PARTE SEGUNDA
DOCUMENTOS DEL AUTOR SOBRE EL «FACUNDO»
I
CARTA AL PROFESOR DON MATÍAS CALLANDRELLI, AUTOR DE UN DICCIONARIO
ETIMOLÓGICO DE LA LENGUA CASTELLANA
Mi estimado señor:
Tengo el gusto, para satisfacer a su pedido, de enviarle un ejemplar de
la _Vida de Facundo Quiroga_, reputado generalmente como el escrito más
peculiar mío.
En cuanto a lenguaje, revisó esta última edición el hablista habanero
Mantilla[40], hallando poco que corregir de los anteriores, y, según
dijo, llamándole la atención la ocurrencia frecuente de locuciones
anticuadas, pero castizas, que atribuía a mucha lectura de autores
castellanos antiguos.
No siendo ésta la verdad, indiquele como causa que habiéndome criado en
una provincia apartada y formándome sin estudios ordenados, la lengua de
los conquistadores había debido conservarse allí más tiempo sin
alteraciones sensibles, lo que corroboraba yo con muchos hechos, y
aceptaba él como plausible, bien así como los ingleses insulares de hoy
han hallado en Norteamérica locuciones que atraía Johnson y no conserva
Webster en su Diccionario.
La corrección de pruebas de mis _Viajes_ la hizo don Juan M. Gutiérrez,
de la Academia de la Lengua; y don Andrés Bello, igualmente académico,
que gustaba mucho de _Recuerdos de provincia_ como lenguaje y como
recuerdos de costumbres americanas, rechazaba por infundadas muchas de
las correcciones de Villergas que la echaba de hablista y que encontró
en la Habana a quien _parler_ en achaque de lengua castellana; pues es
hoy un hecho conquistado que los mejores hablistas modernos son
americanos, hecho reconocido por la Academia misma, acaso porque
necesitan más estudios de la lengua los que viven fuera del centro que
la vivifica, y están más influídos por los elementos extranjeros y
extraños a su origen, que tienden a incorporársele.
Es lo más breve que puedo decirle para su dirección en el uso que quiera
hacer de mis escritos, agradeciéndole cordialmente su buen deseo.
Tengo con este motivo el gusto de suscribirme su afectísimo amigo
D. F. SARMIENTO.
Buenos Aires, agosto 12 de 1881.
II
JUAN FACUNDO QUIROGA
ADVERTENCIA DEL AUTOR
Después de terminada la publicación de esta obra, he recibido de varios
amigos rectificaciones de varios hechos referidos en ella. Algunas
inexactitudes han debido necesariamente escaparse en un trabajo hecho de
prisa, lejos del teatro de los acontecimientos, y sobre un asunto de que
no se había escrito nada hasta el presente, al coordinar entre sí
sucesos que han tenido lugar en distintas y remotas provincias, y en
épocas diversas, consultando a un testigo ocular sobre un punto,
registrando manuscritos formados a la ligera, o apelando a las propias
reminiscencias, no es extraño que de vez en cuando el lector argentino
eche de menos algo que él conoce o disienta en cuanto a algún nombre
propio, una fecha, cambiados o puestos fuera de lugar.
Pero debo declarar que en los acontecimientos notables a que me refiero,
y que sirven de base a las explicaciones que doy, hay una exactitud
intachable de que responderán los documentos públicos que sobre ellos
existen.
Quizá haya un momento en que, desembarazado de las preocupaciones que
han precipitado la redacción de esta obrita, vuelva a refundirla en un
plan nuevo, desnudándola de toda digresión accidental, y apoyándola en
numerosos documentos oficiales, a que sólo hago ahora una ligera
referencia.
1845
III
On ne tue point les idées.
FORTOUL.
A los hombres se les degüella; a
las ideas, no.
A fines del año 1840 salía yo de mi patria, desterrado por lástima,
estropeado, lleno de cardenales, puntazos y golpes recibidos el día
anterior en una de esas bacanales sangrientas de soldadesca y
mazorqueros. Al pasar por los baños de Zonda, bajo las armas de la
patria que en días más alegres había pintado en una sala, escribí con
carbón estas palabras:
_On ne tue point les idées._
El Gobierno, a quien se comunicó el hecho, mandó una comisión encargada
de descifrar el jeroglífico, que se decía contener desahogos innobles,
insultos y amenazas. Oída la traducción, «¡y bien!--dijeron--, ¿qué
significa esto?»...
Significaba simplemente que venía a Chile donde la libertad brillaba
aún, y que me proponía hacer proyectar los rayos de las luces de su
Prensa hasta el otro lado de los Andes. Los que conocen mi conducta en
Chile, saben si he cumplido aquella protesta.
IV
INTRODUCCIÓN A LA EDICIÓN DE 1845
«Je demande à l'historien l'amour
de l'humanité ou de la liberté; sa
justice impartiale ne doit être impassible.
Il faut au contraire, qu'il
souhaite, qu'il espérè, qu'il souffre,
ou soit heureux de ce qu'il raconte.»
VILLEMAIN, _Cours de Littérature._
¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el
ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la
vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de
un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo! Diez años aun
después de tu trágica muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho de
los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto,
decían: «¡No!; ¡no ha muerto! ¡Vive aún! ¡El vendrá!» ¡Cierto! Facundo
no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y
revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento; su alma
ha pasado a este otro molde más acabado, más perfecto; y lo que en él
era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en
sistema, efecto y fin. La naturaleza campestre, colonial y bárbara,
cambióse en esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular
capaz de presentarse a la faz del mundo como el modo de ser de un pueblo
encarnado en un hombre que ha aspirado a tomar los aires de un genio que
domina los acontecimientos, los hombres y las cosas. Facundo,
provinciano, bárbaro, valiente, audaz, fué reemplazado por Rosas, hijo
de la culta Buenos Aires, sin serlo él; por Rosas, falso, corazón
helado, espíritu calculador, que hace el mal sin pasión, y organiza
lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo.
Tirano sin rival hoy en la tierra, ¿por qué sus enemigos quieren
disputarle el título de grande que le prodigan sus cortesanos? Sí;
grande y muy grande es, para gloria y vergüenza de su patria, porque si
ha encontrado millares de seres degradados que se unzan a su carro para
arrastrarlo por encima de cadáveres, también se hallan a millares las
almas generosas que en quince años de lid sangrienta, no han desesperado
de vencer al monstruo que nos propone el enigma de la organización
política de la República. Un día vendrá; al fin, que lo resuelva; y la
Esfinge Argentina, mitad mujer por lo cobarde, mitad tigre por lo
sanguinario, morirá a sus plantas, dando a la Tebas del Plata el rango
elevado que le toca entre las naciones del Nuevo Mundo.
Necesítase, empero, para desatar este nudo que no ha podido cortar la
espada, estudiar prolijamente las vueltas y revueltas de los hilos que
lo forman, y buscar en los antecedentes nacionales, en la fisonomía del
suelo, en las costumbres y tradiciones populares, los puntos en que
están pegados.
La República Argentina es hoy la sección hispanoamericana, que, en sus
manifestaciones exteriores, ha llamado preferentemente la atención de
las naciones europeas, que no pocas veces se han visto envueltas en sus
extravíos, o atraídas, como por una vorágine, a acercarse al centro en
que remolinean elementos tan contrarios. La Francia estuvo a punto de
ceder a esta atracción, y no sin grandes esfuerzos de remo y vela, no
sin perder el gobernalle, logró alejarse y mantenerse a la distancia.
Sus más hábiles políticos no han alcanzado a comprender nada de lo que
sus ojos han visto al echar una mirada precipitada sobre el poder
americano que desafiaba a la gran nación. Al ver las lavas ardientes que
se revuelcan, se agitan, se chocan bramando en este gran foco de lucha
intestina, los que por más avisados se tienen, han dicho: es un volcán
subalterno, sin nombre, de los muchos que aparecen en la América: pronto
se extinguirá; y han vuelto a otra parte sus miradas, satisfechos de
haber dado una solución tan fácil como exacta de los fenómenos sociales
que sólo han visto en grupo y superficialmente. A la América del Sur en
general, y a la República Argentina sobre todo, le ha hecho falta un
Tocqueville, que, premunido del conocimiento de las teorías sociales,
como el viajero científico de barómetros, octantes y brújulas, viniera a
penetrar en el interior de nuestra vida política, como en un campo
vastísimo y aun no explorado ni descrito por la ciencia, y revelase a la
Europa, a la Francia, tan ávida de fases nuevas en la vida de las
diversas porciones de la humanidad, este nuevo modo de ser que no tiene
antecedentes bien marcados y conocidos.
Hubiérase entonces explicado el misterio de la lucha obstinada que
despedaza a aquella República; hubiéranse clasificado distintamente los
elementos contrarios, invencibles, que se chocan; hubiérase asignado su
parte a la configuración del terreno y a los hábitos que ella engendra;
su parte a las tradiciones españolas y a la conciencia nacional, íntima
plebeya que han dejado la Inquisición y el absolutismo hispano; su parte
a la influencia de las ideas opuestas que han trastornado el mundo
político; su parte a la barbarie indígena; su parte a la civilización
europea; su parte, en fin, a la democracia consagrada por la Revolución
de 1810, a la igualdad, cuyo dogma ha penetrado hasta las capas
inferiores de la sociedad.
Este estudio que nosotros no estamos aún en estado de hacer, por nuestra
falta de instrucción filosófica e histórica, hecho por observadores
competentes, habría revelado a los ojos atónitos de la Europa un mundo
nuevo en política, una lucha ingenua, franca y primitiva entre los
últimos progresos del espíritu humano y los rudimentos de la vida
salvaje, entre las ciudades populosas y los bosques sombríos. Entonces
se habría podido aclarar un poco el problema de la España, esa rezagada
de Europa que, echada entre el Mediterráneo y el Océano, entre la Edad
Media y el siglo XIX, unida a la Europa culta por un ancho istmo y
separada del Africa bárbara por un angosto estrecho, está balanceándose
entre dos fuerzas opuestas, ya levantándose en la balanza de los pueblos
libres, ya cayendo en la de los despotizados; ya impía, ya fanática; ora
constitucionalista declarada, ora despótica impudente; maldiciendo sus
cadenas rotas a veces, ya cruzando los brazos, y pidiendo a gritos que
le impongan el yugo, que parece ser su condición y su modo de existir.
¡Qué! El problema de la España europea, ¿no podría resolverse examinando
minuciosamente la España americana, como por la educación y hábitos de
los hijos se rastrean las ideas y la moralidad de los padres? ¡Qué! ¿No
significa nada para la historia ni la filosofía esta eterna lucha de los
pueblos hispanoamericanos, esa falta supina de capacidad política e
industrial que los tiene inquietos y revolviéndose sin norte fijo, sin
objeto preciso, sin que sepan por qué no pueden conseguir un día de
reposo, ni qué mano enemiga los echa y empuja en el torbellino fatal que
los arrastra mal de su grado y sin que les sea dado sustraerse a su
maléfica influencia? ¿No valía la pena de saber por qué en el Paraguay,
tierra desmontada por la mano _sabia_ de jesuitismo, un _sabio_ educado
en las aulas de la antigua Universidad de Córdoba, abre una nueva página
de la historia de las aberraciones del espíritu humano, encierra a un
pueblo en sus límites de bosques primitivos, y borrando las sendas que
conducen a esta China recóndita, se oculta y esconde durante treinta
años su presa en las profundidades del continente americano, y sin
dejarle lanzar un solo grito, hasta que muerto él mismo por la edad y la
quieta fatiga de estar inmóvil pisando un pueblo sumiso, éste puede al
fin, con voz extenuada y apenas inteligible, decir a los que vagan por
sus inmediaciones: ¡vivo aún!, ¡pero cuánto he sufrido!, _¡quantum
mutatus ob illo!_ ¡Qué transformación ha sufrido el Paraguay; qué
cardenales y llagas ha dejado el yugo sobre su cuello que no oponía
resistencia! ¿No merece estudio el espectáculo de la República Argentina
que, después de veinte años de convulsión interna, de ensayos de
organización de todo género, produce al fin del fondo de sus entrañas,
de lo íntimo de su corazón, al mismo doctor Francia en la persona de
Rosas, pero más grande, más desenvuelto y más hostil, si se puede, a las
ideas, costumbres y civilización de los pueblos europeos? ¿No se
descubre en él el mismo rencor contra el elemento extranjero, la misma
idea de la autoridad del Gobierno, la misma insolencia para desafiar la
reprobación del mundo, con más su originalidad salvaje, su carácter
fríamente feroz y su voluntad incontrastable, hasta el sacrificio de la
patria, como Sagunto y Numancia; hasta adjurar el porvenir y el rango de
nación culta, como la España de Felipe II y de Torquemada? ¿Es éste un
capricho accidental, una desviación momentánea causada por la aparición
en la escena de un genio poderoso, bien así como los planetas se salen
de su órbita regular, atraídos por la aproximación de algún otro, pero
sin sustraerse del todo a la atracción de su centro de rotación, que
luego asume la preponderancia y les hace entrar en la carrera ordinaria?
M. Guizot ha dicho desde la tribuna francesa: «hay en América dos
partidos: el partido europeo y el partido americano; éste es el más
fuerte»; y cuando le avisan que los franceses han tomado las armas en
Montevideo, y han asociado su porvenir, su vida y su bienestar al
triunfo del partido europeo civilizado, se contenta con añadir: «Los
franceses son muy entremetidos, y comprometen a su nación con los demás
gobiernos.» ¡Bendito sea Dios! M. Guizot, el historiador de la
_civilización_ europea, el que ha deslindado los elementos nuevos que
modificaron la civilización romana, y que ha penetrado en el enmarañado
laberinto de la Edad Media, para mostrar cómo la nación francesa ha sido
el crisol en que se ha estado elaborando, mezclando y refundiendo el
espíritu moderno; M. Guizot, ministro del rey de Francia, da por toda
solución a esta manifestación de simpatías profundas entre los franceses
y los enemigos de Rosas: «¡son muy entremetidos los franceses!» Los
otros pueblos americanos, que, indiferentes e impasibles, miran esta
lucha y estas alianzas de un partido argentino con todo elemento europeo
que venga a prestarle su apoyo, exclaman a su vez llenos de indignación:
«¡Estos argentinos son muy amigos de los europeos!» Y el tirano de la
República Argentina se encarga oficiosamente de completarles la frase,
añadiendo: «¡traidores a la causa americana!» ¡Cierto!, dicen todos;
¡traidores!; ésta es la palabra. ¡Cierto!, decimos nosotros; ¡traidores
a la causa americana, española, absolutista, bárbara! ¿No habéis oído la
palabra _salvaje_ que anda revoloteando sobre nuestras cabezas?
De eso se trata: de ser o no ser _salvaje_. Rosas, según esto, no es un
hecho aislado, una aberración, una monstruosidad. Es, por el contrario,
una manifestación social; es una fórmula de una manera de ser de un
pueblo. ¿Para qué os obstináis en combatirlo, pues, si es fatal,
forzoso, natural y lógico? ¡Dios mío! ¡Para qué lo combatís!... ¿Acaso
porque la empresa es ardua, es por eso absurda? ¿Acaso porque el mal
principio triunfa se le ha de abandonar resignadamente el terreno?
¿Acaso la civilización y la libertad son débiles hoy en el mundo porque
la Italia gima bajo el peso de todos los despotismos, porque la Polonia
ande errante sobre la tierra mendigando un poco de pan y un poco de
libertad? ¡Por qué lo combatís!... ¿Acaso no estamos vivos los que
después de tantos desastres sobrevivimos aún; o hemos perdido nuestra
conciencia de lo justo y del porvenir de la patria, porque hemos perdido
algunas batallas?, ¡Qué!, ¿se quedan también las ideas entre los
despojos de los combates? ¿Somos dueños de hacer otra cosa que lo que
hacemos, ni más ni menos como Rosas no puede dejar de ser lo que es? ¿No
hay nada de providencial en estas luchas de los pueblos? ¿Concedióse
jamás el triunfo a quien no sabe perseverar? Por otra parte, ¿hemos de
abandonar un suelo de los más privilegiados de la América a las
devastaciones de la barbarie, mantener cien ríos navegables abandonados
a las aves acuáticas que están en quieta posesión de surcarlos ellas
solas desde _ab initio_?
¿Hemos de cerrar voluntariamente la puerta a la inmigración europea que
llama con golpes repetidos para poblar nuestros desiertos, y hacernos a
la sombra de nuestro pabellón, pueblo innumerable como las arenas del
mar? ¿Hemos de dejar, ilusorios y vanos, los sueños de desenvolvimiento,
de poder y de gloria, con que nos han mecido desde la infancia los
pronósticos que con envidia nos dirigen los que en Europa estudian las
necesidades de la humanidad? Después de la Europa, ¿hay otro mundo
cristiano civilizable y desierto que la América? ¿Hay en la América
muchos pueblos que estén como el argentino, llamados por lo pronto a
recibir la población europea que desborda como el líquido en un vaso?
¿No queréis, en fin, que vayamos a invocar la ciencia y la industria en
nuestro auxilio, a llamarlas con todas nuestras fuerzas, para que vengan
a sentarse en medio de nosotros, libre la una de toda traba puesta al
pensamiento, segura la otra de toda violencia y de toda coacción? ¡Oh!
¡Este porvenir no se renuncia así no más! No se renuncia porque un
ejército de 20.000 hombres guarde la entrada de la patria; los soldados
mueren en los combates; desertan o cambian de bandera. No se renuncia
porque la fortuna haya favorecido a un tirano durante largos y pesados
años; la fortuna es ciega, y un día que no acierte a encontrar a su
favorito entre el humo denso y la polvareda sofocante de los combates,
¡adiós, tirano!; ¡adiós, tiranía! No se renuncia porque todas las
brutales e ignorantes tradiciones coloniales hayan podido más en un
momento de extravío en el ánimo de masas inexpertas; las convulsiones
políticas traen también la experiencia y la luz, y es ley de la
humanidad que los intereses nuevos, las ideas fecundas, el progreso,
triunfen al fin de las tradiciones envejecidas, de los hábitos
ignorantes y de las preocupaciones estacionarias. No se renuncia porque
en un pueblo haya millares de hombres candorosos que toman el bien por
el mal; egoístas que sacan de él su provecho; indiferentes que lo ven
sin interesarse; tímidos que no se atreven a combatirlo; corrompidos, en
fin, que conociéndolo se entregan a él por inclinación al mal, por
depravación; siempre ha habido en los pueblos todo esto, y nunca el mal
ha triunfado definitivamente. No se renuncia porque los demás pueblos
americanos no puedan prestarnos su ayuda; porque los Gobiernos no ven de
lejos sino el brillo del poder organizado, y no distinguen en la
obscuridad humilde y desamparada de las revoluciones los elementos
grandes que están forcejeando para desenvolverse; porque la oposición
pretendida liberal abjure de sus principios, imponga silencio a su
conciencia, y por aplastar bajo su pie un insecto que importuna, huelle
la noble planta a que ese insecto se apegaba. No se renuncia porque los
pueblos en masa nos den la espalda a causa de que nuestras miserias y
nuestras grandezas están demasiado lejos de su vista para que alcancen a
conmoverlos. ¡No!; no se renuncia a un porvenir tan inmenso, a una
misión tan elevada, por ese cúmulo de contradicciones y dificultades.
¡Las dificultades se vencen; las contradicciones se acaban a fuerza de
contradecirlas!
Desde Chile, nosotros nada podemos dar _a los que perseveran_ en la
lucha bajo todos los rigores de las privaciones, y con la cuchilla
exterminadora, que, como la espada de Damocles, pende a todas horas
sobre sus cabezas. ¡Nada!, excepto ideas, excepto consuelos, excepto
estímulos; arma ninguna nos es dado llevar a los combatientes, si no es
la que la _Prensa libre_ de Chile suministra a todos los hombres libres.
¡La Prensa!, ¡la Prensa! He aquí, tirano, el enemigo que sofocaste entre
nosotros. He aquí el vellocino de oro que tratamos de conquistar. He
aquí cómo la Prensa de Francia, Inglaterra, Brasil, Montevideo, Chile y
Corrientes, va a turbar tu sueño en medio del silencio sepulcral de tus
víctimas; he aquí que te has visto compelido a robar el don de lenguas
para paliar el mal, don que sólo fué dado para predicar el bien. He aquí
que desciendes a justificarte, y que vas por todos los pueblos europeos
y americanos mendigando una pluma venal y fratricida, para que por medio
de la Prensa defienda al que la ha encadenado! ¿Por qué no permites en
tu patria la discusión que mantienes en todos los otros pueblos? ¿Para
qué, pues, tantos millares de víctimas sacrificadas por el puñal; para
qué tantas batallas, si al cabo habías de concluir por la pacífica
discusión de la Prensa?
El que haya leído las páginas que preceden, creerá que es mi ánimo
trazar un cuadro apasionado de los actos de barbarie que han deshonrado
el nombre de don Juan Manuel Rosas. Que se tranquilicen los que abriguen
ese temor. Aún no se ha formado la última página de esta biografía
inmoral; aún no está llena la medida; los días de su héroe no han sido
contados aún. Por otra parte, las pasiones que subleva entre sus
enemigos, son demasiado rencorosas aún para que pudieran ellos mismos
poner fe en su imparcialidad o en su justicia.
Es de otro personaje de quien debo ocuparme. Facundo Quiroga es el
caudillo cuyos hechos quiero consignar en el papel. Diez años ha que la
tierra pesa sobre sus cenizas, y muy cruel y emponzoñada debiera
mostrarse la calumnia que fuera a cavar los sepulcros en busca de
víctimas. ¿Quién lanzó la bala _oficial_ que detuvo su carrera? ¿Partió
de Buenos Aires o de Córdoba? La historia explicará este arcano. Facundo
Quiroga es, empero, el tipo más ingenuo del carácter de la guerra civil
de la República Argentina; es la figura más americana que la revolución
presenta. Facundo Quiroga enlaza y eslabona todos los elementos de
desorden que hasta antes de su aparición estaban agitándose
aisladamente en cada provincia; él hace de la guerra local la guerra
nacional argentina, y presenta triunfante, al fin de diez años de
trabajos, de devastación y de combates, el resultado de que sólo supo
aprovecharse el que lo asesinó. He creído explicar la revolución
argentina con la biografía de Juan Facundo Quiroga, porque creo que él
explica suficientemente una de las tendencias, una de las dos fases
diversas que luchan en el seno de aquella sociedad singular.
He evocado, pues, mis recuerdos, y buscado para completarlos los
detalles que han podido suministrarme hombres que lo conocieron en su
infancia, que fueron sus partidarios o sus enemigos, que han visto con
sus ojos unos hechos, oído otros, y tenido conocimiento exacto de una
época o de una situación particular. Aún espero más datos de los que
poseo, que ya son numerosos. Si algunas inexactitudes se me escapan,
ruego a los que las adviertan que me las comuniquen; porque en Facundo
Quiroga no veo un caudillo simplemente, sino una manifestación de la
vida argentina tal como la han hecho la colonización y las
peculiaridades del terreno, a lo cual creo necesario consagrar una seria
atención, porque sin esto la vida y hechos de Facundo Quiroga son
vulgaridades que no merecerían entrar sino episódicamente en el dominio
de la historia. Pero Facundo, en relación con la fisonomía de la
naturaleza grandiosamente salvaje que prevalece en la inmensa extensión
de la República Argentina; Facundo, expresión fiel de una manera de ser
de un pueblo, de sus preocupaciones e instintos; Facundo, en fin, siendo
lo que fué, no por un accidente de su carácter, sino por antecedentes
inevitables y ajenos de su voluntad, es el personaje histórico más
singular, más notable, que puede presentarse a la contemplación de los
hombres que comprenden que un caudillo que encabeza un gran movimiento
social, no es más que el espejo en que se reflejan, en dimensiones
colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de
una nación en una época dada de su historia. Alejandro es la pintura, el
reflejo de la Grecia guerrera, literaria, política y artística; de la
Grecia excéptica, filosófica y emprendedora, que se derrama por sobre el
Asia para extender la esfera de su acción civilizadora.
Por esto nos es necesario detenernos en los detalles de la vida interior
del pueblo argentino, para comprender su ideal, su personificación.
Sin estos antecedentes, nadie comprenderá a Facundo Quiroga, como nadie,
a mi juicio, ha comprendido todavía al inmortal Bolívar, por la
incompetencia de los biógrafos que han trazado el cuadro de su vida. En
la _Enciclopedia Nueva_ he leído un brillante trabajo sobre el general
Bolívar, en el que se hace a aquel caudillo americano toda la justicia
que merece por sus talentos y por su genio; pero en esta biografía, como
en todas las otras que de él se han escrito, he visto al general
europeo, los mariscales del Imperio, un Napoleón menos colosal; pero no
he visto al caudillo americano, al jefe de un levantamiento de las
masas; veo el remedo de la Europa, y nada que me revele la América.
Colombia tiene llanos, vida pastoril, vida bárbara, americana pura, y de
ahí partió el gran Bolívar; de aquel barro hizo su glorioso edificio.
¿Cómo es, pues, que su biografía lo asemeja a cualquier general europeo
de esclarecidas prendas? Es que las preocupaciones clásicas europeas del
escritor desfiguran al héroe, a quien quitan el _poncho_ para
presentarlo desde el primer día con el frac, ni más ni menos como los
litógrafos de Buenos Aires han pintado a Facundo con casaca de solapas,
creyendo impropia su chaqueta, que nunca abandonó. Bien; han hecho un
general, pero Facundo desaparece. La guerra de Bolívar pueden estudiarla
en Francia en la de los _chouanes_; Bolívar es un Charette de más anchas
dimensiones. Si los españoles hubieran penetrado en la República
Argentina el año 11, acaso nuestro Bolívar habría sido Artigas, si este
caudillo hubiese sido, como aquél, tan pródigamente dotado por la
naturaleza y la educación.
La manera de tratar la historia de Bolívar de los escritores europeos y
americanos, conviene a San Martín y a otros de su clase. San Martín no
fué caudillo popular; era realmente un general. Habíase educado en
Europa y llegó a América, donde el Gobierno era el revolucionario, y
pudo formar a sus anchas el ejército europeo, disciplinarlo y dar
batallas regulares, según las reglas de la ciencia. Su expedición sobre
Chile es una conquista en regla, como la de Italia por Napoleón. Pero si
San Martín hubiese tenido que encabezar _montoneras_, ser vencido aquí,
para ir a reunir un grupo de llaneros por allá, lo habrían colgado a su
segunda tentativa.
El drama de Bolívar se compone, pues, de otros elementos de los que
hasta hoy conocemos; es preciso poner antes las decoraciones y los
trajes americanos, para mostrar en seguida el personaje. Bolívar es
todavía un cuento forjado sobre datos ciertos; Bolívar, el verdadero
Bolívar, no lo conoce aún el mundo, y es muy probable que cuando lo
traduzcan a su idioma natal, aparezca más sorprendente y más grande aún.
Razones de este género me han movido a dividir este precipitado trabajo
en dos partes: la una, en que trazo el terreno, el paisaje, el teatro
sobre que va a representarse la escena; la otra, en que aparece el
personaje, con su traje, sus ideas, su sistema de obrar; de manera que
la primera está ya revelando a la segunda, sin necesidad de comentarios
ni explicaciones.
V
CARTA-PRÓLOGO DE LA EDICIÓN DE 1851
_Señor don Valentín Alsina:_
Conságrole, mi caro amigo, estas páginas que vuelven a ver la luz
pública, menos por lo que ellas valen, que por el conato de usted de
amenguar con sus notas los muchos lunares que afeaban la primera
edición. Ensayo y revelación para mí mismo de mis ideas, el _Facundo_
adoleció de los defectos de todo fruto de la inspiración del momento,
sin el auxilio de documentos a la mano, y ejecutada no bien era
concebida, lejos del teatro de los sucesos y con propósitos de acción
inmediata y militante. Tal como él era, mi pobre librejo ha tenido la
fortuna de hallar en aquella tierra, cerrada a la verdad y a la
discusión, lectores apasionados, y de mano en mano, deslizándose
furtivamente, guardado en algún secreto escondite, para hacer alto en
sus peregrinaciones, emprender largos viajes, y ejemplares por centenas
llegar, ajados y despachurrados de puro leídos, hasta Buenos Aires, a
las oficinas del pobre tirano, a los campamentos del soldado y a la
cabaña del gaucho, hasta hacerse él mismo, en las hablillas populares,
un mito como su héroe.
He usado con parsimonia de sus preciosas notas, guardando las más
sustanciales para tiempos mejores y más meditados trabajos, temeroso de
que por retocar obra tan informe, desapareciese su fisonomía primitiva y
la lozana y voluntariosa audacia de la mal disciplinada concepción.
Este libro, como tantos otros que la lucha de la libertad ha hecho
nacer, irá bien pronto a confundirse en el fárrago inmenso de
materiales, de cuyo caos discordante saldrá un día, depurado de todo
resabio, la historia de nuestra patria, el drama más fecundo en
lecciones, más rico en peripecias y más vivaz que la dura y penosa
transformación americana ha presentado. ¡Feliz yo si, como lo deseo,
puedo un día consagrarme con éxito a tarea tan grande! Echaría al fuego
entonces, de buena gana, cuantas páginas precipitadas he dejado escapar
en el combate en que usted y tantos otros valientes escritores han
cogido los más frescos lauros, hiriendo de más cerca, y con armas mejor
templadas, al poderoso tirano de nuestra patria.
He suprimido la introducción como inútil, y los dos capítulos últimos
como ociosos hoy, recordando una indicación de usted en 1846 en
Montevideo, en que me insinuaba que el libro estaba terminado en la
muerte de Quiroga[41].
Tengo una ambición literaria, mi caro amigo, y a satisfacerla consagro
muchas vigilias, investigaciones prolijas y estudios meditados. Facundo
murió corporalmente en Barranca-Yaco; pero su nombre en la Historia
podía escaparse y sobrevivir algunos años, sin castigo ejemplar como
era merecido. La justicia de la Historia ha caído ya sobre él, y el
reposo de su tumba guárdanlo la supresión de su nombre y el desprecio de
los pueblos. Sería agraviar a la Historia escribir la vida de Rosas, y
humillar a nuestra patria recordarla, después de rehabilitarla, las
degradaciones por que ha pasado. Pero hay otros pueblos y otros hombres
que no deben quedar sin humillación y sin ser aleccionados. ¡Oh! La
Francia, tan justamente erguida por su suficiencia en las ciencias
históricas, políticas y sociales; la Inglaterra, tan contemplativa de
sus intereses comerciales; aquellos políticos de todos los países,
aquellos escritores que se precian de entendidos, si un pobre narrador
americano se presentase ante ellos con un libro, para mostrarles, como
Dios muestra las cosas que llamamos evidentes, que se han prosternado
ante un fantasma, que han contemporizado con una sombra impotente, que
han acatado un montón de basura, llamando a la estupidez, energía; a la
ceguedad, talento; virtud, a la crápula, e intriga y diplomacia, a los
más groseros ardides; si pudiera hacerse esto, como es posible hacerlo,
con unción en las palabras, con intachable imparcialidad en la
jurisprudencia de los hechos, con exposición lucida y animada, con
elevación de sentimientos y con conocimiento profundo de los intereses
de los pueblos y presentimiento, fundado en deducción lógica, de los
bienes que sofocaron con sus errores y de los males que desarrollaron en
nuestro país e hicieron desbordar sobre otros... ¿no siente usted que el
que tal hiciera podría presentarse en Europa con su libro en la mano, y
decir a la Francia y a la Inglaterra, a la Monarquía y a la República, a
Palmerston y a Guizot, a Luis Felipe y a Luis Napoleón, al _Times_ y a
la _Presse_: ¡leed, miserables, y humillaos! ¡He ahí vuestro hombre!, y
hacer efectivo aquel _ecce homo_, tan mal señalado por los poderosos,
al desprecio y al asco de los pueblos?
La historia de la tiranía de Rosas es la más solemne, la más sublime y
la más triste página de la especie humana, tanto para los pueblos que de
ella han sido víctimas, como para las naciones, Gobiernos y políticos
europeos o americanos que han sido actores en el drama o testigos
interesados.
Los hechos están ahí consignados, clasificados, probados, documentados;
fáltales, empero, el hilo que ha de ligarlos en un solo hecho, el soplo
de vida que ha de hacerlos enderezarse todos a un tiempo a la vista del
espectador y convertirlos en cuadro vivo, con primeros planos palpables
y lontananzas necesarias; fáltales el colorido que dan al paisaje los
rayos del sol de la patria; fáltales la evidencia que trae la
estadística que cuenta las cifras, que impone silencio a los fraseadores
presuntuosos y hace enmudecer a los poderosos impudentes. Fáltame para
intentarlo interrogar el suelo y visitar los lugares de la escena, oír
las revelaciones de los cómplices, las deposiciones de las víctimas, los
recuerdos de los ancianos, las doloridas narraciones de las madres que
ven con el corazón; fáltame escuchar el eco confuso del pueblo, que ha
visto y no ha comprendido, que ha sido verdugo y víctima, testigo y
actor; falta la madurez del hecho cumplido y el paso de una época a
otra, el cambio de los destinos de la nación, para volver con fruto los
ojos hacia atrás, haciendo de la historia ejemplo y no venganza.
Imagínese usted, mi caro amigo, si codiciando para mí este tesoro
prestaré grande atención a los defectos e inexactitudes de la vida de
Juan Facundo Quiroga ni de nada de cuanto he abandonado a la publicidad.
Hay una justicia ejemplar que hacer y una gloria que adquirir como
escritor argentino; fustigar al mundo y humillar la soberbia de los
grandes de la tierra, llámense sabios o gobiernos. Si fuera rico fundara
un premio Montyon para aquél que lo consiguiera.
Envíole, pues, el _Facundo_ sin otras atenuaciones, y hágalo que
continúe la obra de rehabilitación de lo justo y de lo digno que tuvo en
mira al principio. Tenemos lo que Dios concede a los que sufren: años
por delante y esperanza; tengo yo un átomo de lo que a usted y a Rosas,
a la virtud y al crimen, concede a veces: perseverancia. Perseveremos,
amigo; muramos, usted ahí, yo acá; pero que ningún acto, ninguna palabra
nuestra revele que tenemos la conciencia de nuestra debilidad y de que
nos amenazan para hoy o para mañana tribulaciones y peligros.
Queda de usted su afectísimo amigo,
DOMINGO F. SARMIENTO.
Yungay, 7 de abril de 1851.
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viernes, 20 de marzo de 2015
Facundo: PARTE TERCERA - CAPÍTULO SEGUNDO
CAPÍTULO II
PRESENTE Y PORVENIR
Aprés avoir été conquérant, aprés s'étre déployé tout entier, il s'épuise, il a fait son temps, il est conquis lui mème: ce jour-là il quitte la scêne du monde, parce qu'alors il est devenu inutile à l'humanité.
COUSIN.
El bloqueo de la Francia duraba dos años había, y el Gobierno _americano_, animado del espíritu _americano_, hacía frente a la Francia, al principio europeo, a las pretensiones europeas. El bloqueo francés, empero, había sido fecundo en resultados sociales para la República Argentina, y servía a manifestar en toda su desnudez la situación de los espíritus y los nuevos elementos de lucha que debían encender la guerra encarnizada que sólo puede terminar con la caída de aquel Gobierno monstruoso. El Gobierno personal de Rosas continuaba sus estragos en Buenos Aires, su fusión _unitaria_ en el interior, al paso que en el exterior se presentaba haciendo frente gloriosamente a las pretensiones de una potencia europea y reivindicando el poder americano contra toda tentativa de invasión. Rosas ha probado--se decía por toda la América, y aun se dice hoy--que la Europa es demasiado débil para conquistar un Estado americano que quiere sostener sus derechos.
Sin negar esta verdad incuestionable, yo creo que lo que Rosas puso de manifiesto es la supina ignorancia en que viven en Europa sobre los intereses europeos en América, y los verdaderos medios de hacerlos prosperar sin menoscabo de la independencia americana. A Rosas, además, debe la República Argentina en estos últimos años haber llenado de su nombre, de sus luchas y de la discusión de sus intereses el mundo civilizado y puéstola en contacto más inmediato con la Europa, forzando a sus sabios y a sus políticos a contraerse a estudiar este mundo trasatlántico, que tan importante papel está llamado a figurar en el mundo futuro.
Yo no digo que hoy estén mucho más avanzados en conocimientos, sino que ya están en vías de experimento y que al fin la verdad ha de ser conocida. Mirado el bloqueo francés bajo su aspecto material, es un hecho obscuro que a ningún resultado histórico conduce; Rosas cede de sus pretensiones, la Francia deja pudrirse sus buques en las aguas del Plata; he aquí toda la historia del bloqueo.
La aplicación del nuevo sistema de Rosas había traído un resultado singular, a saber: que la población de Buenos Aires se había fugado y reunídose en Montevideo. Quedaban, es verdad, en la orilla izquierda del Plata las mujeres, los hombres materiales, _aquellos que pacen su pan bajo la férula de cualquier tirano_; los hombres, en fin, para quienes el interés de la libertad, la civilización y la dignidad de la patria es posterior al de comer o dormir; pero toda aquella escasa porción de nuestras sociedades y de todas las sociedades humanas, para la cual entra por algo en los negocios de la vida el vivir bajo un gobierno racional y preparar sus destinos futuros, se hallaba reunida en Montevideo, adonde, por otra parte, con el bloqueo y la falta de seguridad individual, se había trasladado el comercio de Buenos Aires y las principales casas extranjeras.
Hallábanse, pues, en Montevideo los antiguos unitarios con todo el personal de la administración de Rivadavia, sus mantenedores, 18 generales de la República, sus escritores, los excongresales, etc.; estaban ahí, además, los federales de la _ciudad_, emigrados de 1833 adelante; es decir, todas las notabilidades hostiles a la Constitución de 1826 expulsadas por Rosas con el apodo de _lomos negros_. Venían después los fautores de Rosas, que no habían podido ver sin horror la obra de sus manos, o que, sintiendo aproximarse a ellos el cuchillo exterminador, habían, como Tallien y los termidorianos, intentado salvar sus vidas y la patria, destruyendo lo mismo que ellos habían creado.
Ultimamente había llegado a reunirse en Montevideo un cuarto elemento que no era ni unitario, ni federal, ni exrosista, y que ninguna afinidad tenía con aquéllos, compuesto de la nueva generación que había llegado a la virilidad en medio de la destrucción del orden antiguo y la plantación del nuevo. Como Rosas ha tenido tan buen cuidado y tanto tesón de hacer creer al mundo que sus enemigos son hoy los unitarios del año 26, creo oportuno entrar en algunos detalles sobre esta última faz de las ideas que han agitado la República.
La numerosa juventud que el Colegio de Ciencias Morales, fundado por Rivadavia, había reunido de todas las provincias, la que la Universidad, el Seminario y los muchos establecimientos de educación que pululaban en aquella ciudad que tuvo un día el candor de llamarse la _Atenas_ americana habían preparado para la vida pública, se encontraba sin foro, sin Prensa, sin tribuna, sin esa vida pública, sin teatro, en fin, en que ensayar las fuerzas de una inteligencia juvenil y llena de actividad. Por otra parte, el contacto inmediato que con la Europa habían establecido la revolución de la Independencia, el comercio y la administración de Rivadavia tan eminentemente europea, había echado a la juventud argentina en el estudio del movimiento político y literario de la Europa y de la Francia sobre todo.
El romanticismo, el eclecticismo, el socialismo, todos aquellos diversos sistemas de ideas tenían acalorados adeptos, y el estudio de las teorías sociales se hacía a la sombra del despotismo más hostil a todo desenvolvimiento de ideas. El doctor Alsina, dando lección en la Universidad sobre legislación, después de explicar lo que era el despotismo, añadía esta frase final: «En suma, señores: ¿quieren ustedes tener una idea cabal de lo que es el despotismo? Ahí tienen ustedes el Gobierno de don Juan Manuel Rosas con facultades extraordinarias.» Una lluvia de aplausos siniestros y amenazadores ahogaba la voz del osado catedrático.
Al fin esa juventud que se esconde con sus libros europeos a estudiar en secreto, con su Sismondi, su Lherminier, su Tocqueville, sus revistas _Británicas_, de _Ambos Mundos_, _Enciclopédica_, su Jouffroi, su Cousin, su Guizot, etc., etc., se interroga, se agita, se comunica, y al fin se asocia indeliberadamente, sin saber fijamente para qué, llevada de una impulsión que cree puramente literaria, como si las letras corrieran peligro de perderse en aquel mundo bárbaro, o como si la buena doctrina perseguida en la superficie necesitase ir a esconderse en el asilo subterráneo de las catacumbas para salir de allí compacta y robustecida a luchar con el poder.
El Salón Literario de Buenos Aires fué la primera manifestación de este espíritu nuevo. Algunas publicaciones periódicas, algunos opúsculos en que las doctrinas europeas aparecían mal digeridas aún fueron sus primeros ensayos. Hasta entonces nada de políticas, nada de partidos; aún había muchos jóvenes que, preocupados con las doctrinas históricas francesas, creyeron que Rosas, su Gobierno, su sistema original, su reacción contra la Europa era una manifestación nacional americana, una civilización, en fin, con sus caracteres y formas peculiares. No entraré a apreciar ni la importancia real de estos estudios ni las fases incompletas, presuntuosas y aun ridículas que presentaba aquel movimiento literario; eran ensayos de fuerzas inexpertas y juveniles que no merecerían recuerdo si no fuesen precursores de un movimiento más fecundo en resultados. Del seno del Salón Literario se desprendió un grupo de cabezas inteligentes que, asociándose secretamente, proponíase formar un carbonarismo que debía echar en toda la República las bases de una reacción civilizada contra el Gobierno bárbaro que había triunfado.
Tengo, por fortuna, el acta original de esta asociación a la vista, y puedo con satisfacción contar los nombres que la suscribieron. Los que los llevan están hoy diseminados por Europa y América, excepto algunos que han pagado a la patria su tributo con una muerte gloriosa en los campos de batalla.
Casi todos los que sobreviven son hoy literatos distinguidos, y si un día los poderes intelectuales han de tener parte en la dirección de los negocios de la República Argentina, muchos y muy completos instrumentos hallará en esta escogida pléyade largamente preparada por el talento, el estudio, los viajes, la desgracia y el espectáculo de los errores y desaciertos que han presenciado o cometido ellos mismos.
«En nombre de Dios--dice el acta--, de la patria, de los héroes y mártires de la Independencia Americana; en nombre de la sangre y de las lágrimas inútilmente derramadas en nuestra guerra civil, todos y cada uno de los miembros de la asociación de la joven generación argentina:
»Creyendo que todos los hombres son iguales;
»Que todos son libres, que todos son hermanos, iguales en derechos y deberes;
»Libres en el ejercicio de sus facultades para el bien de todos;
»Hermanos para marchar a la conquista de aquel bien y al lleno de los destinos humanos;
»Creyendo en el progreso de la humanidad; teniendo fe en el porvenir;
»Convencidos de que la unión constituye la fuerza;
»Que no puede existir fraternidad ni unión sin el vínculo de los principios;
»Y deseando consagrar sus esfuerzos a la libertad y felicidad de su patria y a la regeneración completa de la sociedad argentina,
»1.º Juran concurrir con su inteligencia, sus bienes y sus brazos a la realización de los principios formulados en las _palabras simbólicas_ que forman las bases del pacto de la alianza;
»2.º Juran no desistir de la empresa sean cuales fueren los peligros que amaguen a cada uno de los miembros sociales;
»3.º Juran sostenerlos a todo trance y usar de todos los medios que tengan en sus manos para difundirlos y propagarlos, y
»4.º Juran fraternidad recíproca, unión estrecha y perpetuo silencio sobre lo que pueda comprometer la existencia de la Asociación.»
Las _palabras simbólicas_, no obstante la obscuridad emblemática del título, eran sólo el credo político que reconoce y confiesa el mundo cristiano, con la sola agregación de la prescindencia de los asociados de las ideas e intereses que antes habían dividido a unitarios y federales, con quienes podían ahora armonizar, puesto que la común desgracia los había unido en el destierro.
Mientras estos nuevos apóstoles de la República y de la civilización europea se preparaban a poner a prueba sus juramentos, la persecución de Rosas llegaba ya hasta ellos, jóvenes sin antecedentes políticos, después de haber pasado por sus partidarios mismos, por los federales _lomos negros_ y por los antiguos unitarios. Fueles preciso, pues, salvar con sus vidas las doctrinas que tan sensatamente habían formulado, y Montevideo vió venir, unos en pos de otros, centenares de jóvenes que abandonaban su familia, sus estudios y sus negocios para ir a buscar a la ribera oriental del Plata un punto de apoyo para desplomar, si podían, aquel poder sombrío que se hacía un parapeto de cadáveres y tenía de avanzada una horda de asesinos legalmente constituída.
He necesitado entrar en estos pormenores para caracterizar un gran movimiento que se operaba por entonces en Montevideo y que ha escandalizado a la América dando a Rosas una poderosa arma moral para robustecer su Gobierno y su principio _americano_. Hablo de la alianza de los enemigos de Rosas con los franceses que bloqueaban a Buenos Aires, que Rosas ha echado en cara eternamente como un baldón a los unitarios. Pero en honor de la verdad histórica y de la justicia, debo declarar, ya que la ocasión se presenta, que los verdaderos unitarios, los hombres que figuraron hasta 1829, no son responsables de aquella alianza; los que cometieron aquel delito de leso americanismo; los que se echaron en brazos de la Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los jóvenes; en una palabra: ¡fuimos _nosotros_! Sé muy bien que en los estados americanos halla eco Rosas, aun entre hombres liberales y eminentemente civilizados, sobre este delicado punto, y que para muchos es todavía un error afrentoso el haberse asociado los argentinos a los _extranjeros_ para derrocar a un tirano. Pero cada uno debe reposar en sus convicciones, y no descender a justificarse de lo que cree firmemente y sostiene de palabra y obra. Así, pues, diré en despecho de quienquiera que sea, que la gloria de haber comprendido que había alianza íntima entre los enemigos de Rosas y los poderes civilizados de Europa, nos perteneció toda entera a nosotros.
Los unitarios más eminentes, como los americanos, como Rosas y sus satélites, estaban demasiado preocupados de esa idea de la nacionalidad, que es patrimonio del hombre desde la tribu salvaje y que le hace mirar con horror al extranjero.
En los pueblos castellanos este sentimiento ha ido hasta convertirse en una pasión brutal capaz de los mayores y más culpables excesos, capaz del suicidio. La juventud de Buenos Aires llevaba consigo esta idea fecunda de la fraternidad de intereses con la Francia y la Inglaterra; llevaba el amor a los pueblos europeos asociado al amor a la civilización, a las instituciones y a las letras que la Europa nos había legado, y que Rosas destruía en nombre de América, sustituyendo otro vestido al vestido europeo, otras leyes a las leyes europeas, otro gobierno al gobierno europeo.
Esta juventud, impregnada de las ideas civilizadoras de la literatura europea, iba a buscar en los europeos enemigos de Rosas sus antecesores, sus padres, sus modelos; el apoyo contra la América tal como la presentaba Rosas: bárbara como el Asia, despótica y sanguinaria como la Turquía, persiguiendo y despreciando la inteligencia como el mahometismo.
Si los resultados no han correspondido a sus expectaciones, suya no fué la culpa, ni los que les afean aquella alianza pueden tampoco vanagloriarse de haber acertado mejor; pues si los franceses pactaron al fin con el tirano, no por eso intentaron nada contra la independencia argentina, y si por un momento ocuparon la isla de Martín García, llamaron luego un jefe argentino que se hiciese cargo de ella. Los argentinos, antes de asociarse a los franceses habían exigido declaraciones públicas de parte de los bloqueadores de respetar el territorio argentino, y las habían obtenido solemnes.
En tanto, la idea que tanto combatieron los unitarios al principio, y que llamaban una traición a la patria, se generalizó y los dominó y sometió a ellos mismos, y cunde hoy por toda la América y se arraiga en los ánimos.
En Montevideo, pues, se asociaron la Francia y la República Argentina europea para derrocar el monstruo del _americanismo_ hijo de la Pampa; desgraciadamente, dos años se perdieron en debates, y cuando la alianza se firmó, la cuestión de Oriente requirió las fuerzas navales de Francia, y los aliados argentinos quedaron solos en la brecha. Por otra parte, las preocupaciones unitarias estorbaron que se adoptasen los verdaderos medios militares y revolucionarios para obrar contra el tirano, yendo a estrellarse los esfuerzos intentados contra los elementos que se habían dejado formarse más poderosos.
M. Martigny, uno de los pocos franceses que habiendo vivido largo tiempo entre los americanos, sabía comprender sus intereses y los de Francia en América, francés de corazón que deploraba todos los días los extravíos, preocupaciones y errores de esos mismos argentinos a quienes quería salvar, decía de los antiguos unitarios: «son los emigrados franceses de 1789; no han olvidado nada ni aprendido nada». Y efectivamente: vencidos en 1829 por la _montonera_, creían que todavía la montonera era un elemento de guerra, y no querían formar ejército de línea; dominados entonces por las campañas pastoras, creían ahora inútil apoderarse de Buenos Aires; con preocupaciones invencibles contra los _gauchos_, los miraban aún como sus enemigos naturales, parodiando, sin embargo, su táctica guerrera, sus hordas de caballería y hasta su traje en los ejércitos.
Una revolución radical, empero, se había estado operando en la República, y el haberla comprendido a tiempo habría bastado para salvarla. Rosas, elevado por la campaña y apenas asegurado del Gobierno, se había consagrado a quitarle todo su poder. Por el veneno, por la traición, por el cuchillo, había dado muerte a todos los comandantes de campaña que habían ayudado a su elevación, y sustituído en su lugar hombres sin capacidad, sin reputación, armados, sin embargo, del poder de matar sin responsabilidad.
Las atrocidades de que era teatro sangriento Buenos Aires habían, por otra parte, hecho huir a la campaña a una inmensa multitud de ciudadanos, que, mezclándose con los gauchos, iban obrando lentamente una fusión radical entre los hombres del campo y los de la ciudad; la común desgracia los reunía; unos y otros execraban aquel monstruo sediento de sangre y de crímenes, ligándolos para siempre en un voto común. La campaña, pues, había dejado de pertenecer a Rosas, y su poder, faltándole aquella base y la de la opinión pública, había ido a apoyarse en una horda de asesinos disciplinados y en un ejército de línea. Rosas, más perspicaz que los unitarios, se había apoderado del arma que ellos gratuitamente abandonaban: la infantería y el cañón. Desde 1835 disciplinaba rigurosamente sus soldados, y cada día se desmontaba un escuadrón para engrosar los batallones.
No por eso Rosas contaba con el espíritu de sus tropas, como no contaba con la campaña ni con los ciudadanos. Las conspiraciones cruzaban diariamente sus hilos que venían de diversos focos, y la unanimidad del designio hacía por la exuberancia misma de los medios, casi imposible llevar nada a cabo. Ultimamente, la mayor parte de sus jefes y todos los cuerpos de línea estaban complicados en una conjuración que encabezaba el joven coronel Maza, quien, teniendo en sus manos la suerte de Rosas durante cuatro meses, perdía un tiempo precioso en comunicarse con Montevideo y revelar sus planes.
Al fin sucedió lo que debía de suceder: la conspiración fué descubierta, y Maza murió llevándose consigo el secreto de la complicidad de la mayor parte de los jefes que continúan hoy al servicio de Rosas. Más tarde, no obstante este contraste, estalló la sublevación en masa de la campaña, encabezada por el coronel Cramer, Castelli y centenares de hacendados pacíficos. Pero aun esta revolución tuvo mal éxito, y setecientos gauchos pasaron por la angustia de abandonar su pampa y su parejero y embarcarse para ir a continuar en otra parte la guerra. Todos estos inmensos elementos estaban en poder de los unitarios, pero sus preocupaciones no les dejaban aprovecharlos; pedían ante todo que aquellas fuerzas nuevas, actuales, se subordinasen a nombres antiguos y pasados.
No concebían la revolución sino bajo las órdenes de Soler, Alvear, Lavalle u otro de reputación, de gloria clásica; y mientras tanto, sucedía en Buenos Aires lo que en Francia había sucedido en 1830, a saber: que todos los generales querían la revolución, pero les faltaba corazón y entrañas; estaban gastados, como esos centenares de generales franceses que en los días de julio cosecharon los resultados del valor del pueblo, a quien no quisieron prestar su espada para triunfar. Faltáronnos los jóvenes de la Escuela Politécnica para que encabezasen a una ciudad que sólo pedía una voz de mando para salir a las calles y desbaratar la mazorca y desalojar al caníbal. La mazorca, malogradas estas tentativas, se encargó de la fácil tarea de inundar las calles de sangre y de helar el ánimo de los que sobrevivían a fuerza de crímenes.
El Gobierno francés, al fin, mandó a M. Mackau a terminar a _todo trance_ el bloqueo, y con los conocimientos de M. Mackau sobre las cuestiones americanas, se firmó un tratado que dejaba a merced de Rosas el ejército de Lavalle, que llegaba en aquellos momentos mismos a las goteras de Buenos Aires y malograba para la Francia las simpatías profundas de los argentinos por ella y la de los franceses por los argentinos; porque la fraternidad galo-argentina estaba cimentada en una afección profunda de pueblo a pueblo, y en tal comunidad de intereses e ideas, que aun hoy, después de los desbarros de la política francesa, no ha podido en tres años despegar de las murallas de Montevideo a los heroicos extranjeros que se han aferrado a ellas como al último atrincheramiento que a la civilización europea queda en las márgenes del Plata. Quizá esta ceguedad del Ministerio ha sido útil a la República Argentina; era preciso que desencantamiento semejante nos hubiese hecho conocer la Francia poder, la Francia gobierno, muy distinta de esa Francia ideal y bella, generosa y cosmopolita, que tanta sangre ha derramado por la libertad, y que sus libros, sus filósofos, sus revistas nos hacían amar desde 1810.
La política que al Gobierno francés trazan todos sus publicistas, Considerant, Damiront y otros, simpática por el progreso, la libertad y la civilización, podría haberse puesto en ejercicio en el Río de la Plata, sin que por eso bambolease el trono de Luis Felipe, que han creído acuñar con la esclavitud de la Italia, de la Polonia y de la Bélgica; y la Francia habría cosechado en influencias y simpatías lo que no le dió su pobre tratado Mackau, que afianzaba un poder hostil por naturaleza a los intereses europeos, que no pueden medrar en América sino bajo la sombra de instituciones civilizadoras y libres. Digo lo mismo con respecto a la Inglaterra, cuya política en el Río de la Plata haría sospechar que tiene el secreto designio de dejar debilitarse, bajo el despotismo de Rosas, aquel espíritu que la rechazó en 1807, para volver a probar fortuna cuando una guerra europea u otro gran movimiento deja la tierra abandonada al pillaje, y añadir esta posesión a las concesiones necesarias para firmar un tratado, como el definitivo de Viena, en que se hizo conceder Malta, El Cabo y otros territorios adquiridos por un golpe de mano. Porque, ¿cómo sería posible concebir de otro modo, si la ignorancia en que viven en Europa de la situación de América no lo disculpase; cómo sería posible concebir, digo, que la Inglaterra, tan solícita en formarse mercados para sus manufacturas, haya estado durante veinte años viendo tranquilamente, si no coadyuvando en secreto a la aniquilación de todo principio civilizador en las orillas del Plata y dando la mano para que se levante cada vez que le ha visto bambolearse al tiranuelo ignorante que ha puesto una barra al río para que la Europa no pueda penetrar hasta el corazón de la América a sacar las riquezas que encierra y que nuestra inhabilidad desperdicia? ¿Cómo tolerar al enemigo implacable de los _extranjeros_ que, con su inmigración a la sombra de un Gobierno simpático a los europeos y protector de la seguridad individual, habrían poblado en estos últimos veinte años las costas de nuestros inmensos ríos y realizado los mismos prodigios que en menos tiempo se han consumado en las riberas del Mississipí? ¿Quiere la Inglaterra consumidores, cualquiera que el Gobierno de un país sea? Pero, ¿qué han de consumir 600.000 gauchos, pobres, sin industria, como sin necesidades, bajo un Gobierno que, extinguiendo las costumbres y gustos europeos, disminuye necesariamente el consumo de productos europeos? ¿Habremos de creer que la Inglaterra desconoce hasta este punto sus intereses en América? ¿Ha querido poner su mano poderosa para que no se levante en el sur de la América un Estado como el que ella engendró en el norte? ¡Qué ilusión! Ese Estado se levantará en despecho suyo, aunque sieguen sus retoños cada año, porque la grandeza del Estado está en la pampa pastora, en las producciones tropicales del Norte y en el gran sistema de ríos navegables cuya aorta es el Plata. Por otra parte, los españoles no somos ni navegantes ni industriosos, y la Europa nos proveerá por largos siglos de sus artefactos, en cambio de nuestras materias primeras; y ella y nosotros ganaremos en el cambio; la Europa nos pondrá el remo en la mano y nos remolcará río arriba, hasta que hayamos adquirido el gusto de la navegación.
Se ha repetido de orden de Rosas en todas las Prensas europeas que él es el único capaz de gobernar en los pueblos semibárbaros de la América. No es tanto de la América tan ultrajada que me lastimo, sino de las pobres manos que se han dejado guiar para estampar esas palabras. Es muy curioso que sólo sea capaz de gobernar aquél que no ha podido obtener un día de reposo, y que después de haber destrozado, envilecido y ensangrentado su patria, se encuentra que, cuando creía cosechar el triunfo de tantos crímenes, está enredado con tres Estados americanos: con el Uruguay, el Paraguay y el Brasil, y que aun le quedan a su retaguardia Chile y Bolivia, con quienes tiene todas las exterioridades del estado de guerra; porque por más precauciones que el Gobierno de Chile tome para no malquistarse con el monstruo, la malquerencia está en el modo de ser íntimo de ambos pueblos, en las instituciones que los rigen y las tendencias diversas de su política. Para saber lo que Rosas pretenderá de Chile, basta tomar la Constitución del Estado; pues bien: ahí está la guerra; entregadle la Constitución, ya sea directa o indirectamente, y la paz vendrá en pos, esto es, estaréis conquistados para el Gobierno _americano_.
La Europa, que ha estado diez años alejándose del contacto con la República Argentina, se ve llamada hoy por el Brasil para que lo proteja contra el malestar que le hace sufrir la proximidad de Rosas. ¿No acudirá a este llamado? Acudirá más tarde, no haya miedo; acudirá cuando la República misma salga del aturdimiento en que la han dejado los millares de asesinatos con que la han amedrentado, porque los asesinatos no constituyen un Estado; acudirá cuando el Uruguay y el Paraguay pidan que se haga respetar el tratado hecho entre el león y el cordero; acudirá cuando la mitad de la América del Sur se halle trastornada por el desquiciamiento que trae la subversión de todo principio de moral y de justicia.
La República Argentina está organizada hoy en una máquina de guerra, que no puede dejar de obrar sin anular el poder que ha absorbido todos los intereses sociales. Concluída en el interior la guerra, ha salido ya al exterior; el Uruguay no sospechaba ahora diez años que él tuviese que habérselas con Rosas; el Paraguay no se lo imaginaba ahora cinco; el Brasil no lo temía ahora dos; Chile no lo sospechaba todavía; Bolivia lo miraría como ridículo; pero ello vendrá por la naturaleza de las cosas, porque esto no depende de la voluntad de los pueblos ni de los Gobiernos, sino de las condiciones inherentes a toda faz social. Los que esperan que el mismo hombre ha de ser primero el azote de su pueblo y el reparador de sus males después, el destructor de las instituciones que traen la sanción de la humanidad civilizada y el organizador de la sociedad, conocen muy poco la Historia. Dios no procede así: un hombre, una época para cada faz, para cada revolución, para cada progreso.
No es mi ánimo trazar la historia de este reinado del terror, que dura desde 1832 hasta 1845, circunstancia que lo hace único en la historia del mundo. El detalle de todos sus espantosos excesos no entra en el plan de mi trabajo. La historia de las desgracias humanas y de los extravíos a que puede entregarse un hombre cuando goza del poder sin freno, se engrosará en Buenos Aires de horribles y raros datos. Sólo he querido pintar el origen de este Gobierno y ligarlo a los antecedentes, caracteres, hábitos y accidentes nacionales que ya desde 1810 venían pugnando por abrirse paso y apoderarse de la sociedad. He querido, además, mostrar los resultados que ha traído y las consecuencias de aquella espantosa subversión de todos los principios en que reposan las sociedades humanas.
Hay un vacío en el Gobierno de Rosas que por ahora no me es dado sondar, pero que el vértigo que ha enloquecido a la sociedad ha ocultado hasta aquí. Rosas no _administra_; no gobierna en el sentido oficial de la palabra. Encerrado meses en su casa, sin dejarse ver de nadie, él solo dirige la guerra, las intrigas, el espionaje, la mazorca, todos los diversos resortes de su tenebrosa política; todo lo que no es útil para la guerra, todo lo que no perjudica a sus enemigos, no forma parte del Gobierno, no entra en la administración.
Pero no se vaya a creer que Rosas no ha conseguido hacer progresar la República que despedaza, no; es un grande y poderoso instrumento de la Providencia, que realiza todo lo que al porvenir de la patria interesa. Ved cómo. Existía antes de él y de Quiroga el espíritu federal en las provincias, en las ciudades, en los federales y en los unitarios mismos; él lo extingue, y organiza en provecho suyo el sistema unitario que Rivadavia quería en provecho de todos. Hoy todos esos caudillejos del interior, degradados, envilecidos, tiemblan de desagradarlo y no respiran sin su consentimiento. La idea de los unitarios está realizada; sólo está de más el tirano; el día que un buen Gobierno se establezca, hallará las resistencias locales vencidas y todo dispuesto para la _unión_.
La guerra civil ha llevado a los porteños al interior, y a los provincianos de unas provincias a otras. Los pueblos se han conocido, se han estudiado y se han acercado más de lo que el tirano quería; de ahí viene su cuidado de quitarles los correos, de violar la correspondencia y vigilarlos a todos. La _unión_ es íntima.
Existían antes dos sociedades diversas: las _ciudades_ y las campañas; echándose las campañas sobre las _ciudades_ se han hecho ciudadanos los gauchos y simpatizado con la causa de las ciudades.
La montonera ha desaparecido con la despoblación de La Rioja, San Luis, Santa Fe y Entre Ríos, sus focos antiguos, y hoy los _gauchos_ de las tres primeras corretean los llanos y la Pampa en sostén de los enemigos de Rosas. ¿Aborrece Rosas a los extranjeros? Los extranjeros toman parte en favor de la civilización americana, y durante tres años burlan en Montevideo su poder y muestran a toda la República que no es invencible Rosas, y que aun puede lucharse contra él. Corrientes vuelve a armarse, y bajo las órdenes del más hábil y más europeo general que la República tiene, se está preparando ahora a principiar la lucha _en forma_, porque todos los errores pasados son otras tantas lecciones para lo venidero. Lo que ha hecho Corrientes lo han de hacer más hoy, más mañana, todas las provincias, porque les va en ello la vida y el porvenir.
¿Ha privado a sus conciudadanos de todos los derechos y desnudádolos de toda garantía? Pues bien: no pudiendo hacer lo mismo con los extranjeros, éstos son los únicos que se pasean con seguridad en Buenos Aires. Cada contrato que un hijo del país necesita celebrar, lo hace bajo la firma de un extranjero, y no hay sociedad, no hay negocio en que los extranjeros no tengan parte. De manera que el derecho y las garantías existen en Buenos Aires bajo el despotismo más horrible. «¡Qué buen sirviente parece este irlandés!»--decía a su patrón un transeúnte por Buenos Aires. «Sí--contestaba aquél--; lo he tomado por eso: porque estoy seguro de no ser espiado por mis criados y porque me presta su firma para todos mis contratos. Aquí sólo estos sirvientes tienen segura su vida y sus propiedades.»
¿Los gauchos, la plebe y los compadritos lo elevaron? Pues él los extinguirá: sus ejércitos los devorarán. Hoy no hay lechero, sirviente, panadero, peón, gañán ni cuidador de ganado que no sea alemán, inglés, vasco, italiano, español, porque es tal el consumo de hombres que ha hecho en diez años; tanta carne humana necesita el _americanismo_, que al cabo la población americana se agota y va toda a enregimentarse en los cuadros que la metralla ralea desde que el sol sale hasta que anochece.
Cuerpo hay al frente de Montevideo que no conserva hoy un soldado y sólo dos oficiales de los que lo compusieron al principio. La población argentina desaparece, y la extranjera ocupa su lugar en medio de los gritos de la mazorca y de la _Gaceta_: _¡Mueran los extranjeros!_ Como la unidad se realiza gritando: _¡Mueran los unitarios!_ Como la federación ha muerto gritando: _¡Viva la federación!_
¿No quiere Rosas que se naveguen los ríos? Pues bien: el Paraguay toma las armas para que se le permita navegarlos libremente; se asocia a los enemigos de Rosas, al Uruguay, a la Inglaterra y a la Francia, que todos desean que se deje el tránsito libre para que se exploten las inmensas riquezas del corazón de la América. Bolivia se asociará, quiera que no, a este movimiento, y Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos, Corriente, Jujuy, Salta y Tucumán lo secundarán desde que comprendan que todo su interés, todo su engrandecimiento futuro depende de que esos ríos, a cuyas riberas duermen hoy en lugar de vivir, lleven y traigan las riquezas del comercio que hoy sólo explota Rosas con el puerto, cuya posesión le da millones para empobrecer a las provincias.
La cuestión de la libre navegación de los ríos que desembocan en el Plata es hoy una cuestión europea, americana y argentina a la vez, y Rosas tiene en ella guerra interior y exterior hasta que caiga y los ríos sean navegados libremente. Así, lo que no se consiguió por la importancia que los unitarios daban a la navegación de los ríos, se consigue hoy por la torpeza del gaucho de la Pampa.
¿Ha perseguido Rosas la educación pública y hostilizado y cerrado los colegios, la Universidad y expulsado a los jesuítas? No importa; centenares de alumnos argentinos cuentan en su seno los colegios de Francia, Chile, Brasil, Norteamérica, Inglaterra y aun España. Ellos volverán luego a realizar en su patria las instituciones que ven brillar en todos esos Estados libres, y pondrán su hombro para derrocar al tirano semibárbaro. ¿Tiene una antipatía mortal a los poderes europeos? Pues bien: los poderes europeos necesitan estar bien armados, bien fuertes en el Río de la Plata, y mientras Chile y los demás Estados libres de América no tienen sino un cónsul y un buque de guerra extranjero en sus costas, Buenos Aires tiene que hospedar enviados de segundo orden, y escuadras extranjeras, que están a la mira de sus intereses y para contener las demasías del potro indómito y sin freno que está a la cabeza del Estado.
¿Degüella, castra, descuartiza a sus enemigos para acabar de un solo golpe y con una batalla la guerra? Pues bien: ha dado ya veinte batallas, ha muerto veinte mil hombres, ha cubierto de sangre y de crímenes espantosos toda la República; ha despoblado la campaña y la ciudad para engrosar sus sicarios, y al fin de diez años de triunfo su posición precaria es la misma. Si sus ejércitos no toman a Montevideo, sucumbe; si la toman, quédale el general Paz con ejércitos; quédale el Paraguay virgen; quédale el Imperio del Brasil; quédale Chile y Bolivia que han de estallar al fin; quédale la Europa que lo ha de enfrenar; quédanle, por último, diez años de guerra, de despoblación y pobreza para la República, o sucumbir: no hay remedio. ¿Triunfará? Pero sus adictos habrán perecido, y otra población y otros hombres reemplazarán el vacío que ellos dejen. Volverán los emigrados a cosechar los frutos de su triunfo.
¿Ha encadenado la Prensa y puesto una mordaza al pensamiento para que no discuta los intereses de la patria, para que no se ilustre e instruya, para que no revele los crímenes horrendos que ha cometido y que nadie quiere creer a fuerza de ser espantosos e inauditos? ¡Insensato! ¿Qué es lo que has hecho? Los gritos que quieres ahogar cortando la garganta, para que por la herida se escape la voz y no llegue a los labios, resuenan hoy por toda la redondez de la tierra. Las Prensas de Europa y América te llaman a porfía el execrable Nerón, el tirano brutal. Todos tus crímenes han sido contados; tus víctimas hallan partidarios y simpatías por todas partes, y gritos vengadores llegan hasta vuestros oídos. Toda la Prensa europea discute hoy los intereses argentinos como si fueran los suyos propios, y el nombre argentino anda en tu deshonra en boca de todos los pueblos civilizados.
La discusión de la Prensa está hoy en todas partes, y para oponer la verdad a tu infame _Gaceta_, están cien diarios que desde París y Londres, desde el Brasil y Chile, desde Montevideo y Bolivia, te combaten y publican tus maldades. Has logrado la fama a que aspirabas, sin duda; pero en la miseria del destierro, en la obscuridad de la vida privada, no cambiarían tus proscriptos una sola hora de sus ocios por las que te da tu celebridad espantosa; por las punzadas que de todas partes recibes; por los reproches que te haces a ti mismo de haber hecho tanto mal inútilmente. El _americanismo_, el enemigo de los europeos condenado a gritar en francés, en inglés y en castellano: _¡Mueran los extranjeros!_ _¡Mueran los unitarios!_ ¡Eh! ¡Eres tú, miserable, el que te sientes morir, y maldices en los idiomas de esos extranjeros, y por la Prensa, que es el arma de esos unitarios! ¿Qué Estado americano se ha visto condenado, como Rosas, a redactar en tres idiomas sus disculpas oficiales para responder a la Prensa de todas las naciones, americanas y europeas a un tiempo? Pero, ¿adónde llegarán tus diatribas infames que el execrable lema _¡Mueran los salvajes, asquerosos, inmundos unitarios!_ no esté revelando la mano sangrienta e inmoral que las escribe?
De manera que lo que habría sido una discusión obscura y sólo interesante para la República Argentina, lo es ahora para la América entera y la Europa. Es una cuestión del mundo cristiano.
¿Ha perseguido Rosas a los políticos, a los escritores y a los literatos? Pues ved lo que ha sucedido. Las doctrinas políticas de que los unitarios se habían alimentado hasta 1829, eran incompletas e insuficientes para establecer el Gobierno y la libertad; bastó que agitase la Pampa para echar por tierra su edificio basado sobre arena. Esta inexperiencia y esta falta de ideas prácticas remediólas Rosas en todos los espíritus con las lecciones crueles e instructivas que les daba su despotismo espantoso; nuevas generaciones se han levantado educadas en aquella escuela práctica, que sabrían tapar las avenidas por donde un día amenazaría desbordarse de nuevo el desenfreno de los genios como el de Rosas; las palabras tiranía, despotismo, tan desacreditadas en la Prensa por el abuso que de ellas se hace, tienen en la República Argentina un sentido preciso, despiertan en el ánimo un recuerdo doloroso; harían sangrar cuando llegasen a pronunciarse, todas las heridas que han hecho en quince años de espantosa recordación.
Día vendrá que el nombre de Rosas sea un medio de hacer callar al niño que llora, de hacer temblar al viajero en la obscuridad de la noche. Su cinta colorada, con la que hoy ha llevado el terror y la idea de las matanzas hasta el corazón de sus vasallos, servirá más tarde de curiosidad nacional que enseñaremos a los que de países remotos visiten nuestras playas.
Los jóvenes estudiosos que Rosas ha perseguido se han desparramado por toda la América, examinando las diversas costumbres, penetrado en la vida íntima de los pueblos, estudiado sus gobiernos, y vistos los resortes que en unas partes mantienen el orden sin detrimento de la libertad y del progreso, notando en otros los obstáculos que se oponen a una buena organización. Los unos han viajado por Europa estudiando el derecho y el gobierno, los otros han residido en el Brasil; cuáles en Bolivia, cuáles en Chile y cuáles otros, en fin, han recorrido la mitad de la Europa y la mitad de la América, y traen un tesoro inmenso de conocimientos prácticos, de experiencia y datos preciosos que pondrán un día al servicio de la patria, que reúna en su seno esos millares de proscriptos que andan hoy diseminados por el mundo, esperando que suene la hora de la caída del Gobierno absurdo é insostenible que aún no cede al empuje de tantas fuerzas como las que han de traer necesariamente su destrucción. Que en cuanto a literatura, la República Argentina es hoy mil veces más rica que lo fué jamás en escritores capaces de ilustrar a un Estado americano.
Si quedara duda con todo lo que he expuesto de que la lucha actual de la República Argentina lo es sólo de civilización y barbarie, bastaría a probarlo el no hallarse del lado de Rosas un solo escritor, un soló poeta de los muchos que posee aquella joven nación. Montevideo ha presenciado durante tres años consecutivos las justas literarias del 25 de mayo, día en que veintenas de poetas, inspirados por la pasión de la patria, se han disputado un laurel. ¿Por qué la poesía ha abandonado a Rosas? ¿Por qué ni rapsodias produce hoy el suelo de Buenos Aires, en otro tiempo tan fecundo en cantares y rimas? Cuatro o cinco asociaciones existen en el extranjero de escritores que han emprendido compilar datos para escribir la historia de la República, tan llena de acontecimientos, y es verdaderamente asombroso el cúmulo de materiales que han reunido de todos los puntos de América: manuscritos, impresos, documentos, crónicas antiguas, diarios, viajes, etc. La Europa se asombrará un día cuando tan ricos materiales vean la luz pública, y vayan a engrosar la voluminosa colección de que Angelis no ha publicado sino una pequeña parte.
¡Cuántos resultados no van, pues, a cosechar esos pueblos argentinos desde el día, no remoto ya, en que la sangre derramada ahogue al tirano! ¡Cuántas lecciones! ¡Cuánta experiencia adquirida! Nuestra educación política está consumada.
Todas las cuestiones sociales, ventiladas; federación, unidad, libertad de cultos, inmigración, navegación de los ríos, poderes políticos, libertad, tiranía, todo se ha dicho entre nosotros, todo nos ha costado torrentes de sangre. El sentimiento de la autoridad está en todos los corazones, al mismo tiempo que la necesidad de contener la arbitrariedad de los poderes, la ha inculcado hondamente Rosas con sus atrocidades. Ahora no nos queda que hacer sino lo que él no ha hecho, y reparar lo que él ha destruído.
Porque _él_, durante quince años, no ha tomado una medida administrativa para favorecer el comercio interior y la industria naciente de nuestras provincias; los pueblos se entregarán con ahinco a desenvolver sus medios de riqueza, sus vías de comunicación, y el _nuevo Gobierno_ se consagrará a restablecer los correos y asegurar los caminos que la Naturaleza tiene abiertos por toda la extensión de la República.
Porque en quince años no ha querido asegurar las fronteras del Sur y del Norte por medio de una línea de fuertes, porque este trabajo y este bien hecho a la República no le daba ventaja alguna contra sus enemigos, el _nuevo Gobierno_ situará el ejército permanente al Sur y asegurará territorios para establecer colonias militares que en cincuenta años serán ciudades y provincias florecientes.
Porque _él_ ha perseguido el nombre europeo, y hostilizado la inmigración de extranjeros, el _nuevo Gobierno_ establecerá grandes asociaciones para introducir población y distribuirla en territorios feraces a orillas de los inmensos ríos, y en veinte años sucederá lo que en Norteamérica ha sucedido en igual tiempo: que se han levantado como por encanto ciudades, provincias y Estados en los desiertos en que poco antes pacían manadas de bisontes salvajes; porque la República Argentina se halla hoy en la situación del Senado romano que, por decreto, mandaba levantar de una vez quinientas ciudades, y las ciudades se levantan a su voz.
Porque _él_ ha puesto a nuestros ríos interiores una barrera insuperable para que no sean libremente navegados, el _nuevo Gobierno_ fomentará de preferencia la navegación fluvial; millares de naves remontarán los ríos e irán a extraer las riquezas que hoy no tienen salida ni valor hasta Bolivia y el Paraguay, enriqueciendo en su tránsito a Jujuy, Tucumán, Salta, Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe, que se tornarán en ricas y hermosas ciudades, como Montevideo o como Buenos Aires. Porque _él_ ha malbaratado las rentas pingües del puerto de Buenos Aires y gastado en quince años cuarenta millones de pesos fuertes que ha producido, en llevar adelante sus locuras, sus crímenes y sus venganzas horribles, el puerto será declarado propiedad nacional, para que sus rentas sean consagradas a promover el bien en toda la República, que tiene derecho a ese cuerpo de que es tributaria.
Porque _él_ ha destruído los colegios y quitado las rentas a las escuelas, el _nuevo Gobierno_ organizará la educación pública en toda la República con rentas adecuadas y con ministerio especial como en Europa, como en Chile, Bolivia y todos los países civilizados; porque el saber es riqueza, y un pueblo que vegeta en la ignorancia es pobre y bárbaro, como lo son los de la costa de Africa, o los salvajes de nuestras Pampas.
Porque _él_ ha encadenado la Prensa, no permitiendo que haya otros diarios que los que tiene destinados para vomitar sangre, amenazas y mueras, el _nuevo Gobierno_ extenderá por toda la República el beneficio de la Prensa, y veremos pulular libros de instrucción y publicaciones que se consagren a la industria, a la literatura, a las artes y a todos los trabajos de la inteligencia.
Porque _él_ ha perseguido de muerte a todos los hombres ilustrados, no admitiendo para gobernar sino su capricho, su locura y su sed de sangre, el _nuevo Gobierno_ se rodeará de todos los grandes hombres que posee la República y que hoy andan desparramados por toda la tierra, y con el concurso de todas las luces de todos, hará el bien de todos en general. La inteligencia, el talento y el saber serán llamados de nuevo a dirigir los destinos públicos como en todos los países civilizados.
Porque _él_ ha destruído las garantías que en los pueblos cristianos aseguran la vida y la propiedad de los ciudadanos, el _nuevo Gobierno_ restablecerá las formas representativas y asegurará para siempre los derechos que todo hombre tiene de no ser perturbado en el libre ejercicio de sus facultades intelectuales y de su actividad.
Porque _él_ ha hecho del crimen, del asesinato, de la castración y del degüello un sistema de gobierno; porque _él_ ha desenvuelto todos los malos instintos de la naturaleza humana para crearse cómplices y partidarios, el _nuevo Gobierno_ hará de la Justicia, de las formas recibidas en los pueblos civilizados, el medio de corregir los delitos públicos, y trabajará por estimular las pasiones nobles y virtuosas que ha puesto Dios en el corazón del hombre para su dicha en la tierra, haciendo de ellas el escalón para elevarse e influir en los negocios públicos.
Porque _él_ ha profanado los altares poniendo en ellos su infame retrato; porque _él_ ha degollado sacerdotes, vejádolos o hécholos abandonar su patria, el _nuevo Gobierno_ dará al culto la dignidad que le corresponde, y elevará la religión y sus ministros a la altura que se necesita para que moralice a los pueblos.
Porque _él_ ha gritado durante quince años _mueran los salvajes unitarios_, haciendo creer que un Gobierno tiene derecho de matar a los que no piensan como él, marcando a toda una nación con un letrero y una cinta para que se crea que el que lleve la _marca_ piensa como le mandan a azotes pensar, el _nuevo Gobierno_ respetará las opiniones diversas, y porque las opiniones no son hechos ni delitos, y porque Dios nos ha dado una razón que nos distingue de las bestias, libre para juzgar a nuestro libre arbitrio.
Porque _él_ ha estado continuamente suscitando querellas a los Gobiernos vecinos y a los europeos; porque _él_ nos ha privado del comercio con Chile, ha ensangrentado al Uruguay, malquistádose con el Brasil, atraídose un bloqueo de la Francia, los vejámenes de la marina norteamericana, las hostilidades de la inglesa, y metídose en un laberinto de guerras interminables y de reclamaciones que no acabarán sino con la despoblación de la República y la muerte de todos sus partidarios, el _nuevo Gobierno_, amigo de los Poderes europeos, simpático para todos los pueblos americanos, desatará de un golpe ese enredo de relaciones extranjeras, y establecerá la tranquilidad en el exterior y en el interior, dando a cada uno su derecho y marchando por las mismas vías de conciliación y orden en que marchan todos los pueblos cultos.
Tal es la obra que nos queda por realizar en la República Argentina. Puede ser que tantos bienes no se obtengan de pronto, y que después de una subversión tan radical como la que ha obrado Rosas, cueste todavía un año o más de oscilaciones el hacer entrar a la sociedad en sus verdaderos quicios. Pero con la caída de ese monstruo, entraremos por lo menos en el camino que conduce a porvenir tan bello, en lugar de que bajo su funesta impulsión nos alejamos más y más cada día, y vamos a pasos agigantados retrocediendo a la barbarie, a la desmoralización y a la pobreza. El Perú padece sin duda de los efectos de sus convulsiones intestinas; pero al fin, sus hijos no han salido a millares, y por docenas de años, a vagar por los países vecinos; no se ha levantado un monstruo que se rodee de cadáveres, sofoque toda espontaneidad y todo sentimiento de virtud. Lo que la República Argentina necesita antes del todo; lo que Rosas no le dará jamás, porque ya no le es dado darle, es que la vida, la propiedad de los hombres, no esté pendiente de una palabra indiscretamente pronunciada, de un capricho del que manda. Dadas estas dos bases, seguridad en la vida y de la propiedad, la forma de gobierno, la organización política del Estado, la dará el tiempo, los acontecimientos, las circunstancias. Apenas hay un pueblo en América que tenga menos fe que el argentino en un pacto escrito, en una Constitución. Las ilusiones han pasado ya; la constitución de la República se hará sin sentir, de sí misma, sin que nadie se la haya propuesto. Unitaria, federal, mixta, ella ha de salir de los hechos consumados.
Ni creo imposible que a la caída de Rosas se suceda inmediatamente el orden. Por más que a la distancia parezca, no es tan grande la desmoralización que Rosas ha engendrado; los crímenes de que la República ha sido testigo, han sido _oficiales_, mandados por el Gobierno; a nadie se ha castrado, degollado ni perseguido sin la _orden_ expresa de hacerlo. Por otra parte, los pueblos obran siempre por reacciones; al estado de inquietud y de alarma en que Rosas los ha tenido durante quince años, ha de sucederse la calma necesariamente; por lo mismo que tantos y tan horribles crímenes se han cometido, el pueblo y el Gobierno huirán de cometer uno solo, a fin de que las ominosas palabras _¡mazorca!_, _¡Rosas!_, no vengan a zumbar en sus oídos, como otras tantas furias vengadoras; por lo mismo que las pretensiones exageradas de libertad que abrigan los unitarios han traído resultados tan calamitosos, los políticos serán en adelante prudentes en sus propósitos, los partidos medidos en sus exigencias. Por otra parte, es desconocer mucho la naturaleza humana creer que los pueblos se vuelven criminales, y que los hombres extraviados que asesinan cuando hay un tirano que los impulse a ello, son en el fondo malvados. Todo depende de las preocupaciones que dominan en ciertos momentos, y el hombre que hoy se ceba en sangre por fanatismo, era ayer un devoto inocente, y será mañana un buen ciudadano, desde que desaparezca la excitación que lo indujo al crimen. Cuando la nación francesa cayó en 1793 en manos de aquellos implacables terroristas, más de millón y medio de franceses se hartaron de sangre y de delitos, y después de la caída de Robespierre y del Terror, apenas sesenta insignes malvados fué necesario sacrificar con él, para volver la Francia a sus hábitos de mansedumbre y moral; y esos mismos hombres que tantos horrores habían perpetrado, fueron después ciudadanos útiles y morales. No digo en los partidarios de Rosas: en los mazorqueros mismos hay, bajo las exterioridades del crimen, virtudes que un día deberían premiarse. Millares de vidas han sido salvadas por los avisos que los mazorqueros daban secretamente a las víctimas que la _orden_ recibida les mandaba inmolar.
Independientes de estos motivos generales de moralidad que pertenecen a la especie humana en todos tiempos y en todos países, la República Argentina tiene elementos de orden de que carecen muchos países del mundo. Uno de los inconvenientes que estorba aquietar los ánimos en los países convulsionados es la dificultad de llamar la atención pública a objetos nuevos que la saquen del círculo vicioso de ideas en que vive. La República Argentina tiene, por fortuna, tanta riqueza que explotar, tanta novedad con que atraer los espíritus después de un Gobierno como el de Rosas, que sería imposible turbar la tranquilidad necesaria para ir a los nuevos fines.
Cuando haya un Gobierno culto y ocupado de los intereses de la nación, ¡qué de empresas, qué de movimiento industrial! Los pueblos pastores ocupados de propagar los _merinos_ que producen millones y entretienen a toda hora del día a millares de hombres; las provincias de San Juan y Mendoza, consagradas a la cría del gusano de seda, que con apoyo y protección del Gobierno carecerían de brazos en cuatro años para los trabajos agrícolas e industriales que requiere; las provincias del Norte, entregadas al cultivo de la caña de azúcar, del añil que se produce espontáneamente; las litorales de los ríos con la navegación libre que daría movimiento y vida a la industria del interior. En medio de este movimiento, ¿quién hace la guerra? ¿Para conseguir qué? A no ser que haya un Gobierno tan estúpido como el presente que huye de todos estos intereses, y en lugar de dar trabajo a los hombres, los lleva a los ejércitos a hacer la guerra al Uruguay, al Paraguay, al Brasil, a todas partes, en fin.
Pero el elemento principal de orden y moralización que la República Argentina cuenta hoy es la inmigración europea, que de suyo, y en despecho de la falta de seguridad que le ofrece, se agolpa de día en día en el Plata, y si hubiera un Gobierno capaz de dirigir su movimiento, bastaría por sí sola a sanar en diez años no más todas las heridas que han hecho a la patria los bandidos, desde Facundo hasta Rosas, que la han dominado. De Europa emigran anualmente medio millón de hombres por lo menos, que, poseyendo una industria o un oficio, salen a buscar fortuna y se fijan donde haya tierra que poseer. Hasta el año 1840 esta inmigración se dirigía principalmente a Norteamérica, que se ha cubierto de ciudades magníficas y llenado de una inmensa población a merced de la inmigración. Tal ha sido a veces la manía de emigrar, que poblaciones enteras de Alemania se han transportado a Norteamérica con sus alcaldes, curas, maestros de escuela, etc.
Pero al fin ha sucedido que en las ciudades de las costas el aumento de población ha hecho la vida tan difícil como en Europa, y los emigrados han encontrado allí el malestar y la miseria de que venían huyendo.
Desde 1840 se leen avisos en los diarios norteamericanos previniendo los inconvenientes que encuentran los emigrados, y los cónsules de América hacen publicar en los diarios de Alemania, Suiza e Italia avisos iguales para que no emigren más. En 1843 dos buques cargados de hombres tuvieron que regresar a Europa con su carga, y en 1844 el Gobierno francés mandó a Argel 21.000 suizos que iban inútilmente a Norteamérica.
Aquella corriente de emigrados que ya no encuentran ventaja en el Norte ha empezado a costear la América. Algunos se dirigen a Tejas, otros a Méjico, cuyas costas malsanas los rechazan; el inmenso litoral del Brasil no les ofrece grandes ventajas a causa del trabajo de los negros esclavos que quita el valor a la producción. Tienen, pues, que recalar al Río de la Plata, cuyo clima suave, fertilidad de la tierra y abundancia de medios de subsistir, los atrae y fija.
Desde 1836 empezaron a llegar a Montevideo millares de emigrados, y mientras Rosas dispersaba la población natural de la República con sus atrocidades, Montevideo se agrandaba en un año hasta hacerse una ciudad floreciente y rica, más bella que Buenos Aires y más llena de movimiento y comercio. Ahora que Rosas ha llevado la destrucción a Montevideo, porque este genio maldito no nació sino para destruir, los emigrados se agolpan a Buenos Aires y ocupan el lugar de la población que el monstruo hace matar diariamente en los ejércitos, y ya en el presente año propuso a la Sala enganchar vascos para reponer sus diezmados cuadros.
El día, pues, que un Gobierno nuevo dirija a objetos de utilidad nacional los millones que hoy se gastan en hacer guerras desastrosas e inútiles y en pagar criminales; el día que por toda Europa se sepa que el horrible monstruo que hoy desola la República y está gritando diariamente _muerte a los extranjeros_ ha desaparecido, ese día la inmigración industriosa de la Europa se dirigirá en masa al Río de la Plata; el _nuevo Gobierno_ se encargará de distribuirla por las provincias; los ingenieros de la República irán a trazar en todos los puntos convenientes los planos de las ciudades y villas que deberán construir para su residencia, y terrenos feraces les serán adjudicados, y en diez años quedarán todas las márgenes de los ríos cubiertas de ciudades, y la República doblará su población con vecinos activos, morales e industriosos. Estas no son quimeras, pues basta quererlo y que haya un Gobierno menos brutal que el presente para conseguirlo.
El año 1835 emigraron a Norteamérica 500.650 almas; ¿por qué no emigrarían a la República Argentina 100.000 por año si la horrible fama de Rosas no los amedrantase? Pues bien: 100.000 por año harían en diez años un millón de europeos industriosos diseminados por toda la República, enseñándonos a trabajar, explotando nuevas riquezas y enriqueciendo al país con sus propiedades; y con un millón de hombres civilizados, la guerra civil es imposible, porque serían menos los que se hallarían en estado de desearla. La colonia escocesa que Rivadavia fundó al sur de Buenos Aires lo prueba hasta la evidencia; ha sufrido de la guerra, pero ella jamás ha tomado parte, y ningún gaucho alemán ha abandonado su trabajo, su lechería o su fábrica de quesos para ir a corretear por la Pampa.
Creo haber demostrado que la revolución de la República Argentina está ya terminada, y que sólo la existencia del execrable tirano que ella engendró, estorba que hoy mismo entre en una carrera no interrumpida de progresos que pudieran envidiarle bien pronto algunos pueblos americanos. La lucha de las campañas con las ciudades se ha acabado; el odio a Rosas ha reunido a estos elementos; los antiguos federales y los viejos unitarios, como la nueva generación, han sido perseguidos por él y se han unido.
Ultimamente, sus mismas brutalidades y su desenfreno lo han llevado a comprometer la República en una guerra exterior en que el Paraguay, el Uruguay y el Brasil, lo harían sucumbir necesariamente, si la Europa misma no se viese forzada a venir a desmoronar ese andamio de cadáveres y de sangre que lo sostiene. Los que aun abrigan preocupaciones contra los extranjeros, pueden responder a esta pregunta: Cuando un forajido, un furioso, o un loco frenético llegase a apoderarse del Gobierno de un pueblo, ¿deben todos los demás Gobiernos tolerar y dejar que destruya a su salvo, que asesine sin piedad y que traiga alborotadas diez años a todas las naciones vecinas?
Pero el remedio no nos vendrá sólo del exterior. La Providencia ha querido que al desenlazarse el drama sangriento de nuestra revolución, el partido tantas veces vencido, y un pueblo tan pisoteado, se hallen con las armas en la mano y en aptitud de hacer oír las quejas de las víctimas. La heroica provincia de Corrientes tiene hoy 6.000 veteranos que a esta hora habrán entrado en campaña bajo las órdenes del vencedor de la Tablada, Oncativo y Caaguazú, el boleado, el manco Paz, como le llama Rosas. ¡Cuántas veces ese furibundo, que tantos millares de víctimas ha sacrificado inútilmente, se habrá mordido y ensangrentado los labios de cólera, al recordar que lo ha tenido preso diez años y no lo ha muerto, a ese mismo manco boleado que hoy se prepara a castigar sus crímenes! La Providencia habrá querido darle este suplicio de condenado, haciéndolo carcelero y guardián del que estaba destinado desde lo alto a vengar la República, la Humanidad y la Justicia.
¡Proteja Dios tus armas, honrado general Paz! ¡Si salvas la República, nunca hubo gloria como la tuya! ¡Si sucumbes, ninguna maldición te seguirá a la tumba! ¡Los pueblos se asociarán a tu causa, o deplorarán más tarde su ceguedad o su envilecimiento!
jueves, 19 de marzo de 2015
Facundo: APÉNDICE - PRIMERA PARTE
PARTE PRIMERA
DOCUMENTOS DE JUAN FACUNDO QUIROGA
I
Las proclamas que llevan la firma de Juan Facundo Quiroga tienen tales caracteres de autenticidad, que hemos creído útil insertarlas aquí, como los únicos documentos escritos que quedan de aquel caudillo. Campea en ellas la exageración y ostentación del propio dolor, a la par del no disimulado designio de inspirar miedo a los demás. La incorrección del lenguaje, la incoherencia de las ideas y el empleo de voces que significan otra cosa que lo que se propone expresar con ellas, o muestran la confusión o el estado embrionario de las ideas revelan en estas proclamas el alma ruda aún, los instintos jactanciosos del hombre del pueblo y el candor del que, no familiarizado con las letras, ni sospecha siquiera que haya incapacidad de su parte para emitir sus ideas por escrito.
¿Qué significa, en efecto, «presores y conquistadores de la libertad»; «ninguna resolución es más poderosa que la invocación de la patria»; «vengo a haceros partícipes de los auspicios que os extienden las provincias litorales»; «elevad fervorosos sacrificios, dictad leyes análogas al pueblo?» Todo esto es barbarie, confusión de ideas, incapacidad de desenvolver pensamientos por no conocer el sentido de las palabras. Es, sin duda, ingenuo aquel «libre por los principios y por propensión, mi estado natural es la libertad»; frase que sería una manifestación de la voluntariedad de su espíritu si tuviese sentido.
En las gacetas de Buenos Aires se registra un comunicado virulento, obra suya, escrito contra el Gobierno por haber dictado una providencia sobre fondos públicos que menoscababa el interés de los tenedores, siéndolo él de algunos millones. Más tarde, mejor aconsejado, dió una satisfacción al Gobierno por otro comunicado. Algunas cartas de Quiroga han visto la luz pública; pero creo que, como sus proclamas, no merecen conservarse sino como curiosidades y monumentos de la época de barbarie.
La primera de estas proclamas, sin fecha, pertenece, sin duda, al año 1829, cuando después de haberse rehecho de la derrota de la Tablada vino a San Juan y a Mendoza. La segunda está datada de San Luis, de letra manuscrita, y la traía impresa desde Buenos Aires para irla esparciendo por los lugares de su tránsito. La tercera precedió a la salida del ejército destinado a combatir al general La Madrid en Tucumán, y alude a la reciente muerte de Villafañe.
Al pie de un decreto de la Junta de Representantes de Mendoza, en que se permitía circular en la provincia papel moneda de Buenos Aires, Facundo Quiroga hizo publicar la siguiente posdata, que tiene todos los caracteres de sus anteriores proclamas: la jactancia, el enredo de la frase y su prurito de aterrar.
«El Infrascrito--dice--, en vista del proyecto de ley que antecede, protesta por lo más sagrado de los cielos y de la tierra que el papel moneda no circulará en las provincias del interior mientras él permanezca en ellas o partidarios de tan detestable plaga pasen por su cadáver; pues que, viendo la justicia de su parte, no conoce peligro que lo arredre ni lo haga desistir de buscarla, como lo hizo por sí solo y a su cuenta en los años 26 y 27, contra todo el poder del presidente de la República, don Bernardino Rivadavia, cuando quiso ligar las provincias al carro del despotismo por medio de los Bancos subalternos de papel moneda, y con el santo fin de abrir un vasto campo a los extranjeros para que extrajesen de ellas el dinero metálico.--_San Juan, septiembre 20 de 1833._--JUAN FACUNDO QUIROGA.»
II
PROCLAMA
PUEBLOS DE LA REPÚBLICA: Destinado por el general que os dieron los RR. Nacionales a servir de jefe de la segunda división del Ejército de la Nación, ningún sacrificio he omitido por desempeñar tan alta confianza. Los enemigos de las leyes, los asesinos del encargado del Poder nacional, los insurrectos del Ejército y sus vendidos secuaces ningún medio omiten para emponzoñar los corazones y prevenir a los incautos que no me conocen. La perfidia y la detracción es la bandera de ellos, mientras la franqueza y el valor es nuestra divisa.
ARGENTINOS: Os juro por mi espada que ninguna otra aspiración me anima que la de la libertad. A nadie se le oculta que mi fortuna es el patrimonio y el sostén de los bravos que mando, y el día que los pueblos hayan recuperado sus derechos será el mismo de mi silencio y mi retiro. Nada más aspira un hombre que no necesita ni cortejar el Poder ni al que manda. Libre por principios y por propensión, mi estado natural es la libertad; por ella verteré mi sangre y mil vidas, y no existirá esclavo donde las lanzas de La Rioja se presenten.
SOLDADOS DE MI MANDO: El que quiera dejar mis filas puede retirarse y hacer uso de mi oferta, que os hago por tercera vez. Mas el que quiera enristrar la lanza contra los opresores y oprimidos (_sic_), quedad al lado mío. Los enemigos ya saben lo que leéis y os tiemblan.
OPRESORES Y CONQUISTADORES DE LA LIBERTAD: Triunfaréis acaso de los bravos riojanos, porque la fortuna es inconstante; pero se legará hasta el fin de los siglos la memoria de mil héroes que no saben recibir heridas por la espalda.
OPRIMIDOS: Los que deseéis la libertad o una muerte honrosa, venid a mezclaros con vuestros compatriotas, con vuestros amigos y con vuestro camarada.--JUAN FACUNDO QUIROGA.
III
EL GENERAL QUIROGA
A LOS HABITANTES DE LAS PROVINCIAS INTERIORES DE LA REPÚBLICA ARGENTINA
MIS COMPATRIOTAS: Ninguna resolución es más poderosa que la invocación de la patria, anunciando a sus hijos la ocasión de domar el orgullo de los opresores de los pueblos. Había formado la decisión de no volver a aparecer como hombre público; mas mis principios han sofocado tales propósitos. Me tenéis ya en campaña para contribuir a que desaparezcan esos seres funestos que osadamente han despedazado los vínculos entre _el pueblo y las leyes_.
Las provincias litorales, después de un largo sufrimiento de humillaciones muy marcadas en obsequio de la paz, y de haber perdido todas esperanzas de una reconciliación fraternal y benéfica que consultase la libre existencia de todas, han puesto en acción sus recursos para guardar sus libertades y salvar las vuestras. Fieles y consecuentes a la amistad, han jurado que las armas que han empuñado no las depondrán hasta no dejar salva la patria, libres y en tranquilidad los pueblos oprimidos de la República Argentina.
Los instantes de crisis que apuntan el término de la existencia de los pérfidos anarquistas del 1.º de diciembre, que os han sumido en los males que os agobian, se dejan sentir ya manifiestamente.
Ejércitos respetables marchan en diferentes direcciones para combatir y destruir en todos puntos a los anarquizadores. El excelentísimo señor gobernador de Santa Fe, brigadier don _Estanislao López_, es el jefe que manda las fuerzas combinadas de los Gobiernos litorales aliados en perpetua federación, y que ya están en campaña. Una división de este ejército, a las órdenes del general don _Felipe Ibarra_, se interna a Santiago a engrosar las fuerzas que operan por esa parte, y el excelentísimo señor gobernador de la provincia de Buenos Aires, general don _Juan Manuel de Rosas_, se halla situado a los confines de su territorio por el Norte con un fuerte ejército de reserva. En fin: todo anuncia que ya podéis contaros en el número de los _hijos de la libertad_.
Estoy, pues, en campaña, mis amigos, al frente de una división del ejército combinado y a las órdenes del excelentísimo señor general en jefe, para redimiros del cautiverio. Marcho a protegeros y no a oprimiros. Vengo a haceros partícipes de los auspicios que os extienden las provincias litorales para aliviar vuestras desgracias, y a serviros de apoyo contra la crueldad y perfidia de vuestros opresores.
No trato de sorprenderos ni de llamaros en mi auxilio; lo primero sería engañaros; lo segundo, un insulto a la decisión con que constantemente se han mantenido las provincias por la causa de la libertad. Esta verdad se encuentra plenamente comprobada en el hecho mismo de que habéis formado tres ejércitos de hombres puramente voluntarios para sostener los derechos de los pueblos, sin haber tenido enganche que os halagase, ni la más remota esperanza del miserable celo del saqueo; la moral fué vuestra guía, y la seguisteis hasta la conclusión de los dos últimos ejércitos, que fueron tan desgraciados como feliz el primero. Si bien que vive vuestro amigo.--_San Luis, marzo 22 de 1831._--JUAN FACUNDO QUIROGA.
IV
PROCLAMA
EL GENERAL DE LA DIVISIÓN DE LOS ANDES A TODOS LOS HABITANTES DE LAS PROVINCIAS DE CUYO
MINISTROS DEL SANTUARIO: Elevad al Ser Supremo fervorosos sacrificios, y pedidle con la efusión de vuestros piadosos corazones que suspenda el azote de la guerra fratricida en que yace la República Argentina.
HONORABLES RR. DE LAS LEGISLATURAS PROVINCIALES: A vosotros toca el deber sagrado de dictar leyes análogas y benéficas al pueblo que os honró con tan alto cargo. La generosidad de los Gobiernos litorales, de esos padres de la República, que sin reparar en sacrificios os han puesto en plena libertad para ejercer vuestras funciones, no entre el estruendo de las armas, sino en el silencio y reposo de la más perfecta tranquilidad.
JEFES MILITARES: Respetad y obedeced la autoridad civil; estad siempre en vigilia para sostenerla contra todo aquél que intente derrocarla; éste es vuestro deber.
CIUDADANOS TODOS: Respetad la religión de nuestros padres y sus ministros, las leyes que nos rigen y las autoridades constituídas. Si así lo hiciereis, seréis felices y no tendréis motivo de arrepentimiento.
La división auxiliar de los Andes se retira de vuestro territorio, no al descanso de una vida privada, sino a continuar sus tareas contra los enemigos implacables de la libertad y de las leyes. Ella marchará de frente, pues no conoce peligro que la arredre; se ha propuesto dar libertad a las tres provincias oprimidas en el Norte o dejar de existir. Ella os deja libres del poder militar de los asesinos del 1.º de diciembre, y en esto mismo ha recibido la más grata recompensa a sus débiles esfuerzos. Que las tres provincias de Cuyo se mantengan en unión indisoluble y se sostengan mutuamente contra toda tentativa de los enemigos de su libertad es la aspiración y el más ardiente deseo del que os habla.
ENEMIGOS DE LA LIBERTAD NACIONAL: Sabed que desde el 23 de mayo del presente año, en que tuve pleno conocimiento de que vuestros partidarios cometieron el más horrendo, alevoso y negro crimen de asesinar al benemérito general don José Benito Villafañe, desenvainé mi espada contra vosotros, protesté que la justicia ocuparía el lugar de la misericordia, convencido que los delitos tolerados mil veces han sacrificado más víctimas que los suplicios ejecutados a su tiempo.
[** Symbol: pointing finger] _Temblad_, de cometer el más leve atentado. _Temblad_, si no respetáis las autoridades y las leyes. Y _temblad_, si no desistís de ese loco empeño de cautivar la libertad de los pueblos, mientras exista.--JUAN FACUNDO QUIROGA.--_San Juan, septiembre 7 de 1831._
DOCUMENTOS DE JUAN FACUNDO QUIROGA
I
Las proclamas que llevan la firma de Juan Facundo Quiroga tienen tales caracteres de autenticidad, que hemos creído útil insertarlas aquí, como los únicos documentos escritos que quedan de aquel caudillo. Campea en ellas la exageración y ostentación del propio dolor, a la par del no disimulado designio de inspirar miedo a los demás. La incorrección del lenguaje, la incoherencia de las ideas y el empleo de voces que significan otra cosa que lo que se propone expresar con ellas, o muestran la confusión o el estado embrionario de las ideas revelan en estas proclamas el alma ruda aún, los instintos jactanciosos del hombre del pueblo y el candor del que, no familiarizado con las letras, ni sospecha siquiera que haya incapacidad de su parte para emitir sus ideas por escrito.
¿Qué significa, en efecto, «presores y conquistadores de la libertad»; «ninguna resolución es más poderosa que la invocación de la patria»; «vengo a haceros partícipes de los auspicios que os extienden las provincias litorales»; «elevad fervorosos sacrificios, dictad leyes análogas al pueblo?» Todo esto es barbarie, confusión de ideas, incapacidad de desenvolver pensamientos por no conocer el sentido de las palabras. Es, sin duda, ingenuo aquel «libre por los principios y por propensión, mi estado natural es la libertad»; frase que sería una manifestación de la voluntariedad de su espíritu si tuviese sentido.
En las gacetas de Buenos Aires se registra un comunicado virulento, obra suya, escrito contra el Gobierno por haber dictado una providencia sobre fondos públicos que menoscababa el interés de los tenedores, siéndolo él de algunos millones. Más tarde, mejor aconsejado, dió una satisfacción al Gobierno por otro comunicado. Algunas cartas de Quiroga han visto la luz pública; pero creo que, como sus proclamas, no merecen conservarse sino como curiosidades y monumentos de la época de barbarie.
La primera de estas proclamas, sin fecha, pertenece, sin duda, al año 1829, cuando después de haberse rehecho de la derrota de la Tablada vino a San Juan y a Mendoza. La segunda está datada de San Luis, de letra manuscrita, y la traía impresa desde Buenos Aires para irla esparciendo por los lugares de su tránsito. La tercera precedió a la salida del ejército destinado a combatir al general La Madrid en Tucumán, y alude a la reciente muerte de Villafañe.
Al pie de un decreto de la Junta de Representantes de Mendoza, en que se permitía circular en la provincia papel moneda de Buenos Aires, Facundo Quiroga hizo publicar la siguiente posdata, que tiene todos los caracteres de sus anteriores proclamas: la jactancia, el enredo de la frase y su prurito de aterrar.
«El Infrascrito--dice--, en vista del proyecto de ley que antecede, protesta por lo más sagrado de los cielos y de la tierra que el papel moneda no circulará en las provincias del interior mientras él permanezca en ellas o partidarios de tan detestable plaga pasen por su cadáver; pues que, viendo la justicia de su parte, no conoce peligro que lo arredre ni lo haga desistir de buscarla, como lo hizo por sí solo y a su cuenta en los años 26 y 27, contra todo el poder del presidente de la República, don Bernardino Rivadavia, cuando quiso ligar las provincias al carro del despotismo por medio de los Bancos subalternos de papel moneda, y con el santo fin de abrir un vasto campo a los extranjeros para que extrajesen de ellas el dinero metálico.--_San Juan, septiembre 20 de 1833._--JUAN FACUNDO QUIROGA.»
II
PROCLAMA
PUEBLOS DE LA REPÚBLICA: Destinado por el general que os dieron los RR. Nacionales a servir de jefe de la segunda división del Ejército de la Nación, ningún sacrificio he omitido por desempeñar tan alta confianza. Los enemigos de las leyes, los asesinos del encargado del Poder nacional, los insurrectos del Ejército y sus vendidos secuaces ningún medio omiten para emponzoñar los corazones y prevenir a los incautos que no me conocen. La perfidia y la detracción es la bandera de ellos, mientras la franqueza y el valor es nuestra divisa.
ARGENTINOS: Os juro por mi espada que ninguna otra aspiración me anima que la de la libertad. A nadie se le oculta que mi fortuna es el patrimonio y el sostén de los bravos que mando, y el día que los pueblos hayan recuperado sus derechos será el mismo de mi silencio y mi retiro. Nada más aspira un hombre que no necesita ni cortejar el Poder ni al que manda. Libre por principios y por propensión, mi estado natural es la libertad; por ella verteré mi sangre y mil vidas, y no existirá esclavo donde las lanzas de La Rioja se presenten.
SOLDADOS DE MI MANDO: El que quiera dejar mis filas puede retirarse y hacer uso de mi oferta, que os hago por tercera vez. Mas el que quiera enristrar la lanza contra los opresores y oprimidos (_sic_), quedad al lado mío. Los enemigos ya saben lo que leéis y os tiemblan.
OPRESORES Y CONQUISTADORES DE LA LIBERTAD: Triunfaréis acaso de los bravos riojanos, porque la fortuna es inconstante; pero se legará hasta el fin de los siglos la memoria de mil héroes que no saben recibir heridas por la espalda.
OPRIMIDOS: Los que deseéis la libertad o una muerte honrosa, venid a mezclaros con vuestros compatriotas, con vuestros amigos y con vuestro camarada.--JUAN FACUNDO QUIROGA.
III
EL GENERAL QUIROGA
A LOS HABITANTES DE LAS PROVINCIAS INTERIORES DE LA REPÚBLICA ARGENTINA
MIS COMPATRIOTAS: Ninguna resolución es más poderosa que la invocación de la patria, anunciando a sus hijos la ocasión de domar el orgullo de los opresores de los pueblos. Había formado la decisión de no volver a aparecer como hombre público; mas mis principios han sofocado tales propósitos. Me tenéis ya en campaña para contribuir a que desaparezcan esos seres funestos que osadamente han despedazado los vínculos entre _el pueblo y las leyes_.
Las provincias litorales, después de un largo sufrimiento de humillaciones muy marcadas en obsequio de la paz, y de haber perdido todas esperanzas de una reconciliación fraternal y benéfica que consultase la libre existencia de todas, han puesto en acción sus recursos para guardar sus libertades y salvar las vuestras. Fieles y consecuentes a la amistad, han jurado que las armas que han empuñado no las depondrán hasta no dejar salva la patria, libres y en tranquilidad los pueblos oprimidos de la República Argentina.
Los instantes de crisis que apuntan el término de la existencia de los pérfidos anarquistas del 1.º de diciembre, que os han sumido en los males que os agobian, se dejan sentir ya manifiestamente.
Ejércitos respetables marchan en diferentes direcciones para combatir y destruir en todos puntos a los anarquizadores. El excelentísimo señor gobernador de Santa Fe, brigadier don _Estanislao López_, es el jefe que manda las fuerzas combinadas de los Gobiernos litorales aliados en perpetua federación, y que ya están en campaña. Una división de este ejército, a las órdenes del general don _Felipe Ibarra_, se interna a Santiago a engrosar las fuerzas que operan por esa parte, y el excelentísimo señor gobernador de la provincia de Buenos Aires, general don _Juan Manuel de Rosas_, se halla situado a los confines de su territorio por el Norte con un fuerte ejército de reserva. En fin: todo anuncia que ya podéis contaros en el número de los _hijos de la libertad_.
Estoy, pues, en campaña, mis amigos, al frente de una división del ejército combinado y a las órdenes del excelentísimo señor general en jefe, para redimiros del cautiverio. Marcho a protegeros y no a oprimiros. Vengo a haceros partícipes de los auspicios que os extienden las provincias litorales para aliviar vuestras desgracias, y a serviros de apoyo contra la crueldad y perfidia de vuestros opresores.
No trato de sorprenderos ni de llamaros en mi auxilio; lo primero sería engañaros; lo segundo, un insulto a la decisión con que constantemente se han mantenido las provincias por la causa de la libertad. Esta verdad se encuentra plenamente comprobada en el hecho mismo de que habéis formado tres ejércitos de hombres puramente voluntarios para sostener los derechos de los pueblos, sin haber tenido enganche que os halagase, ni la más remota esperanza del miserable celo del saqueo; la moral fué vuestra guía, y la seguisteis hasta la conclusión de los dos últimos ejércitos, que fueron tan desgraciados como feliz el primero. Si bien que vive vuestro amigo.--_San Luis, marzo 22 de 1831._--JUAN FACUNDO QUIROGA.
IV
PROCLAMA
EL GENERAL DE LA DIVISIÓN DE LOS ANDES A TODOS LOS HABITANTES DE LAS PROVINCIAS DE CUYO
MINISTROS DEL SANTUARIO: Elevad al Ser Supremo fervorosos sacrificios, y pedidle con la efusión de vuestros piadosos corazones que suspenda el azote de la guerra fratricida en que yace la República Argentina.
HONORABLES RR. DE LAS LEGISLATURAS PROVINCIALES: A vosotros toca el deber sagrado de dictar leyes análogas y benéficas al pueblo que os honró con tan alto cargo. La generosidad de los Gobiernos litorales, de esos padres de la República, que sin reparar en sacrificios os han puesto en plena libertad para ejercer vuestras funciones, no entre el estruendo de las armas, sino en el silencio y reposo de la más perfecta tranquilidad.
JEFES MILITARES: Respetad y obedeced la autoridad civil; estad siempre en vigilia para sostenerla contra todo aquél que intente derrocarla; éste es vuestro deber.
CIUDADANOS TODOS: Respetad la religión de nuestros padres y sus ministros, las leyes que nos rigen y las autoridades constituídas. Si así lo hiciereis, seréis felices y no tendréis motivo de arrepentimiento.
La división auxiliar de los Andes se retira de vuestro territorio, no al descanso de una vida privada, sino a continuar sus tareas contra los enemigos implacables de la libertad y de las leyes. Ella marchará de frente, pues no conoce peligro que la arredre; se ha propuesto dar libertad a las tres provincias oprimidas en el Norte o dejar de existir. Ella os deja libres del poder militar de los asesinos del 1.º de diciembre, y en esto mismo ha recibido la más grata recompensa a sus débiles esfuerzos. Que las tres provincias de Cuyo se mantengan en unión indisoluble y se sostengan mutuamente contra toda tentativa de los enemigos de su libertad es la aspiración y el más ardiente deseo del que os habla.
ENEMIGOS DE LA LIBERTAD NACIONAL: Sabed que desde el 23 de mayo del presente año, en que tuve pleno conocimiento de que vuestros partidarios cometieron el más horrendo, alevoso y negro crimen de asesinar al benemérito general don José Benito Villafañe, desenvainé mi espada contra vosotros, protesté que la justicia ocuparía el lugar de la misericordia, convencido que los delitos tolerados mil veces han sacrificado más víctimas que los suplicios ejecutados a su tiempo.
[** Symbol: pointing finger] _Temblad_, de cometer el más leve atentado. _Temblad_, si no respetáis las autoridades y las leyes. Y _temblad_, si no desistís de ese loco empeño de cautivar la libertad de los pueblos, mientras exista.--JUAN FACUNDO QUIROGA.--_San Juan, septiembre 7 de 1831._
Facundo: APÉNDICE
APÉNDICE
INTRODUCCIÓN AL APÉNDICE
Hemos dividido este _Apéndice_ en dos partes: la primera contiene las _Proclamas de Quiroga_, agregadas siempre a las ediciones anteriores, y la segunda contiene los prefacios de dichas ediciones y otras páginas de Sarmiento sobre su obra.
R. R.
INTRODUCCIÓN AL APÉNDICE
Hemos dividido este _Apéndice_ en dos partes: la primera contiene las _Proclamas de Quiroga_, agregadas siempre a las ediciones anteriores, y la segunda contiene los prefacios de dichas ediciones y otras páginas de Sarmiento sobre su obra.
R. R.
A Intrusa 1979
A Intrusa é um filme brasileiro e argentino de 1979, dirigido por Carlos Hugo Christensen e baseado em história de Jorge Luís Borges. Sua música original é de Astor Piazzolla.
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