre sus enemigos.» El hecho es cierto, pero no fué éste el motivo.
Créese que cedió a las sugestiones de Bustos e Ibarra para oponerse, pero hay un documento que acredita lo contrario. En carta que escribía al general La Madrid en 1832, le decía: «Cuando fuí invitado por los muy nulos y bajos Bustos e Ibarra, no considerándoles capaces de hacer oposición con provecho al déspota presidente don Bernardino Rivadavia, los desprecié; pero habiéndome asegurado el edecán del finado Bustos, coronel don Manuel del Castillo, que usted estaba de acuerdo en este negocio y era el más interesado en él, no trepidé un momento en decidirme a arrostrar todo compromiso, contando únicamente con su espada para esperar un desenlace feliz... ¡Cuál fué mi chasco...!»
No era federal, ni ¡cómo había de serlo! Qué, ¿es necesario ser tan ignorante como un caudillo de campaña para conocer la forma de gobierno que más conviene a la República? Cuanta menos instrucción tiene un hombre, ¿tanta más capacidad es la suya para juzgar de las arduas cuestiones de la alta política? Pensadores como López, como Ibarra, como Facundo, ¿eran los que con sus estudios históricos, sociales, geográficos, filosóficos, legales, iban a resolver el problema de la conveniente organización de un Estado? ¡Eh!... Dejemos esas torpezas a don Juan Manuel Rosas, que sabe que, clavando a los hombres un trapo colorado en el pecho, las cuestiones están resueltas. Dejemos a un lado las palabras vanas con que con tanta imprudencia se han burlado de los incautos. Facundo dió contra el Gobierno que lo había mandado a Tucumán, por la misma razón que dió contra Aldao, que lo mandó a La Rioja. Se sentía fuerte y con voluntad de obrar; impulsábalo a ello un instinto ciego, indefinido, y obedecía a él; era el comandante de campaña, el gaucho malo, enemigo de la justicia civil, del orden civil, del hombre decente, del sabio, del frac, de la _ciudad_, en una palabra. La destrucción de todo esto le estaba encomendada de lo alto, y no podía abandonar su misión.
Por este tiempo una singular cuestión vino a complicar los negocios. En Buenos Aires, puerto de mar, residencia de 16.000 extranjeros, el Gobierno propuso conceder a estos extranjeros la libertad de cultos, y la parte más ilustrada del clero sostuvo y sancionó la ley; los conventos fueron secularizados y rentados los sacerdotes. En Buenos Aires este asunto no metió bulla, porque eran puntos éstos en que las opiniones estaban de acuerdo; las necesidades eran patentes. La cuestión de libertad de cultos es en América una cuestión de política y de economía. Quien dice libertad de cultos, dice inmigración europea y población. Tan no causó impresión en Buenos Aires, que Rosas no se ha atrevido a tocar nada de lo acordado entonces, y es preciso que sea un absurdo inconcebible aquello que Rosas no intente.
En las provincias, empero, ésta fué una cuestión de religión, de salvación y condenación eterna. ¡Imagináos cómo la recibiría Córdoba! En Córdoba se levantó una inquisición. San Juan experimentó una sublevación _católica_, porque así se llama el partido para distinguirse de los _libertinos_, sus enemigos. Sofocada esta revolución en San Juan, sábese un día que Facundo está a las puertas de la ciudad con una bandera negra dividida por una cruz sanguinolenta, rodeada de este lema: _¡Religión o muerte!_
¿Recuerda el lector que he copiado de un manuscrito que Facundo _nunca se confesaba, ni oía misa, ni rezaba, y que él mismo decía que no creía en nada_? Pues bien: el espíritu de partido aconsejó a un célebre predicador llamarlo el _Enviado de Dios_ e inducir a la muchedumbre a seguir sus banderas. Cuando este mismo sacerdote abrió los ojos y se separó de la cruzada criminal que había predicado, Facundo decía que nada más sentía que no haberlo a las manos para darle seiscientos azotes.
Llegado a San Juan, los principales de la ciudad, los magistrados que no habían fugado; los sacerdotes, complacidos por aquel auxilio divino, salen a encontrarlo, y en una calle forman dos largas filas. Facundo pasa sin mirarlos; síguenle a la distancia, turbados, mirándose unos a otros en la común humillación, hasta que llegan al centro de un potrero de alfalfa, alojamiento que el general pastor, este _hicso_ moderno, prefiere a los adornados edificios de la ciudad. Una negra que lo había servido en su infancia se presenta a ver a su Facundo; la sienta a su lado, conversa afectuosamente con ella, mientras que los sacerdotes, los notables de la ciudad, están de pie, sin que nadie les dirija la palabra, sin que el jefe se digne despedirlos.
Los _católicos_ debieron quedar un poco dudosos de la importancia e idoneidad del auxilio que tan inesperadamente les venía. Pocos días después, sabiendo que el cura de la Concepción era _libertino_, mandó traerlo con sus soldados, vejarlo en el tránsito, ponerle una barra de grillos, mandándole prepararse para morir. Porque han de saber mis lectores chilenos que por entonces había en San Juan sacerdotes _libertinos_, curas, clérigos, frailes, que pertenecían al partido de la Presidencia. Entre otros, el presbítero Centeno, muy conocido en Santiago, fué, con otros seis, uno de los que más trabajaron en la reforma eclesiástica. Mas era necesario hacer algo en favor de la religión para justificar el lema de la bandera. Con laudable fin escribe una esquelita a un sacerdote amigo suyo, pidiéndole consejo sobre la resolución que ha tomado, dice, de fusilar a todas las autoridades, en virtud de no haber decretado aún la devolución de las temporalidades.
El buen sacerdote, que no había previsto lo que importa armar el crimen en nombre de Dios, tuvo por lo menos escrúpulo sobre la forma en que se iba a hacer reparación, y consiguió que se les dirigiese un oficio pidiéndoles u ordenándoles que así lo hiciesen.
¿Hubo cuestión religiosa en la República Argentina? Yo lo negaría redondamente si no supiese que cuanto más bárbaro, y, por tanto, más religioso es un pueblo, tanto más susceptible es de preocuparse y fanatizarse. Pero las masas no se movieron espontáneamente, y los que adoptaron aquel lema, Facundo, López. Bustos, etc., eran completamente indiferentes. Esto es capital. Las guerras religiosas del siglo XV en Europa son mantenidas de ambas partes por creyentes sinceros, exaltados, fanáticos y decididos hasta el martirio, sin miras políticas, sin ambición. Los puritanos leían la Biblia en el momento antes del combate, oraban y se preparaban con ayunos y penitencias. Sobre todo, el signo en que se conoce el espíritu de los partidos es que realizan sus propósitos cuando llegan a triunfar, aun más allá de donde estaban asegurados antes de la lucha. Cuando esto no sucede hay decepción en las palabras. Después de haber triunfado en la República Argentina el partido que se apellida católico, ¿qué ha hecho por la religión o los intereses del sacerdocio?
Lo único, que yo sepa, es haber expulsado a los jesuítas y degollado cuatro sacerdotes respetables en Santos Lugares[29], después de haberles desollado vivos la corona y las manos; poner al lado del Santísimo Sacramento el retrato de Rosas y sacarlo en procesión bajo de palio. ¿Cometió jamás profanaciones tan horribles el partido _libertino_? El partido ultracatólico, ¿ha desechado jamás la cooperación del jesuitismo?
Pero ya es demasiado detenerme sobre este punto. Facundo en San Juan ocupó su tiempo en jugar, abandonando a las autoridades el cuidado de reunirle las sumas que necesitaba para resarcirse de los gastos que le imponía la defensa de la religión. Todo el tiempo que permaneció allí habitó un toldo en el centro de un potrero de alfalfa, y ostentó, porque era ostentación meditada, el _chiripá_. Reto e insulto que hacía a una ciudad donde la mayor parte de los ciudadanos cabalgaban en silla inglesa, y donde los trajes y gustos bárbaros de la campaña eran detestados, por cuanto es una provincia exclusivamente agricultora.
Una campaña más todavía sobre Tucumán contra el general La Madrid completó el _debut_ o exhibición de este nuevo emir de los pastores. El general La Madrid había vuelto al gobierno de Tucumán sostenido por la provincia, y Facundo se creyó en el deber de desalojarlo. Nueva expedición, nueva batalla, nueva victoria. Omito sus pormenores, porque en ellos no encontraremos sino pequeñeces. Un hecho hay, sin embargo, ilustrativo. La Madrid tenía en la batalla del Rincón 110 hombres de infantería; cuando la acción se terminó, habían muerto 60 en la línea, y excepto uno, los 50 restantes estaban heridos. Al día siguiente La Madrid se presenta de nuevo a combatir, y Quiroga le manda uno de sus ayudantes, desnudo, a decirle simplemente que la acción principiaría por los 50 prisioneros que deja indicados, y una compañía de soldados apuntándoles, con cuya intimación La Madrid abandonó toda tentativa de hacer ninguna resistencia.
En todas estas tres expediciones en que Facundo ensaya sus fuerzas, se nota todavía poca efusión de sangre, pocas violaciones de la moral. Es verdad que se apodera en Tucumán de ganados, cueros, suelas, e impone gruesas contribuciones en especies metálicas; pero aun no hay azotes a los ciudadanos, no hay ultrajes a las señoras; son los males de la conquista, pero aun sin sus horrores; el sistema pastoril no se desenvuelve sin freno y con toda la ingenuidad que muestra más tarde.
¿Qué parte tenía el Gobierno legítimo de La Rioja en estas expediciones? ¡Oh! Las formas existen aún, pero el espíritu estaba todo en el comandante de campaña. Blanco deja el mando, harto de humillaciones, y Agüero entra en el Gobierno. Un día Quiroga raya su caballo en la puerta de su casa, y le dice: «Señor gobernador: vengo a avisarle que estoy acampado a dos leguas con mi escolta.» Agüero renuncia. Trátase de elegir nuevo gobernador, y a petición de los vecinos, él se digna indicarles a Galván. Recíbele éste, y en la noche es asaltado por una partida; fuga, y Quiroga se ríe mucho de la aventura. La Junta de representantes se componía de hombres que ni leer sabían.
Necesita dinero para la primera expedición a Tucumán, y pide al tesorero de la Casa de la Moneda 8.000 pesos por cuenta de sus acciones, que no había pagado; en Tucumán pide 25.000 pesos para pagar a sus soldados, que nada reciben, y más tarde pasa la cuenta de 18.000 pesos a Dorrego para que le abone los costos de la expedición que había hecho por orden del gobernador de Buenos Aires. Dorrego se apresura a satisfacer tan justa demanda. Esta suma se la reparten entre él y Moral, gobernador de La Rioja, que le sugerió la idea; seis años después daba en San Juan 700 azotes al mismo Moral, en castigo de su ingratitud.
Durante el gobierno de Blanco, se traba una disputa en una partida de juego. Facundo toma de los cabellos a su contendor, lo sacude y quiebra el pescuezo. El cadáver fué enterrado y apuntada la partida: «Muerto de muerte natural.» Al salir para Tucumán, manda una partida a casa de Zárate, propietario pacífico, pero conocido por su valor y su desprecio a Quiroga; sale aquél a la puerta, y apartando a la mujer e hijas, lo fusilan, dejando a la viuda el cuidado de enterrarlo. De vuelta de la expedición, se encuentra con Gutiérrez, ex gobernador de Catamarca y partidario del Congreso, y le insta que vaya a vivir a La Rioja, donde estará seguro. Pasan ambos una temporada en la mayor intimidad; pero un día que le ha visto en las carreras rodeado de gauchos amigos, lo prenden, dándole una hora para prepararse a morir. El espanto reina en La Rioja; Gutiérrez es un hombre respetable, que se ha granjeado el afecto de todos. El presbítero doctor Colina, el cura Herrera, el padre provincial Tarrima, el padre Cernadas, guardián de San Francisco, y el padre prior de Santo Domingo, se presentan a pedirle que al menos dé al reo tiempo para testar y confesarse. «Ya veo--contestó--que Gutiérrez tiene aquí muchos partidarios. ¡A ver! ¡Un ordenanza! Lleve a estos hombres a la cárcel y que mueran en lugar de Gutiérrez.» Son llevados, en efecto; dos se echan a llorar a gritos y a correr para salvarse; a otro le sucede algo peor que desmayarse; los otros son puestos en capilla. Al oír la historia, se echa a reír Facundo y los manda poner en libertad.
Estas escenas con los sacerdotes son frecuentes en el _Enviado de Dios_. En San Juan hace pasearse un negro vestido de clérigo; en Córdoba a nadie desea coger sino al doctor Castro Barros, con quien tiene que arreglar una cuenta; en Mendoza anda con un clérigo prisionero con sentencia de muerte, y es sentado para ser fusilado; en Atiles hace lo mismo con el cura de Alguia; en Tucumán con el prior de un convento. Es verdad que a ninguno fusila; eso estaba reservado a Rosas, jefe también del partido católico, pero los veja, los humilla, los ultraja, lo que no estorba que todos los viejos y las beatas dirijan sus plegarias al cielo por que dé la victoria a sus armas.
Pero la historia de Gutiérrez no concluye aquí. Quince días después recibe orden de salir desterrado con escolta. Llegado que hubo a un alojamiento, se enciende fuego para cenar, y Gutiérrez se comide a soplarlo. El oficial le descarga un palo; sucédense otros, y los sesos saltan por los alrededores. Un chasque sale inmediatamente, avisando al gobernador Moral, que habiendo querido fugarse el reo... El oficial no sabía escribir, y entre las provisiones de viaje había traído desde La Rioja el oficio cerrado.
Estos son los acontecimientos principales que ocurren durante los primeros ensayos de fusión de la República que hace Facundo; porque éste es un simple ensayo; todavía no ha llegado el momento de la alianza de todas las fuerzas pastoras, para que salga de la lucha la nueva organización de la República. Rosas es ya grande en la campaña de Buenos Aires, pero aun no tiene nombre ni títulos; trabaja, empero; la agita, la subleva. La Constitución dada por el Congreso es rechazada de todos los pueblos en que los caudillos tienen influencia. En Santiago del Estero se presenta el enviado en traje de etiqueta, y lo recibe Ibarra en mangas de camisa y _chiripá_. Rivadavia renuncia, _en razón de que la voluntad de los pueblos está en oposición_, «¡pero el vandalaje os va a devorar!», añade en su despedida. ¡Hizo bien en renunciar! Rivadavia tenía por misión presentarnos el constitucionalismo de Benjamín Constant con todas sus palabras huecas, sus decepciones y sus ridiculeces. Rivadavia ignoraba que cuando se trata de la civilización y la libertad de un pueblo, un Gobierno tiene ante Dios y ante las generaciones venideras arduos deberes que desempeñar, y que no hay caridad ni compasión en abandonar a una nación por treinta años a las devastaciones y a la cuchilla del primero que se presente a despedazarla y degollarla. Los pueblos en su infancia son unos niños que nada preven, y es preciso que los hombres de alta previsión y de alta comprensión les sirvan de padre. El vandalaje nos ha devorado, en efecto, y es bien triste gloria el vaticinarlo en una proclama y no hacer el menor esfuerzo por estorbarle.
ENSAYOS.--ACCIONES DEL TALA Y DEL RINCÓN
¡Cuánto dilata el día!, porque mañana quiero galopar diez cuadras sobre un campo sembrado de cadáveres.
SHAKESPEARE.
Tal como lo hemos pintado era en 1825 la fisonomía política de la República cuando el Gobierno de Buenos Aires invitó a las provincias a reunirse en un congreso para darse una forma de gobierno general. De todas partes fué acogida esta idea con aprobación, ya fuese que cada caudillo contase con _constituirse_ caudillo legítimo de su provincia, ya que el brillo de Buenos Aires ofuscase todas las miradas y no fuese posible negarse sin escándalo a una pretensión tan racional. Se ha impuesto al Gobierno de Buenos Aires como una falta haber promovido esta cuestión, cuya solución debía ser tan funesta para él mismo y para la civilización; pero toda civilización, como las religiones mismas, es generalizadora, propagandista, y mal creería un hombre que no deseara que todos creyesen como él.
Facundo recibió en La Rioja la invitación, y acogió la idea con entusiasmo, quizá por aquellas simpatías que los espíritus altamente dotados tienen por las cosas esencialmente buenas.
A esta sazón la República se preparaba para la guerra del Brasil, y a cada provincia se había encomendado la formación de un regimiento para el ejército. A Tucumán vino con este encargo el general La Madrid que, impaciente por obtener los reclutas y elementos necesarios para levantar su regimiento, no trepidó mucho en derrocar aquellas autoridades morosas y subir él al Gobierno a fin de expedir los decretos convenientes al efecto. Este acto subversivo ponía al Gobierno de Buenos Aires en una posición delicada. Había desconfianza en los gobiernos, celos de provincia, y el coronel La Madrid, venido de Buenos Aires y trastornando un Gobierno provincial, lo hacía aparecer a los ojos de la nación como instigador. Para desvanecer esta sospecha, el Gobierno de Buenos Aires insta a Facundo que invada a Tucumán y restablezca las autoridades provinciales. La Madrid explica al Gobierno el motivo real, aunque bien frívolo, por cierto, que lo ha impulsado, y protesta de su adhesión inalterable. Pero ya era tarde: Facundo estaba en movimiento, y era preciso prepararse a rechazarlo. La Madrid pudo disponer de un armamento que pasaba para Salta; pero por delicadeza, por no agravar más los cargos que contra él pesaban, se contentó con tomar 50 fusiles y otros tantos sables, suficientes, según él, para acabar con la fuerza invasora.
Es el general La Madrid uno de esos tipos naturales del suelo argentino. A la edad de catorce años empezó a hacer la guerra a los españoles, y los prodigios de su valor romancesco pasan los límites de lo posible; se ha hallado en ciento cuarenta encuentros, en todos los cuales la espada de La Madrid ha salido mellada y destilando sangre; el humo de la pólvora y los relinchos de los caballos lo enajenan materialmente, y con tal que él acuchille todo lo que se le pone por delante, caballos, cañones, infantes, aunque la batalla se pierda. Decía que es un tipo natural de aquel país, no por esta valentía fabulosa, sino porque es oficial de caballería y poeta además. Es un Tirteo que anima al soldado con canciones guerreras, el cantor de que hablé en la primera parte; es el espíritu gaucho, civilizado y consagrado a la libertad. Desgraciadamente, no es un general cuadrado como lo pedía Napoleón; el valor predomina sobre las otras cualidades del general en proporción de ciento a uno. Y si no, ved lo que hace en Tucumán; pudiendo, no reúne fuerzas suficientes, y con un puñado de hombres presenta la batalla, no obstante que lo acompaña el coronel Díaz Vélez, poco menos valiente que él. Facundo traía doscientos infantes y sus _Colorados_ de caballería. La Madrid tiene cincuenta infantes y algunos escuadrones de milicias. Comienza el combate, arrolla la caballería de Facundo, y a Facundo mismo, que no vuelve a campo de batalla sino después de concluído todo. Queda la infantería en columna cerrada; La Madrid manda cargarla, no es obedecido, y carga él solo. Cierto; él solo atropella la masa de infantería; voltéanle el caballo, se endereza, vuelve a cargar su amo; mata, hiere, acuchilla todo lo que está a su alcance, hasta que caen caballo y caballero traspasados de balas y bayonetazos, con lo cual la victoria se decide por la infantería. Todavía en el suelo le hunden en la espalda la bayoneta de un fusil, le disparan el tiro, y la bala y bayoneta lo traspasan, asándolo además con el fogonazo. Facundo vuelve al fin a recuperar su _bandeja_ negra que ha perdido, y se encuentra con una batalla ganada, y La Madrid muerto, bien muerto. Su ropa estaba ahí; su espada, su caballo, nada falta, excepto su cadáver, que no puede reconocerse entre los muchos mutilados y desnudos que yacen en el campo. El coronel Díaz Vélez, prisionero, dice que su hermano tenía una lanzada en una pierna; no hay cadáver allí con herida semejante.
La Madrid, acribillado de once heridas, se había arrastrado hasta unos matorrales, donde su asistente lo encontró delirando con la batalla, y respondiendo al ruido de pasos que se acercaban: «¡No me rindo!» Nunca se había rendido el coronel La Madrid hasta entonces.
He aquí la famosa acción del Tala, primer ensayo de Quiroga fuera de los términos de la provincia. Ha vencido en ella al valiente de los valientes, y conserva su espada como trofeo de la victoria. ¿Se detendrá ahí? Pero veamos la fuerza que Rivadavia ha opuesto al coronel del regimiento número 15, que ha trastornado un gobierno para equipar su cuerpo. Facundo enarbola en el Tala una bandera que no es argentina, que es de su invención. Es un paño negro con una calavera y huesos cruzados en el centro. Esta es su bandera que ha perdido a principio del combate, y que «va a recobrar--dice a sus soldados dispersos--aunque sea en la puerta del infierno». La muerte, el espanto, el infierno, se presentan en el pabellón y la proclama del general de los Llanos. ¿Habéis visto este mismo paño mortuorio sobre el féretro de los muertos cuando el sacerdote canta _Portæ inferi_?
Pero hay algo más todavía que revela desde entonces el espíritu de la fuerza pastora, árabe, tártara, que va a destruir las ciudades. Los colores argentinos son el celeste y el blanco; el cielo transparente de un día sereno, y la luz nítida del disco del sol; la paz y la justicia para todos. A fuerza de odiar la tiranía y la violencia, nuestro pabellón y nuestras armas excomulgan el blasón y los trofeos guerreros. Dos manos en señal de unión sostienen el gorro frigio del liberto; las ciudades unidas, dice este símbolo, sostendrán la libertad adquirida; el sol principia a iluminar el teatro de este juramento, y la noche va desapareciendo poco a poco. Los ejércitos de la República que llevan la guerra a todas partes para hacer efectivo aquel porvenir de luz, y tornar en día la aurora que el escudo de armas anuncia, visten azul obscuro y con cabos diversos: visten a la europea. Bien; en el seno de la República, del fondo de sus entrañas se levanta el color _colorado_, y se hace el vestido del soldado, el pabellón del ejército, y últimamente, la cucarda nacional, que, so pena de la vida, ha de llevar todo argentino.
¿Sabéis lo que es el color colorado? Yo no lo sé tampoco; pero voy a reunir algunas reminiscencias.
Tengo a la vista un cuadro de las banderas de todas las naciones del mundo. Sólo hay una europea culta, en que el colorado predomine, no obstante el origen bárbaro de sus pabellones. Pero hay otras coloradas; leo: Argel, pabellón colorado con calavera y huesos; Túnez, pabellón colorado; Mogol, ídem; Turquía, pabellón colorado con creciente; Marruecos, Japón, colorado con la cuchilla exterminadora; Siam, Surate, etc., lo mismo.
Recuerdo que los viajeros que intentan penetrar en el interior del Africa se proveen de paño _colorado_ para agasajar a los príncipes negros. El rey de Elve, dicen los hermanos Lardner, llevaba un surtú español de paño _colorado_ y pantalones del mismo color.
Recuerdo que los presentes que el Gobierno de Chile manda los caciques de Arauco, consisten en mantas y ropas _coloradas_, porque este color agrada mucho a los salvajes.
La capa de los emperadores romanos que representaban al dictador, era de púrpura, esto es, _colorada_.
El manto real de los reyes bárbaros de Europa fué siempre _colorado_.
La España ha sido el último país europeo que ha repudiado el _colorado_, que llevaba en la capa grana.
Don Carlos en España, el pretendiente absoluto, iza una bandera _colorada_.
El Reglamento Regio de Génova[27], disponiendo que los senadores lleven toga purpúrea, _colorada_, previene que se practique así particularmente «in escecuzione di giudicato criminale ad effectto de incutere colla grave sua decorosa presenza il _terrore_ e lo _spavento_ nel cativi».
El verdugo en todos los Estados europeos vestía de _colorado_ hasta el siglo pasado.
Artigas agrega al pabellón argentino una franja diagonal _colorada_.
Los ejércitos de Rosas visten de _colorado_.
Su retrato se estampa en una cinta _colorada_.
¿Qué vínculo misterioso liga todos estos hechos? ¿Es casualidad que Argel, Túnez, el Japón, Marruecos, Turquía, Siam, los africanos, los salvajes, los Nerones romanos, los reyes bárbaros, _il terrore e l'spavento_, el verdugo y Rosas, se hallen vestidos con un color proscrito hoy día por las sociedades cristianas y cultas? ¿No es el _colorado_ el símbolo que expresa violencia, sangre y barbarie? Y si no, ¿por qué este antagonismo?
La revolución de la independencia argentina se simboliza en dos tiras celestes y una blanca, cual si dijera: ¡justicia, paz, justicia!
¡La reacción encabezada por Facundo y aprovechada por Rosas se simboliza en una cinta colorada que dice: ¡terror, sangre, barbarie!
La especie humana ha dado en todos tiempos este significado al color grana, colorado, púrpura; id a estudiar el Gobierno en los pueblos que ostentan este color y hallaréis a Rosas y a Facundo: el terror, la barbarie, la sangre corriendo todos los días. En Marruecos el Emperador tiene la singular prerrogativa de matar él mismo a los criminales.
Necesito detenerme sobre este punto. Toda civilización se expresa en trajes, y cada traje indica un sistema de ideas entero. ¿Por qué usamos hoy la barba entera? Por los estudios que se han hecho en estos tiempos sobre la Edad Media; la dirección impresa a la literatura romántica se refleja en la moda. ¿Por qué varía ésta todos los días? Por la libertad del pensamiento; esclavizadlo y tendréis vestido invariable; así en Asia, donde el hombre vive bajo gobiernos como el de Rosas, lleva desde los tiempos de Abraham vestido talar.
Aún hay más: cada civilización ha tenido su traje, y cada cambio en las ideas, cada revolución en las instituciones, un cambio en el vestir. Un traje la civilización romana, otro la Edad Media; el frac no principia en Europa sino después del renacimiento de las ciencias; la moda no la impone al mundo, sino la nación más civilizada; de frac visten todos los pueblos cristianos, y cuando el sultán de Turquía, Abdul Medjil, quiere introducir la civilización europea en sus Estados, depone el turbante, el caftán y las bombachas, para vestir frac, pantalón y corbata.
Los argentinos saben la guerra obstinada que Facundo y Rosas han hecho al frac y a la moda. El año 1840 un grupo de mazorqueros rodea en la obscuridad de la noche a un individuo que iba con levita por las calles de Buenos Aires; los cuchillos están a dos dedos de su garganta. «--Soy Simón Pereira, exclama.--Señor, el que anda vestido así se expone.--Por lo mismo me visto; ¿quién sino yo anda con levita? Lo hago para que me conozcan desde lejos.» Este señor es primo y compañero de negocios de don Juan Manuel Rosas. Pero para terminar las explicaciones que me propongo dar sobre el color _colorado_ iniciado por Facundo e ilustrar con sus símbolos el carácter de la guerra civil, debo referir aquí la historia de la _cinta colorada_ que hoy sale ya a ostentarse afuera. En 1820 aparecieron en Buenos Aires con Rosas los _Colorados de las Conchas_; la campaña mandaba ese contingente. Rosas a los veinte años reviste al fin la _ciudad_ de colorado: casas, puertas, empapelados, vajillas, tapices, colgaduras, etc., etc. Ultimamente consagra este color oficialmente y lo impone como una medida de Estado.
La historia de la cinta colorada es muy curiosa. Al principio fué una divisa que adoptaron los entusiastas; mandóse después llevarlo a todos para que _probase la uniformidad_ de la opinión. Se deseaba obedecer, pero al mudar de vestido se olvidaba. La policía vino en auxilio de la memoria. Se distribuían mazorqueros por las calles, y sobre todo en las puertas de los templos, y a la salida de las señoras se distribuían sin misericordia zurriagazos con vergas de toro. Pero aún quedaba mucho que arreglar. ¿Llevaba uno la cinta negligentemente anudada?, ¡vergazos!; era unitario. ¿Llevábala chica?, ¡vergazos!; era unitario. ¿No la llevaba?, ¡degollarlo por contumaz! No paró ahí ni la solicitud del Gobierno ni la educación pública. No bastaba ser federal ni llevar la cinta, que era preciso además que ostentase el retrato del ilustre restaurador sobre el corazón, en señal de amor _intenso_, y los letreros _mueran los salvajes inmundos unitarios_[28]. ¿Creeríase que con esto estaba terminada la obra de envilecer a un pueblo culto y hacerle renunciar a toda dignidad personal? ¡Ah!, todavía no estaba bien disciplinado. Amanecía una mañana en una esquina de Buenos Aires un figurón pintado en papel con una cinta flotante de media vara. En el momento que alguno la veía, retrocedía despavorido llevando por todas partes la alarma, entrábase en la primer tienda y salía de allí con una cinta de media vara. Diez minutos después toda la ciudad se presentaba en las calles, cada uno con su cinta flotante de media vara de largo. Aparecía otro día otro figurón con una ligera alteración en la cinta, la misma maniobra.
Si alguna señorita se olvidaba del moño colorado, la policía le pegaba _gratis_ uno en la cabeza ¡con brea derretida! ¡Así se ha conseguido uniformar la opinión! ¡Preguntad en toda la República Argentina si hay uno que no sostenga y crea que es federal...! Ha sucedido mil veces que un vecino ha salido a la puerta de su casa, y visto barrida la parte fronteriza de la calle, al momento ha mandado barrer, le ha seguido su vecino, y en media hora ha quedado barrida toda la calle entera, creyéndose que era una orden de la policía. Un pulpero iza una bandera por llamar la atención, velo el vecino, y temeroso de ser tachado de tardo por el gobernador, iza la suya, ízanla los del frente, ízanla en toda la calle, pasa a otras y en un momento queda empavesado Buenos Aires. La policía se alarma, inquiere qué noticia tan fausta se ha recibido que ella ignora, sin embargo... ¡Y éste era el pueblo que rendía a 11.000 ingleses en las calles y mandaba después cinco ejércitos por el continente americano a caza de españoles!
Es que el terror es una enfermedad del ánimo que aqueja a las poblaciones, como el cólera morbo, la viruela, la escarlatina. Nadie se libra al fin del contagio. Y cuando se trabaja de diez años consecutivos para inocularlo, no resisten al fin ni los ya vacunados. ¡No os riáis, pues, pueblos hispanoamericanos al ver tanta degradación! ¡Mirad que sois españoles, y la inquisición educó así a la España! Esta enfermedad la traemos en la sangre. ¡Cuidado, pues!
Volvamos a tomar el hilo de los hechos. Facundo entró triunfante en Tucumán y regresó a La Rioja pasados unos pocos días, sin cometer actos notables de violencia y sin imponer contribuciones. Es que la regularidad constitucional de Rivadavia había formado una conciencia pública que no era posible arrastrar de un golpe.
Facundo regresa a La Rioja; pero enemigo de la Presidencia que lo ha comisionado para deponer a La Madrid, Quiroga no sabía qué decir fijamente sobre el motivo de esta oposición a la Presidencia, lo que es muy natural. Él mismo no podría haberse dado cuenta de ello. «Yo no soy federal--decía siempre--, que soy tonto.» «¿Sabe usted--decía una vez a don Dalmacio Vélez--, por qué, he hecho la guerra? ¡Por esto!» Y sacaba una onza de oro. Mentía Facundo.
Otras veces decía: «Carril, gobernador de San Juan, me hizo un desaire desatendiendo mi recomendación por Carita, y me eché por eso en la oposición al Congreso.» Mentía.
Sus enemigos decían: «Tenía muchas acciones en la Casa de la Moneda, y propusieron venderla al Gobierno Nacional en 300.000 pesos. Rivadavia rechazó esta propuesta porque era un robo escandaloso, y Facundo se alistó desde entonces entre sus enemigos.» El hecho es cierto, pero no fué éste el motivo.
Créese que cedió a las sugestiones de Bustos e Ibarra para oponerse, pero hay un documento que acredita lo contrario. En carta que escribía al general La Madrid en 1832, le decía: «Cuando fuí invitado por los muy nulos y bajos Bustos e Ibarra, no considerándoles capaces de hacer oposición con provecho al déspota presidente don Bernardino Rivadavia, los desprecié; pero habiéndome asegurado el edecán del finado Bustos, coronel don Manuel del Castillo, que usted estaba de acuerdo en este negocio y era el más interesado en él, no trepidé un momento en decidirme a arrostrar todo compromiso, contando únicamente con su espada para esperar un desenlace feliz... ¡Cuál fué mi chasco...!»
No era federal, ni ¡cómo había de serlo! Qué, ¿es necesario ser tan ignorante como un caudillo de campaña para conocer la forma de gobierno que más conviene a la República? Cuanta menos instrucción tiene un hombre, ¿tanta más capacidad es la suya para juzgar de las arduas cuestiones de la alta política? Pensadores como López, como Ibarra, como Facundo, ¿eran los que con sus estudios históricos, sociales, geográficos, filosóficos, legales, iban a resolver el problema de la conveniente organización de un Estado? ¡Eh!... Dejemos esas torpezas a don Juan Manuel Rosas, que sabe que, clavando a los hombres un trapo colorado en el pecho, las cuestiones están resueltas. Dejemos a un lado las palabras vanas con que con tanta imprudencia se han burlado de los incautos. Facundo dió contra el Gobierno que lo había mandado a Tucumán, por la misma razón que dió contra Aldao, que lo mandó a La Rioja. Se sentía fuerte y con voluntad de obrar; impulsábalo a ello un instinto ciego, indefinido, y obedecía a él; era el comandante de campaña, el gaucho malo, enemigo de la justicia civil, del orden civil, del hombre decente, del sabio, del frac, de la _ciudad_, en una palabra. La destrucción de todo esto le estaba encomendada de lo alto, y no podía abandonar su misión.
Por este tiempo una singular cuestión vino a complicar los negocios. En Buenos Aires, puerto de mar, residencia de 16.000 extranjeros, el Gobierno propuso conceder a estos extranjeros la libertad de cultos, y la parte más ilustrada del clero sostuvo y sancionó la ley; los conventos fueron secularizados y rentados los sacerdotes. En Buenos Aires este asunto no metió bulla, porque eran puntos éstos en que las opiniones estaban de acuerdo; las necesidades eran patentes. La cuestión de libertad de cultos es en América una cuestión de política y de economía. Quien dice libertad de cultos, dice inmigración europea y población. Tan no causó impresión en Buenos Aires, que Rosas no se ha atrevido a tocar nada de lo acordado entonces, y es preciso que sea un absurdo inconcebible aquello que Rosas no intente.
En las provincias, empero, ésta fué una cuestión de religión, de salvación y condenación eterna. ¡Imagináos cómo la recibiría Córdoba! En Córdoba se levantó una inquisición. San Juan experimentó una sublevación _católica_, porque así se llama el partido para distinguirse de los _libertinos_, sus enemigos. Sofocada esta revolución en San Juan, sábese un día que Facundo está a las puertas de la ciudad con una bandera negra dividida por una cruz sanguinolenta, rodeada de este lema: _¡Religión o muerte!_
¿Recuerda el lector que he copiado de un manuscrito que Facundo _nunca se confesaba, ni oía misa, ni rezaba, y que él mismo decía que no creía en nada_? Pues bien: el espíritu de partido aconsejó a un célebre predicador llamarlo el _Enviado de Dios_ e inducir a la muchedumbre a seguir sus banderas. Cuando este mismo sacerdote abrió los ojos y se separó de la cruzada criminal que había predicado, Facundo decía que nada más sentía que no haberlo a las manos para darle seiscientos azotes.
Llegado a San Juan, los principales de la ciudad, los magistrados que no habían fugado; los sacerdotes, complacidos por aquel auxilio divino, salen a encontrarlo, y en una calle forman dos largas filas. Facundo pasa sin mirarlos; síguenle a la distancia, turbados, mirándose unos a otros en la común humillación, hasta que llegan al centro de un potrero de alfalfa, alojamiento que el general pastor, este _hicso_ moderno, prefiere a los adornados edificios de la ciudad. Una negra que lo había servido en su infancia se presenta a ver a su Facundo; la sienta a su lado, conversa afectuosamente con ella, mientras que los sacerdotes, los notables de la ciudad, están de pie, sin que nadie les dirija la palabra, sin que el jefe se digne despedirlos.
Los _católicos_ debieron quedar un poco dudosos de la importancia e idoneidad del auxilio que tan inesperadamente les venía. Pocos días después, sabiendo que el cura de la Concepción era _libertino_, mandó traerlo con sus soldados, vejarlo en el tránsito, ponerle una barra de grillos, mandándole prepararse para morir. Porque han de saber mis lectores chilenos que por entonces había en San Juan sacerdotes _libertinos_, curas, clérigos, frailes, que pertenecían al partido de la Presidencia. Entre otros, el presbítero Centeno, muy conocido en Santiago, fué, con otros seis, uno de los que más trabajaron en la reforma eclesiástica. Mas era necesario hacer algo en favor de la religión para justificar el lema de la bandera. Con laudable fin escribe una esquelita a un sacerdote amigo suyo, pidiéndole consejo sobre la resolución que ha tomado, dice, de fusilar a todas las autoridades, en virtud de no haber decretado aún la devolución de las temporalidades.
El buen sacerdote, que no había previsto lo que importa armar el crimen en nombre de Dios, tuvo por lo menos escrúpulo sobre la forma en que se iba a hacer reparación, y consiguió que se les dirigiese un oficio pidiéndoles u ordenándoles que así lo hiciesen.
¿Hubo cuestión religiosa en la República Argentina? Yo lo negaría redondamente si no supiese que cuanto más bárbaro, y, por tanto, más religioso es un pueblo, tanto más susceptible es de preocuparse y fanatizarse. Pero las masas no se movieron espontáneamente, y los que adoptaron aquel lema, Facundo, López. Bustos, etc., eran completamente indiferentes. Esto es capital. Las guerras religiosas del siglo XV en Europa son mantenidas de ambas partes por creyentes sinceros, exaltados, fanáticos y decididos hasta el martirio, sin miras políticas, sin ambición. Los puritanos leían la Biblia en el momento antes del combate, oraban y se preparaban con ayunos y penitencias. Sobre todo, el signo en que se conoce el espíritu de los partidos es que realizan sus propósitos cuando llegan a triunfar, aun más allá de donde estaban asegurados antes de la lucha. Cuando esto no sucede hay decepción en las palabras. Después de haber triunfado en la República Argentina el partido que se apellida católico, ¿qué ha hecho por la religión o los intereses del sacerdocio?
Lo único, que yo sepa, es haber expulsado a los jesuítas y degollado cuatro sacerdotes respetables en Santos Lugares[29], después de haberles desollado vivos la corona y las manos; poner al lado del Santísimo Sacramento el retrato de Rosas y sacarlo en procesión bajo de palio. ¿Cometió jamás profanaciones tan horribles el partido _libertino_? El partido ultracatólico, ¿ha desechado jamás la cooperación del jesuitismo?
Pero ya es demasiado detenerme sobre este punto. Facundo en San Juan ocupó su tiempo en jugar, abandonando a las autoridades el cuidado de reunirle las sumas que necesitaba para resarcirse de los gastos que le imponía la defensa de la religión. Todo el tiempo que permaneció allí habitó un toldo en el centro de un potrero de alfalfa, y ostentó, porque era ostentación meditada, el _chiripá_. Reto e insulto que hacía a una ciudad donde la mayor parte de los ciudadanos cabalgaban en silla inglesa, y donde los trajes y gustos bárbaros de la campaña eran detestados, por cuanto es una provincia exclusivamente agricultora.
Una campaña más todavía sobre Tucumán contra el general La Madrid completó el _debut_ o exhibición de este nuevo emir de los pastores. El general La Madrid había vuelto al gobierno de Tucumán sostenido por la provincia, y Facundo se creyó en el deber de desalojarlo. Nueva expedición, nueva batalla, nueva victoria. Omito sus pormenores, porque en ellos no encontraremos sino pequeñeces. Un hecho hay, sin embargo, ilustrativo. La Madrid tenía en la batalla del Rincón 110 hombres de infantería; cuando la acción se terminó, habían muerto 60 en la línea, y excepto uno, los 50 restantes estaban heridos. Al día siguiente La Madrid se presenta de nuevo a combatir, y Quiroga le manda uno de sus ayudantes, desnudo, a decirle simplemente que la acción principiaría por los 50 prisioneros que deja indicados, y una compañía de soldados apuntándoles, con cuya intimación La Madrid abandonó toda tentativa de hacer ninguna resistencia.
En todas estas tres expediciones en que Facundo ensaya sus fuerzas, se nota todavía poca efusión de sangre, pocas violaciones de la moral. Es verdad que se apodera en Tucumán de ganados, cueros, suelas, e impone gruesas contribuciones en especies metálicas; pero aun no hay azotes a los ciudadanos, no hay ultrajes a las señoras; son los males de la conquista, pero aun sin sus horrores; el sistema pastoril no se desenvuelve sin freno y con toda la ingenuidad que muestra más tarde.
¿Qué parte tenía el Gobierno legítimo de La Rioja en estas expediciones? ¡Oh! Las formas existen aún, pero el espíritu estaba todo en el comandante de campaña. Blanco deja el mando, harto de humillaciones, y Agüero entra en el Gobierno. Un día Quiroga raya su caballo en la puerta de su casa, y le dice: «Señor gobernador: vengo a avisarle que estoy acampado a dos leguas con mi escolta.» Agüero renuncia. Trátase de elegir nuevo gobernador, y a petición de los vecinos, él se digna indicarles a Galván. Recíbele éste, y en la noche es asaltado por una partida; fuga, y Quiroga se ríe mucho de la aventura. La Junta de representantes se componía de hombres que ni leer sabían.
Necesita dinero para la primera expedición a Tucumán, y pide al tesorero de la Casa de la Moneda 8.000 pesos por cuenta de sus acciones, que no había pagado; en Tucumán pide 25.000 pesos para pagar a sus soldados, que nada reciben, y más tarde pasa la cuenta de 18.000 pesos a Dorrego para que le abone los costos de la expedición que había hecho por orden del gobernador de Buenos Aires. Dorrego se apresura a satisfacer tan justa demanda. Esta suma se la reparten entre él y Moral, gobernador de La Rioja, que le sugerió la idea; seis años después daba en San Juan 700 azotes al mismo Moral, en castigo de su ingratitud.
Durante el gobierno de Blanco, se traba una disputa en una partida de juego. Facundo toma de los cabellos a su contendor, lo sacude y quiebra el pescuezo. El cadáver fué enterrado y apuntada la partida: «Muerto de muerte natural.» Al salir para Tucumán, manda una partida a casa de Zárate, propietario pacífico, pero conocido por su valor y su desprecio a Quiroga; sale aquél a la puerta, y apartando a la mujer e hijas, lo fusilan, dejando a la viuda el cuidado de enterrarlo. De vuelta de la expedición, se encuentra con Gutiérrez, ex gobernador de Catamarca y partidario del Congreso, y le insta que vaya a vivir a La Rioja, donde estará seguro. Pasan ambos una temporada en la mayor intimidad; pero un día que le ha visto en las carreras rodeado de gauchos amigos, lo prenden, dándole una hora para prepararse a morir. El espanto reina en La Rioja; Gutiérrez es un hombre respetable, que se ha granjeado el afecto de todos. El presbítero doctor Colina, el cura Herrera, el padre provincial Tarrima, el padre Cernadas, guardián de San Francisco, y el padre prior de Santo Domingo, se presentan a pedirle que al menos dé al reo tiempo para testar y confesarse. «Ya veo--contestó--que Gutiérrez tiene aquí muchos partidarios. ¡A ver! ¡Un ordenanza! Lleve a estos hombres a la cárcel y que mueran en lugar de Gutiérrez.» Son llevados, en efecto; dos se echan a llorar a gritos y a correr para salvarse; a otro le sucede algo peor que desmayarse; los otros son puestos en capilla. Al oír la historia, se echa a reír Facundo y los manda poner en libertad.
Estas escenas con los sacerdotes son frecuentes en el _Enviado de Dios_. En San Juan hace pasearse un negro vestido de clérigo; en Córdoba a nadie desea coger sino al doctor Castro Barros, con quien tiene que arreglar una cuenta; en Mendoza anda con un clérigo prisionero con sentencia de muerte, y es sentado para ser fusilado; en Atiles hace lo mismo con el cura de Alguia; en Tucumán con el prior de un convento. Es verdad que a ninguno fusila; eso estaba reservado a Rosas, jefe también del partido católico, pero los veja, los humilla, los ultraja, lo que no estorba que todos los viejos y las beatas dirijan sus plegarias al cielo por que dé la victoria a sus armas.
Pero la historia de Gutiérrez no concluye aquí. Quince días después recibe orden de salir desterrado con escolta. Llegado que hubo a un alojamiento, se enciende fuego para cenar, y Gutiérrez se comide a soplarlo. El oficial le descarga un palo; sucédense otros, y los sesos saltan por los alrededores. Un chasque sale inmediatamente, avisando al gobernador Moral, que habiendo querido fugarse el reo... El oficial no sabía escribir, y entre las provisiones de viaje había traído desde La Rioja el oficio cerrado.
Estos son los acontecimientos principales que ocurren durante los primeros ensayos de fusión de la República que hace Facundo; porque éste es un simple ensayo; todavía no ha llegado el momento de la alianza de todas las fuerzas pastoras, para que salga de la lucha la nueva organización de la República. Rosas es ya grande en la campaña de Buenos Aires, pero aun no tiene nombre ni títulos; trabaja, empero; la agita, la subleva. La Constitución dada por el Congreso es rechazada de todos los pueblos en que los caudillos tienen influencia. En Santiago del Estero se presenta el enviado en traje de etiqueta, y lo recibe Ibarra en mangas de camisa y _chiripá_. Rivadavia renuncia, _en razón de que la voluntad de los pueblos está en oposición_, «¡pero el vandalaje os va a devorar!», añade en su despedida. ¡Hizo bien en renunciar! Rivadavia tenía por misión presentarnos el constitucionalismo de Benjamín Constant con todas sus palabras huecas, sus decepciones y sus ridiculeces. Rivadavia ignoraba que cuando se trata de la civilización y la libertad de un pueblo, un Gobierno tiene ante Dios y ante las generaciones venideras arduos deberes que desempeñar, y que no hay caridad ni compasión en abandonar a una nación por treinta años a las devastaciones y a la cuchilla del primero que se presente a despedazarla y degollarla. Los pueblos en su infancia son unos niños que nada preven, y es preciso que los hombres de alta previsión y de alta comprensión les sirvan de padre. El vandalaje nos ha devorado, en efecto, y es bien triste gloria el vaticinarlo en una proclama y no hacer el menor esfuerzo por estorbarle.
miércoles, 14 de enero de 2015
Facundo: PARTE SEGUNDA - CAPÍTULO TERCERO
CAPÍTULO III
SOCIABILIDAD.--CÓRDOBA.--BUENOS AIRES.
Facundo posee La Rioja como árbitro y dueño absoluto; no hay más voz que la suya, más interés que el suyo. Como no hay letras, no hay opiniones, y como no hay opiniones diversas, La Rioja es una máquina de guerra que irá adonde la lleven. Hasta aquí Facundo nada ha hecho de nuevo, sin embargo; esto era lo mismo que habían hecho el doctor Francia, Ibarra, López y Bustos; lo que habían intentado Güemes y Araoz en el Norte: destruir todo el derecho para hacer valer el suyo propio. Pero un mundo de ideas, de intereses contradictorios, se agitaba fuera de La Rioja, y el rumor lejano de las discusiones de la Prensa y de los partidos llegaba hasta su residencia en los Llanos. Por otra parte, él no había podido elevarse sin que el ruido que hacía en el edificio de la civilización que destruía no se oyese a la distancia y los pueblos vecinos no fijasen en él sus miradas. Su nombre había pasado los límites de La Rioja; Rivadavia lo invitaba a contribuir a la organización de la República; Bustos y López a oponerse a ella; el Gobierno de San Juan se preciaba de contarlo entre sus amigos, y hombres desconocidos venían a los Llanos a saludarlo y pedirle apoyo para sostener este o el otro partido. Presentaba la República Argentina en aquella época un cuadro animado e interesante. Todos los intereses, todas las ideas, todas las pasiones se habían dado cita para agitarse y meter ruido. Aquí un caudillo que no quería nada con el resto de la República; allí un pueblo que nada más pedía que salir de su aislamiento; allá un Gobierno que transportaba la Europa a la América; acullá otro que odiaba hasta el nombre de civilización; en unas partes se rehabilitaba el Santo Tribunal de la Inquisición; en otras se declaraba la libertad de las conciencias como el primero de los derechos del hombre; unos gritaban federación, otros gobierno central. Cada una de estas diversas fases tenía intereses y pasiones fuertes, invencibles en su apoyo. Yo necesito aclarar un poco este caos para mostrar el papel que tocó desempeñar a Quiroga, y la grande obra que debió realizar. Para pintar el comandante de campaña que se apodera de la ciudad y la aniquila al fin, he necesitado describir el suelo argentino, los hábitos que engendra, los caracteres que desenvuelve. Ahora, para mostrar a Quiroga saliendo ya de su provincia y proclamando un principio, una idea, y llevándola a todas partes en la punta de las lanzas, necesito también trazar la carta geográfica de las ideas y de los intereses que se agitaban en las ciudades. Para este fin necesito examinar dos ciudades, en cada una de las cuales predominaban las ideas opuestas: Córdoba y Buenos Aires, tales como existían hasta 1825.
Córdoba era, no diré la ciudad más coqueta de la América, porque se ofendería de ello su gravedad española, pero sí una de las ciudades más bonitas del continente. Sita en una hondonada que forma un terreno elevado, llamado _Los Altos_, se ha visto forzada a replegarse sobre sí misma, a estrechar y reunir sus regulares edificios de ladrillo. El cielo es purísimo, el invierno seco y tónico, el verano ardiente y tormentoso. Hacia el oriente tiene un bellísimo paseo de formas caprichosas, de un golpe de vista mágico. Consiste en un estanque de agua encuadrado en una vereda espaciosa, que sombrean sauces añosos y colosales. Cada costado es de una cuadra de largo, encerrado bajo una reja de fierro de cuatro varas de alto, con enormes puertas a los cuatro costados, de manera que el paseo es una prisión encantada en que se da vueltas siempre en torno de un vistoso cenador de arquitectura griega, que está inmóvil en el centro del fingido lago. En la plaza principal está la magnífica catedral de orden romano, con su enorme cúpula recortada en arabescos, único modelo que yo sepa que haya en la América del Sur de la arquitectura de la Edad Media. A una cuadra está el templo y convento de la Compañía de Jesús, en cuyo presbiterio hay una trampa que da entrada a subterráneos que se extienden por debajo de la ciudad y van a parar no se sabe todavía adónde; también se han encontrado los calabozos en que la Sociedad sepultaba vivos a sus reos. Si queréis, pues, conocer monumentos de la Edad Media y examinar el poder y las formas de aquella célebre orden, id a Córdoba, donde estuvo uno de sus grandes establecimientos centrales de América.
En cada cuadra de la sucinta ciudad hay un soberbio convento, un monasterio o una casa de beatas o de ejercicios. Cada familia tenía entonces un clérigo, un fraile, una monja o un corista; los pobres se contentaban con poder contar entre los suyos un belermita, un motilón, un sacristán o un monacillo.
Cada convento o monasterio tenía una ranchería contigua, en que estaban reproduciéndose ochocientos esclavos de la orden, negros, zambos, mulatos y mulatillas de ojos azules, rubias, rozagantes, de piernas bruñidas como el mármol; verdaderas circasianas dotadas de todas las gracias, con más de una dentadura de origen africano, que servía de cebo a las pasiones humanas, todo para mayor honra y provecho del convento a que estas huríes pertenecían.
Andando un poco en la visita que hacemos, se encuentra la célebre Universidad de Córdoba, fundada nada menos que el año de 1613, y en cuyos claustros sombríos han pasado su juventud ocho generaciones de doctores en ambos derechos, ergotistas insignes, comentadores y casuístas. Oigamos al célebre deán Funes describir la enseñanza y espíritu de esta famosa Universidad, que ha provisto durante dos siglos de teólogos y doctores a una gran parte de la América: «El curso teológico duraba cinco años y medio... La Teología participaba de la corrupción de los estudios filosóficos. Aplicada la filosofía de Aristóteles a la Teología, formaba una mezcla de profano y espiritual. Razonamientos puramente humanos, sutilezas, sofismas engañosos, cuestiones frívolas e impertinentes, esto fué lo que vino a formar el gusto dominante de estas escuelas.» Si queréis penetrar un poco más en el espíritu de libertad que daría esta instrucción, oíd al deán Funes todavía: «Esta Universidad nació y se creó exclusivamente en manos de los jesuítas, quienes la establecieron en su colegio llamado Máximo, de la ciudad de Córdoba.» Muy distinguidos abogados han salido de allí, pero literatos ninguno que no haya ido a rehacer su educación en Buenos Aires y con los libros europeos.
Esta ciudad docta no ha tenido hasta hoy teatro público, no conoció la ópera, no tiene aún diarios, y la imprenta es una industria que no ha podido arraigarse allí. El espíritu de Córdoba hasta 1829 es monacal y escolástico; la conversación de los estrados rueda siempre sobre las procesiones, las fiestas de los santos, sobre exámenes universitarios, profesión de monjas, recepción de las borlas de doctor.
Hasta dónde puede esto influir en el espíritu de un pueblo ocupado de estas ideas durante dos siglos, no puede decirse; pero algo debe influir, porque ya lo véis: el habitante de Córdoba tiende los ojos en torno suyo y no ve el espacio; el horizonte está a cuatro cuadras de la plaza; sale por las tardes a pasearse, y en lugar de ir y venir por una calle de álamos, espaciosa y larga como la cañada de Santiago, que ensancha el ánimo y lo vivifica, da vueltas en torno de un lago artificial de agua sin movimiento, sin vida, en cuyo centro está un cenador de formas majestuosas, pero inmóvil, estacionario. La ciudad es un claustro encerrado entre barrancas; el paseo es un claustro con verjas de fierro; cada manzana tiene un claustro de monjas o frailes; la Universidad es un claustro en que todos llevan sotana o manteo; la legislación que se enseña, la Teología, toda la ciencia escolástica de la Edad Media, es un claustro en que se encierra y parapeta la inteligencia contra todo lo que salga del texto y del comentario. Córdoba no sabe que existe en la tierra otra cosa que Córdoba; ha oído, es verdad, decir que Buenos Aires está por ahí; pero si lo cree, lo que no sucede siempre, pregunta: «¿Tiene Universidad? Pero será de ayer. Veamos: ¿cuántos conventos tiene? ¿Tiene paseo como éste? Entonces eso no es nada...»
«¿Por qué autor estudian ustedes legislación allá?--preguntaba el grave doctor Jigena a un joven de Buenos Aires--.--Por Bentham.--¿Por quién dice usted? ¿Por Benthancito?--señalando con el dedo el tamaño del volumen en dozavo en que anda la edición de Bentham--. ¡Ja, ja, ja!... ¡Por Benthancito! En un escrito mío hay más doctrina que en esos mamotretos. ¡Qué Universidad y qué doctorzuelos!--Y ustedes, ¿por quién enseñan?--¡Oh, el cardenal de Luca!...--¿Qué dice usted?...--¡Diez y siete volúmenes en folio!...»
Es verdad que el viajero que se acerca a Córdoba busca y no encuentra en el horizonte la ciudad santa, la ciudad mística, la ciudad con capelo y borlas de doctor. Al fin el arriero le dice: «Vea ahí... abajo..., entre los pastos...» Y, en efecto: fijando la vista en el suelo, y a corta distancia, vense asomar una, dos, tres, diez cruces seguidas de cúpulas y torres de los muchos templos que decoran esta Pompeya de la España de la Edad Media.
Por lo demás, el pueblo de la ciudad, compuesto de artesanos, participa del espíritu de las clases altas; el maestro zapatero se daba los aires de doctor en zapatería y os enderezaba un texto latino al tomaros gravemente la medida; el ergo andaba por las cocinas, en boca de los mendigos y locos de la ciudad, y toda disputa entre ganapanes tomaba el tono y forma de las conclusiones. Añádase que durante toda la revolución Córdoba ha sido el asilo de los españoles en todas las demás partes maltratados. Estaban allí como en casa. ¿Qué mella haría la revolución de 1810 en un pueblo educado por los jesuítas y enclaustrado por la naturaleza, la educación y el arte? ¿Qué asidero encontrarían las ideas revolucionarias, hijas de Rousseau, Mably, Beynal y Voltaire, si por fortuna atravesaban la pampa para descender a la catacumba española, en aquellas cabezas disciplinadas por el peripato para hacer frente a toda idea nueva, en aquellas inteligencias que, como su paseo, tenían una idea inmóvil en el centro, rodeada de un lago de aguas muertas, que estorbaba penetrar hasta ellas?
Hacia los años de 1816, el ilustrado y liberal deán Funes logró introducir en aquella antigua Universidad los estudios hasta entonces tan despreciados: Matemáticas, idiomas vivos, Derecho público, Física, Dibujo y Música. La juventud cordobesa empezó desde entonces a encaminar sus ideas por nuevas vías, y no tardó mucho en sentirse los efectos, de lo que trataremos en otra parte, porque por ahora sólo caracterizo el espíritu maduro, tradicional, que era el que predominaba.
La revolución de 1810 encontró en Córdoba un oído cerrado, al mismo tiempo que las provincias todas respondían a un tiempo: «¡A las armas! ¡A la libertad!» En Córdoba empezó Liniers a levantar ejércitos para que fuesen a Buenos Aires a ajusticiar la revolución; a Córdoba mandó la Junta uno de los suyos y sus tropas a decapitar a la España. Córdoba, en fin, ofendida del ultraje, y esperando venganza y reparación, escribió con la mano docta de la Universidad, y en el idioma del breviario y los comentadores, aquel célebre anagrama que señalaba al pasajero la tumba de los primeros realistas sacrificados en los altares de la patria:
En 1820 un ejército se subleva en Arequito, y su jefe, cordobés, abandona el pabellón de la patria y se establece pacíficamente en Córdoba, que no ha tomado parte en la revolución y que se goza en haberle arrebatado un ejército. Bustos crea un Gobierno español, sin responsabilidad; introduce la etiqueta de corte, el quietismo secular de la España, y así preparada, llega Córdoba al año 25, en que se trata de organizar la República y constituir la revolución y sus consecuencias.
Examinemos ahora a Buenos Aires. Durante mucho tiempo lucha con los indígenas que la barren de la haz de la tierra; vuelve a levantarse, cae en seguida, hasta que por los años 1620 se levanta ya en el mapa de los dominios españoles lo suficiente para elevarla a capitanía general, separándola de la del Paraguay a que hasta entonces estaba sometida. En 1777 era Buenos Aires ya muy visible. Tanto, que fué necesario rehacer la geografía administrativa de las colonias para ponerla al frente de un virreinato creado exprofeso para ella.
En 1806 el ojo especulador de Inglaterra recorre el mapa americano y sólo ve a Buenos Aires, su río, su porvenir. En 1810 Buenos Aires pulula de revolucionarios avezados en todas las doctrinas antiespañolas, francesas, europeas. ¿Qué movimiento de ascensión se ha estado operando en la ribera occidental del Río de la Plata? La España colonizadora no era ni comerciante ni navegante; el Río de la Plata era para ella poca cosa; la España _oficial_ miró con desdén una playa y un río. Andando el tiempo, el río había depuesto su sedimento de riquezas sobre esta playa, pero muy poco del espíritu español, del Gobierno español. La actividad del comercio había traído el espíritu y las ideas generales de Europa; los buques que frecuentaban sus aguas traían libros de todas partes y noticia de todos los acontecimientos políticos del mundo. Nótese que la España no tenía otra ciudad comerciante en el Atlántico.
La guerra con los ingleses aceleró el movimiento de los ánimos hacia la emancipación y despertó el sentimiento de la propia importancia. Buenos Aires es un niño que vence a un gigante, se infatúa, se cree un héroe y se aventura a cosas mayores. Llevada de este sentimiento de la propia suficiencia, inicia la revolución con una audacia sin ejemplo, la lleva por todas partes, se cree encargada de lo Alto de la realización de una grande obra. El _Contrato Social_ vuela de mano en mano; Mably y Raynal son los oráculos de la prensa; Robespierre y la Convención, los modelos. Buenos Aires se cree una continuación de la Europa, y si no confiesa francamente que es francesa y norteamericana en su espíritu y tendencias, niega su origen español, porque el Gobierno español, dice, la ha recogido después de adulta. Con la revolución vienen los ejércitos y la gloria, los triunfos y los reveses, las revueltas y las sediciones.
Pero Buenos Aires, en medio de todos estos vaivenes, muestra la fuerza revolucionaria de que está dotada. Bolívar es todo; Venezuela es la peana de aquella colosal figura; Buenos Aires es una ciudad entera de revolucionarios; Belgrano, Rondeau, San Martín, Alvear y los cien generales que mandan sus ejércitos son sus instrumentos, sus brazos, no su cabeza ni su cuerpo. En la República Argentina no puede decirse el general tal libertó el país, sino la junta, el directorio, el congreso, el Gobierno de tal o tal época mandó al general tal que hiciese tal cosa, etc. El contacto con los europeos de todas las naciones es mayor aún desde los principios que en ninguna parte del continente hispanoamericano; la _desespañolización y la europeificación_ se efectúan en diez años de un modo radical, sólo en Buenos Aires, se entiende.
No hay más que tomar una lista de vecinos de Buenos Aires para ver cómo abundan en los hijos del país los apellidos ingleses, franceses, alemanes e italianos. El año 1820 se empieza a organizar la sociedad según las nuevas ideas de que está impregnada, y el movimiento continúa hasta que Rivadavia se pone a la cabeza del Gobierno. Hasta este momento Rodríguez y Las Heras han estado echando los cimientos ordinarios de los Gobiernos libres. Ley de olvido, seguridad individual, respeto a la propiedad, responsabilidad de la autoridad, equilibrio de los poderes, educación pública; todo, en fin, se cimenta y constituye pacíficamente. Rivadavia viene a Europa, se trae a la Europa; más todavía, desprecia a la Europa; Buenos Aires, y por supuesto, decían, la República Argentina, realizará lo que la Francia republicana no ha podido, lo que la aristocracia inglesa no quiere, lo que la Europa despotizada echa de menos. Esta no era una ilusión de Rivadavia, era el pensamiento general de la _ciudad_, era su espíritu y su tendencia.
El más o el menos en las pretensiones dividía los partidos, pero no ideas antagonistas en el fondo. ¿Y qué otra cosa había de suceder en un pueblo que sólo en catorce años había escarmentado a la Inglaterra, correteado la mitad del continente, equipado diez ejércitos, dado cien batallas campales, vencido en todas partes, mezcládose en todos los acontecimientos, violado todas las tradiciones, ensayado todas las teorías, aventurádolo todo y salido bien en todo, que vivía, se enriquecía, se civilizaba? ¿Qué había de suceder cuando las teorías de gobierno, la fe política que le había dado la Europa estaba plagada de errores, de teorías absurdas y engañosas, de malos principios, porque sus políticos no tenían obligación de saber más que los grandes hombres de la Europa, que hasta entonces no sabían nada en materia de organización política? Este es un hecho grave que quiero hacer notar. Hoy los estudios sobre las constituciones, las razas, las creencias, la historia, en fin, han hecho vulgares ciertos conocimientos prácticos que nos aleccionan contra el brillo de las teorías concebidas _à priori_; pero antes de 1820 nada de esto había transcendido por el mundo europeo.
Con las paradojas del _Contrato Social_ se sublevó la Francia; Buenos Aires hizo lo mismo; Voltaire había desacreditado al cristianismo, se desacreditó también en Buenos Aires; Montesquieu distinguió tres poderes, y al punto tres poderes tuvimos nosotros; Benjamín Constant y Bentham anulaban al ejecutivo, nulo de nacimiento se le constituyó allí; Smith y Say predicaban el comercio libre, libre el comercio se repitió. Buenos Aires confesaba y creía todo lo que el mundo sabio de Europa creía y confesaba. Sólo después de la revolución de 1830 en Francia, y de sus resultados incompletos, las ciencias sociales toman nueva dirección y se comienzan a desvanecer las ilusiones.
Desde entonces empiezan a llegarnos libros europeos que nos demuestran que Voltaire no tenía mucha razón, que Rousseau era un sofista, que Mably y Raynal eran unos anárquicos, que no hay tres poderes, ni contrato social, etcétera, etc. Desde entonces sabemos algo de razas, de tendencias, de hábitos nacionales, de antecedentes históricos. Tocqueville nos revela por la primera vez el secreto de Norteamérica; Sismondi nos descubre el vacío de las constituciones; Thierry, Michelet y Guizot, el espíritu de la historia; la revolución de 1830, toda la decepción del constitucionalismo de Benjamín Constant; la revolución española, todo lo que hay de incompleto y atrasado en nuestra raza. ¿De qué culpan, pues, a Rivadavia y a Buenos Aires? ¿De no tener más saber que los sabios europeos que los extraviaban? Por otra parte, ¿cómo no abrazar con ardor las ideas generales el pueblo que había contribuído tanto y con tan buen suceso a generalizar la revolución? ¿Cómo ponerle rienda al vuelo de la fantasía del habitante de una llanura sin límites, dando frente a un río sin ribera opuesta, a un paso de la Europa, sin conciencia de sus propias tradiciones, sin tenerlas en realidad, pueblo nuevo improvisado, y que desde la cuna se oye saludar pueblo grande?
_¡Al gran pueblo argentino, salud!_
Porque estas palabras que nuestra canción nacional recuerda y con las que se nos ha mecido desde la cuna, no las inventó la vanidad del autor, las tomó de Pradt y de la Prensa de Europa, de las gacetas y comunicaciones oficiales de los demás Estados americanos. Todos le llamaban grande, todos se habían complotado a impulsarlo a las grandes cosas.
Así educada, mimada hasta entonces por la fortuna, Buenos Aires se entregó a la obra de constituirse ella y la República, como se había entregado a la de libertarse ella y la América, con decisión, sin medios términos, sin contemporización con los obstáculos. Rivadavia era la encarnación viva de ese espíritu poético, grandioso, que dominaba la sociedad entera. Rivadavia, pues, continuaba la obra de Las Heras en el ancho molde en que debía vaciarse un gran Estado americano, una República. Traía sabios europeos para la Prensa y las cátedras, colonias para los desiertos, naves para los ríos, intereses y libertad para todas las creencias, crédito y Banco Nacional para impulsar la industria; todas las grandes teorías sociales de la época para modelar su gobierno; la Europa, al fin, a vaciarla de golpe en la América y realizar en diez años la obra que antes necesitara el transcurso de siglos. ¿Era quimérico este proyecto? Protesto que no. Todas sus creaciones subsisten, salvo las que la barbarie de Rosas halló incómodas para sus atentados.
La libertad de cultos, que el alto clero de Buenos Aires apoyó, no ha sido restringida; la población europea se disemina por las estancias, y toma las armas de su _motu proprio_ para romper con el único obstáculo que la priva de las bendiciones que le ofreciera aquel suelo; los ríos están pidiendo a gritos que se rompan las cataratas oficiales que les estorban ser navegados, y el Banco Nacional es una institución tan hondamente arraigada, que él ha salvado la sociedad de la miseria a que la habría conducido el tirano.
Sobre todo, por lo fantástico y extemporáneo que fuese aquel gran sistema a que se encaminan y precipitan todos los pueblos americanos ahora, era por lo menos ligero y tolerable para los pueblos; y por más que los hombres sin conciencia lo vociferen todos los días, Rivadavia nunca derramó una gota de sangre ni destruyó la propiedad de nadie, y de la presidencia fastuosa descendió voluntariamente a la pobreza noble y humilde del proscripto. Rosas, que tanto lo calumnia, se ahogaría en el lago que podría formar toda la sangre que ha derramado; y los 40 millones de pesos fuertes del Tesoro nacional y los 50 de fortunas particulares que ha consumido en diez años, para sostener la guerra formidable que sus brutalidades han encendido, en manos del _fatuo_, del _iluso_ Rivadavia, se habrían convertido en canales de navegación, ciudades edificadas y grandes y multiplicados establecimientos de utilidad pública.
Que le quede, pues, a este hombre, ya inútil para su patria, la gloria de haber representado la civilización europea en sus más nobles aspiraciones, y que sus adversarios cobren la suya de mostrar la barbarie americana en sus formas más odiosas y repugnantes; porque Rosas y Rivadavia son los dos extremos de la República Argentina, que se liga a los salvajes por la pampa y a la Europa por el Plata.
No es el elogio, sino la apoteosis la que hago de Rivadavia y su partido, que han muerto para la República Argentina como elemento político, no obstante que Rosas se obstina suspicazmente en llamar unitarios a sus actuales enemigos. El antiguo partido unitario, como el de la Gironda, sucumbió hace muchos años. Pero en medio de sus desaciertos y sus ilusiones fantásticas, tenía tanto de noble y grande, que la generación que le sucede le debe los más pomposos honores fúnebres.
Muchos de aquellos hombres quedan aún entre nosotros, pero no ya como partido organizado; son las momias de la República Argentina, tan venerables y nobles como las del Imperio de Napoleón. Estos unitarios del año 25 forman un tipo separado, que nosotros sabemos distinguir por la figura, por los modales, por el tono de la voz y por las ideas. Me parece que entre cien argentinos reunidos, yo diría: este es _unitario_. El unitario tipo marcha derecho, la cabeza alta; no da vuelta, aunque sienta desplomarse un edificio; habla con arrogancia; completa la frase con gestos desdeñosos y ademanes concluyentes; tiene ideas fijas, invariables, y a la víspera de una batalla se ocupará todavía de discutir en toda forma un reglamento o de establecer una nueva formalidad legal, porque las fórmulas legales son el culto exterior que rinde a sus ídolos, la Constitución, las garantías individuales.
Su religión es el porvenir de la República, cuya imagen colosal, indefinible, pero grandiosa y sublime se le aparece a todas horas cubierta con el manto de las pasadas glorias y no le deja ocuparse de los hechos que presencia. Estoy seguro de que el alma de cada unitario degollado por Rosas ha abandonado el cuerpo desdeñando al verdugo que lo asesina y aun sin creer que la cosa ha sucedido. Es imposible imaginarse una generación más razonadora, más _deductiva_, más emprendedora y que haya carecido en más alto grado de sentido práctico. Llega la noticia de un triunfo de sus enemigos; todos lo repiten, el parte oficial lo detalla, los dispersos vienen heridos. Un _unitario_ no cree en tal triunfo, y se funda en razones tan concluyentes, que os hace dudar de lo que vuestros ojos están viendo. Tiene tal fe en la superioridad de su causa, y tanta constancia y abnegación para consagrarle su vida, que el destierro, la pobreza ni el lapso de los años entibiarán en un ápice su ardor.
En cuanto a temple de alma y energía, son infinitamente superiores a la generación que les ha sucedido. Sobre todo, lo que más les distingue de nosotros son sus modales finos, su política ceremoniosa y sus ademanes pomposamente cultos. En los estrados no tienen rival, y no obstante que ya están desmontados por la edad, son más galanes, más bulliciosos y alegres con las damas que lo son sus hijos.
Hoy día las formas se descuidan entre nosotros a medida que el movimiento democrático se hace más pronunciado, y no es fácil darse idea de la cultura y refinamiento de la sociedad de Buenos Aires hasta 1828. Todos los europeos que arribaban creían hallarse en Europa, en los salones de París; nada faltaba, ni aun la petulancia francesa, que se dejaba notar entonces en el elegante de Buenos Aires.
Me he detenido en estos pormenores para caracterizar la época en que se trataba de constituir la República y los elementos diversos que se estaban combatiendo. Córdoba, española por educación literaria y religiosa, estacionaria y hostil a las innovaciones revolucionarias, y Buenos Aires, todo novedad, todo revolución y movimiento, son las dos fases prominentes de los partidos que dividían las ciudades todas, en cada una de las cuales estaban luchando estos dos elementos diversos que hay en todos los pueblos cultos.
No sé si en América se presenta un fenómeno igual a éste; es decir, dos partidos, retrógrado y revolucionario, conservador y progresista, representados altamente cada uno por una ciudad civilizada de diverso modo, alimentándose cada una de ideas extraídas de fuentes distintas: Córdoba, de la España, los Concilios, los comentadores, el Digesto; Buenos Aires, de Bentham, Rousseau, Montesquieu y la literatura francesa entera.
A estos elementos de antagonismo se añadía otra causa no menos grave; tal era el aflojamiento de todo vínculo nacional, producido por la revolución de la Independencia. Cuando la autoridad es sacada de un centro para fundarla en otra parte, pasa mucho tiempo antes de echar raíces. _El Republicano_ decía el otro día que «la autoridad no es más que un convenio entre gobernantes y gobernados». ¡Aquí hay muchos _unitarios_ todavía! La autoridad se funda en el asentimiento indeliberado que una nación da a un hecho permanente. Donde hay deliberación y voluntad, no hay autoridad. Aquel estado de transición se llama _federalismo_; y después de toda revolución y cambio consiguiente de autoridad, todas las naciones tienen sus días y sus intentos de _federación_.
Me explicaré. Arrebatado a la España Fernando VII, la autoridad, aquel hecho permanente deja de ser, y la España se reúne en juntas provinciales que niegan la autoridad a los que gobiernan en nombre del rey. Esto es _federación de la España_. Llega la noticia a la América, y se desprende de la España, separándose en varias secciones: _federación de la América_.
Del virreinato de Buenos Aires salen al fin de la lucha cuatro Estados: Bolivia, Paraguay, Banda Oriental y República Argentina: _federación del virreinato_.
La República se divide en provincias, no por las antiguas intendencias, sino por ciudades: _federación de las ciudades_.
No es que la palabra _federación_ signifique separación, sino que, dada la separación previa, expresa la unión de partes distintas. La República Argentina se hallaba en esta crisis social, y muchos hombres notables y bien intencionados de las _ciudades_ creían que es posible hacer _federaciones_ cada vez que un hombre o un pueblo se siente sin respeto por una autoridad nominal y de puro convenio.
Así, pues, había esta otra manzana de discordia en la República, y los partidos, después de haberse llamado realistas y patriotas, congresistas y ejecutivistas, pelucones y liberales, concluyeron por llamarse federales y unitarios. Miento, que no concluye aún la fiesta: que a don Juan Manuel Rosas se le ha antojado llamar a sus enemigos presentes y futuros _salvajes_, _inmundos unitarios_, y uno nacerá _salvaje_ estereotipado allí dentro de veinte años, como son federales hoy todos los que llevan la carátula que él les ha puesto. ¡Cómo se reirá en sus adentros ese miserable de la imbecilidad de los pueblos!
Pero la República Argentina está geográficamente constituída de tal manera, que ha de ser unitaria siempre, _aunque el rótulo de la botella_ diga lo contrario. Su llanura continua, sus ríos confluentes a un puerto único la hacen fatalmente una e indivisible. Rivadavia, más conocedor de las necesidades del país, aconsejaba a los pueblos que se uniesen bajo una Constitución común, haciendo nacional el puerto de Buenos Aires. Agüero, su eco en el Congreso, decía a los porteños con su acento magistral y unitario: «Demos voluntariamente a los pueblos lo que más tarde nos reclamarán con las armas en la mano.»
El pronóstico falló por una palabra. Los pueblos no reclamaron de Buenos Aires el puerto con las armas, sino con la _barbarie_, que le mandaron en Facundo y Rosas. Pero Buenos Aires se quedó con la barbarie y el puerto, que sólo a Rosas ha servido y no a las provincias. De manera que Buenos Aires y las provincias se han hecho el mal mutuamente, sin reportar ninguna ventaja.
Todos estos antecedentes he necesitado establecer para continuar con la vida de Juan Facundo Quiroga, porque, aunque parezca ridículo decirlo, Facundo es el rival de Rivadavia. Todo lo demás es transitorio, intermediario y de poco momento; el partido federal de las ciudades era un eslabón que se ligaba al partido bárbaro de las campañas. La República era solicitada por dos fuerzas unitarias: una que partía de Buenos Aires y se apoyaba en los liberales del interior; otra que partía de las campañas y se apoyaba en los caudillos que ya habían logrado dominar las ciudades; la una, civilizada, constitucional, europea; la otra, bárbara, arbitraria, americana.
Estas dos fuerzas habían llegado a su más alto punto de desenvolvimiento, y sólo una palabra se necesitaba para trabar la lucha, y ya que el partido revolucionario se llamaba _unitario_, no había inconveniente para que el partido adverso adoptase la denominación de _federal_, sin comprenderla.
Pero aquella fuerza bárbara estaba diseminada por toda la República, dividida en provincias, en cacicazgos; necesitábase una mano poderosa para fundirla y presentarla en un todo homogéneo, y Quiroga ofreció su brazo para realizar esta grande obra.
El gaucho argentino, aunque de instintos comunes con los pastores, es eminentemente provincial: lo hay porteño, santafecino, cordobés, llanista, etc. Todas sus aspiraciones las encierra en su provincia; las demás son enemigas o extrañas; son diversas tribus, que se hacen entre sí la guerra. López, apoderado de Santa Fe, no se cura de lo que pasa alrededor suyo, salvo que vengan a importunarlo, que entonces monta a caballo y echa fuera a los intrusos. Pero como no estaba en sus manos que las provincias no se tocasen por todas partes, no podía tampoco evitar que al fin se uniesen en un interés común, y de ahí les viniese esa misma _unidad_ que tanto se interesaba en combatir.
Recuérdese que al principio dije que las correrías y viajes de la juventud de Quiroga habían sido la base de su futura ambición. Efectivamente: Facundo, aunque gaucho, no tiene apego a un lugar determinado; es riojano, pero se ha educado en San Juan, ha vivido en Mendoza, ha estado en Buenos Aires. Conoce la República; sus miradas se extienden sobre un grande horizonte; dueño de La Rioja, quisiera, naturalmente, presentarse revestido del poder en el pueblo en que aprendió a leer, en la ciudad donde levantó unas tapias, en aquella otra donde estuvo preso e hizo una acción gloriosa. Si los sucesos lo atraen fuera de su provincia, no se resistirá a salir por cortedad ni encogimiento. Muy distinto de Ibarra y López, que no gustan sino de defenderse en su territorio, él acometerá el ajeno y se apoderará de él. Así la Providencia realiza las grandes cosas por medios insignificantes e inapercibibles, y la unidad bárbara de la República va a iniciarse a causa de que un gaucho malo ha andado de provincia en provincia levantando tapias y dando puñaladas.
SOCIABILIDAD.--CÓRDOBA.--BUENOS AIRES.
La société du moyen âge était composée des debris de mille autres sociétés. Toutes les formes de liberté et servitude se recontraient: la liberté monarchique du roi, la liberté individuelle du prêtre, la liberté privilegiée des villes, la liberté représentative de la nation, l'esclavage romain, le servage barbare, la servitude de l'aubain.
CHATEAUBRIAND.
Facundo posee La Rioja como árbitro y dueño absoluto; no hay más voz que la suya, más interés que el suyo. Como no hay letras, no hay opiniones, y como no hay opiniones diversas, La Rioja es una máquina de guerra que irá adonde la lleven. Hasta aquí Facundo nada ha hecho de nuevo, sin embargo; esto era lo mismo que habían hecho el doctor Francia, Ibarra, López y Bustos; lo que habían intentado Güemes y Araoz en el Norte: destruir todo el derecho para hacer valer el suyo propio. Pero un mundo de ideas, de intereses contradictorios, se agitaba fuera de La Rioja, y el rumor lejano de las discusiones de la Prensa y de los partidos llegaba hasta su residencia en los Llanos. Por otra parte, él no había podido elevarse sin que el ruido que hacía en el edificio de la civilización que destruía no se oyese a la distancia y los pueblos vecinos no fijasen en él sus miradas. Su nombre había pasado los límites de La Rioja; Rivadavia lo invitaba a contribuir a la organización de la República; Bustos y López a oponerse a ella; el Gobierno de San Juan se preciaba de contarlo entre sus amigos, y hombres desconocidos venían a los Llanos a saludarlo y pedirle apoyo para sostener este o el otro partido. Presentaba la República Argentina en aquella época un cuadro animado e interesante. Todos los intereses, todas las ideas, todas las pasiones se habían dado cita para agitarse y meter ruido. Aquí un caudillo que no quería nada con el resto de la República; allí un pueblo que nada más pedía que salir de su aislamiento; allá un Gobierno que transportaba la Europa a la América; acullá otro que odiaba hasta el nombre de civilización; en unas partes se rehabilitaba el Santo Tribunal de la Inquisición; en otras se declaraba la libertad de las conciencias como el primero de los derechos del hombre; unos gritaban federación, otros gobierno central. Cada una de estas diversas fases tenía intereses y pasiones fuertes, invencibles en su apoyo. Yo necesito aclarar un poco este caos para mostrar el papel que tocó desempeñar a Quiroga, y la grande obra que debió realizar. Para pintar el comandante de campaña que se apodera de la ciudad y la aniquila al fin, he necesitado describir el suelo argentino, los hábitos que engendra, los caracteres que desenvuelve. Ahora, para mostrar a Quiroga saliendo ya de su provincia y proclamando un principio, una idea, y llevándola a todas partes en la punta de las lanzas, necesito también trazar la carta geográfica de las ideas y de los intereses que se agitaban en las ciudades. Para este fin necesito examinar dos ciudades, en cada una de las cuales predominaban las ideas opuestas: Córdoba y Buenos Aires, tales como existían hasta 1825.
Córdoba era, no diré la ciudad más coqueta de la América, porque se ofendería de ello su gravedad española, pero sí una de las ciudades más bonitas del continente. Sita en una hondonada que forma un terreno elevado, llamado _Los Altos_, se ha visto forzada a replegarse sobre sí misma, a estrechar y reunir sus regulares edificios de ladrillo. El cielo es purísimo, el invierno seco y tónico, el verano ardiente y tormentoso. Hacia el oriente tiene un bellísimo paseo de formas caprichosas, de un golpe de vista mágico. Consiste en un estanque de agua encuadrado en una vereda espaciosa, que sombrean sauces añosos y colosales. Cada costado es de una cuadra de largo, encerrado bajo una reja de fierro de cuatro varas de alto, con enormes puertas a los cuatro costados, de manera que el paseo es una prisión encantada en que se da vueltas siempre en torno de un vistoso cenador de arquitectura griega, que está inmóvil en el centro del fingido lago. En la plaza principal está la magnífica catedral de orden romano, con su enorme cúpula recortada en arabescos, único modelo que yo sepa que haya en la América del Sur de la arquitectura de la Edad Media. A una cuadra está el templo y convento de la Compañía de Jesús, en cuyo presbiterio hay una trampa que da entrada a subterráneos que se extienden por debajo de la ciudad y van a parar no se sabe todavía adónde; también se han encontrado los calabozos en que la Sociedad sepultaba vivos a sus reos. Si queréis, pues, conocer monumentos de la Edad Media y examinar el poder y las formas de aquella célebre orden, id a Córdoba, donde estuvo uno de sus grandes establecimientos centrales de América.
En cada cuadra de la sucinta ciudad hay un soberbio convento, un monasterio o una casa de beatas o de ejercicios. Cada familia tenía entonces un clérigo, un fraile, una monja o un corista; los pobres se contentaban con poder contar entre los suyos un belermita, un motilón, un sacristán o un monacillo.
Cada convento o monasterio tenía una ranchería contigua, en que estaban reproduciéndose ochocientos esclavos de la orden, negros, zambos, mulatos y mulatillas de ojos azules, rubias, rozagantes, de piernas bruñidas como el mármol; verdaderas circasianas dotadas de todas las gracias, con más de una dentadura de origen africano, que servía de cebo a las pasiones humanas, todo para mayor honra y provecho del convento a que estas huríes pertenecían.
Andando un poco en la visita que hacemos, se encuentra la célebre Universidad de Córdoba, fundada nada menos que el año de 1613, y en cuyos claustros sombríos han pasado su juventud ocho generaciones de doctores en ambos derechos, ergotistas insignes, comentadores y casuístas. Oigamos al célebre deán Funes describir la enseñanza y espíritu de esta famosa Universidad, que ha provisto durante dos siglos de teólogos y doctores a una gran parte de la América: «El curso teológico duraba cinco años y medio... La Teología participaba de la corrupción de los estudios filosóficos. Aplicada la filosofía de Aristóteles a la Teología, formaba una mezcla de profano y espiritual. Razonamientos puramente humanos, sutilezas, sofismas engañosos, cuestiones frívolas e impertinentes, esto fué lo que vino a formar el gusto dominante de estas escuelas.» Si queréis penetrar un poco más en el espíritu de libertad que daría esta instrucción, oíd al deán Funes todavía: «Esta Universidad nació y se creó exclusivamente en manos de los jesuítas, quienes la establecieron en su colegio llamado Máximo, de la ciudad de Córdoba.» Muy distinguidos abogados han salido de allí, pero literatos ninguno que no haya ido a rehacer su educación en Buenos Aires y con los libros europeos.
Esta ciudad docta no ha tenido hasta hoy teatro público, no conoció la ópera, no tiene aún diarios, y la imprenta es una industria que no ha podido arraigarse allí. El espíritu de Córdoba hasta 1829 es monacal y escolástico; la conversación de los estrados rueda siempre sobre las procesiones, las fiestas de los santos, sobre exámenes universitarios, profesión de monjas, recepción de las borlas de doctor.
Hasta dónde puede esto influir en el espíritu de un pueblo ocupado de estas ideas durante dos siglos, no puede decirse; pero algo debe influir, porque ya lo véis: el habitante de Córdoba tiende los ojos en torno suyo y no ve el espacio; el horizonte está a cuatro cuadras de la plaza; sale por las tardes a pasearse, y en lugar de ir y venir por una calle de álamos, espaciosa y larga como la cañada de Santiago, que ensancha el ánimo y lo vivifica, da vueltas en torno de un lago artificial de agua sin movimiento, sin vida, en cuyo centro está un cenador de formas majestuosas, pero inmóvil, estacionario. La ciudad es un claustro encerrado entre barrancas; el paseo es un claustro con verjas de fierro; cada manzana tiene un claustro de monjas o frailes; la Universidad es un claustro en que todos llevan sotana o manteo; la legislación que se enseña, la Teología, toda la ciencia escolástica de la Edad Media, es un claustro en que se encierra y parapeta la inteligencia contra todo lo que salga del texto y del comentario. Córdoba no sabe que existe en la tierra otra cosa que Córdoba; ha oído, es verdad, decir que Buenos Aires está por ahí; pero si lo cree, lo que no sucede siempre, pregunta: «¿Tiene Universidad? Pero será de ayer. Veamos: ¿cuántos conventos tiene? ¿Tiene paseo como éste? Entonces eso no es nada...»
«¿Por qué autor estudian ustedes legislación allá?--preguntaba el grave doctor Jigena a un joven de Buenos Aires--.--Por Bentham.--¿Por quién dice usted? ¿Por Benthancito?--señalando con el dedo el tamaño del volumen en dozavo en que anda la edición de Bentham--. ¡Ja, ja, ja!... ¡Por Benthancito! En un escrito mío hay más doctrina que en esos mamotretos. ¡Qué Universidad y qué doctorzuelos!--Y ustedes, ¿por quién enseñan?--¡Oh, el cardenal de Luca!...--¿Qué dice usted?...--¡Diez y siete volúmenes en folio!...»
Es verdad que el viajero que se acerca a Córdoba busca y no encuentra en el horizonte la ciudad santa, la ciudad mística, la ciudad con capelo y borlas de doctor. Al fin el arriero le dice: «Vea ahí... abajo..., entre los pastos...» Y, en efecto: fijando la vista en el suelo, y a corta distancia, vense asomar una, dos, tres, diez cruces seguidas de cúpulas y torres de los muchos templos que decoran esta Pompeya de la España de la Edad Media.
Por lo demás, el pueblo de la ciudad, compuesto de artesanos, participa del espíritu de las clases altas; el maestro zapatero se daba los aires de doctor en zapatería y os enderezaba un texto latino al tomaros gravemente la medida; el ergo andaba por las cocinas, en boca de los mendigos y locos de la ciudad, y toda disputa entre ganapanes tomaba el tono y forma de las conclusiones. Añádase que durante toda la revolución Córdoba ha sido el asilo de los españoles en todas las demás partes maltratados. Estaban allí como en casa. ¿Qué mella haría la revolución de 1810 en un pueblo educado por los jesuítas y enclaustrado por la naturaleza, la educación y el arte? ¿Qué asidero encontrarían las ideas revolucionarias, hijas de Rousseau, Mably, Beynal y Voltaire, si por fortuna atravesaban la pampa para descender a la catacumba española, en aquellas cabezas disciplinadas por el peripato para hacer frente a toda idea nueva, en aquellas inteligencias que, como su paseo, tenían una idea inmóvil en el centro, rodeada de un lago de aguas muertas, que estorbaba penetrar hasta ellas?
Hacia los años de 1816, el ilustrado y liberal deán Funes logró introducir en aquella antigua Universidad los estudios hasta entonces tan despreciados: Matemáticas, idiomas vivos, Derecho público, Física, Dibujo y Música. La juventud cordobesa empezó desde entonces a encaminar sus ideas por nuevas vías, y no tardó mucho en sentirse los efectos, de lo que trataremos en otra parte, porque por ahora sólo caracterizo el espíritu maduro, tradicional, que era el que predominaba.
La revolución de 1810 encontró en Córdoba un oído cerrado, al mismo tiempo que las provincias todas respondían a un tiempo: «¡A las armas! ¡A la libertad!» En Córdoba empezó Liniers a levantar ejércitos para que fuesen a Buenos Aires a ajusticiar la revolución; a Córdoba mandó la Junta uno de los suyos y sus tropas a decapitar a la España. Córdoba, en fin, ofendida del ultraje, y esperando venganza y reparación, escribió con la mano docta de la Universidad, y en el idioma del breviario y los comentadores, aquel célebre anagrama que señalaba al pasajero la tumba de los primeros realistas sacrificados en los altares de la patria:
=C L A M O R=
o i l o r o
n n l r e d
c i e e l r
h e n n l í
a r d o a g
s e n u
a e
z
¡Ya lo véis. Córdoba protesta y clama al cielo contra la revolución de
1810!En 1820 un ejército se subleva en Arequito, y su jefe, cordobés, abandona el pabellón de la patria y se establece pacíficamente en Córdoba, que no ha tomado parte en la revolución y que se goza en haberle arrebatado un ejército. Bustos crea un Gobierno español, sin responsabilidad; introduce la etiqueta de corte, el quietismo secular de la España, y así preparada, llega Córdoba al año 25, en que se trata de organizar la República y constituir la revolución y sus consecuencias.
Examinemos ahora a Buenos Aires. Durante mucho tiempo lucha con los indígenas que la barren de la haz de la tierra; vuelve a levantarse, cae en seguida, hasta que por los años 1620 se levanta ya en el mapa de los dominios españoles lo suficiente para elevarla a capitanía general, separándola de la del Paraguay a que hasta entonces estaba sometida. En 1777 era Buenos Aires ya muy visible. Tanto, que fué necesario rehacer la geografía administrativa de las colonias para ponerla al frente de un virreinato creado exprofeso para ella.
En 1806 el ojo especulador de Inglaterra recorre el mapa americano y sólo ve a Buenos Aires, su río, su porvenir. En 1810 Buenos Aires pulula de revolucionarios avezados en todas las doctrinas antiespañolas, francesas, europeas. ¿Qué movimiento de ascensión se ha estado operando en la ribera occidental del Río de la Plata? La España colonizadora no era ni comerciante ni navegante; el Río de la Plata era para ella poca cosa; la España _oficial_ miró con desdén una playa y un río. Andando el tiempo, el río había depuesto su sedimento de riquezas sobre esta playa, pero muy poco del espíritu español, del Gobierno español. La actividad del comercio había traído el espíritu y las ideas generales de Europa; los buques que frecuentaban sus aguas traían libros de todas partes y noticia de todos los acontecimientos políticos del mundo. Nótese que la España no tenía otra ciudad comerciante en el Atlántico.
La guerra con los ingleses aceleró el movimiento de los ánimos hacia la emancipación y despertó el sentimiento de la propia importancia. Buenos Aires es un niño que vence a un gigante, se infatúa, se cree un héroe y se aventura a cosas mayores. Llevada de este sentimiento de la propia suficiencia, inicia la revolución con una audacia sin ejemplo, la lleva por todas partes, se cree encargada de lo Alto de la realización de una grande obra. El _Contrato Social_ vuela de mano en mano; Mably y Raynal son los oráculos de la prensa; Robespierre y la Convención, los modelos. Buenos Aires se cree una continuación de la Europa, y si no confiesa francamente que es francesa y norteamericana en su espíritu y tendencias, niega su origen español, porque el Gobierno español, dice, la ha recogido después de adulta. Con la revolución vienen los ejércitos y la gloria, los triunfos y los reveses, las revueltas y las sediciones.
Pero Buenos Aires, en medio de todos estos vaivenes, muestra la fuerza revolucionaria de que está dotada. Bolívar es todo; Venezuela es la peana de aquella colosal figura; Buenos Aires es una ciudad entera de revolucionarios; Belgrano, Rondeau, San Martín, Alvear y los cien generales que mandan sus ejércitos son sus instrumentos, sus brazos, no su cabeza ni su cuerpo. En la República Argentina no puede decirse el general tal libertó el país, sino la junta, el directorio, el congreso, el Gobierno de tal o tal época mandó al general tal que hiciese tal cosa, etc. El contacto con los europeos de todas las naciones es mayor aún desde los principios que en ninguna parte del continente hispanoamericano; la _desespañolización y la europeificación_ se efectúan en diez años de un modo radical, sólo en Buenos Aires, se entiende.
No hay más que tomar una lista de vecinos de Buenos Aires para ver cómo abundan en los hijos del país los apellidos ingleses, franceses, alemanes e italianos. El año 1820 se empieza a organizar la sociedad según las nuevas ideas de que está impregnada, y el movimiento continúa hasta que Rivadavia se pone a la cabeza del Gobierno. Hasta este momento Rodríguez y Las Heras han estado echando los cimientos ordinarios de los Gobiernos libres. Ley de olvido, seguridad individual, respeto a la propiedad, responsabilidad de la autoridad, equilibrio de los poderes, educación pública; todo, en fin, se cimenta y constituye pacíficamente. Rivadavia viene a Europa, se trae a la Europa; más todavía, desprecia a la Europa; Buenos Aires, y por supuesto, decían, la República Argentina, realizará lo que la Francia republicana no ha podido, lo que la aristocracia inglesa no quiere, lo que la Europa despotizada echa de menos. Esta no era una ilusión de Rivadavia, era el pensamiento general de la _ciudad_, era su espíritu y su tendencia.
El más o el menos en las pretensiones dividía los partidos, pero no ideas antagonistas en el fondo. ¿Y qué otra cosa había de suceder en un pueblo que sólo en catorce años había escarmentado a la Inglaterra, correteado la mitad del continente, equipado diez ejércitos, dado cien batallas campales, vencido en todas partes, mezcládose en todos los acontecimientos, violado todas las tradiciones, ensayado todas las teorías, aventurádolo todo y salido bien en todo, que vivía, se enriquecía, se civilizaba? ¿Qué había de suceder cuando las teorías de gobierno, la fe política que le había dado la Europa estaba plagada de errores, de teorías absurdas y engañosas, de malos principios, porque sus políticos no tenían obligación de saber más que los grandes hombres de la Europa, que hasta entonces no sabían nada en materia de organización política? Este es un hecho grave que quiero hacer notar. Hoy los estudios sobre las constituciones, las razas, las creencias, la historia, en fin, han hecho vulgares ciertos conocimientos prácticos que nos aleccionan contra el brillo de las teorías concebidas _à priori_; pero antes de 1820 nada de esto había transcendido por el mundo europeo.
Con las paradojas del _Contrato Social_ se sublevó la Francia; Buenos Aires hizo lo mismo; Voltaire había desacreditado al cristianismo, se desacreditó también en Buenos Aires; Montesquieu distinguió tres poderes, y al punto tres poderes tuvimos nosotros; Benjamín Constant y Bentham anulaban al ejecutivo, nulo de nacimiento se le constituyó allí; Smith y Say predicaban el comercio libre, libre el comercio se repitió. Buenos Aires confesaba y creía todo lo que el mundo sabio de Europa creía y confesaba. Sólo después de la revolución de 1830 en Francia, y de sus resultados incompletos, las ciencias sociales toman nueva dirección y se comienzan a desvanecer las ilusiones.
Desde entonces empiezan a llegarnos libros europeos que nos demuestran que Voltaire no tenía mucha razón, que Rousseau era un sofista, que Mably y Raynal eran unos anárquicos, que no hay tres poderes, ni contrato social, etcétera, etc. Desde entonces sabemos algo de razas, de tendencias, de hábitos nacionales, de antecedentes históricos. Tocqueville nos revela por la primera vez el secreto de Norteamérica; Sismondi nos descubre el vacío de las constituciones; Thierry, Michelet y Guizot, el espíritu de la historia; la revolución de 1830, toda la decepción del constitucionalismo de Benjamín Constant; la revolución española, todo lo que hay de incompleto y atrasado en nuestra raza. ¿De qué culpan, pues, a Rivadavia y a Buenos Aires? ¿De no tener más saber que los sabios europeos que los extraviaban? Por otra parte, ¿cómo no abrazar con ardor las ideas generales el pueblo que había contribuído tanto y con tan buen suceso a generalizar la revolución? ¿Cómo ponerle rienda al vuelo de la fantasía del habitante de una llanura sin límites, dando frente a un río sin ribera opuesta, a un paso de la Europa, sin conciencia de sus propias tradiciones, sin tenerlas en realidad, pueblo nuevo improvisado, y que desde la cuna se oye saludar pueblo grande?
_¡Al gran pueblo argentino, salud!_
Porque estas palabras que nuestra canción nacional recuerda y con las que se nos ha mecido desde la cuna, no las inventó la vanidad del autor, las tomó de Pradt y de la Prensa de Europa, de las gacetas y comunicaciones oficiales de los demás Estados americanos. Todos le llamaban grande, todos se habían complotado a impulsarlo a las grandes cosas.
Así educada, mimada hasta entonces por la fortuna, Buenos Aires se entregó a la obra de constituirse ella y la República, como se había entregado a la de libertarse ella y la América, con decisión, sin medios términos, sin contemporización con los obstáculos. Rivadavia era la encarnación viva de ese espíritu poético, grandioso, que dominaba la sociedad entera. Rivadavia, pues, continuaba la obra de Las Heras en el ancho molde en que debía vaciarse un gran Estado americano, una República. Traía sabios europeos para la Prensa y las cátedras, colonias para los desiertos, naves para los ríos, intereses y libertad para todas las creencias, crédito y Banco Nacional para impulsar la industria; todas las grandes teorías sociales de la época para modelar su gobierno; la Europa, al fin, a vaciarla de golpe en la América y realizar en diez años la obra que antes necesitara el transcurso de siglos. ¿Era quimérico este proyecto? Protesto que no. Todas sus creaciones subsisten, salvo las que la barbarie de Rosas halló incómodas para sus atentados.
La libertad de cultos, que el alto clero de Buenos Aires apoyó, no ha sido restringida; la población europea se disemina por las estancias, y toma las armas de su _motu proprio_ para romper con el único obstáculo que la priva de las bendiciones que le ofreciera aquel suelo; los ríos están pidiendo a gritos que se rompan las cataratas oficiales que les estorban ser navegados, y el Banco Nacional es una institución tan hondamente arraigada, que él ha salvado la sociedad de la miseria a que la habría conducido el tirano.
Sobre todo, por lo fantástico y extemporáneo que fuese aquel gran sistema a que se encaminan y precipitan todos los pueblos americanos ahora, era por lo menos ligero y tolerable para los pueblos; y por más que los hombres sin conciencia lo vociferen todos los días, Rivadavia nunca derramó una gota de sangre ni destruyó la propiedad de nadie, y de la presidencia fastuosa descendió voluntariamente a la pobreza noble y humilde del proscripto. Rosas, que tanto lo calumnia, se ahogaría en el lago que podría formar toda la sangre que ha derramado; y los 40 millones de pesos fuertes del Tesoro nacional y los 50 de fortunas particulares que ha consumido en diez años, para sostener la guerra formidable que sus brutalidades han encendido, en manos del _fatuo_, del _iluso_ Rivadavia, se habrían convertido en canales de navegación, ciudades edificadas y grandes y multiplicados establecimientos de utilidad pública.
Que le quede, pues, a este hombre, ya inútil para su patria, la gloria de haber representado la civilización europea en sus más nobles aspiraciones, y que sus adversarios cobren la suya de mostrar la barbarie americana en sus formas más odiosas y repugnantes; porque Rosas y Rivadavia son los dos extremos de la República Argentina, que se liga a los salvajes por la pampa y a la Europa por el Plata.
No es el elogio, sino la apoteosis la que hago de Rivadavia y su partido, que han muerto para la República Argentina como elemento político, no obstante que Rosas se obstina suspicazmente en llamar unitarios a sus actuales enemigos. El antiguo partido unitario, como el de la Gironda, sucumbió hace muchos años. Pero en medio de sus desaciertos y sus ilusiones fantásticas, tenía tanto de noble y grande, que la generación que le sucede le debe los más pomposos honores fúnebres.
Muchos de aquellos hombres quedan aún entre nosotros, pero no ya como partido organizado; son las momias de la República Argentina, tan venerables y nobles como las del Imperio de Napoleón. Estos unitarios del año 25 forman un tipo separado, que nosotros sabemos distinguir por la figura, por los modales, por el tono de la voz y por las ideas. Me parece que entre cien argentinos reunidos, yo diría: este es _unitario_. El unitario tipo marcha derecho, la cabeza alta; no da vuelta, aunque sienta desplomarse un edificio; habla con arrogancia; completa la frase con gestos desdeñosos y ademanes concluyentes; tiene ideas fijas, invariables, y a la víspera de una batalla se ocupará todavía de discutir en toda forma un reglamento o de establecer una nueva formalidad legal, porque las fórmulas legales son el culto exterior que rinde a sus ídolos, la Constitución, las garantías individuales.
Su religión es el porvenir de la República, cuya imagen colosal, indefinible, pero grandiosa y sublime se le aparece a todas horas cubierta con el manto de las pasadas glorias y no le deja ocuparse de los hechos que presencia. Estoy seguro de que el alma de cada unitario degollado por Rosas ha abandonado el cuerpo desdeñando al verdugo que lo asesina y aun sin creer que la cosa ha sucedido. Es imposible imaginarse una generación más razonadora, más _deductiva_, más emprendedora y que haya carecido en más alto grado de sentido práctico. Llega la noticia de un triunfo de sus enemigos; todos lo repiten, el parte oficial lo detalla, los dispersos vienen heridos. Un _unitario_ no cree en tal triunfo, y se funda en razones tan concluyentes, que os hace dudar de lo que vuestros ojos están viendo. Tiene tal fe en la superioridad de su causa, y tanta constancia y abnegación para consagrarle su vida, que el destierro, la pobreza ni el lapso de los años entibiarán en un ápice su ardor.
En cuanto a temple de alma y energía, son infinitamente superiores a la generación que les ha sucedido. Sobre todo, lo que más les distingue de nosotros son sus modales finos, su política ceremoniosa y sus ademanes pomposamente cultos. En los estrados no tienen rival, y no obstante que ya están desmontados por la edad, son más galanes, más bulliciosos y alegres con las damas que lo son sus hijos.
Hoy día las formas se descuidan entre nosotros a medida que el movimiento democrático se hace más pronunciado, y no es fácil darse idea de la cultura y refinamiento de la sociedad de Buenos Aires hasta 1828. Todos los europeos que arribaban creían hallarse en Europa, en los salones de París; nada faltaba, ni aun la petulancia francesa, que se dejaba notar entonces en el elegante de Buenos Aires.
Me he detenido en estos pormenores para caracterizar la época en que se trataba de constituir la República y los elementos diversos que se estaban combatiendo. Córdoba, española por educación literaria y religiosa, estacionaria y hostil a las innovaciones revolucionarias, y Buenos Aires, todo novedad, todo revolución y movimiento, son las dos fases prominentes de los partidos que dividían las ciudades todas, en cada una de las cuales estaban luchando estos dos elementos diversos que hay en todos los pueblos cultos.
No sé si en América se presenta un fenómeno igual a éste; es decir, dos partidos, retrógrado y revolucionario, conservador y progresista, representados altamente cada uno por una ciudad civilizada de diverso modo, alimentándose cada una de ideas extraídas de fuentes distintas: Córdoba, de la España, los Concilios, los comentadores, el Digesto; Buenos Aires, de Bentham, Rousseau, Montesquieu y la literatura francesa entera.
A estos elementos de antagonismo se añadía otra causa no menos grave; tal era el aflojamiento de todo vínculo nacional, producido por la revolución de la Independencia. Cuando la autoridad es sacada de un centro para fundarla en otra parte, pasa mucho tiempo antes de echar raíces. _El Republicano_ decía el otro día que «la autoridad no es más que un convenio entre gobernantes y gobernados». ¡Aquí hay muchos _unitarios_ todavía! La autoridad se funda en el asentimiento indeliberado que una nación da a un hecho permanente. Donde hay deliberación y voluntad, no hay autoridad. Aquel estado de transición se llama _federalismo_; y después de toda revolución y cambio consiguiente de autoridad, todas las naciones tienen sus días y sus intentos de _federación_.
Me explicaré. Arrebatado a la España Fernando VII, la autoridad, aquel hecho permanente deja de ser, y la España se reúne en juntas provinciales que niegan la autoridad a los que gobiernan en nombre del rey. Esto es _federación de la España_. Llega la noticia a la América, y se desprende de la España, separándose en varias secciones: _federación de la América_.
Del virreinato de Buenos Aires salen al fin de la lucha cuatro Estados: Bolivia, Paraguay, Banda Oriental y República Argentina: _federación del virreinato_.
La República se divide en provincias, no por las antiguas intendencias, sino por ciudades: _federación de las ciudades_.
No es que la palabra _federación_ signifique separación, sino que, dada la separación previa, expresa la unión de partes distintas. La República Argentina se hallaba en esta crisis social, y muchos hombres notables y bien intencionados de las _ciudades_ creían que es posible hacer _federaciones_ cada vez que un hombre o un pueblo se siente sin respeto por una autoridad nominal y de puro convenio.
Así, pues, había esta otra manzana de discordia en la República, y los partidos, después de haberse llamado realistas y patriotas, congresistas y ejecutivistas, pelucones y liberales, concluyeron por llamarse federales y unitarios. Miento, que no concluye aún la fiesta: que a don Juan Manuel Rosas se le ha antojado llamar a sus enemigos presentes y futuros _salvajes_, _inmundos unitarios_, y uno nacerá _salvaje_ estereotipado allí dentro de veinte años, como son federales hoy todos los que llevan la carátula que él les ha puesto. ¡Cómo se reirá en sus adentros ese miserable de la imbecilidad de los pueblos!
Pero la República Argentina está geográficamente constituída de tal manera, que ha de ser unitaria siempre, _aunque el rótulo de la botella_ diga lo contrario. Su llanura continua, sus ríos confluentes a un puerto único la hacen fatalmente una e indivisible. Rivadavia, más conocedor de las necesidades del país, aconsejaba a los pueblos que se uniesen bajo una Constitución común, haciendo nacional el puerto de Buenos Aires. Agüero, su eco en el Congreso, decía a los porteños con su acento magistral y unitario: «Demos voluntariamente a los pueblos lo que más tarde nos reclamarán con las armas en la mano.»
El pronóstico falló por una palabra. Los pueblos no reclamaron de Buenos Aires el puerto con las armas, sino con la _barbarie_, que le mandaron en Facundo y Rosas. Pero Buenos Aires se quedó con la barbarie y el puerto, que sólo a Rosas ha servido y no a las provincias. De manera que Buenos Aires y las provincias se han hecho el mal mutuamente, sin reportar ninguna ventaja.
Todos estos antecedentes he necesitado establecer para continuar con la vida de Juan Facundo Quiroga, porque, aunque parezca ridículo decirlo, Facundo es el rival de Rivadavia. Todo lo demás es transitorio, intermediario y de poco momento; el partido federal de las ciudades era un eslabón que se ligaba al partido bárbaro de las campañas. La República era solicitada por dos fuerzas unitarias: una que partía de Buenos Aires y se apoyaba en los liberales del interior; otra que partía de las campañas y se apoyaba en los caudillos que ya habían logrado dominar las ciudades; la una, civilizada, constitucional, europea; la otra, bárbara, arbitraria, americana.
Estas dos fuerzas habían llegado a su más alto punto de desenvolvimiento, y sólo una palabra se necesitaba para trabar la lucha, y ya que el partido revolucionario se llamaba _unitario_, no había inconveniente para que el partido adverso adoptase la denominación de _federal_, sin comprenderla.
Pero aquella fuerza bárbara estaba diseminada por toda la República, dividida en provincias, en cacicazgos; necesitábase una mano poderosa para fundirla y presentarla en un todo homogéneo, y Quiroga ofreció su brazo para realizar esta grande obra.
El gaucho argentino, aunque de instintos comunes con los pastores, es eminentemente provincial: lo hay porteño, santafecino, cordobés, llanista, etc. Todas sus aspiraciones las encierra en su provincia; las demás son enemigas o extrañas; son diversas tribus, que se hacen entre sí la guerra. López, apoderado de Santa Fe, no se cura de lo que pasa alrededor suyo, salvo que vengan a importunarlo, que entonces monta a caballo y echa fuera a los intrusos. Pero como no estaba en sus manos que las provincias no se tocasen por todas partes, no podía tampoco evitar que al fin se uniesen en un interés común, y de ahí les viniese esa misma _unidad_ que tanto se interesaba en combatir.
Recuérdese que al principio dije que las correrías y viajes de la juventud de Quiroga habían sido la base de su futura ambición. Efectivamente: Facundo, aunque gaucho, no tiene apego a un lugar determinado; es riojano, pero se ha educado en San Juan, ha vivido en Mendoza, ha estado en Buenos Aires. Conoce la República; sus miradas se extienden sobre un grande horizonte; dueño de La Rioja, quisiera, naturalmente, presentarse revestido del poder en el pueblo en que aprendió a leer, en la ciudad donde levantó unas tapias, en aquella otra donde estuvo preso e hizo una acción gloriosa. Si los sucesos lo atraen fuera de su provincia, no se resistirá a salir por cortedad ni encogimiento. Muy distinto de Ibarra y López, que no gustan sino de defenderse en su territorio, él acometerá el ajeno y se apoderará de él. Así la Providencia realiza las grandes cosas por medios insignificantes e inapercibibles, y la unidad bárbara de la República va a iniciarse a causa de que un gaucho malo ha andado de provincia en provincia levantando tapias y dando puñaladas.
martes, 13 de enero de 2015
Facundo: PARTE SEGUNDA - CAPÍTULO SEGUNDO
CAPÍTULO II
LA RIOJA.--EL COMANDANTE DE CAMPAÑA
En un documento tan antiguo como el año de 1560 he visto consignado el nombre de Mendoza con este aditamento: Mendoza, del valle de La Rioja. Pero La Rioja actual es una provincia argentina que está al norte de San Juan, del cual la separan varias travesías, aunque interrumpidas por valles poblados. De los Andes se desprenden ramificaciones que cortan la parte occidental en líneas paralelas, en cuyos valles están Los Pueblos y Chilecito, así llamado por los mineros chilenos que acudieron a la fama de las ricas minas de Famatina. Más hacia el oriente se extiende una llanura arenisca, desierta y agostada por los ardores del sol, en cuya extremidad norte, y a las inmediaciones de una montaña cubierta hasta su cima de lozana y alta vegetación, yace el esqueleto de La Rioja, ciudad solitaria, sin arrabales y marchita como Jerusalén al pie del Monte de los Olivos. Al sur y a larga distancia limitan esta llanura arenisca los Colorados, montes de greda petrificada, cuyos cortes regulares asumen las formas más pintorescas y fantásticas; a veces es una muralla lisa con bastiones avanzados, a veces créese ver torreones y castillos almenados en ruinas. Ultimamente, al sudeste y rodeados de extensas travesías, están los Llanos, país quebrado y montañoso, en despecho de su nombre, oasis de vegetación pastosa que alimentó en otro tiempo millares de rebaños.
El aspecto del país es, por lo general, desolado; el clima, abrasador; la tierra, seca y sin aguas corrientes. El campesino hace _represas_ para recoger el agua de las lluvias y dar de beber a sus ganados. He tenido siempre la preocupación de que el aspecto de la Palestina es parecido al de La Rioja, hasta en el color rojizo u ocre de la tierra, la sequedad de algunas partes y sus cisternas; hasta en sus naranjos, vides e higueras, de exquisitos y abultados frutos, que se crían donde corre algún cenagoso y limitado Jordán; hay una extraña combinación de montañas y llanuras, de fertilidad y aridez, de montes adustos y erizados y colinas verdinegras tapizadas de vegetación tan colosal como los cedros del Líbano. Lo que más me trae a la imaginación estas reminiscencias orientales es el aspecto verdaderamente patriarcal de los campesinos de La Rioja. Hoy, gracias a los caprichos de la moda, no causa novedad el ver hombres con la barba entera, a la manera inmemorial de los pueblos de Oriente; pero aún no dejaría de sorprender por eso la vista de un pueblo que habla español y lleva y ha llevado siempre la barba completa, cayendo muchas veces hasta el pecho; un pueblo de aspecto triste, taciturno, grave y taimado, árabe, que cabalga en burros y viste a veces de cueros de cabra, como el ermitaño de Enggady. Lugares hay en que la población se alimenta exclusivamente de miel silvestre y de algarroba, como de langostas San Juan en el desierto. El _llanista_ es el único que ignora que es el ser más desgraciado, más miserable y más bárbaro, y gracias a esto vive contento y feliz cuando el hambre no lo acosa.
Dije al principio que había montañas rojizas que tenían a lo lejos el aspecto de torreones y castillos feudales arruinados; pues para que los recuerdos de la Edad Media vengan a mezclarse a aquellos matices orientales, La Rioja ha presentado por más de un siglo la lucha de dos familias hostiles, señoriales, ilustres, ni más ni menos que en los feudos italianos en que figuran los Ursinos, Colonnas y Médicis. Las querellas de Ocampos y Dávilas forman toda la historia culta de La Rioja. Ambas familias, antiguas, ricas, tituladas, se disputan el poder largo tiempo, dividen la población en bandos, como los güelfos y gibelinos, aun mucho antes de la revolución de la independencia. De estas dos familias han salido una multitud de hombres notables en las armas, en el foro y en la industria, porque Dávilas y Ocampos trataron siempre de sobreponerse por todos los medios de valer que tiene consagrados la civilización. Apagar estos rencores hereditarios entró no pocas veces en la política de los patriotas de Buenos Aires. La Logia de Lautaro llevó a las dos familias a enlazar un Ocampo con una señorita Doria y Dávila, para reconciliarlas.
Todos saben que ésta era la práctica en Italia. Romeo y Julieta fueron aquí más felices. Hacia los años 1817 el Gobierno de Buenos Aires, a fin de poner término también a los feudos de aquellas casas, mandó un gobernador de fuera de la provincia, un señor Barnachea, que no tardó mucho en caer bajo la influencia del partido de los Dávilas, que contaban con el apoyo de don Prudencio Quiroga, residente en los Llanos y muy querido de los habitantes, y que a causa de esto fué llamado a la _ciudad_ y hecho tesorero y alcalde. Nótese que, aunque de un modo legítimo y noble, con don Prudencio Quiroga, padre de Facundo, entra en los partidos _civiles_ a figurar ya la campaña pastora como elemento político. Los Llanos, como ya llevo dicho, son un oasis montañoso de pastos, enclavado en el centro de una extensa travesía; sus habitantes, pastores exclusivamente, viven la vida patriarcal y primitiva que aquel aislamiento conserva en toda su pureza bárbara y hostil a las ciudades. La hospitalidad es allí un deber común, y entre los deberes del peón entra el de defender a su patrón en cualquier peligro o riesgo de su vida. Estas costumbres explicarán ya un poco los fenómenos que vamos a presenciar.
Después del suceso de San Luis, Facundo se presentó en los Llanos revestido del prestigio de la reciente hazaña y premunido de una recomendación del Gobierno. Los partidos que dividían a La Rioja no tardaron mucho en solicitar la adhesión de un hombre que todos miraban con el respeto y asombro que inspiran siempre las acciones arrojadas. Los Ocampos, que obtuvieron el gobierno en 1820, le dieron el título de sargento mayor de las milicias de los Llanos, con la influencia y autoridad de _comandante de campaña_.
Desde este momento principia la vida pública de Facundo. El elemento pastoril, bárbaro, de aquella provincia; aquella tercera entidad que aparece en el sitio de Montevideo con Artigas, va a presentarse en La Rioja con Quiroga, llamado en su apoyo por uno de los partidos de la _ciudad_. Este es un momento solemne y crítico en la historia de todos los pueblos pastores de la República Argentina; hay en todos ellos un día en que por necesidad de apoyo exterior, o por el temor que ya inspira un hombre audaz, se le elige comandante de campaña. Es éste el caballo de los griegos que los troyanos se apresuran a introducir en la _ciudad_.
Por este tiempo ocurría en San Juan la desgraciada sublevación del número 1 de los Andes, que había vuelto de Chile a rehacerse. Frustrados en los objetos del motín, Francisco Aldao y Corro emprendieron una retirada desastrosa al norte, a reunirse a Güemes, caudillo de Salta. El general Ocampo, gobernador de La Rioja, se dispone a cerrarles el paso, y al efecto convoca todas las fuerzas de la provincia y se prepara a dar una batalla. Facundo se presenta con sus llanistas. Las fuerzas vienen a las manos, y pocos minutos bastaron al número 1 para mostrar que con la rebelión no había perdido nada de su antiguo brillo en los campos de batalla. Corro y Aldao se dirigieron a la ciudad, y los dispersos trataron de rehacerse, dirigiéndose hacia los Llanos, donde podían aguardar las fuerzas que de San Juan y Mendoza venían en persecución de los fugitivos. Facundo, en tanto, abandona el punto de reunión, cae sobre la retaguardia de los vencedores, los tirotea, los importuna, les mata o hace prisioneros a los rezagados. Facundo es el único que está dotado de vida propia, que no espera órdenes, que obra de su _proprio motu_. Se ha sentido llamado a la acción, y no espera que le empujen. Mas todavía habla con desdén del Gobierno y del general, y anuncia su disposición de obrar en adelante según su dictamen y de echar abajo el Gobierno. Dícese que un consejo de los principales del ejército instaba al general Ocampo para que lo prendiese, juzgase y fusilase; pero el general no consintió, menos acaso por moderación que por sentir que Quiroga era ya, no tanto un súbdito, cuanto un aliado temible.
Un arreglo definitivo entre Aldao y el Gobierno dejó acordado que aquél se dirigiría a San Luis, por no querer seguir a Corro, proveyéndole el Gobierno de medios hasta salir del territorio por un itinerario que pasaba por los Llanos. Facundo fué encargado de la ejecución de esta parte de lo estipulado, y regresó a los Llanos con Aldao. Quiroga lleva ya la conciencia de su fuerza, y cuando vuelve la espalda a La Rioja, ha podido decirle en despedida: «¡Ay de ti, ciudad! En verdad os digo que dentro de poco no quedará piedra sobre piedra.»
Aldao, llegado a los Llanos, y conocido el descontento de Quiroga, le ofrece cien hombres de línea para apoderarse de La Rioja, a trueque de aliarse para futuras empresas. Quiroga acepta con ardor, encamínase a la ciudad, la toma, prende a los individuos del Gobierno, les manda confesores y orden de prepararse para morir. ¿Qué objeto tiene para él esta revolución? Ninguno; se ha sentido con fuerzas, ha estirado los brazos y ha derrotado la _ciudad_. ¿Es culpa suya?
Los antiguos patriotas chilenos no han olvidado, sin duda, las proezas del sargento Araya, de granaderos a caballo, porque entre aquellos veteranos la aureola de la gloria solía descender hasta el simple soldado. Contábame el presbítero Meneses, cura que fué de Los Andes, que después de la derrota de Cancha Rayada, el sargento Araya iba encaminándose a Mendoza con siete granaderos.
Ibaseles el alma a los patriotas de ver alejarse y repasar los Andes a los soldados más valientes del ejército, mientras que Las Heras tenía todavía un tercio bajo sus órdenes, dispuesto a hacer frente a los españoles. Tratábase de detener al sargento Araya; pero una dificultad ocurría. ¿Quién se le acercaba? Una partida de 60 hombres de milicias estaba a la mano; pero todos los soldados sabían que el prófugo era el sargento Araya, y habrían preferido mil veces atacar a los españoles que a este león de los granaderos; don José María Meneses entonces se adelanta solo y desarmado, alcanza a Araya, le ataja el paso, le reconviene, le recuerda sus glorias pasadas y la vergüenza de una fuga sin motivo; Araya se deja conmover y no opone resistencia a las súplicas y órdenes de un buen paisano; se entusiasma en seguida, y corre a detener otros grupos de granaderos que le precedían en la fuga, y gracias a su diligencia y reputación, vuelve a incorporarse en el ejército con 60 compañeros de armas, que se lavaron en Maipú de la mancha momentánea que había caído sobre sus laureles.
Este sargento Araya y un Lorca, también un valiente conocido en Chile, mandaban la fuerza que Aldao había puesto a las órdenes de Facundo. Los reos de La Rioja, entre los que se hallaba el doctor don Gabriel Ocampo, ex ministro de Gobierno, solicitaron la protección de Lorca para que intercediese por ellos. Facundo, aun no seguro de su momentánea elevación, consintió en otorgarles la vida; pero esta restricción puesta a su poder le hizo sentir otra necesidad. Era preciso poseer esa fuerza veterana para no encontrar contradicciones en lo sucesivo. De regreso a los Llanos, se entiende con Araya, y poniéndose de acuerdo, caen sobre el resto de la fuerza de Aldao, la sorprenden, y Facundo se halla en seguida jefe de 400 hombres de línea, de cuyas filas salieron después los oficiales de sus primeros ejércitos.
Facundo acordóse de que don Nicolás Dávila estaba en Tucumán expatriado, y le hizo venir para encargarle de las molestias del gobierno de La Rioja, reservándose él tan sólo el poder real que lo seguía a los Llanos. El abismo que mediaba entre él y los Ocampos y Dávilas era tan ancho, tan brusca la transición, que no era posible por entonces hacerla de un golpe; el espíritu de ciudad era demasiado poderoso todavía para sobreponerle la campaña; todavía un doctor en leyes valía más para el gobierno que un peón cualquiera. Después ha cambiado todo esto.
Dávila se hizo cargo del gobierno bajo el patrocinio de Facundo, y por entonces pareció alejado todo motivo de zozobra. Las haciendas y propiedades de los Dávilas estaban situadas en las inmediaciones de Chilecito, y allí, por tanto, en sus deudos y amigos se hallaba reconcentrada la fuerza física y moral que debía apoyarlo en el gobierno. Habiéndose, además, acrecentado la población de Chilecito con la provechosa explotación de las minas, y reunídose caudales cuantiosos, el gobierno estableció una casa de moneda provincial, y trasladó su residencia a aquel pueblecillo, ya fuese para llevar a cabo la empresa, ya para alejarse de los Llanos y sustraerse de la sujeción incómoda que Quiroga quería ejercer sobre él. Dávila no tardó mucho en pasar de estas medidas puramente defensivas a una actitud más decidida, y aprovechando la temporaria ausencia de Facundo, que andaba en San Juan, se concertó con el capitán Araya para que le prendiesen a su llegada. Facundo tuvo aviso de las medidas que contra él se preparaban, e introduciéndose secretamente en los Llanos, mandó asesinar a Araya.
El gobierno, cuya autoridad era contestada de una manera tan indigna, intimó a Facundo que se presentase a responder a los cargos que se le hacían sobre el asesinato. ¡Parodia ridícula! No quedaba otro medio que apelar a las armas y encender la guerra civil entre el gobierno y Quiroga, entre la ciudad y los Llanos. Facundo mandó a su vez una comisión a la Junta de Representantes, pidiéndole que depusiese a Dávila. La Junta había llamado al gobernador con instancia para que desde allí, y con el apoyo de todos los ciudadanos, invadiese los Llanos y desarmase a Quiroga. Había en esto un interés local, y era hacer que la Casa de la Moneda fuese trasladada a la ciudad de La Rioja; pero como Dávila persistiese en residir en Chilecito, la Junta, accediendo a la solicitud de Quiroga, lo declaró depuesto. El gobernador Dávila había reunido, bajo las órdenes de don Miguel Dávila, muchos soldados de los de Aldao; poseía un buen armamento, muchos adictos que querían salvar la provincia del dominio del caudillo que se estaba levantando en los Llanos, y varios oficiales de línea para poner a la cabeza de las fuerzas. Los preparativos de guerra empezaron, pues, con igual ardor en Chilecito y en los Llanos; y el rumor de los aciagos sucesos que se preparaban, llegó hasta San Juan y Mendoza, cuyos gobiernos mandaron un comisionado a procurar un arreglo entre los beligerantes que ya estaban a punto de venir a las manos.
Corvalán, ese mismo que hoy sirve de ordenanza a Rosas, se presentó al campo de Quiroga a interponer la mediación de que venía encargado, y que fué aceptada por el caudillo; pasó en seguida al campo enemigo, donde obtuvo la misma cordial acogida. Regresa al campo de Quiroga para arreglar el convenio definitivo; pero éste, dejándolo allí, se puso en movimiento sobre su enemigo, cuyas fuerzas, desapercibidas por las seguridades dadas por el enviado, fueron fácilmente derrotadas y dispersas. Don Miguel Dávila, reuniendo algunos de los suyos, acometió denodadamente a Quiroga, a quien alcanzó a herir en un muslo antes que una bala le llevase la muñeca; en seguida fué rodeado y muerto por los soldados. Hay en este suceso una cosa muy característica del espíritu gaucho. Un soldado se complace en enseñar sus cicatrices; el gaucho las oculta y disimula cuando son de arma blanca, porque prueban su poca destreza, y Facundo, fiel a estas ideas de honor, jamás recordó la herida que Dávila le había abierto antes de morir.
Aquí termina la historia de los Ocampos y Dávilas, y de La Rioja también. Lo que sigue es la historia de Quiroga. Este día es también uno de los nefastos de las ciudades pastoras, día aciago que al fin llega. Este día corresponde en la historia de Buenos Aires al de abril de 1835, en que su comandante de campaña, su héroe del desierto, se apodera de la ciudad.
Hay una circunstancia curiosa (1823) que no debo omitir porque hace honor a Quiroga: en esta noche negra que vamos a atravesar no debe perderse la más débil lucecilla. Facundo, al entrar triunfante en La Rioja, hizo cesar los repiques de las campanas, y después de mandar dar el pésame a la viuda del general muerto, ordenó pomposas exequias para honrar sus cenizas. Nombró o hizo nombrar por gobernador a un español vulgar, un Blanco, y con él principió el nuevo orden de cosas que debía realizar el bello ideal del gobierno que había concebido; porque Quiroga en su larga carrera, en los diversos pueblos que ha conquistado, jamás se ha encargado del gobierno organizado, que abandonaba siempre a otros. Momento grande y espectable para los pueblos es siempre aquél en que una mano vigorosa se apodera de sus destinos. Las instituciones se afirman o ceden su lugar a otras nuevas más fecundas en resultados, o más conformes con las ideas que predominan. De aquel foco parten muchas veces los hilos que, entretejiéndose con el tiempo, llegan a cambiar la tela de que se compone la historia.
No así cuando predomina una fuerza extraña a la civilización, cuando Atila se apodera de Roma, o Tamerlán recorre las llanuras asiáticas; los escombros quedan, pero en vano iría después a removerlos la mano de la filosofía para buscar debajo de ellos las plantas vigorosas que nacieran con el abono nutritivo de la sangre humana. Facundo, genio bárbaro, se apodera de su país; las tradiciones de gobierno desaparecen, las formas se degradan, las leyes son un juguete en manos torpes; y en medio de esta destrucción efectuada por las pisadas de los caballos, nada se sustituye, nada se establece. El desahogo, la desocupación y la incuria son el bien supremo del gaucho. Si La Rioja, como tenía doctores hubiera tenido estatuas, éstas habrían servido para amarrar los caballos.
Facundo deseaba poseer, e incapaz de crear un sistema de rentas, acude a lo que acuden siempre los gobiernos torpes e imbéciles. Mas aquí el monopolio llevará el sello de la vida pastoril, la espoliación y la violencia. Rematábanse los diezmos de La Rioja en aquella época en diez mil pesos anualmente; ésta era por lo menos el término medio. Facundo se presenta en la mesa del remate, y ya su asistencia, hasta entonces inusitada, impone respeto a los postores. «Doy dos mil pesos--dice--y uno más, sobre la mejor postura.» El escribano repite la propuesta tres veces y nadie ofrece mejora. Era que todos los concurrentes se habían escurrido uno a uno al leer en la mirada siniestra de Quiroga que aquélla era la última postura. Al año siguiente se contentó con mandar al remate una cedulilla así concebida: «Doy dos mil pesos, y uno más, sobre la mejor postura.--_Facundo Quiroga._»
Al tercer año se suprimió la ceremonia del remate, y el año 1831 Quiroga mandaba todavía a La Rioja dos mil pesos, valor fijado a los diezmos.
Pero faltaba un paso que dar para hacer redituar el diezmo un ciento por uno, y Facundo, desde el segundo año, no quiso recibir el de animales, sino que distribuyó su marca a todos los hacendados, a fin de que herrasen el diezmo, y se les guardase las estancias hasta que él lo reclamase. Las crías se aumentaban, los diezmos nuevos acrecentaban el piño de ganado, y a la vuelta de diez años se pudo calcular que la mitad del ganado de las estancias de una provincia pastora, pertenecía al comandante general de armas y llevaba su marca.
Una costumbre inmemorial en La Rioja hacía que los ganados _mostrencos_, o no marcados a cierta edad, perteneciesen de derecho al fisco, que mandaba sus agentes a recoger estas espigas perdidas, y sacaba de la colecta una renta no despreciable, si bien se hacía intolerable para los estancieros. Facundo pidió que se le adjudicase este ganado en resarcimiento de los gastos que le había demandado la invasión a la ciudad; gastos que se reducían a convocar las milicias, que concurren en sus caballos y viven siempre de lo que encuentran. Poseedor ya de partidas de seis mil novillos al año, mandaba a las ciudades sus abastecedores, y ¡desgraciado el que entrase a competir con él! Este negocio de abastecer los mercados de carne lo ha practicado dondequiera que sus armas se presentaron, en San Juan, Mendoza, Tucumán, cuidando siempre de monopolizarlo en su favor por algún bando o un simple anuncio. Da asco y vergüenza, sin duda, tener que descender a estos pormenores indignos de ser recordados. Pero, ¿qué hacer? En seguida de una batalla sangrienta que le ha abierto la entrada a una ciudad, lo primero que el general ordena es que nadie pueda abastecer de carne el mercado... En Tucumán supo que un vecino, contraviniendo la orden, mataba reses en su casa. El general del ejército de los Andes, el vencedor de la Ciudadela, no creyó deber confiar a nadie la pesquisa de delito tan horrendo. Va él en persona, da recios golpes a la puerta de la casa, que permanecía cerrada, y que, atónitos los de adentro, no aciertan a abrir. Una patada del ilustre general la echa abajo, y expone a su vista esta escena, una res muerta que desollaba el dueño de la casa, que a su vez cae también muerto a la vista terrífica del general ofendido[26].
No me detengo en estos pormenores a designio. ¡Cuántas páginas omito! ¡Cuántas iniquidades comprobadas, y de todos sabidas, callo! Pero hago la historia del gobierno bárbaro, y necesito hacer conocer sus resortes. Mehemet-Alí, dueño de Egipto por los mismos medios que Facundo, se entrega a una rapacidad sin ejemplo aun en la Turquía; constituye el monopolio en todos los ramos, y los explota en su beneficio; pero Mehemet-Alí sale del seno de una nación bárbara, y se eleva hasta desear la civilización europea e injertarla en las venas del pueblo que oprime. Facundo, empero, rechaza todos los medios civilizados que ya son conocidos, los destruye y desmoraliza; Facundo, que no gobierna, porque el gobierno es ya un trabajo en beneficio ajeno, se abandona a los instintos de una avaricia sin medidas, sin escrúpulos.
El egoísmo es el fondo de casi todos los grandes caracteres históricos; el egoísmo es el muelle real que hace ejecutar todas las grandes acciones; Quiroga poseía este don político en grado eminente, y lo ejercitaba en reconcentrar en torno suyo todo lo que veía diseminado en la sociedad inculta que lo rodeaba; fortuna, poder, autoridad, todo está con él; todo lo que no puede adquirir: maneras, instrucción, respetabilidad fundada, eso lo persigue, lo destruye en las personas que lo poseen. Su encono contra la gente _decente_, contra la _ciudad_, es cada día más visible; el gobernador de La Rioja puesto por él renuncia al fin a fuerza de ser vejado diariamente. Un día está de buen humor Quiroga, y juega con un joven, como el gato juega con la tímida rata: juega a si lo mata o no lo mata; el terror de la víctima ha sido tan ridículo, que el verdugo se ha puesto de buen humor, se ha reído a carcajadas, contra su costumbre habitual.
Su buen humor no debe quedar ignorado: necesita explayarse, extenderlo sobre una gran superficie. Suena la generala en La Rioja, y los ciudadanos salen a las calles armados al rumor de alarma. Facundo, que ha hecho tocar a generala para divertirse, forma a los vecinos en la plaza a las once de la noche, despide de las filas a la plebe, y deja sólo a los vecinos padres de familia acomodados, a los jóvenes que aún conservan visos de cultura.
Hácelos marchar y contramarchar toda la noche, hacer alto, alinearse, marchar de frente, de flanco. Es un cabo de instrucción que enseña a unos reclutas, y la vara del cabo anda por la cabeza de los torpes, por el pecho de los que no se alínean bien; ¿qué quieren? ¡así se enseña! El día sobreviene, y los semblantes pálidos de los reclutas; su fatiga y extenuación revelan todo lo que se ha aprendido en la noche. Al fin da descanso a su tropa, y lleva la generosidad hasta comprar empanadas, y distribuir a cada uno la suya, que se apresura a comer, porque es parte ésta de la diversión.
Lecciones de este género no son inútiles para las ciudades, y el hábil político que en Buenos Aires ha elevado a sistema estos procedimientos, los ha refinado y hecho producir efectos maravillosos. Por ejemplo, desde 1835 hasta 1840, casi toda la ciudad de Buenos Aires ha pasado por las cárceles. Había a veces ciento cincuenta ciudadanos que permanecían presos dos, tres meses, para ceder su lugar a un repuesto de doscientos que permanecían seis meses. ¿Por qué? ¿qué habían hecho?... ¿qué habían dicho? ¡Imbéciles!: ¿no véis que se está disciplinando la _ciudad_?... ¿No recordás que Rosas decía a Quiroga que no era posible constituir la República porque no había costumbres? ¡Es que está acostumbrando a la ciudad a ser gobernada; él concluirá la obra, y en 1844 podrá presentar al mundo un pueblo que no tiene sino un pensamiento, una opinión, una voz, un entusiasmo sin límites por la persona y por la voluntad de Rosas! ¡Ahora sí que se puede constituir una república!
Pero volvamos a La Rioja. Habíase excitado en Inglaterra un movimiento febril de empresa sobre las minas de los nuevos Estados americanos; compañías poderosas se proponían explotar las de Méjico y Perú, y Rivadavia, residente en Londres entonces, estimuló a los empresarios a traer sus capitales a la República Argentina. Las minas de Famatina se presentaban a las grandes empresas. Especuladores de Buenos Aires obtienen al mismo tiempo privilegios exclusivos para la explotación, con el designio de venderlos a las compañías inglesas por sumas enormes. Estas dos especulaciones, la de Inglaterra y la de Buenos Aires, se cruzaron en sus planes y no pudieron entenderse. Al fin hubo transacción con otra casa inglesa que debía suministrar fondos, y que, en efecto, mandó directores y mineros ingleses. Más tarde se especuló en establecer una Casa de Moneda en La Rioja, que, cuando el Gobierno nacional se organizase, debía serle vendida en una gran suma. Facundo, solicitado, entró con un gran número de acciones, que pagó con el Colegio de Jesuítas, que se hizo adjudicar en pago de _sus sueldos_ de general. Una comisión de accionistas de Buenos Aires vino a La Rioja para realizar esta empresa, y desde luego manifestó su deseo de ser presentada a Quiroga, cuyo nombre misterioso y terrorífico empezaba a resonar por todas partes. Facundo se le presenta en su alojamiento con media de _seda_ de patente, calzón de jergón y un poncho de tela ruin. No obstante lo grotesco de esta figura, a ninguno de los ciudadanos elegantes de Buenos Aires le ocurrió reírse, porque eran demasiado avisados para no descifrar el enigma. Quería humillar a los hombres cultos, y mostrarles el caso que hacía de sus trajes europeos.
Ultimamente, derechos exhorbitantes sobre la extracción de ganados que no fuesen los suyos, completaron el sistema de administración establecido en su provincia. Pero a más de estos medios directos de fortuna, hay uno que me apresuro a exponer, por desembarazarme de una vez de un hecho que abraza toda la vida pública de Facundo. ¡El juego! Facundo tenía la rabia del juego, como otros la de los licores, como otros la del rapé. Un alma poderosa pero incapaz de abrazar una grande esfera de ideas, necesitaba esta ocupación ficticia en que una pasión está en continuo ejercicio, contrariada y halagada a la vez, irritada, excitada, atormentada. Siempre he creído que la pasión del juego es en los más casos una buena cualidad de espíritu que está ociosa por la mala organización de una sociedad. Estas fuerzas de voluntad, de temeridad, de abnegación y de constancia, son las mismas que forman las fortunas del comerciante emprendedor, del banquero y del conquistador que juega imperios a las batallas. Facundo ha jugado desde la infancia; el juego ha sido su único goce, su desahogo, su vida entera. ¿Pero sabéis lo que es un tallador que tiene en fondos el poder, el terror y la vida de sus compañeros de mesa?
Esta es una cosa de que nadie ha podido formarse idea, sino después de haberlo visto durante veinte años. Facundo jugaba sin lealtad, dicen sus enemigos... Yo no doy fe a este cargo, porque la mala fe le era inútil, y porque perseguía de muerte a los que la usaban.
Pero Facundo jugaba con fondos ilimitados; no permitió jamás que nadie levantase de la mesa el dinero con que jugaba; no era posible dejar de jugar sin que él lo dispusiese; él jugaba cuarenta horas, y más, consecutivas; él no estaba turbado por el terror, y él podía mandar azotar o fusilar a sus compañeros de carpeta, que muchas veces eran hombres comprometidos. He aquí el secreto de la buena fortuna de Quiroga. Son raros los que le han ganado sumas considerables, aunque sean muchos los que en momentos dados de una partida de juego han tenido delante de sí pirámides de onzas ganadas a Quiroga; el juego ha seguido, porque al ganancioso no le era permitido levantarse, y al fin sólo le ha quedado la gloria de contar que ya tenía ganado tanto y lo perdió en seguida.
El juego fué, pues, para Quiroga una diversión favorita y un sistema de expoliación. Nadie recibía dinero de él en La Rioja, nadie lo poseía sin ser invitado inmediatamente a jugar y a dejarlo en poder del caudillo. La mayor parte de los comerciantes de La Rioja quiebran, desaparecen, porque el dinero ha ido a parar a la bolsa del general, y no es porque no les dé lecciones de prudencia. Un joven había ganado a Facundo cuatro mil pesos, y Facundo no quiere jugar más. El joven cree que es una red que le tienden, que su vida está en peligro. Facundo repite que no juega más, insiste el joven atolondrado, y Facundo, condescendiendo, le _gana_ los cuatro mil pesos y le manda dar doscientos azotes, _por bárbaro_.
Me fatigo de leer infamias, contestes en todos los manuscritos que consulto. Sacrifico la relación de ellas a la vanidad de autor, a la pretensión literaria. Si digo más, los cuadros me salen recargados, innobles, repulsivos.
Hasta aquí llega la vida del comandante de campaña, después que ha abolido la _ciudad_, la ha suprimido. Facundo hasta aquí es como todos los demás, como Rosas en su estancia, aunque ni el juego ni la satisfacción brutal de todas las pasiones le deshonrasen tanto antes de llegar al Poder. Pero Facundo va a entrar en una nueva esfera, y tendremos luego que seguirlo por toda la República, que ir a buscarlo en los campos de batalla.
¿Qué consecuencias trajo para la provincia de La Rioja la destrucción del orden _civil_? Sobre esto no se razona, no se discurre. Se va a ver el teatro en que estos sucesos se desenvolvieron, y se tiende la vista sobre él: ahí está la respuesta. Los Llanos de La Rioja están hoy desiertos; la población ha emigrado a San Juan; los aljibes que daban de beber a millares de rebaños se han secado. En esos Llanos, donde ahora veinte años pacían tantos millares de rumiantes, vaga tranquilo el tigre, que ha reconquistado sus dominios; algunas familias de pordioseros recogen algarroba para mantenerse. Así han pagado los Llanos los males que extendieron sobre la República. «¡Ay de ti, Betsaida y Corazain! En verdad os digo que Sodoma y Gomorra fueron mejor tratadas que lo que debéis serlo vosotras.»
LA RIOJA.--EL COMANDANTE DE CAMPAÑA
The sides of the mountains enlarge and assume an aspect at once more grand and more barren. By little and little the scanty vegetation languishes and dies; and mosse disappear, and a red burning hue suceeds.
ROUSSEL. _Palestine._
En un documento tan antiguo como el año de 1560 he visto consignado el nombre de Mendoza con este aditamento: Mendoza, del valle de La Rioja. Pero La Rioja actual es una provincia argentina que está al norte de San Juan, del cual la separan varias travesías, aunque interrumpidas por valles poblados. De los Andes se desprenden ramificaciones que cortan la parte occidental en líneas paralelas, en cuyos valles están Los Pueblos y Chilecito, así llamado por los mineros chilenos que acudieron a la fama de las ricas minas de Famatina. Más hacia el oriente se extiende una llanura arenisca, desierta y agostada por los ardores del sol, en cuya extremidad norte, y a las inmediaciones de una montaña cubierta hasta su cima de lozana y alta vegetación, yace el esqueleto de La Rioja, ciudad solitaria, sin arrabales y marchita como Jerusalén al pie del Monte de los Olivos. Al sur y a larga distancia limitan esta llanura arenisca los Colorados, montes de greda petrificada, cuyos cortes regulares asumen las formas más pintorescas y fantásticas; a veces es una muralla lisa con bastiones avanzados, a veces créese ver torreones y castillos almenados en ruinas. Ultimamente, al sudeste y rodeados de extensas travesías, están los Llanos, país quebrado y montañoso, en despecho de su nombre, oasis de vegetación pastosa que alimentó en otro tiempo millares de rebaños.
El aspecto del país es, por lo general, desolado; el clima, abrasador; la tierra, seca y sin aguas corrientes. El campesino hace _represas_ para recoger el agua de las lluvias y dar de beber a sus ganados. He tenido siempre la preocupación de que el aspecto de la Palestina es parecido al de La Rioja, hasta en el color rojizo u ocre de la tierra, la sequedad de algunas partes y sus cisternas; hasta en sus naranjos, vides e higueras, de exquisitos y abultados frutos, que se crían donde corre algún cenagoso y limitado Jordán; hay una extraña combinación de montañas y llanuras, de fertilidad y aridez, de montes adustos y erizados y colinas verdinegras tapizadas de vegetación tan colosal como los cedros del Líbano. Lo que más me trae a la imaginación estas reminiscencias orientales es el aspecto verdaderamente patriarcal de los campesinos de La Rioja. Hoy, gracias a los caprichos de la moda, no causa novedad el ver hombres con la barba entera, a la manera inmemorial de los pueblos de Oriente; pero aún no dejaría de sorprender por eso la vista de un pueblo que habla español y lleva y ha llevado siempre la barba completa, cayendo muchas veces hasta el pecho; un pueblo de aspecto triste, taciturno, grave y taimado, árabe, que cabalga en burros y viste a veces de cueros de cabra, como el ermitaño de Enggady. Lugares hay en que la población se alimenta exclusivamente de miel silvestre y de algarroba, como de langostas San Juan en el desierto. El _llanista_ es el único que ignora que es el ser más desgraciado, más miserable y más bárbaro, y gracias a esto vive contento y feliz cuando el hambre no lo acosa.
Dije al principio que había montañas rojizas que tenían a lo lejos el aspecto de torreones y castillos feudales arruinados; pues para que los recuerdos de la Edad Media vengan a mezclarse a aquellos matices orientales, La Rioja ha presentado por más de un siglo la lucha de dos familias hostiles, señoriales, ilustres, ni más ni menos que en los feudos italianos en que figuran los Ursinos, Colonnas y Médicis. Las querellas de Ocampos y Dávilas forman toda la historia culta de La Rioja. Ambas familias, antiguas, ricas, tituladas, se disputan el poder largo tiempo, dividen la población en bandos, como los güelfos y gibelinos, aun mucho antes de la revolución de la independencia. De estas dos familias han salido una multitud de hombres notables en las armas, en el foro y en la industria, porque Dávilas y Ocampos trataron siempre de sobreponerse por todos los medios de valer que tiene consagrados la civilización. Apagar estos rencores hereditarios entró no pocas veces en la política de los patriotas de Buenos Aires. La Logia de Lautaro llevó a las dos familias a enlazar un Ocampo con una señorita Doria y Dávila, para reconciliarlas.
Todos saben que ésta era la práctica en Italia. Romeo y Julieta fueron aquí más felices. Hacia los años 1817 el Gobierno de Buenos Aires, a fin de poner término también a los feudos de aquellas casas, mandó un gobernador de fuera de la provincia, un señor Barnachea, que no tardó mucho en caer bajo la influencia del partido de los Dávilas, que contaban con el apoyo de don Prudencio Quiroga, residente en los Llanos y muy querido de los habitantes, y que a causa de esto fué llamado a la _ciudad_ y hecho tesorero y alcalde. Nótese que, aunque de un modo legítimo y noble, con don Prudencio Quiroga, padre de Facundo, entra en los partidos _civiles_ a figurar ya la campaña pastora como elemento político. Los Llanos, como ya llevo dicho, son un oasis montañoso de pastos, enclavado en el centro de una extensa travesía; sus habitantes, pastores exclusivamente, viven la vida patriarcal y primitiva que aquel aislamiento conserva en toda su pureza bárbara y hostil a las ciudades. La hospitalidad es allí un deber común, y entre los deberes del peón entra el de defender a su patrón en cualquier peligro o riesgo de su vida. Estas costumbres explicarán ya un poco los fenómenos que vamos a presenciar.
Después del suceso de San Luis, Facundo se presentó en los Llanos revestido del prestigio de la reciente hazaña y premunido de una recomendación del Gobierno. Los partidos que dividían a La Rioja no tardaron mucho en solicitar la adhesión de un hombre que todos miraban con el respeto y asombro que inspiran siempre las acciones arrojadas. Los Ocampos, que obtuvieron el gobierno en 1820, le dieron el título de sargento mayor de las milicias de los Llanos, con la influencia y autoridad de _comandante de campaña_.
Desde este momento principia la vida pública de Facundo. El elemento pastoril, bárbaro, de aquella provincia; aquella tercera entidad que aparece en el sitio de Montevideo con Artigas, va a presentarse en La Rioja con Quiroga, llamado en su apoyo por uno de los partidos de la _ciudad_. Este es un momento solemne y crítico en la historia de todos los pueblos pastores de la República Argentina; hay en todos ellos un día en que por necesidad de apoyo exterior, o por el temor que ya inspira un hombre audaz, se le elige comandante de campaña. Es éste el caballo de los griegos que los troyanos se apresuran a introducir en la _ciudad_.
Por este tiempo ocurría en San Juan la desgraciada sublevación del número 1 de los Andes, que había vuelto de Chile a rehacerse. Frustrados en los objetos del motín, Francisco Aldao y Corro emprendieron una retirada desastrosa al norte, a reunirse a Güemes, caudillo de Salta. El general Ocampo, gobernador de La Rioja, se dispone a cerrarles el paso, y al efecto convoca todas las fuerzas de la provincia y se prepara a dar una batalla. Facundo se presenta con sus llanistas. Las fuerzas vienen a las manos, y pocos minutos bastaron al número 1 para mostrar que con la rebelión no había perdido nada de su antiguo brillo en los campos de batalla. Corro y Aldao se dirigieron a la ciudad, y los dispersos trataron de rehacerse, dirigiéndose hacia los Llanos, donde podían aguardar las fuerzas que de San Juan y Mendoza venían en persecución de los fugitivos. Facundo, en tanto, abandona el punto de reunión, cae sobre la retaguardia de los vencedores, los tirotea, los importuna, les mata o hace prisioneros a los rezagados. Facundo es el único que está dotado de vida propia, que no espera órdenes, que obra de su _proprio motu_. Se ha sentido llamado a la acción, y no espera que le empujen. Mas todavía habla con desdén del Gobierno y del general, y anuncia su disposición de obrar en adelante según su dictamen y de echar abajo el Gobierno. Dícese que un consejo de los principales del ejército instaba al general Ocampo para que lo prendiese, juzgase y fusilase; pero el general no consintió, menos acaso por moderación que por sentir que Quiroga era ya, no tanto un súbdito, cuanto un aliado temible.
Un arreglo definitivo entre Aldao y el Gobierno dejó acordado que aquél se dirigiría a San Luis, por no querer seguir a Corro, proveyéndole el Gobierno de medios hasta salir del territorio por un itinerario que pasaba por los Llanos. Facundo fué encargado de la ejecución de esta parte de lo estipulado, y regresó a los Llanos con Aldao. Quiroga lleva ya la conciencia de su fuerza, y cuando vuelve la espalda a La Rioja, ha podido decirle en despedida: «¡Ay de ti, ciudad! En verdad os digo que dentro de poco no quedará piedra sobre piedra.»
Aldao, llegado a los Llanos, y conocido el descontento de Quiroga, le ofrece cien hombres de línea para apoderarse de La Rioja, a trueque de aliarse para futuras empresas. Quiroga acepta con ardor, encamínase a la ciudad, la toma, prende a los individuos del Gobierno, les manda confesores y orden de prepararse para morir. ¿Qué objeto tiene para él esta revolución? Ninguno; se ha sentido con fuerzas, ha estirado los brazos y ha derrotado la _ciudad_. ¿Es culpa suya?
Los antiguos patriotas chilenos no han olvidado, sin duda, las proezas del sargento Araya, de granaderos a caballo, porque entre aquellos veteranos la aureola de la gloria solía descender hasta el simple soldado. Contábame el presbítero Meneses, cura que fué de Los Andes, que después de la derrota de Cancha Rayada, el sargento Araya iba encaminándose a Mendoza con siete granaderos.
Ibaseles el alma a los patriotas de ver alejarse y repasar los Andes a los soldados más valientes del ejército, mientras que Las Heras tenía todavía un tercio bajo sus órdenes, dispuesto a hacer frente a los españoles. Tratábase de detener al sargento Araya; pero una dificultad ocurría. ¿Quién se le acercaba? Una partida de 60 hombres de milicias estaba a la mano; pero todos los soldados sabían que el prófugo era el sargento Araya, y habrían preferido mil veces atacar a los españoles que a este león de los granaderos; don José María Meneses entonces se adelanta solo y desarmado, alcanza a Araya, le ataja el paso, le reconviene, le recuerda sus glorias pasadas y la vergüenza de una fuga sin motivo; Araya se deja conmover y no opone resistencia a las súplicas y órdenes de un buen paisano; se entusiasma en seguida, y corre a detener otros grupos de granaderos que le precedían en la fuga, y gracias a su diligencia y reputación, vuelve a incorporarse en el ejército con 60 compañeros de armas, que se lavaron en Maipú de la mancha momentánea que había caído sobre sus laureles.
Este sargento Araya y un Lorca, también un valiente conocido en Chile, mandaban la fuerza que Aldao había puesto a las órdenes de Facundo. Los reos de La Rioja, entre los que se hallaba el doctor don Gabriel Ocampo, ex ministro de Gobierno, solicitaron la protección de Lorca para que intercediese por ellos. Facundo, aun no seguro de su momentánea elevación, consintió en otorgarles la vida; pero esta restricción puesta a su poder le hizo sentir otra necesidad. Era preciso poseer esa fuerza veterana para no encontrar contradicciones en lo sucesivo. De regreso a los Llanos, se entiende con Araya, y poniéndose de acuerdo, caen sobre el resto de la fuerza de Aldao, la sorprenden, y Facundo se halla en seguida jefe de 400 hombres de línea, de cuyas filas salieron después los oficiales de sus primeros ejércitos.
Facundo acordóse de que don Nicolás Dávila estaba en Tucumán expatriado, y le hizo venir para encargarle de las molestias del gobierno de La Rioja, reservándose él tan sólo el poder real que lo seguía a los Llanos. El abismo que mediaba entre él y los Ocampos y Dávilas era tan ancho, tan brusca la transición, que no era posible por entonces hacerla de un golpe; el espíritu de ciudad era demasiado poderoso todavía para sobreponerle la campaña; todavía un doctor en leyes valía más para el gobierno que un peón cualquiera. Después ha cambiado todo esto.
Dávila se hizo cargo del gobierno bajo el patrocinio de Facundo, y por entonces pareció alejado todo motivo de zozobra. Las haciendas y propiedades de los Dávilas estaban situadas en las inmediaciones de Chilecito, y allí, por tanto, en sus deudos y amigos se hallaba reconcentrada la fuerza física y moral que debía apoyarlo en el gobierno. Habiéndose, además, acrecentado la población de Chilecito con la provechosa explotación de las minas, y reunídose caudales cuantiosos, el gobierno estableció una casa de moneda provincial, y trasladó su residencia a aquel pueblecillo, ya fuese para llevar a cabo la empresa, ya para alejarse de los Llanos y sustraerse de la sujeción incómoda que Quiroga quería ejercer sobre él. Dávila no tardó mucho en pasar de estas medidas puramente defensivas a una actitud más decidida, y aprovechando la temporaria ausencia de Facundo, que andaba en San Juan, se concertó con el capitán Araya para que le prendiesen a su llegada. Facundo tuvo aviso de las medidas que contra él se preparaban, e introduciéndose secretamente en los Llanos, mandó asesinar a Araya.
El gobierno, cuya autoridad era contestada de una manera tan indigna, intimó a Facundo que se presentase a responder a los cargos que se le hacían sobre el asesinato. ¡Parodia ridícula! No quedaba otro medio que apelar a las armas y encender la guerra civil entre el gobierno y Quiroga, entre la ciudad y los Llanos. Facundo mandó a su vez una comisión a la Junta de Representantes, pidiéndole que depusiese a Dávila. La Junta había llamado al gobernador con instancia para que desde allí, y con el apoyo de todos los ciudadanos, invadiese los Llanos y desarmase a Quiroga. Había en esto un interés local, y era hacer que la Casa de la Moneda fuese trasladada a la ciudad de La Rioja; pero como Dávila persistiese en residir en Chilecito, la Junta, accediendo a la solicitud de Quiroga, lo declaró depuesto. El gobernador Dávila había reunido, bajo las órdenes de don Miguel Dávila, muchos soldados de los de Aldao; poseía un buen armamento, muchos adictos que querían salvar la provincia del dominio del caudillo que se estaba levantando en los Llanos, y varios oficiales de línea para poner a la cabeza de las fuerzas. Los preparativos de guerra empezaron, pues, con igual ardor en Chilecito y en los Llanos; y el rumor de los aciagos sucesos que se preparaban, llegó hasta San Juan y Mendoza, cuyos gobiernos mandaron un comisionado a procurar un arreglo entre los beligerantes que ya estaban a punto de venir a las manos.
Corvalán, ese mismo que hoy sirve de ordenanza a Rosas, se presentó al campo de Quiroga a interponer la mediación de que venía encargado, y que fué aceptada por el caudillo; pasó en seguida al campo enemigo, donde obtuvo la misma cordial acogida. Regresa al campo de Quiroga para arreglar el convenio definitivo; pero éste, dejándolo allí, se puso en movimiento sobre su enemigo, cuyas fuerzas, desapercibidas por las seguridades dadas por el enviado, fueron fácilmente derrotadas y dispersas. Don Miguel Dávila, reuniendo algunos de los suyos, acometió denodadamente a Quiroga, a quien alcanzó a herir en un muslo antes que una bala le llevase la muñeca; en seguida fué rodeado y muerto por los soldados. Hay en este suceso una cosa muy característica del espíritu gaucho. Un soldado se complace en enseñar sus cicatrices; el gaucho las oculta y disimula cuando son de arma blanca, porque prueban su poca destreza, y Facundo, fiel a estas ideas de honor, jamás recordó la herida que Dávila le había abierto antes de morir.
Aquí termina la historia de los Ocampos y Dávilas, y de La Rioja también. Lo que sigue es la historia de Quiroga. Este día es también uno de los nefastos de las ciudades pastoras, día aciago que al fin llega. Este día corresponde en la historia de Buenos Aires al de abril de 1835, en que su comandante de campaña, su héroe del desierto, se apodera de la ciudad.
Hay una circunstancia curiosa (1823) que no debo omitir porque hace honor a Quiroga: en esta noche negra que vamos a atravesar no debe perderse la más débil lucecilla. Facundo, al entrar triunfante en La Rioja, hizo cesar los repiques de las campanas, y después de mandar dar el pésame a la viuda del general muerto, ordenó pomposas exequias para honrar sus cenizas. Nombró o hizo nombrar por gobernador a un español vulgar, un Blanco, y con él principió el nuevo orden de cosas que debía realizar el bello ideal del gobierno que había concebido; porque Quiroga en su larga carrera, en los diversos pueblos que ha conquistado, jamás se ha encargado del gobierno organizado, que abandonaba siempre a otros. Momento grande y espectable para los pueblos es siempre aquél en que una mano vigorosa se apodera de sus destinos. Las instituciones se afirman o ceden su lugar a otras nuevas más fecundas en resultados, o más conformes con las ideas que predominan. De aquel foco parten muchas veces los hilos que, entretejiéndose con el tiempo, llegan a cambiar la tela de que se compone la historia.
No así cuando predomina una fuerza extraña a la civilización, cuando Atila se apodera de Roma, o Tamerlán recorre las llanuras asiáticas; los escombros quedan, pero en vano iría después a removerlos la mano de la filosofía para buscar debajo de ellos las plantas vigorosas que nacieran con el abono nutritivo de la sangre humana. Facundo, genio bárbaro, se apodera de su país; las tradiciones de gobierno desaparecen, las formas se degradan, las leyes son un juguete en manos torpes; y en medio de esta destrucción efectuada por las pisadas de los caballos, nada se sustituye, nada se establece. El desahogo, la desocupación y la incuria son el bien supremo del gaucho. Si La Rioja, como tenía doctores hubiera tenido estatuas, éstas habrían servido para amarrar los caballos.
Facundo deseaba poseer, e incapaz de crear un sistema de rentas, acude a lo que acuden siempre los gobiernos torpes e imbéciles. Mas aquí el monopolio llevará el sello de la vida pastoril, la espoliación y la violencia. Rematábanse los diezmos de La Rioja en aquella época en diez mil pesos anualmente; ésta era por lo menos el término medio. Facundo se presenta en la mesa del remate, y ya su asistencia, hasta entonces inusitada, impone respeto a los postores. «Doy dos mil pesos--dice--y uno más, sobre la mejor postura.» El escribano repite la propuesta tres veces y nadie ofrece mejora. Era que todos los concurrentes se habían escurrido uno a uno al leer en la mirada siniestra de Quiroga que aquélla era la última postura. Al año siguiente se contentó con mandar al remate una cedulilla así concebida: «Doy dos mil pesos, y uno más, sobre la mejor postura.--_Facundo Quiroga._»
Al tercer año se suprimió la ceremonia del remate, y el año 1831 Quiroga mandaba todavía a La Rioja dos mil pesos, valor fijado a los diezmos.
Pero faltaba un paso que dar para hacer redituar el diezmo un ciento por uno, y Facundo, desde el segundo año, no quiso recibir el de animales, sino que distribuyó su marca a todos los hacendados, a fin de que herrasen el diezmo, y se les guardase las estancias hasta que él lo reclamase. Las crías se aumentaban, los diezmos nuevos acrecentaban el piño de ganado, y a la vuelta de diez años se pudo calcular que la mitad del ganado de las estancias de una provincia pastora, pertenecía al comandante general de armas y llevaba su marca.
Una costumbre inmemorial en La Rioja hacía que los ganados _mostrencos_, o no marcados a cierta edad, perteneciesen de derecho al fisco, que mandaba sus agentes a recoger estas espigas perdidas, y sacaba de la colecta una renta no despreciable, si bien se hacía intolerable para los estancieros. Facundo pidió que se le adjudicase este ganado en resarcimiento de los gastos que le había demandado la invasión a la ciudad; gastos que se reducían a convocar las milicias, que concurren en sus caballos y viven siempre de lo que encuentran. Poseedor ya de partidas de seis mil novillos al año, mandaba a las ciudades sus abastecedores, y ¡desgraciado el que entrase a competir con él! Este negocio de abastecer los mercados de carne lo ha practicado dondequiera que sus armas se presentaron, en San Juan, Mendoza, Tucumán, cuidando siempre de monopolizarlo en su favor por algún bando o un simple anuncio. Da asco y vergüenza, sin duda, tener que descender a estos pormenores indignos de ser recordados. Pero, ¿qué hacer? En seguida de una batalla sangrienta que le ha abierto la entrada a una ciudad, lo primero que el general ordena es que nadie pueda abastecer de carne el mercado... En Tucumán supo que un vecino, contraviniendo la orden, mataba reses en su casa. El general del ejército de los Andes, el vencedor de la Ciudadela, no creyó deber confiar a nadie la pesquisa de delito tan horrendo. Va él en persona, da recios golpes a la puerta de la casa, que permanecía cerrada, y que, atónitos los de adentro, no aciertan a abrir. Una patada del ilustre general la echa abajo, y expone a su vista esta escena, una res muerta que desollaba el dueño de la casa, que a su vez cae también muerto a la vista terrífica del general ofendido[26].
No me detengo en estos pormenores a designio. ¡Cuántas páginas omito! ¡Cuántas iniquidades comprobadas, y de todos sabidas, callo! Pero hago la historia del gobierno bárbaro, y necesito hacer conocer sus resortes. Mehemet-Alí, dueño de Egipto por los mismos medios que Facundo, se entrega a una rapacidad sin ejemplo aun en la Turquía; constituye el monopolio en todos los ramos, y los explota en su beneficio; pero Mehemet-Alí sale del seno de una nación bárbara, y se eleva hasta desear la civilización europea e injertarla en las venas del pueblo que oprime. Facundo, empero, rechaza todos los medios civilizados que ya son conocidos, los destruye y desmoraliza; Facundo, que no gobierna, porque el gobierno es ya un trabajo en beneficio ajeno, se abandona a los instintos de una avaricia sin medidas, sin escrúpulos.
El egoísmo es el fondo de casi todos los grandes caracteres históricos; el egoísmo es el muelle real que hace ejecutar todas las grandes acciones; Quiroga poseía este don político en grado eminente, y lo ejercitaba en reconcentrar en torno suyo todo lo que veía diseminado en la sociedad inculta que lo rodeaba; fortuna, poder, autoridad, todo está con él; todo lo que no puede adquirir: maneras, instrucción, respetabilidad fundada, eso lo persigue, lo destruye en las personas que lo poseen. Su encono contra la gente _decente_, contra la _ciudad_, es cada día más visible; el gobernador de La Rioja puesto por él renuncia al fin a fuerza de ser vejado diariamente. Un día está de buen humor Quiroga, y juega con un joven, como el gato juega con la tímida rata: juega a si lo mata o no lo mata; el terror de la víctima ha sido tan ridículo, que el verdugo se ha puesto de buen humor, se ha reído a carcajadas, contra su costumbre habitual.
Su buen humor no debe quedar ignorado: necesita explayarse, extenderlo sobre una gran superficie. Suena la generala en La Rioja, y los ciudadanos salen a las calles armados al rumor de alarma. Facundo, que ha hecho tocar a generala para divertirse, forma a los vecinos en la plaza a las once de la noche, despide de las filas a la plebe, y deja sólo a los vecinos padres de familia acomodados, a los jóvenes que aún conservan visos de cultura.
Hácelos marchar y contramarchar toda la noche, hacer alto, alinearse, marchar de frente, de flanco. Es un cabo de instrucción que enseña a unos reclutas, y la vara del cabo anda por la cabeza de los torpes, por el pecho de los que no se alínean bien; ¿qué quieren? ¡así se enseña! El día sobreviene, y los semblantes pálidos de los reclutas; su fatiga y extenuación revelan todo lo que se ha aprendido en la noche. Al fin da descanso a su tropa, y lleva la generosidad hasta comprar empanadas, y distribuir a cada uno la suya, que se apresura a comer, porque es parte ésta de la diversión.
Lecciones de este género no son inútiles para las ciudades, y el hábil político que en Buenos Aires ha elevado a sistema estos procedimientos, los ha refinado y hecho producir efectos maravillosos. Por ejemplo, desde 1835 hasta 1840, casi toda la ciudad de Buenos Aires ha pasado por las cárceles. Había a veces ciento cincuenta ciudadanos que permanecían presos dos, tres meses, para ceder su lugar a un repuesto de doscientos que permanecían seis meses. ¿Por qué? ¿qué habían hecho?... ¿qué habían dicho? ¡Imbéciles!: ¿no véis que se está disciplinando la _ciudad_?... ¿No recordás que Rosas decía a Quiroga que no era posible constituir la República porque no había costumbres? ¡Es que está acostumbrando a la ciudad a ser gobernada; él concluirá la obra, y en 1844 podrá presentar al mundo un pueblo que no tiene sino un pensamiento, una opinión, una voz, un entusiasmo sin límites por la persona y por la voluntad de Rosas! ¡Ahora sí que se puede constituir una república!
Pero volvamos a La Rioja. Habíase excitado en Inglaterra un movimiento febril de empresa sobre las minas de los nuevos Estados americanos; compañías poderosas se proponían explotar las de Méjico y Perú, y Rivadavia, residente en Londres entonces, estimuló a los empresarios a traer sus capitales a la República Argentina. Las minas de Famatina se presentaban a las grandes empresas. Especuladores de Buenos Aires obtienen al mismo tiempo privilegios exclusivos para la explotación, con el designio de venderlos a las compañías inglesas por sumas enormes. Estas dos especulaciones, la de Inglaterra y la de Buenos Aires, se cruzaron en sus planes y no pudieron entenderse. Al fin hubo transacción con otra casa inglesa que debía suministrar fondos, y que, en efecto, mandó directores y mineros ingleses. Más tarde se especuló en establecer una Casa de Moneda en La Rioja, que, cuando el Gobierno nacional se organizase, debía serle vendida en una gran suma. Facundo, solicitado, entró con un gran número de acciones, que pagó con el Colegio de Jesuítas, que se hizo adjudicar en pago de _sus sueldos_ de general. Una comisión de accionistas de Buenos Aires vino a La Rioja para realizar esta empresa, y desde luego manifestó su deseo de ser presentada a Quiroga, cuyo nombre misterioso y terrorífico empezaba a resonar por todas partes. Facundo se le presenta en su alojamiento con media de _seda_ de patente, calzón de jergón y un poncho de tela ruin. No obstante lo grotesco de esta figura, a ninguno de los ciudadanos elegantes de Buenos Aires le ocurrió reírse, porque eran demasiado avisados para no descifrar el enigma. Quería humillar a los hombres cultos, y mostrarles el caso que hacía de sus trajes europeos.
Ultimamente, derechos exhorbitantes sobre la extracción de ganados que no fuesen los suyos, completaron el sistema de administración establecido en su provincia. Pero a más de estos medios directos de fortuna, hay uno que me apresuro a exponer, por desembarazarme de una vez de un hecho que abraza toda la vida pública de Facundo. ¡El juego! Facundo tenía la rabia del juego, como otros la de los licores, como otros la del rapé. Un alma poderosa pero incapaz de abrazar una grande esfera de ideas, necesitaba esta ocupación ficticia en que una pasión está en continuo ejercicio, contrariada y halagada a la vez, irritada, excitada, atormentada. Siempre he creído que la pasión del juego es en los más casos una buena cualidad de espíritu que está ociosa por la mala organización de una sociedad. Estas fuerzas de voluntad, de temeridad, de abnegación y de constancia, son las mismas que forman las fortunas del comerciante emprendedor, del banquero y del conquistador que juega imperios a las batallas. Facundo ha jugado desde la infancia; el juego ha sido su único goce, su desahogo, su vida entera. ¿Pero sabéis lo que es un tallador que tiene en fondos el poder, el terror y la vida de sus compañeros de mesa?
Esta es una cosa de que nadie ha podido formarse idea, sino después de haberlo visto durante veinte años. Facundo jugaba sin lealtad, dicen sus enemigos... Yo no doy fe a este cargo, porque la mala fe le era inútil, y porque perseguía de muerte a los que la usaban.
Pero Facundo jugaba con fondos ilimitados; no permitió jamás que nadie levantase de la mesa el dinero con que jugaba; no era posible dejar de jugar sin que él lo dispusiese; él jugaba cuarenta horas, y más, consecutivas; él no estaba turbado por el terror, y él podía mandar azotar o fusilar a sus compañeros de carpeta, que muchas veces eran hombres comprometidos. He aquí el secreto de la buena fortuna de Quiroga. Son raros los que le han ganado sumas considerables, aunque sean muchos los que en momentos dados de una partida de juego han tenido delante de sí pirámides de onzas ganadas a Quiroga; el juego ha seguido, porque al ganancioso no le era permitido levantarse, y al fin sólo le ha quedado la gloria de contar que ya tenía ganado tanto y lo perdió en seguida.
El juego fué, pues, para Quiroga una diversión favorita y un sistema de expoliación. Nadie recibía dinero de él en La Rioja, nadie lo poseía sin ser invitado inmediatamente a jugar y a dejarlo en poder del caudillo. La mayor parte de los comerciantes de La Rioja quiebran, desaparecen, porque el dinero ha ido a parar a la bolsa del general, y no es porque no les dé lecciones de prudencia. Un joven había ganado a Facundo cuatro mil pesos, y Facundo no quiere jugar más. El joven cree que es una red que le tienden, que su vida está en peligro. Facundo repite que no juega más, insiste el joven atolondrado, y Facundo, condescendiendo, le _gana_ los cuatro mil pesos y le manda dar doscientos azotes, _por bárbaro_.
Me fatigo de leer infamias, contestes en todos los manuscritos que consulto. Sacrifico la relación de ellas a la vanidad de autor, a la pretensión literaria. Si digo más, los cuadros me salen recargados, innobles, repulsivos.
Hasta aquí llega la vida del comandante de campaña, después que ha abolido la _ciudad_, la ha suprimido. Facundo hasta aquí es como todos los demás, como Rosas en su estancia, aunque ni el juego ni la satisfacción brutal de todas las pasiones le deshonrasen tanto antes de llegar al Poder. Pero Facundo va a entrar en una nueva esfera, y tendremos luego que seguirlo por toda la República, que ir a buscarlo en los campos de batalla.
¿Qué consecuencias trajo para la provincia de La Rioja la destrucción del orden _civil_? Sobre esto no se razona, no se discurre. Se va a ver el teatro en que estos sucesos se desenvolvieron, y se tiende la vista sobre él: ahí está la respuesta. Los Llanos de La Rioja están hoy desiertos; la población ha emigrado a San Juan; los aljibes que daban de beber a millares de rebaños se han secado. En esos Llanos, donde ahora veinte años pacían tantos millares de rumiantes, vaga tranquilo el tigre, que ha reconquistado sus dominios; algunas familias de pordioseros recogen algarroba para mantenerse. Así han pagado los Llanos los males que extendieron sobre la República. «¡Ay de ti, Betsaida y Corazain! En verdad os digo que Sodoma y Gomorra fueron mejor tratadas que lo que debéis serlo vosotras.»
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