domingo, 17 de enero de 2016

Juan Moreira

Juan Moreira es uno de esos seres que pisan el teatro de la vida con el destino de la celebridad; es de aquellos hombres que, cualquiera que sea la senda social por donde el destino encamine sus pisadas, vienen a la vida poderosamente tallados en bronce.
Moreira no ha sido el gaucho cobarde encenagado en el crimen, con el sentido moral completamente pervertido.
No ha sido el gaucho asesino que se complace en dar una puñalada y que goza de una manera inmensa viendo saltar la entraña ajena desgarrada por el puñal.
No; Moreira era como la generalidad de nuestros gauchos; dotado de un alma fuerte y un corazón generoso, pero que lanzado en las sendas nobles, por ejemplo, al frente de un regimiento de caballería, hubiera sido una gloria patria; y que empujado a la pendiente del crimen, no reconoció límites a sus instintos salvajes despertados por el odio y la saña con que se le persiguió.
Moreira sabía que peleando defendía su vida amenazada de muerte, y peleaba de una manera frenética, y haciendo lujo de un valor casi sobrehumano.
Moreira tenía los sentimientos tiernos e hidalgos que acompañan siempre al hombre realmente bravo.
Educado y bien dirigido, cultivadas con esmero su propensión guerrera y su astucia, inherente a la mayor parte de nuestros gauchos, ya lo hemos dicho, hubiera hecho una figura gloriosa.
Hasta la edad de treinta años fue un hombre trabajador y generalmente apreciado en el partido de Matanzas, donde habitó hasta aquella edad, cuidando unas ovejas y unos animales vacunos, que constituían su pequeña fortuna.
Domador consumado, se ocupaba en amansar aquellos potros que, por indomables, llevaban a su puesto con aquel objeto.
No concurría a las pulperías sino en los días de carreras en que iba a ellas montado sobre un magnífico caballo parejero, aperado con ese lujo del gaucho que reconcentra toda su vanidad en las prendas con que adorna su caballo en los días de paseo.
Nunca se le había visto beber con exceso, ni andando en aquellas fatales parrandas de los gauchos donde nacen las peleas que terminan generalmente enterrando un cadáver más en el cementerio y proporcionando una nueva alta a los cuerpos de caballería que guarnecen las fronteras, cuerpos de línea que guardan las leyendas más tristes de pobres gauchos enviados allí con el pretexto de ser vagos y no tener hogar conocido.
Pero dejemos aquellas fúnebres historias, de que algún día nos ocuparemos, y volvamos a Juan Moreira.
Si alguna vez se le vio desnudar su daga y guardarla en la cintura sucia de sangre, era cuando mezclado a la guardia nacional salía en persecución de alguna invasión de indios que hubiera venido a los partidos vecinos.
En esos días en que los buenos guardias nacionales abandonaban el lazo y la marca para seguir al comandante militar del partido, Moreira se presentaba montado en su mejor caballo, llevando de tiro a su soberbio parejero.
En el combate se lucía, en la persecución siempre salía adelante en alas de su caballo que parecía volar, y concluido el combate y derrotada la indiada, regresaba a su puesto sin pedir la menor recompensa, apreciando lo que acababa de hacer como el cumplimiento de una obligación ineludible.
En ese género de correrías se había conquistado el nombre de El Guapo, con que lo distinguían aun fuera de su pago, llegando sus compañeros hasta no considerar eficaz una persecución a los indios si en ella no había tomado parte el amigo Moreira.
Moreira vivía casado con una paisanita, hija de un honrado vecino de su mismo partido, y tenía de ella un hijito que constituía toda su aspiración y todo su haber en el mundo, fuera de su mujer, a quien quería con idolatría.
Jamás se alejaba a las persecuciones de indios, sin estrechar en sus brazos al pequeño Juan Moreira, a quien llamaba mi crédito, y últimamente lo llevaba consigo a todos sus paseos, ya a las cabezadas de su lujoso apero, ya a su lado, gauchamente montado sobre un peticito que domara expresamente para él y en cuyas prendas figuraban los más bellos trenzados de tiento de potro que salían de sus manos primorosas para este género de trabajos.
Moreira poseía una tropa de carretas, que era su capital más productivo y en la que traía a la estación del tren inmediata grandes acopios de frutos del país, que se le confiaban conociendo su honradez acrisolada.
Allá en sus pagos y años atrás, él había sido también una especie de trovador romancesco.
Dotado de una hermosa voz, solía templar su guitarra, llena de incrustaciones de nácar, en algún baile de amigos, y echar un par de tiernas y amorosas décimas, con ese sentimiento delicado de que está dotado nuestro gaucho payador, sentimiento que se ve rebosar en su cara inteligente y que da a su canto una modulación rara y quejumbrosa y que llega hasta el fondo del alma.
Cuando un gaucho canta un triste parece que vertiera él todo un compendio de desventuras.
Su rostro moreno se baña de una intensa palidez; su voz tiembla; brilla su pupila humedecida por una lágrima; los dedos con que oprime la cuerda sobre el diapasón parece que quisieran encarnar en ella todo lo que siente; la guitarra gime de un modo particular, y el que escucha se siente dominado por un éxtasis arrobador.
El gaucho trovador de nuestra pampa, el verdadero trovador, el Santos Vega, en fin, cantando una décima amorosa, es algo sublime, algo de otro mundo, que arrastra en su canto, completamente dominado, a nuestro espíritu.
¡Es una gran raza la raza de nuestros gauchos!
Todos ellos están dotados de un poderoso sentimiento artístico.
Tocan la guitarra por intuición, sin tener la más remota idea de lo que es la música, y cantan con la misma ternura que improvisan sus huellas, llegando, como Santos Vega, a construir esta sublimidad:
De terciopelo negro
tengo cortinas,
para enlutar mi cama
si tú me olvidas.

Y el sentimiento artístico estaba poderosamente desarrollado en Moreira.
Cuando preludiaba la guitarra, la asamblea enmudecía, y cuando de su poderosa garganta partía, como un quejido, una trova, las paisanas se sentían atraídas y los hombres se conmovían.
Hemos hablado una sola vez con Moreira, el año 74, y el timbre de su voz ha quedado grabado en nuestra memoria.
Cuando hablamos con él, entonces Moreira estaba tachado de bandido y su fama recorría los pueblos de nuestra campaña.
Y había sin embargo en el conjunto de su arrogante apostura tanta nobleza, tal sello de simpática bravura, que uno se hacía en su pensamiento esta fuerte conclusión: es imposible que este hombre sea un bandido.
No había en su semblante una sola línea innoble, su continente era marcial y esbelto, y hablaba con un acento profundo de ternura, bañando, por decirlo así, el semblante de su interlocutor con la intensa y suavísima mirada que brotaba de su pupila de terciopelo.
Era una cabeza estatuaria colocada en un tronco escultural.
Entonces Moreira tenía apenas treinta y cuatro años.
Era alto y regularmente grueso, vestía con lujo pintoresco el traje nacional, que llevaba con una desenvoltura y una arrogancia notable.
Su hermosa cabeza estaba adornada de una tupida cabellera negra, cuyos magníficos rizos caían divididos sobre sus hombros; usaba la barba entera, barba magnífica y sedosa que descendía hasta el pecho, sombreando graciosamente una boca algo gruesa donde se hallaba eternamente dibujada una sonrisa de suprema amargura.
Sus más hermosas facciones eran los ojos y la nariz: los primeros iluminaban su semblante atrayente, dándole una expresión inteligente y altiva; la segunda, ligeramente aguileña, contribuía a aquella expresión de simpática bravura que dominaba en aquel semblante.
Vestía entonces un chiripá de paño negro sujeto a la cintura por un tirador cubierto de monedas de plata, que le servía para oprimir su estómago algo saliente.
De este tirador pendían por la parte de adelante dos brillantes trabucos de bronce, y sujetaba sobre el vacío, al alcance de la mano derecha, una daga lujosamente engastada.
El aseo de su ropa, que se veía en su blanquísima camisa y en el prolijo cribo del calzoncillo, era notable.
Su traje estaba completado por una bota militar flamante, adornada con espuelas de plata, un saco de paño negro, un pañuelo de seda graciosamente enrollado al cuello, y un sombrero de anchas alas.
En su mano derecha, pendiente de la muñeca, se veía un látigo de plata, de los llamados brasileros; en el dedo meñique usaba un brillante de gran valor, y sobre su pecho, cayendo hasta uno de los bolsillitos del tirador, brillaba una gruesa cadena de oro que sujetaba un reloj remontoir.
Este era Juan Moreira, cuyos hechos han pasado a ser el tema de las canciones gauchas, y cuyas acciones nobles se cantan tristemente al melancólico acompañamiento de la guitarra.
¿Qué motivo poderoso, qué fuerza fatal fue la que empujó por la pendiente del crimen a un hombre nacido con todas las condiciones de un bello espíritu, y que hasta la edad de treinta años fue un ejemplo de moral y de virtudes?
Tomemos su vida diez años atrás y encontraremos la razón de la conducta que observó Moreira en el último tercio de su vida.
Hemos hecho un viaje expreso a recoger datos en los partidos que este gaucho habitó primero y aterrorizó después, sin encontrar en su vida una acción cobarde que arroje una sola sombra sobre lo atrayente de la relación que emprendemos.
Era una especie de judío errante que combatía eternamente, disputando a la justicia su cabeza, porque sabía que entregarse era morir irremediablemente y porque en su insolente orgullo había dicho y repetido que no existía una partida de policía suficientemente fuerte para prenderlo.
Tomemos, pues, como punto de partida aquella época de su vida, que llamaremos Los amores de Moreira.

La gran causa de la inmensa criminalidad en la campaña está en nuestras autoridades excepcionales.
El gaucho habitante de nuestra pampa tiene dos caminos forzosos para elegir: uno es el camino del crimen, por las razones que expondremos; otro es el camino de los cuerpos de línea, que le ofrecen su puesto de carne de cañón.
El gaucho, en el estado de criminal abandono en que vive, está privado de todos los derechos del ciudadano y del hombre; sobre su cabeza está eternamente levantado el sable del comandante militar y de la partida de plaza a quien no puede resistirse, porque entonces, para castigarlo, habrá siempre un cuerpo de línea.
Ve para sí cerrados todos los caminos del honor y del trabajo, porque lleva sobre su frente este terrible anatema: hijo del país.
En la estancia, como en el puesto, prefieren al suyo el trabajo del extranjero, porque el hacendado que tiene peones del país está expuesto a quedarse sin ellos cuando se moviliza la guardia nacional, o cuando son arriados como carneros a una campaña electoral.
El gaucho viene a ser un paria en su propia tierra, que no sirve para otra cosa que para votar en las elecciones con el juez de paz o el comandante, o para engrosar las filas de los regimientos de línea, a que tiene horror.
¡Y que tiene razón de sentir aquel horror a los cuerpos de línea!
El gaucho marcha a la frontera, enviado por vago (no encuentra trabajo), por falta de papeleta (no votó con el comandante, sino con su patrón), o simplemente porque su mujer es una paisanita hermosa y codiciada.
Va a la frontera con una barra de grillos en los pies, como si fuera un criminal miserable; allí sufre durante dos años de desnudez, el hambre y los horribles tratos de un cuerpo de línea, pudiéndose dar por feliz si al cabo de este tiempo puede obtener su cédula de baja.
El gaucho vuelve a su pago, creyendo olvidar sus sufrimientos en la tranquilidad de su rancho y al lado de su mujer y sus hijos, pero es precisamente allí, en su rancho, donde le espera la desventura, el dolor y la vergüenza.
Sus caballos y sus animalitos se los han repartido como botín de guerra los que han saqueado su rancho; su mujer, sitiada por hambre, vive con el mismo alcalde o teniente alcalde que lo envió a la frontera, engrillado, con este solo objeto, y sus hijitos, sus pobres hijitos, han sido regalados a diferentes familias a quienes servirán de criados sabe Dios hasta cuándo.
El dolor rebosa en su alma al contemplar este cuadro de desolación y dolor supremo, su corazón absorbe todo el veneno que tanta maldad ha derramado en él, y el gaucho se lanza al camino lleno de odio y ansioso de venganza.
Entonces es puesto fuera de la ley que para él no existió nunca, y condenado a pelear en el campo para defender su cabeza que codicia la partida de plaza, con la que pelea hasta morir, porque sabe que una vez rendido será inmediatamente muerto por haberse resistido a la autoridad, o por cualquier otro pretexto.
El alcalde teme que el gaucho venga una noche a cobrarle con su puñal la cuenta de sus desventuras, y quiere deshacerse de él a todo trance para librarse de aquella venganza, tardía a veces, pero segura siempre.
Aquel hombre tiene que vivir huyendo como un bandido; tiene que robar para llenar las necesidades de la vida; empieza por matar defendiendo su cabeza y concluye por matar por costumbre y por placer, porque la vida errante le ha hecho contraer el vicio de la bebida y los que acompañan a este o son engendradas por él.
He aquí por qué este hombre de hermosísimas prendas de carácter, dotado de una inteligencia natural y de un corazón de raro temple, se lanza a la senda del crimen, que recorre paso a paso, hasta sucumbir como Moreira, combatiendo contra una partida de gendarmes ayudados por la tropa, que ha ido directamente a matarlo, o caer entre las manos de la justicia, cuando el sueño y la fatiga lo han rendido, como Julián Andrade.
¿Tenemos nosotros derecho para condenar a este criminal con todo el peso de la ley?
Y sin embargo nuestros presidios están llenos de estos tipos que habían nacido para todo, menos para asesinos y bandidos, a quienes se aplica la última pena, que sufren con una serenidad hermosa y un valor inquebrantable.
He aquí la existencia de nuestro gaucho, narrada a grandes rasgos, pero con una exactitud innegable.
Volvamos ahora al protagonista del drama policial que nos ocupa, tomándolo años antes de su primera puñalada.

sábado, 16 de enero de 2016

Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez

Juan Moreira es una exitosa novela del escritor argentino Eduardo Gutiérrez escrita como folletín entre 1878 y 1880. La misma se encuentra inspirada en una crónica policial real protagonizada por un gaucho bonaerense muerto por la policía en 1874. Se trata de uno de los textos más importantes de la literatura argentina y del romanticismo hispanoamericano.

En 1884, Gutiérrez reescribió la novela como "mimodrama" para ser representado en el circo, convirtiéndose en la pieza fundadora del teatro rioplatense. En 1886 José Podestá le puso letra a la obra, tomándola de la novela y la representó durante varias décadas, convirtiéndola en uno de los éxitos históricos más importantes del teatro argentino. La obra fue llevada dos veces al cine, en 1948, con dirección de Luis José Moglia Barth y en 1973 con dirección de Leonardo Favio.

La novela fue publicada a modo de folletín, en el diario La Patria Argentina, en entregas parciales, entre el 28 de noviembre de 1879 y el 8 de enero de 1880.

"Juan Moreira" anticipa la literatura de masas de la sociedad urbana moderna, impulsada por el proceso de alfabetización general. Estuvo dirigido a un público amplio, de raigambre popular, que se agolpaba en la puerta del diario para esperar y leer cada entrega. Esa misma característica le valió una crítica muy negativa por parte de las élites literarias, que cuestionaban el relato, calificado de "horripilante" y acusado de "estragar el gusto".

Eduardo Gutiérrez continuaría esta línea de personajes heroicos complicados en crónicas policiales, en otros relatos como "Juan Cuello", "Hormiga Negra", y varios más.

La novela está compuesta de 17 capítulos, más un prólogo y un epílogo:

1. Prólogo
2. Los amores de Moreira
3. Un castigo terrible
4. El Cacique
5. La pendiente del crimen
6. Un gaucho flojo
7. Un encuentro fatal
8. El nido de desventuras
9. El último asilo
10. La vuelta al hogar
11. La fuerza del destino
12. La soberbia del valor
13. El guapo Juan Blanco
14. La policía en jaque
15. El Cuerudo
16. Jaque mate
17. El epitafio de Moreira
18. La daga de Moreira
19. Epílogo

Personajes

• Juan Moreira: el protagonista. Es un gaucho tomado de la vida real. Habitante rural del partido de Las Matanzas (actual La Matanza, cordón industrial de Buenos Aires). Pequeño propietario y ex guardaespalda de Adolfo Alsina. Trabajador, guitarrero, y respetado en su zona. Está casado con la Vicenta Andrea y tiene un hijo pequeño, llamado como él. Su gran amigo es Julián, otro gaucho. Tiene un perro, el Cacique, y un caballo overo bayo, ambos regalos de Alsina.

• Vicenta Andrea: esposa de Juan Moreira. Considerada como la joven más bonita de la zona. Pretendida por el teniente alcalde de la zona, es la razón de la persecución de la que es objeto Juan Moreira. Cuando éste debe huir, es encarcelada y luego queda reducida a la pobreza y sóla con su bebé. Se vio obligada a amancebarse con Gimenez, un gaucho amigo de Moreira.

• Julián: el amigo leal de Moreira. Es quien le lleva noticias de la Vicenta.

• Juancito: su hijo pequeño.

• Don Francisco: teniente alcalde de la zona. Abusa de su poder contra Juan Moreira debido a que éste está con la Vicenta. Luego de que destruyera su rancho y encarcelara a la Vicenta, Juan Moreira fue a enfrentarlo, matándolo en la lucha.

• Giménez: supuesto amigo de Juan Moreira. Es quien le regala sus pistolas, antes de huir. Se aprovecha de la pobreza de Vicenta, le miente que Juan Moreira está muerto, y se amanceba con ella. Juan Moreira intenta vengarse dos veces pero no lo logra.

• Marañón: político alsinista, hombre fuerte de Navarro. Protector de Juan Moreira.

• Eulogio Varela: comandante de la partida enviada por el gobernador para atrapar a Juan Moreira. Hombre valiente. Moreira lo respeta y no lo mata, cuando pudo hacerlo, luego de herirlo en el combate final.

• El Sargento Chirino: es quién hiere de muerte a Juan Moreira. Lo hace a traición. Antes de morir, Moreira lo mata.

Juan Moreira

Como fiera perseguida
piso una senda de abrojos,
sin sueño para mis ojos,
ni venda para mi herida;
sin descanso ni guarida,
ni esperanza, ni piedad,
y en fúnebre soledad
a mi dolor amarrado,
voy a la muerte arrastrado
por mi propia tempestad.
R. Gutiérrez,
Lázaro.

Eduardo Gutiérrez

Eduardo Gutiérrez (n. 15 de julio de 1851 — f. 2 de agosto de 1889) fue un escritor argentino que se destacó por sus obras de contenido histórico costumbrista y gauchesco.

Su novela más importante fue Juan Moreira, escrita en el año 1880. Esta obra adquirió gran popularidad y fue llevada al circo criollo, el teatro, el cine y la historieta.

Entre sus otros libros notables figuran Hormiga Negra, Santos Vega y Juan Cuello.

Obras

  • Un capitán de ladrones en Buenos Aires
  • Juan Moreira
  • Juan Cuello
  • Pastor Concha
  • La muerte de un héroe (1871)
  • La Mazorca
  • Una amistad hasta la muerte
  • El rastreador (1884)
  • Los montoneros (1884)
  • El Chacho (1886)
  • Un viaje infernal
  • Croquis y siluetas militares (Memorias)



















jueves, 14 de enero de 2016


Martín Fierro ilustrado por Héctor Beas

“Ciudad Gótica” acaba de editar unaexcelente y novedosa versión del “Martín Fierro”, la inmortal obra de José Hernández, con collages y viñetas del “Gaucho” Héctor Beas y con prólogo de Pacho O’Donnell.
La particularidad de esta edición rosarina es que, por un lado cuenta con la participación de Beas y, por el otro, que todas las páginas contienen su obra: las 163 viñetas en las pares y los 152 collages en todas las impares.
“En las viñetas está representada gente que realmente ha vivido. No son obra de mi imaginación. La mayoría de ellos paisanos y otros personajes sobre los cuales investigué a partir de publicaciones, fotografías… Gauchos de los de antes, de los que quedan pocos”, señala en diálogo conConclusión este ilustrador de 72 años que vive en la ciudad de Pérez, y que tomó por primera vez un lápiz para dibujar a los seis años de edad.
“Una prima me trajo, hace poco, precisamente un dibujo que hice a esa edad y que lo tenía guardado para dármelo en algún momento”, dice Beas, quien además –y como no podría ser de otra manera- aclara que tal dibujo “era un gaucho a caballo”.
Volviendo al “Martín Fierro”, al que ubica como “el primer manifiesto social de la opresión de la oligarquía”, expresa que haber sido elegido por “Ciudad Gótica” para ilustrar esta edición lo hace sentir muy satisfecho “porque antes hubieron maestros que de algún modo marcaron muchos caminos a quienes volcamos al papel y a otros elementos lo que nos surge desde nuestras manos y desde nuestro sentir más profundo”. En ese rango ubica al “Negro” Fontanarrosa, a Castagnino, a Alberto Güiraldes y a Carlos Roume, entre otros.
Un dato más que interesante que aporta Beas es que “no existe ningún otro Martín Fierro que esté íntegramente ilustrado con collages (y viñetas) como este”.
Conclusión llegó a la conclusión que no es casual que este excelente ilustrador haya recalado en el “Martín Fierro”.
Beas es un auténtico militante de lo gauchesco. Lo demuestran su bombacha de campo que usa cotidianamente, al igual que sus alpargatas; en el fondo de su casa hay un quincho con sus paredes “tapizadas” de estribos, riendas, rebenques, boinas, sombreros… A ello hay que sumarle que monta a caballo en todas las oportunidades que se le presentan, con paseos, desfiles y fogones de por medio.
Héctor Beas nació en la zona de Mendoza y Laprida, en Rosario, pero a los tres años sus padres fueron a trabajar y a vivir a una estancia enVilla Cañás. “Yo era muy chico y el campo muy grande, donde la única línea que recuerdo como límite era el mismo horizonte”, grafica Héctor con un dejo de nostalgia.
La estancia a la que hace referencia se llamaba “La Dolores”, “y al lado estaba “La Zoraida”. “Tengo un hermoso recuerdo de esos tiempos. Vivimos allí hasta que yo tuve 15 años. En las 4 leguas cuadradas que tenía el campo había maíz y vacas… de soja ni hablar”, aclara sonriendo.
A la vieja usanza, en su estudio, montado en la casa que era de sus padres en la misma ciudad de Pérez, Beas trabaja sobre un tablero de madera acompañado por un enorme “tropilla” de lápices y pinceles. La casa en cuestión tiene 120 años, paredes anchas y piso de pinotea.
Además de dedicarse a la ilustración, el“Gaucho” tiene una participación muy activa en la vida social.
Desde que se instaló en Pérez, en el año 1957, diversas entidades lo tienen o lo han tenido como a uno de sus principales colaboradores: Comisión de Bomberos Voluntarios, Centro Cultural, Centro Asistencial “El Gurí”, Grupo de Campamentos, entre otras.
Nacido en Rosario, el 2 de enero de 1943, Héctor Beas se radica a los tres años con sus padres en los campos de Villa Cañás, Provincia de Santa Fe, en la estancia «La Dolores», donde su padre se desempeñaba como mayordomo. Vivió allí hasta los 15 años y después se trasladó con su familia a la ciudad de Pérez, provincia de Santa Fe donde vive actualmente. Comenzó a dibujar desde que tiene memoria y empezó en el año 1966 a exponer ilustraciones gauchescas. Posteriormente comenzó a colaborar y trabajar conjuntamente con Héctor Nicolás Zinni —periodista e historiador— en una publicación sobre revisionismo histórico titulada Apuntes histórico Revisionista de la que se publicaron 10.000 ejemplares en un total de 13 números. Paralelamente comenzó a publicar e ilustrar en La cebra a lunares; la primera revista humorística de Rosario. Luego pasó a los medios gráficos de Rosario y todo el país. Es dibujante, caricaturista, ilustrador, artista plástico e investigador de la vida del gaucho desde sus orígenes. Creador del personaje Zoilo Quiroga «Un gaucho de acá», con más de 2300 publicaciones hasta la fecha, bautizado así en homenaje a un gran compañero y periodista, Zoilo García Quiroga. Las artes plásticas son el medio conceptualmente distinto en su expresión y la realización de los demás temas que abarca.


“Escribir sobre el Martín Fierro es una ardua tarea, ya que las mejores plumas de nuestra tierra lo ensalzaron, criticaron, estudiaron, homenajearon y consagraron. Desde mil ochocientos setenta y pico hasta nuestros días, mucha tinta derramaron los mejores ilustradores vernáculos de todas las épocas y de los más variados estilos y concepciones, que dejaron obras de indudable valor plástico y testimonial de este libro emblemático. Inolvidables versiones de Castagnino, Alonso, Breccia (hijo), Fontanarrosa, Eleodoro Marenco, Scafati y mucho más. La primera noticia que tuve de este “renegau” fue por boca de mi Padre, un criollo de La Paz, Entre Ríos, que lo recitaba de memoria según cuadrara la ocasión. Está escrito en versos y facilita la forma más bella de la literatura —como prefería Homero, la manera oral—. Junto a los almanaques de Molina Campos forma parte del tesoro popular que guardamos como estirpe, es nuestro Quijote y nuestra Odisea. José Hernández pervive a través de gestas como las del Gaucho Beas que se anima a cabalgar por terrenos transitados y dar su impronta personal al poema. La esmerada edición nos muestra el cuidado y esfuerzo del autor al desplegar la variedad de sus recursos expresivos logrando plasmar una obra inolvidable. Será sin duda referente de las próximas generaciones que se pongan a cantar al compás de la vigüela”. (Crist)


http://www.viarosario.com/arte-y-diseno/el-martin-fierro-ilustrado-por-hector-beas
http://www.conclusion.com.ar/2015/02/martin-fierro-una-edicion-rosarina-de-excelencia/
http://www.rosariocultura.gob.ar/la-secretaria/prensa/noticias/presentacion-del-martin-fierro-ilustrado-por-hector-beas

Archivo http://elranchodefierro.magix.net/public/index.html

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